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sábado, 14 de enero de 2012

POR ECONOMÍA PROCESAL

Publicado en el País de Andalucía

Confieso que soy una enamorada del lenguaje, de las metáforas e incluso de los neologismos cuando resultan expresivos. Me apasiona el uso del lenguaje que impone cada tiempo, cada sociedad e incluso cada gobierno.


Por ejemplo, Felipe González fue un magnífico gobernante en términos lingüísticos. Aunque en mi opinión fue un tanto trilero en los contenidos políticos, sin embargo fue un fantástico gestor de la lengua. A él le debemos el rescate y el prestigio del uso del andaluz en los medios de comunicación y en las instituciones. Además, se transformó en un libro andante de pedagogía que igual explicaba complejas ecuaciones matemáticas que sencillos procesos sociales. Su palabra talismán fue “obsoleto”, un término que rescató del baúl de los recuerdos y que oponía con gracia a su hallazgo de la modernidad, el altar ante el que ofreció todos sus años de gobierno. Incluso en su despedida acuñó un oxímoron que ha quedado como un clásico: “la dulce derrota” que aunque consoló a sus fieles en aquella noche electoral, los lanzó al desierto durante años. Eso sí, con mucho arte.

José María Aznar fue menos creativo en el uso de lenguaje, más parco en palabras y nada creativo en sus alocuciones. Bien, mal, váyase y poco más. Era, sin embargo, tan influenciable en cuanto al uso de la lengua que le bastaron unas horas en compañía de George Bush para adoptar el acento sureño de la criada de Escarlata O´Hara.

José Luis Rodríguez Zapatero adoptó un conjunto de palabras que la derecha política bautizó con el término de “buenismo”: talante, alianza de civilizaciones, España plural. Esta triada fue demonizada por el TDT party y convertida en chanza continuada en sus tertulias.

El gobierno de Mariano Rajoy es prometedor en términos lingüísticos. “Eso es una insidia” se convirtió en trending topic en las redes. Han bautizado la recesión como “congelación” y los recortes como “ajustes”. Ahora han acuñado el término “economía procesal” que no es ninguna nueva asignatura de derecho o de económicas, sino una forma fina de decir “no me da la gana”. ¿Por qué no va Rajoy al Parlamento a explicar sus recortes? Por economía procesal (porque no le da la gana), ¿por qué no comparece ante los medios de comunicación? Por los mismos motivos. Faltó preguntarle a Soraya Sáenz de Santamaría si los ciudadanos de a pie tenemos derecho a dar estas respuestas o se trata solo de un privilegio presidencial porque, la verdad, me gustaría ampliar las vacaciones “por economía procesal”.

El silencio procesal de Rajoy está dando un infinito trabajo a su candidato andaluz, Javier Arenas que no tiene otra opción que volverse interpretador de recortes, suavizador de venenos y disimulador de entuertos. Esta situación política la ha obligado a abandonar la oposición encarnecida y a poner en su boca la palabra pactos. El líder andaluz del PP no da abasto para proponer acuerdos y cataplasmas a la sociedad andaluza. Un día sí y el otro también, tiene que desmentir que se vaya a recortar dinero o servicios. Si él gobierna propiciará un gran acuerdo para que no haya recortes en la enseñanza pública. Si él consigue mayoría absoluta bajará los impuestos aunque en el estado se hayan subido. Si llega al poder propiciará un gran acuerdo que consiste, básicamente, en no aplicar las políticas de Rajoy en Andalucía. De esta forma, los andaluces tendremos la suerte de contar con un PP especial que no recortará la ley de dependencia, ni castigará a los funcionarios, ni se confrontará con la enseñanza pública, ni subirá los impuestos ,ni reducirá el presupuesto de la Junta de Andalucía. Qué va. Esto va a ser un gobierno del PP sin tener las molestias de las políticas del PP.

Mientras tanto, Javier Arenas cada jueves mira al cielo e interpreta los augurios. Eleva su plegaria para que ese Consejo de Ministros no le lance un nuevo obús a la línea de flotación de su discurso. O al menos que Rajoy le permita, por economía electoral, ser la república independiente de Andalucía por unos meses.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Las metáforas de la campaña


Con este artículo se finaliza el ciclo de la campaña electoral El País Andalucía


Con un diccionario de sinónimos y una guía de las figuras literarias hubiésemos entendido mejor esta campaña electoral. Como hoy es día de reflexión, podemos analizar el uso del lenguaje y sus hallazgos literarios.
Por ejemplo, el verbo recortar no figura ni una sola vez en los programas de las fuerzas políticas. En vez de señalar las cosas por su nombre han preferido recurrir a eufemismos que dulcifican las acciones o que las dotan de unos valores morales o intelectuales indiscutibles. Algo así como ponerles un manto de santidad a la disminución del gasto público y de los servicios sociales. Por eso, en vez de recortar, dicen que van a racionalizar, coordinar, aplicar criterios de austeridad o simplificar nuestros servicios públicos. Así que no se quejen y dénse por racionalizados.
Tampoco se han hecho referencias claras a la privatización de servicios públicos. Se ha preferido el circunloquio de “fomentar la colaboración público-privada” que es algo mucho más positivo. Dónde va a parar,
Cuando se han pedido respuestas a temas concretos, como las prestaciones por desempleo, se ha recurrido afirmaciones tan enrevesadas que más bien parecen obra de las meigas: las prestaciones por desempleo van a bajar, pero no porque la gente deje de cobrar el desempleo, sino porque va a haber menos personas con derecho a cobrarlo. Ni Santa Teresa con su “vivo sin vivir en mi” había llegado tan lejos en el arte de la paradoja. Y para contradicción esta psicomaquia entre la realidad y el deseo, a propósito de la ley de dependencia: “es muy loable querer ayudar a las personas que no se pueden valer por si mismas pero no podemos permitírnoslo”. Y es que no se puede ser tan bueno. En literatura a estas perífrasis y amplificaciones se le llama “el arte de lo oblicuo” y ha cosechado un gran éxito en la campaña electoral.
Pero el triunfo absoluto en el campo de las figuras literarias lo ostentan, sin duda, las metáforas. Comenzamos por los célebres “mercados”, que para algunos son el summun de la maldad y para otros una institución digna de todo respeto a la que Zapatero tiene muy mosqueada. Por lo visto a esta metáfora de los mercados hay que mandarle un mensaje urgente en cuanto acaben las elecciones, nos guste o no nos guste. Al principio pensé que iban a escribirle una carta, pero nada de eso. Algunas metáforas las carga el diablo con espoleta retardada y su traducción exacta  es que partir del día 20 se anunciarán medidas de recorte severo para que respiren satisfechos. ¡Los pobres!
Los nacionalistas catalanes se han apuntado también  con ardor a la fiebre literaria. Su programa se basa en una gran metáfora, tótem absoluto de los nuevos tiempos: el pacto fiscal. O sea, más dinero. O como expresó alguno de sus insignes dirigentes, el cuidado de la buchaca. Sin embargo, su figura más controvertida ha sido una metonimia de cierto carácter racista: unos mohameds que andan por ahí sin integrarse y molestando a los estilizados jordis.! ¡Pobre Jordi! ¡Cómo si no tuviese bastante con los andaluces!

Han vuelto a ponerse de moda algunas figuras muy denostadas porque los regímenes autoritarios las usaban con exceso como son la tautología o el pleonasmo (que como saben, no es ninguna enfermedad incurable sino una afirmación vacía y redundante). Son tantos los ejemplos que llenaría varios artículos: “Sabemos qué es lo que hay que hacer y lo vamos a hacer”, “crear empleo, creando empleo”, “gestionar bien los recursos públicos” y la tautología perfecta: “una política económica como Dios manda”. ¡Que Dios nos coja confesados!

Como ven, más que a una campaña electoral hemos asistido a un torneo literario. Han triunfado las medias verdades, el lenguaje oblicuo, las frases hechas y las exclamaciones decimonónicas, como esa insidia que arrasa en internet. Ha sobrado mala literatura y ha faltado claridad en las propuestas. Tanta tecnología del siglo XXI, tantas redes sociales para la campaña más opaca de la historia reciente. Quien avisa metafóricamente no es traidor, perdón, insidioso.