Cuando ustedes lean este artículo es posible que la decisión sobre el rescate de España esté ya tomada. Nos dirán que no somos Grecia, ni Portugal ni Irlanda; que nuestro rescate será más suave, más edulcorado. Y es posible que así sea, sobre todo porque en Europa se empieza a abrir camino la idea de que los rescates severos han sido un tremendo fracaso, una espìral infernal que lejos de solucionar los problemas de estos países, los ha hundido en la miseria.
A pesar de esto, es evidente que cuando el rescate entra por la puerta, la democracia salta por la ventana. La opinión de la ciudadanía, sus derechos constitucionales, sus estatutos de autonomía, toda su arquitectura social e institucional quedan en papel mojado. Un equipo de técnicos desalmados (etimológicamente sin alma) se establecerá en nuestro país y constituirá una especie de gobierno en la sombra que controlará nuestra situación económica, vigilará nuestras decisiones y someterá a autorización previa cada gasto o ingreso.
Lo realmente indignante es la sensación de ser engañados con una serie de relatos interesados que cada día obligaban a más y más sacrificios a los de abajo. A estas alturas, con las cuentas algo más claras, ya sabemos que de los casi cuatro billones de euros de deuda de nuestro país más de dos billones y medio corresponden a bancos, cajas y grandes empresas. Sin embargo el relato que nos han contado hasta la extenuación es completamente diferente.
Al inicio de la crisis nos dijeron que la deuda de las familias, era la principal responsable de nuestra ruina, que el pueblo había vivido por encima de sus posibilidades y que ahora tocaba apretarse el cinturón, reducir los gastos familiares y aumentar la productividad. Bajo este cuento han aprobado la más salvaje reforma laboral de nuestro país, han aumentado horarios y reducido salarios.
El segundo cuento no se hizo esperar: en esta nueva versión el verdadero responsable de la crisis era el despilfarro del Estado. La foto de unos cuantos aeropuertos u obras públicas descabelladas servían al relato de que el estado del bienestar era insostenible. Las becas de nuestros estudiantes, la asistencia sanitaria o el cuidado de nuestros mayores tenían la culpa de nuestra depresión económica. De nada sirvió argumentar que el Estado tenía superávit hasta fecha muy reciente, que su déficit se ha creado por la caída de los ingresos y no por nuevos gastos y que el volumen total de la deuda pública no llega al 19 por ciento del total del endeudamiento de nuestro país. Su cuento exigía que el estado del bienestar fuera desmantelado y sacaron a pasear a miles de articulistas, presuntos expertos y centenares de políticos de derechas que estaban dispuestos a acabar con todo lo público, sobre todo si se llamaba enseñanza, salud, investigación o cultura. Con este cuento han hecho un recorte brutal de los servicios públicos, han empobrecido los derechos sociales para convertirlos en beneficencia, han castigado a funcionarios y a todos los servidores públicos para mayor gloria de las futuras privatizaciones.
El tercer relato, el que nos describa lo que ha ocurrido en realidad, nadie nos lo va a contar. Lo vamos construyendo con informaciones parciales, silencios interesados, contradicciones evidentes. Los diez mil millones de recorte del gasto con el que se ha deteriorado toda nuestra asistencia educativa y sanitaria, palidecen ante los veinte mil millones ofrecidos generosamente a Bankia. El sacrificio de millones de trabajadores que viven al límite se lo embolsan los mercados en una sola sesión de la disparatada prima de riesgo. No eran, por tanto las familias, ni el estado del bienestar, ni nuestros salarios los responsables de la crisis ni servían para nada nuestros sacrificios. Ahora, nos rescatan de sus pérdidas y nos hacen pagar sus excesos. Los mismos que aceptaron a regañadientes un estado social y unos cuantos derechos sociales pensaron que no podían desaprovechar una buena crisis para ganar las batallas perdidas en los últimos treinta años. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. De momento.
Publicado en El País Andalucía
domingo, 10 de junio de 2012
CUÉNTAME OTRO CUENTO
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lunes, 4 de junio de 2012
Oda a los mercados
Que levante la mano quien no haya anunciado esta semana que no va a encender la radio ni la televisión ni ojear la portada de los periódicos porque está más que cansado (perdonen el eufemismo) de la prima de riesgo, de los mercados financieros y de que nos anuncien el fin del mundo. Nuestra situación se parece cada vez más a un culebrón televisivo. Cuando creemos que la trama no podía ser más enrevesada y que los malos habían agotado sus maquiavélicos planes, aparecen nuevos personajes, hijos no deseados, parentescos sorprendentes que complican hasta el límite la unión de los enamorados y el final feliz de la historia.
En vez de aprender los nombres de Luis Alfonso, doña Gabriela, Cristal o Topacio parece que nos han matriculado colectivamente en una clase acelerada de macroeconomía y empezamos a manejar con fluidez términos como la prima de riesgo, la volatilidad de los activos, la diferencia entre deuda y déficit o la cotización de los valores en bolsa. Los acrónimos PIB, FMI, OCDE o BM forman ya parte de nuestras vidas y los más pesimistas se preguntan qué acabará antes, si la serieArrayán o la crisis económica. En los bares, en los mercados, en la cola del supermercado, personas que apenas llegan a final de mes comentan la caída del Ibex y el aumento de la prima de riesgo, como si en ello les fuera la vida. La economía, relegada a las páginas interiores y menos leídas de los periódicos, ha saltado a las portadas y se ha convertido en verdadero argumento informativo. Antes de tomar el primer café ya sabes perfectamente la cotización de los mercados y han conseguido preocuparte o entristecerte aunque no tengas ni una puñetera acción en bolsa.
Cuando todo marchaba aparentemente bien, nadie nos informaba de sus ganancias, de sus cotizaciones y del valor patrimonial de sus activos. Los mismos que cebaban la burbuja inmobiliaria y se traspasaban acciones como papelinas de droga altamente tóxica, no querían en absoluto, que tuviésemos información de sus andanzas. Perdonen, entonces, que recele de tanta información, de tanto detalle, de tanta amenaza, de tantos intereses disfrazados de tecnocracia. Los médicos tienen un juramento hipocrático que les obliga a atender a un enfermo, sea cual sea la situación. Ninguno de ellos va a diagnosticar un resfriado cuando se trata de un infarto ni a prescribir el mismo medicamento que está acabando con la vida del enfermo. Pero en economía no hay juramento alguno de imparcialidad, ni responsabilidad alguna en los diagnósticos; ni siquiera un asomo de autocrítica por las graves equivocaciones. Grandes corporaciones e intereses sufragan los principales estudios económicos y los profesionales realmente independientes llevan años predicando en un desierto desprovistos delglamour de las grandes fundaciones y de las lujosas subvenciones privadas. Por eso los mismos que nos decían que Rodrigo Rato era un modelo de gestor, los balances de Bankia más que saludables y el Banco de España un ejemplo de control, nos obligan a pagar a precio de oro nuestra credulidad en el sistema.
Desconfio absolutamente de su interés en que conozcamos al dedillo sus indicadores económicos, sus pérdidas y ganancias, su situación límite mientras los datos de la microeconomía, la del pueblo llano, no suscita el mínimo interés. Salarios, precios, pensiones, alquileres, desahucios, contratos leoninos, despidos, emigración forzosa son la letra pequeña de la crisis que todo el mundo sufre y de la que nadie informa. Han conseguido convertir el drama de cinco millones de personas paradas, en un trasunto de los mercados, que solo será posible abordar cuando solucionemos sus problemas financieros, su tasa de ganancia y su estabilidad. Por eso nos llevan a su misa diaria, nos obligan a entonar una oda a su inevitable existencia, nos llevan a sus rogativas y a sus procesiones mientras rapiñan nuestros magros salarios. Nos piden que recemos por su pronto restablecimiento, como si su salud fuera la nuestra y no fuesen ellos nuestra enfermedad.
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lunes, 28 de mayo de 2012
EL CATECISMO DE WERT
Publicado en El País Andalucía
Ya es oficial: no eran nuestros gastos los que estaban por encima de nuestras posibilidades sino nuestras ideas. Wert es el ministro que mejor lo ha entendido y ha elaborado un explosivo cóctel mezcla de recortes económicos, prejuicios políticos y un marcado sectarismo ideológico. A partir del próximo curso las escuelas no enseñarán respeto alguno a las opciones sexuales, se considerará un único modelo de matrimonio o de familia y se suprimirán las referencias a la homofobia o al machismo en los manuales de Educación para la Ciudadanía. Respetar las diferentes opciones sexuales y fomentar la igualdad eran un peligroso adoctrinamiento para las mentes adolescentes que deberían tener claros los diferentes roles sociales masculinos y femeninos, o como diría Gallardón, de mujer-mujer y hombre-hombre.
Los valores de la paz, el diálogo y de la convivencia serán sustituidos por un cántico a la propiedad privada y a la actividad empresarial, para mayor gloria de los mercados que dominan nuestras vidas. Se eliminarán los temas que explican las causas de la pobreza y se intentaba instruir al alumnado en los peligros del nacionalismo excluyente, o sea, de todo tipo de nacionalismo que no haga ondear la bandera española, pero el ceño fruncido de sus únicos socios ha modificado el texto, que no el contexto de este catecismo.
No fuimos conscientes del dispendio que suponía tratar a los seres humanos como tales y brindarles los cuidados sanitarios sin preguntarles su raza, su procedencia o su condición social. Estoy segura de que, al menos, un euro de cada mil se malgastaba en semejantes utopías propias de los que pensamos por encima de nuestras posibilidades. Por eso, tampoco la xenofobia o el racismo serán combatidos en las aulas. Nuestras ideas deben ser productivas y normativas, lejos de todo ideal comunitario; deben contribuir a aumentar la propiedad y ahuyentar el altruismo; deben fomentar el conformismo social y desterrar la conciencia crítica.
De todos los sueños utópicos el más peligroso ha resultado ser la enseñanza pública. ¡Qué derroche de profesorado, de tiza, de aulas, becas e investigación! Más horas, más alumnos, menos profes, menos salarios son una solución perfecta que tiene el aval indiscutible de 40 años de franquismo.
El ministro de Educación proclama que la enseñanza es obligatoria y gratuita solo hasta los 16 años, aunque con una pequeña reforma los jóvenes de 15 con dificultades podrán salir del sistema. Nos anuncia que paulatinamente habrá que pagar el 100% del coste de la enseñanza, desde el bachillerato y los ciclos profesionales hasta la Universidad. La enseñanza superior —nos sugiere— es un lujo de una sociedad enferma que soñó con trasladar la igualdad de oportunidades a las aulas. Se instalarán en las universidades barreras que solo se abrirán con el tintineo del money, money. No obstante, admitirán algunos genios sin ingresos a los que recordarán continuamente la generosidad que se les brinda.
Como ven eran nuestras ideas, que no nuestros gastos, las que estaban por encima de sus intereses. Nos repiten que es preciso erradicar y abominar de todo concepto de igualdad porque, indefectiblemente, nos lleva a aumentar el gasto público. El egoísmo y la segregación, por el contrario, son doctrinas económicas y restrictivas. Para esta operación se hace preciso amputar las conciencias, adormecer los sentimientos, criminalizar los conflictos y confrontar al que tiene poco con el que no tiene nada.
Con este mandato enviaron comisarios que han podido verificar la debilidad de nuestras instituciones, el conformismo de nuestros políticos y la fragilidad de nuestra propia conciencia. Su informe aconsejaba una intervención rápida seguros de que los costes serían mínimos.
Por eso, en pocos días, acaban de embargar nuestros sueños. Han cerrado la puerta de los servicios públicos a todos los que, sin ser yo, formaban parte de mi esperanza. Solo esa marea verde llena de voces jóvenes y rejóvenes sigue actuando por encima de sus posibilidades y pidiendo antorchas para iluminar estos tiempos oscuros.
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domingo, 20 de mayo de 2012
PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE LUIS GARCÍA MONTERO: EL POETA Y LOS OBJETOS
Ayer, en la Feria del Libro de Sevilla, colaboré en la presentación del nuevo libro de Luis García Montero, Una forma de resistencia. Os dejo aquí el texto completo de mi intervención:
Conocí a Luis una tarde de otoño en Granada, en un bar llamado La tertulia.
Tenía todo el aspecto de un chico bueno que contrastaba con el ambiente duro, malhablado y contestatario de esta inolvidable taberna granadina donde se congregaban todos los especímenes de la izquierda de la transición.
Lo rodeaba un grupo de estudiantes universitarias. El bajaba la cabeza como una flor tronchada.
Me llamó la atención su sonrisa. Una impagable sonrisa infantil del que encuentra siempre en la vida motivos de alegría. Una sonrisa que dibuja de una forma especial su boca, entre tímido y audaz.
Tan pronto hablaba entusiasmado como caía en un silencio melancólico. Su flequillo rebelde jugueteaba con su frente y él se lo atusaba como los niños buenos. Tenía un éxito arrollador del que él no era consciente, o al que restaba importancia.
- Es un gran poeta, me dijeron.
Cuando pude conseguir alguna de sus poesías me ocurrió como a tantos de sus lectores. Me quedé con hambre de sus versos. A partir de ahí él fue alimentando esa hoguera, poco a poco, como un calderero demasiado paciente. Y empezó a triunfar… Le llovieron los premios pero él no alteró ni un ápice su modestia tranquila, su mirada afectuosa para todo lo humano, incluso para con los contados y vociferantes envidiosos que se desesperan porque no lo alcanzan.
Es una clase extraña de poeta. Si fuésemos franceses diría el CIUDADANO POETA y quizá estuviera todo dicho pero en España, ay España, los ciudadanos molestan y a los poetas se les denigra. No hay más que ver la batalla del gobierno contra la educación para la ciudadanía y el nuevo ideario que pretenden imponer en la enseñanza.
No hay, sin embargo, en LGM ni una chispa de demagogia en su escritura, ni una sola directriz. Conoce el alma contradictoria y loca de la creación literaria que a veces dice lo contrario de lo que pretende y si no que se lo pregunten a Balzac o a Flaubert, tan preocupados por defender el antiguo régimen que hicieron el retrato más descarnado del capitalismo.
LGM, quizá sin quererlo, se está convirtiendo en una guía ética para los nuevos tiempos. Conoce las contradicciones del alma humana; desde este caparazón dulce y ameno ha vivido miles de vidas porque tiene el don de experimentar como propio todo lo ajeno.
La bondad, en estos terribles tiempos, se llama compasión. Se llama ser conscientes, acompañar el dolor ajeno sin estridencias, sin pretender ahormarlo, domarlo o dirigirlo, sino solo estar en cada circunstancia del lado más modesto. El mundo ahora se divide entre los que cierran sus ojos ante lo que ocurre, los que reprochan a los que nada tienen su imprevisión y su falta de esfuerzo y los que sienten tristeza por el mal ajeno.
Hay en esta actitud vital de Luis algo profundamente andaluz. Esa sociabilidad de nuestra tierra que no nos permite disfrutar de la fiesta cuando nuestro vecino sufre. Esa tendencia también andaluza a no vociferar, a llevar las penas sin asumir el triste papel de víctima en la comedia de la vida.
Nadie, excepto Luis, podría haber convertido un libro sobre los objetos en UNA FORMA DE RESISTENCIA. Un libro sobre butacas, billetes de avión, posavasos, corbatas, espejos en un libro sobre como resistir los embates del capitalismo más feroz. Todos objetos modestos, cotidianos, insignificantes.
Pero que nadie se engañe sobre el valor de los objetos. No acabamos de conocer a nadie hasta que no lo vemos en su casa, rodeado de sus objetos familiares. O, perdónenme por ponerme algo más triste. Todos hemos conocido el dolor de la despedida final de los objetos cuando hemos empaquetado pertenencias de nuestros seres queridos y hemos tenido que apartar a manotazos el dolor al contemplar un reloj, unas zapatillas, una bufanda o la tonta postal de un viaje.
Los objetos de los que nos habla Luis son perdurables. En algún momento han pertenecido al mundo del consumo, pero no son consumibles, han quedado impregnados de nuestras vidas. Nos hablan y les hablamos.
Bertold Brecht lo explicó maravillosamente en este poema:
De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.
Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus
formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.
De todos los objetos, los que más amo, son los usados…Objetos felices.
Los objetos no reemplazables son una forma de resistencia contra el consumismo atroz. Cuando no los apreciamos, cuando tendemos a sustituirlos rápidamente sin parar a pensarlo, es que también nosotros hemos aceptado ser sustituidos, pertenecer al reino de los objetos sin alma, al mercado y al consumo. Con los objetos pasa como con la inspiración, según decía Oscar Wilde, si la persigues te enloquece y se adueña de tu vida, si la acompañas es una fiel compañera.
En la galería de LGM algunos objetos hablan y tienen formada opinión sobre nuestras vidas. Por ejemplo los espejos de su casa tienen ideas contradictorias sobre Luis. El espejo del hall cree que es una persona cumplidora, aseada, respetuosa. El del dormitorio cree que es desastrado y dormilón. El del baño es quien mejor lo conoce porque es testigo de su reconstrucción continuada, de su mirada crítica y sus ensayos.
Hay objetos modestos, agazapados, como el jersey veraneando en nuestro armario, las zapatillas rotas. No en vano Pablo Neruda dedicó un poema a sus calcetines. No un poema, sino toda una Oda
Y es esta la moral de mi Oda:
Dos veces es belleza la belleza,
y lo que es bueno es doblemente bueno,
cuando se trata de dos calcetines
de lana en el invierno."
Otros objetos, te regañan. Algunos reclaman un trato especial que solo tú conoces: esa lavadora a la que tienes que asestar un golpe para que comience a funcionar, ese cable que necesita varias conexiones, ese interruptor que juega a las tres esquinas antes de encenderse.
Algunos objetos se convierten en metáforas perfectas de nuestras vidas. Las monedas que caen de nuestro bolsillo al finalizar el día. ¿Todo se vende? ¿todo se compra? Se interroga el poeta o la butaca de nuestro hogar, ese reino personal donde escribimos los decretos de nuestras lecturas y de nuestras cavilaciones. “Quizá, propone el poeta, los que se agarran tanto a los sillones ajenos es porque carecen de una butaca propia en su hogar”.
Los objetos nos hablan de los viajes realizados, de los aviones perdidos, de los partidos de fútbol a los que hemos asistido, de los conciertos de nuestros héroes de la música, de los amores perdidos. Son reliquias del tiempo pasado, metáforas personales que solo nosotros entendemos y que nos hablan de sentimientos, tal como expresaba Serrat: creíamos que los había matado el tiempo y la ausencia, pero acechan en un cajón, en un papel o en un rincón.
André Bretón fue de los primeros en reclamar esta metáfora de los objetos y compuso el poema objeto, una alteración de las normas de la razón, el placer de sentirse dominado por la relación entre las cosas divergentes.
Hay poesía en los objetos, sin duda. Por eso, este libro en prosa es una construcción profundamente poética. Lo decía el paisano de LGM, García Lorca: "la poesía es el misterio que hay en las cosas y todas las cosas tienen su misterio". Lorca vivió en una sociedad granadina aficionada a construir en cada casa un altarcico barroco con todas las cosas apreciadas. Luis exhibe las suyas en este libro: un paquete de cigarrillo Goya de su padre, una corbata chillona de Rafael Alberti, una pluma que le regaló Francisco Ayala y que permanece presa en su estuche por miedo a perderla.
Como decía Octavio Paz
Monumentos a cada momento
hechos con los desechos de cada momento:
jaulas de infinito.
Canicas, botones, dedales, dados,
alfileres, timbres, cuentas de vidrio:
cuentos del tiempo.
Pero sobre todo los objetos nos hablan del tiempo, pero no del tiempo de los mercados, sino del tiempo humanizado, vivido, concreto. Del tiempo que pasa y que nos cubre, de lo que quedará de nosotros cuando ya no estemos:
Jorge Luis Borges
"¡Cuántas cosas,/ limas, umbrales, atlas, copas, clavos,/ nos sirven como tácitos esclavos,/ ciegas y extrañamente sigilosas!/ Durarán más allá de nuestro olvido;/no sabrán nunca que nos hemos ido. (Las Cosas).
O como escribió Neruda
...muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.
Dice, Luis, que se inspiró en la novela Las uvas de la ira de John Steinbeck para escribir esta obra. Es curioso que resuelva escribir sobre los objetos inspirado por una legión de trabajadores desposeídos, que trasladaban sus contados enseres por los polvorientos caminos de Oklahoma. La pérdida y la rápida sustitución de los objetos es una metáfora sobre la pérdida de valor de los humanos, su fácil sustitución, su pérdida de influencia.
Los nuevos objetos y los nuevos trabajadores no llegan a ser amados, ni apreciados. No establecen vínculos estables. Son solo piezas sustituibles para mayor ganancia del mercado.
Por eso, nos recuerda Luis, cuidar y amar los objetos se convierte en una metáfora de cuidar los humanos, y añado yo, la naturaleza. Disfrutar de todo lo necesario, pero huir del consumismo y negarse a ser cosificado, clasificado, vendido o comprado.
Es posible que exista una ética de los objetos, de su posesión, de su cuidado frente a las lógicas del mercado. A esto hace alusión el poeta cuando ha titulado su libro “Una forma de resistencia”.
Desde que lo conocí en la Tertulia, Luis no ha perdido su sonrisa, ni su encantadora forma de atender a los demás. Era un niño bueno y la vida, ¡ay milagro!, lo ha hecho más sabio y más bueno.
Es el momento de reivindicar la bondad, la mirada compasiva sobre el ser humano. Por eso, aún a costa de ser cursi, y parafraseando a B.Brecht me despido:
De todos los poetas, a los que más amo, es a los que tienen una mirada compasiva sobre el ser humano. Por eso, manchado de su dolor, presente en todas las batallas de la dignidad, amo a LGM.
Concha Caballero
Sevilla, 19 de mayo de 2012
Conocí a Luis una tarde de otoño en Granada, en un bar llamado La tertulia.
Tenía todo el aspecto de un chico bueno que contrastaba con el ambiente duro, malhablado y contestatario de esta inolvidable taberna granadina donde se congregaban todos los especímenes de la izquierda de la transición.
Lo rodeaba un grupo de estudiantes universitarias. El bajaba la cabeza como una flor tronchada.
Me llamó la atención su sonrisa. Una impagable sonrisa infantil del que encuentra siempre en la vida motivos de alegría. Una sonrisa que dibuja de una forma especial su boca, entre tímido y audaz.
Tan pronto hablaba entusiasmado como caía en un silencio melancólico. Su flequillo rebelde jugueteaba con su frente y él se lo atusaba como los niños buenos. Tenía un éxito arrollador del que él no era consciente, o al que restaba importancia.
- Es un gran poeta, me dijeron.
Cuando pude conseguir alguna de sus poesías me ocurrió como a tantos de sus lectores. Me quedé con hambre de sus versos. A partir de ahí él fue alimentando esa hoguera, poco a poco, como un calderero demasiado paciente. Y empezó a triunfar… Le llovieron los premios pero él no alteró ni un ápice su modestia tranquila, su mirada afectuosa para todo lo humano, incluso para con los contados y vociferantes envidiosos que se desesperan porque no lo alcanzan.
Es una clase extraña de poeta. Si fuésemos franceses diría el CIUDADANO POETA y quizá estuviera todo dicho pero en España, ay España, los ciudadanos molestan y a los poetas se les denigra. No hay más que ver la batalla del gobierno contra la educación para la ciudadanía y el nuevo ideario que pretenden imponer en la enseñanza.
No hay, sin embargo, en LGM ni una chispa de demagogia en su escritura, ni una sola directriz. Conoce el alma contradictoria y loca de la creación literaria que a veces dice lo contrario de lo que pretende y si no que se lo pregunten a Balzac o a Flaubert, tan preocupados por defender el antiguo régimen que hicieron el retrato más descarnado del capitalismo.
LGM, quizá sin quererlo, se está convirtiendo en una guía ética para los nuevos tiempos. Conoce las contradicciones del alma humana; desde este caparazón dulce y ameno ha vivido miles de vidas porque tiene el don de experimentar como propio todo lo ajeno.
La bondad, en estos terribles tiempos, se llama compasión. Se llama ser conscientes, acompañar el dolor ajeno sin estridencias, sin pretender ahormarlo, domarlo o dirigirlo, sino solo estar en cada circunstancia del lado más modesto. El mundo ahora se divide entre los que cierran sus ojos ante lo que ocurre, los que reprochan a los que nada tienen su imprevisión y su falta de esfuerzo y los que sienten tristeza por el mal ajeno.
Hay en esta actitud vital de Luis algo profundamente andaluz. Esa sociabilidad de nuestra tierra que no nos permite disfrutar de la fiesta cuando nuestro vecino sufre. Esa tendencia también andaluza a no vociferar, a llevar las penas sin asumir el triste papel de víctima en la comedia de la vida.
Nadie, excepto Luis, podría haber convertido un libro sobre los objetos en UNA FORMA DE RESISTENCIA. Un libro sobre butacas, billetes de avión, posavasos, corbatas, espejos en un libro sobre como resistir los embates del capitalismo más feroz. Todos objetos modestos, cotidianos, insignificantes.
Pero que nadie se engañe sobre el valor de los objetos. No acabamos de conocer a nadie hasta que no lo vemos en su casa, rodeado de sus objetos familiares. O, perdónenme por ponerme algo más triste. Todos hemos conocido el dolor de la despedida final de los objetos cuando hemos empaquetado pertenencias de nuestros seres queridos y hemos tenido que apartar a manotazos el dolor al contemplar un reloj, unas zapatillas, una bufanda o la tonta postal de un viaje.
Los objetos de los que nos habla Luis son perdurables. En algún momento han pertenecido al mundo del consumo, pero no son consumibles, han quedado impregnados de nuestras vidas. Nos hablan y les hablamos.
Bertold Brecht lo explicó maravillosamente en este poema:
De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.
Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus
formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.
De todos los objetos, los que más amo, son los usados…Objetos felices.
Los objetos no reemplazables son una forma de resistencia contra el consumismo atroz. Cuando no los apreciamos, cuando tendemos a sustituirlos rápidamente sin parar a pensarlo, es que también nosotros hemos aceptado ser sustituidos, pertenecer al reino de los objetos sin alma, al mercado y al consumo. Con los objetos pasa como con la inspiración, según decía Oscar Wilde, si la persigues te enloquece y se adueña de tu vida, si la acompañas es una fiel compañera.
En la galería de LGM algunos objetos hablan y tienen formada opinión sobre nuestras vidas. Por ejemplo los espejos de su casa tienen ideas contradictorias sobre Luis. El espejo del hall cree que es una persona cumplidora, aseada, respetuosa. El del dormitorio cree que es desastrado y dormilón. El del baño es quien mejor lo conoce porque es testigo de su reconstrucción continuada, de su mirada crítica y sus ensayos.
Hay objetos modestos, agazapados, como el jersey veraneando en nuestro armario, las zapatillas rotas. No en vano Pablo Neruda dedicó un poema a sus calcetines. No un poema, sino toda una Oda
Y es esta la moral de mi Oda:
Dos veces es belleza la belleza,
y lo que es bueno es doblemente bueno,
cuando se trata de dos calcetines
de lana en el invierno."
Otros objetos, te regañan. Algunos reclaman un trato especial que solo tú conoces: esa lavadora a la que tienes que asestar un golpe para que comience a funcionar, ese cable que necesita varias conexiones, ese interruptor que juega a las tres esquinas antes de encenderse.
Algunos objetos se convierten en metáforas perfectas de nuestras vidas. Las monedas que caen de nuestro bolsillo al finalizar el día. ¿Todo se vende? ¿todo se compra? Se interroga el poeta o la butaca de nuestro hogar, ese reino personal donde escribimos los decretos de nuestras lecturas y de nuestras cavilaciones. “Quizá, propone el poeta, los que se agarran tanto a los sillones ajenos es porque carecen de una butaca propia en su hogar”.
Los objetos nos hablan de los viajes realizados, de los aviones perdidos, de los partidos de fútbol a los que hemos asistido, de los conciertos de nuestros héroes de la música, de los amores perdidos. Son reliquias del tiempo pasado, metáforas personales que solo nosotros entendemos y que nos hablan de sentimientos, tal como expresaba Serrat: creíamos que los había matado el tiempo y la ausencia, pero acechan en un cajón, en un papel o en un rincón.
André Bretón fue de los primeros en reclamar esta metáfora de los objetos y compuso el poema objeto, una alteración de las normas de la razón, el placer de sentirse dominado por la relación entre las cosas divergentes.
Hay poesía en los objetos, sin duda. Por eso, este libro en prosa es una construcción profundamente poética. Lo decía el paisano de LGM, García Lorca: "la poesía es el misterio que hay en las cosas y todas las cosas tienen su misterio". Lorca vivió en una sociedad granadina aficionada a construir en cada casa un altarcico barroco con todas las cosas apreciadas. Luis exhibe las suyas en este libro: un paquete de cigarrillo Goya de su padre, una corbata chillona de Rafael Alberti, una pluma que le regaló Francisco Ayala y que permanece presa en su estuche por miedo a perderla.
Como decía Octavio Paz
Monumentos a cada momento
hechos con los desechos de cada momento:
jaulas de infinito.
Canicas, botones, dedales, dados,
alfileres, timbres, cuentas de vidrio:
cuentos del tiempo.
Pero sobre todo los objetos nos hablan del tiempo, pero no del tiempo de los mercados, sino del tiempo humanizado, vivido, concreto. Del tiempo que pasa y que nos cubre, de lo que quedará de nosotros cuando ya no estemos:
Jorge Luis Borges
"¡Cuántas cosas,/ limas, umbrales, atlas, copas, clavos,/ nos sirven como tácitos esclavos,/ ciegas y extrañamente sigilosas!/ Durarán más allá de nuestro olvido;/no sabrán nunca que nos hemos ido. (Las Cosas).
O como escribió Neruda
...muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.
Dice, Luis, que se inspiró en la novela Las uvas de la ira de John Steinbeck para escribir esta obra. Es curioso que resuelva escribir sobre los objetos inspirado por una legión de trabajadores desposeídos, que trasladaban sus contados enseres por los polvorientos caminos de Oklahoma. La pérdida y la rápida sustitución de los objetos es una metáfora sobre la pérdida de valor de los humanos, su fácil sustitución, su pérdida de influencia.
Los nuevos objetos y los nuevos trabajadores no llegan a ser amados, ni apreciados. No establecen vínculos estables. Son solo piezas sustituibles para mayor ganancia del mercado.
Por eso, nos recuerda Luis, cuidar y amar los objetos se convierte en una metáfora de cuidar los humanos, y añado yo, la naturaleza. Disfrutar de todo lo necesario, pero huir del consumismo y negarse a ser cosificado, clasificado, vendido o comprado.
Es posible que exista una ética de los objetos, de su posesión, de su cuidado frente a las lógicas del mercado. A esto hace alusión el poeta cuando ha titulado su libro “Una forma de resistencia”.
Desde que lo conocí en la Tertulia, Luis no ha perdido su sonrisa, ni su encantadora forma de atender a los demás. Era un niño bueno y la vida, ¡ay milagro!, lo ha hecho más sabio y más bueno.
Es el momento de reivindicar la bondad, la mirada compasiva sobre el ser humano. Por eso, aún a costa de ser cursi, y parafraseando a B.Brecht me despido:
De todos los poetas, a los que más amo, es a los que tienen una mirada compasiva sobre el ser humano. Por eso, manchado de su dolor, presente en todas las batallas de la dignidad, amo a LGM.
Concha Caballero
Sevilla, 19 de mayo de 2012
DOS VARAS DE MEDIR
Publicado en El País Andalucía
Ya sé que no es políticamente correcto decirlo en voz alta pero están maltratando a Andalucía. Ya sé que en medio de la tormenta financiera que se abate sobre nuestro país, es mejor salvar el acuerdo por el que se han aprobado los planes de las Comunidades Autónomas y esperar tiempos mejores, pero la verdad no puede resentirse hasta el extremo de presentar como justa, la injusticia y como colaboración el resultado de la amenaza.
En primer lugar, ha sido el gobierno y solo el gobierno quien se ha empeñado en desprestigiar la labor de las comunidades autónomas y la que ha desplazado el déficit del gobierno central hacia la periferia. Ha sido una tremenda irresponsabilidad porque el deterioro de la solvencia de cualquier comunidad, recaía como un boomerang contra la marca España. Pero ha exigido el recorte autonómico, más allá de lo razonable, como una forma de forzar la disminución del gasto en los servicios públicos esenciales, salud y educación, a los que no aman en absoluto.
En segundo lugar, el gobierno central ha jugado contra la marca Andalucía especialmente desde que perdieron las elecciones del pasado 25-M. El Ministro Montoro, que ayer se investía de la autoridad de un juez y de un censor de cuentas, dedicó buena parte de su actividad en los meses pasados a desprestigiar las finanzas andaluzas, a hablar de facturas ocultas y de balances poco transparentes. Ni siquiera pidió perdón por sus afirmaciones cuando se demostró de forma fehaciente que Andalucía debía a los proveedores menos de la mitad que Valencia y casi igual que Murcia con una población de 400.000 habitantes. Atacar las finanzas andaluzas ha sido un deporte entre los altos cargos del PP, jaleados por las peticiones de intervención de la derecha mediática.
Pero el castigo a Andalucía no ha cesado ni por un momento y el antiandalucismo se ha convertido en leitmotiv de la política estatal. Se ha establecido así una doble vara de medir en las decisiones económicas que los gobernantes andaluces deberían de explicar con claridad. En la reunión del Consejo de Política fiscal y financiera donde se aprobaron los planes de ajuste de las comunidades se pudo comprobar la falta de ecuanimidad y de criterios. El tribunal ante el que Andalucía presentaría sus cuentas era inquietante. El juez supremo que marcaría el destino de Andalucía, el señor Montoro, el mismo que nos mandaba al infierno de la intervención sin mirar ni siquiera los balances., Mientras que las cuentas de Murcia, Castilla la Mancha o Valencia, que duplican el déficit andaluz, fueron aprobadas literalmente “con nota”, amagaron con dejar en suspenso las cuentas de Andalucía. Mientras que a otras comunidades se les aceptaban recortes contabilizados a la manera de las cuentas del Gran Capitán a Andalucía se les exigía justificar hasta el último euro.
Sin querer provocar ninguna confrontación territorial con Cataluña, cuyo Conseller tuvo diez veces más visión de estado que el propio ministro Montoro, a esta comunidad se le aceptó recuperar la inversión prevista en su estatuto de Autonomía, mientras que a Andalucía no se le permitió hacer exactamente lo mismo: a saber, que el estado debe abonar 408 millones de euros para cumplir lo que establece el Estatuto de Autonomía de Andalucía ni mucho menos computar como parte del ajuste andaluz los 1.400 millones que el Estado debe de años anteriores.
No sé hasta qué punto la discreción o el miedo son los mejores acompañantes para Andalucía en esta tormentosa travesía. Los sacrificios que se les van a exigir a los andaluces, especialmente a los funcionarios, no van a ser fáciles de entender si no se explica el contexto político que nos acompaña o que nos amenaza. No solo hay que salvar los servicios públicos de envites privatizadores y de su deterioro, también hay que proteger a los profesionales que los hacen posibles. Por ellos hay que apurar al límite las posibilidades de negociación, aplacar la dureza de los recortes, valorar su trabajo y su tiempo. Y, sobre todo, contar la verdad.
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sábado, 12 de mayo de 2012
NO HAY PALABRAS
Publicado en El País Andalucía
He entrado en clase dispuesta a regañar a mis alumnos. Tenía
preparado un pequeño discursito sobre el esfuerzo, el futuro, la
importancia de ir cargando la mochila de titulaciones adicionales.
—¿Por qué no os habéis presentado a las pruebas del Trinity?
—Porque cuestan 90 euros— me contestaron secamente.
Las palabras que no se pronuncian no hacen ningún ruido, pero caen a un pozo negro, desarmadas, incoherentes. En este caso cayeron a mis pies, se enredaron en mis zapatos y me llevaron directamente a la realidad.
En este curso he aprendido a no preguntar dónde están los libros de las lecturas obligatorias. Ya sé que los 30 o 40 euros de su importe pueden desequilibrar algunos presupuestos familiares que cuentan los días en billetes de 10 o 15 euros. Me he limitado a colgar los textos en mi blog, incluso los más recientes que están sujetos a derechos. Espero que Luis Sepúlveda o los herederos de J. D. Salinger sepan comprenderlo.
El tradicional viaje de final de curso se ha suprimido en muchos casos y cuando se hace, entristece ver una docena de alumnos que no han ido por motivos económicos, aunque nadie dice nada, ni pierden la sonrisa, ni se quejan por los pasillos. Los que van a Selectividad preguntan por las tasas de inscripción, por detalles tan insignificantes como cuánto valen las pruebas de las asignaturas optativas. Los más previsores hacen cuentas de cuánto les supondrá el autobús diario hasta la facultad y los libros de texto de la carrera.
Hasta hace muy poco tiempo estaban ajenos a esta nueva matemática. Sus cuentas se reducían al tiempo de ocio, a la compra de un artículo electrónico o a la ropa de la temporada. Ahora aprenden a hacer sumas y restas con sus propias vidas, con sus expectativas y con su futuro. Hablan de becas, del aumento indecente de las tasas universitarias y de cómo obtener una matrícula gratuita.
Te interrogan sobre cuáles son las carreras con mayores salidas profesionales y no sabes qué decirles. Les explicas que es importante que, hagan lo que hagan, se impliquen a fondo; que intenten seguir sus gustos y sus inclinaciones al tiempo que les aconsejas que pongan un punto de realismo. Discursos contradictorios que acaban con la recomendación de que sigan estudiando, una tabla de salvación a la que intentas aferrarlos, porque a pesar de todo su futuro será mejor si consiguen cualificarse profesionalmente. Mientras acabas tu discurso, te acuerdas de todos los jóvenes que conoces que reparten infructuosamente sus impresionantes currículos por las empresas y que cuando trabajan lo hacen en unas condiciones tan leoninas que solo el posibilismo cruel de nuestro tiempo te ayuda a ahogar la indignación. Te vienen a la mente los rostros de los que han tomado la dolorosa decisión de marcharse muy lejos, lo que pone de manifiesto que no es la enseñanza la que falla, sino la empresa y la sociedad de nuestro país.
Esos jóvenes han ido esta semana a la huelga contra los recortes educativos pero esta vez no había el aire de fiesta de otras ocasiones. Es como si supieran que ahora la vida va en serio con ellos, que no están estudiando un capítulo aburrido de la historia de España sino que forman parte de la primera línea de una crisis que se escribe con su carne.
Ha habido gobiernos que se han confrontado con algún sector social pero no ha existido hasta ahora ningún gobierno que se confronte con todo el sistema educativo. La derecha mediática dice que los malos estudiantes agitan la educación y publican fotos carcelarias de algunos dirigentes estudiantiles. Utilizan los mismos argumentos que los ministros franquistas de los años sesenta contra las movilizaciones juveniles: cosas de malos estudiantes y de infiltrados marxistas. Pero resulta que son los buenos estudiantes los que más se movilizan porque son los que se interesan, leen la prensa y escuchan indignados las noticias; son ellos los que te preguntan cómo es posible que el Gobierno facilite 10.000 millones a Bankia mientras a ellos les siegan el porvenir. No hay palabras.
—¿Por qué no os habéis presentado a las pruebas del Trinity?
—Porque cuestan 90 euros— me contestaron secamente.
Las palabras que no se pronuncian no hacen ningún ruido, pero caen a un pozo negro, desarmadas, incoherentes. En este caso cayeron a mis pies, se enredaron en mis zapatos y me llevaron directamente a la realidad.
En este curso he aprendido a no preguntar dónde están los libros de las lecturas obligatorias. Ya sé que los 30 o 40 euros de su importe pueden desequilibrar algunos presupuestos familiares que cuentan los días en billetes de 10 o 15 euros. Me he limitado a colgar los textos en mi blog, incluso los más recientes que están sujetos a derechos. Espero que Luis Sepúlveda o los herederos de J. D. Salinger sepan comprenderlo.
El tradicional viaje de final de curso se ha suprimido en muchos casos y cuando se hace, entristece ver una docena de alumnos que no han ido por motivos económicos, aunque nadie dice nada, ni pierden la sonrisa, ni se quejan por los pasillos. Los que van a Selectividad preguntan por las tasas de inscripción, por detalles tan insignificantes como cuánto valen las pruebas de las asignaturas optativas. Los más previsores hacen cuentas de cuánto les supondrá el autobús diario hasta la facultad y los libros de texto de la carrera.
Hasta hace muy poco tiempo estaban ajenos a esta nueva matemática. Sus cuentas se reducían al tiempo de ocio, a la compra de un artículo electrónico o a la ropa de la temporada. Ahora aprenden a hacer sumas y restas con sus propias vidas, con sus expectativas y con su futuro. Hablan de becas, del aumento indecente de las tasas universitarias y de cómo obtener una matrícula gratuita.
Te interrogan sobre cuáles son las carreras con mayores salidas profesionales y no sabes qué decirles. Les explicas que es importante que, hagan lo que hagan, se impliquen a fondo; que intenten seguir sus gustos y sus inclinaciones al tiempo que les aconsejas que pongan un punto de realismo. Discursos contradictorios que acaban con la recomendación de que sigan estudiando, una tabla de salvación a la que intentas aferrarlos, porque a pesar de todo su futuro será mejor si consiguen cualificarse profesionalmente. Mientras acabas tu discurso, te acuerdas de todos los jóvenes que conoces que reparten infructuosamente sus impresionantes currículos por las empresas y que cuando trabajan lo hacen en unas condiciones tan leoninas que solo el posibilismo cruel de nuestro tiempo te ayuda a ahogar la indignación. Te vienen a la mente los rostros de los que han tomado la dolorosa decisión de marcharse muy lejos, lo que pone de manifiesto que no es la enseñanza la que falla, sino la empresa y la sociedad de nuestro país.
Esos jóvenes han ido esta semana a la huelga contra los recortes educativos pero esta vez no había el aire de fiesta de otras ocasiones. Es como si supieran que ahora la vida va en serio con ellos, que no están estudiando un capítulo aburrido de la historia de España sino que forman parte de la primera línea de una crisis que se escribe con su carne.
Ha habido gobiernos que se han confrontado con algún sector social pero no ha existido hasta ahora ningún gobierno que se confronte con todo el sistema educativo. La derecha mediática dice que los malos estudiantes agitan la educación y publican fotos carcelarias de algunos dirigentes estudiantiles. Utilizan los mismos argumentos que los ministros franquistas de los años sesenta contra las movilizaciones juveniles: cosas de malos estudiantes y de infiltrados marxistas. Pero resulta que son los buenos estudiantes los que más se movilizan porque son los que se interesan, leen la prensa y escuchan indignados las noticias; son ellos los que te preguntan cómo es posible que el Gobierno facilite 10.000 millones a Bankia mientras a ellos les siegan el porvenir. No hay palabras.
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EL RECORTAZO DE ARENAS
Publicado en El País Andalucía
“Díganos de dónde viene el recorte de 2.700 millones de euros”, afirmó Javier Arenas con tono altanero en el debate de investidura. Pensé que había escuchado mal la frase pero no, el portavoz de la oposición había pronunciado estas palabras sin el menor asomo de duda o de vacilación. Insistió en la idea, con el procedimiento consabido de colocar el sufijo -azo a la palabra para dar mayor énfasis a la idea. “Díganos si el recortazo va a afectar a la sanidad, la educación o la dependencia”, insistió. Se ha equivocado de lugar y de personaje, pensé. Con los decretos del Gobierno central aún calientes que obligan a recortar 10.000 millones de euros a las autonomías, con la tinta todavía fresca del decretazo en la enseñanza y el copago sanitario o la reducción drástica de los fondos para la dependencia, no era posible que el inteligente portavoz del PP hiciera una preguntas que solo podían ser respondidas con los famosos versos de Bécquer “¿Y tú me lo preguntas? / Poesía... eres tú”. O sea, el Gobierno central obliga a las comunidades a recortar los servicios públicos vía decreto y, de paso, pisoteando las competencias de las autonomías. De forma especial, en el caso de Andalucía, amenaza a la comunidad autónoma en caso de no hacerlo, con intervenir sus cuentas. En cualquier caso, el representante del PP en Andalucía intentará hacer oposición criticando los recortes que ellos mismos han impuesto. Una operación de trilerismo político tan burda que detectaría hasta el ciudadano más indocumentado. Pero lo más grave no es eso. Es que, mientras Arenas subía a la tribuna del Parlamento de Andalucía, un coro mediático de voces azules casi negras, reclamaban una intervención urgente del Gobierno central. Según ellos, el Estado tiene instrumentos para impedir un Gobierno de izquierdas en Andalucía y evitar, así, el “desafío” de una comunidad autónoma. Argumentan que no es el PP quien tiene un problema por haber perdido las elecciones andaluzas, sino España. Por eso exigen que “Rajoy no titubee si tiene que intervenir la comunidad”. Les ruego que presten mucha atención a estas palabras. No las pronuncian cuatro locos en la Red sino medios de comunicación con accionistas y tirada diaria; no son un fruto momentáneo e irreflexivo, sino toda una declaración de intenciones. La música y la letra de estos textos son absolutamente golpistas, antidemocráticas y repulsivas. El nuevo Gobierno andaluz tiene muchas dificultades reales, derivadas del paro y de la crisis económica, pero no debe sufrir un zarandeo político por el simple hecho de que Andalucía no tenga el mismo color político que el Gobierno central, ni mucho menos ser amenazada porque a determinados poderes económicos no les guste la composición de su Gobierno. El portavoz del PP en Andalucía va a tener motivos más que suficientes para ejercer una oposición inteligente y democrática, sin subirse al carro del desprecio por nuestra tierra y del golpismo latente que alientan los medios más conservadores. Es verdad que la labor de oposición del PP será sumamente difícil. Las políticas de recorte de Rajoy están agotando la paciencia de la ciudadanía. No hay día que no se anuncie algún nuevo pellizco a las economías más débiles, a la educación, la sanidad o la cobertura social. No hay día que no se desprestigie un colectivo o un sector laboral para cargar sobre ellos la tinta del malestar social. Javier Arenas no podrá abstraerse de las políticas de recorte estatal ni hablar, como si nada pasara, de los temas sociales de Andalucía. Es verdad que estas políticas de recorte pueden pasarle una factura importante al PP en Andalucía e imposibilitar gran parte de su papel de oposición, pero sus dirigentes deben saber que este precio no será nada comparado con la factura que pagarán si el pueblo andaluz detecta que hay una estrategia de acoso y derribo contra nuestra comunidad autónoma.
“Díganos de dónde viene el recorte de 2.700 millones de euros”, afirmó Javier Arenas con tono altanero en el debate de investidura. Pensé que había escuchado mal la frase pero no, el portavoz de la oposición había pronunciado estas palabras sin el menor asomo de duda o de vacilación. Insistió en la idea, con el procedimiento consabido de colocar el sufijo -azo a la palabra para dar mayor énfasis a la idea. “Díganos si el recortazo va a afectar a la sanidad, la educación o la dependencia”, insistió. Se ha equivocado de lugar y de personaje, pensé. Con los decretos del Gobierno central aún calientes que obligan a recortar 10.000 millones de euros a las autonomías, con la tinta todavía fresca del decretazo en la enseñanza y el copago sanitario o la reducción drástica de los fondos para la dependencia, no era posible que el inteligente portavoz del PP hiciera una preguntas que solo podían ser respondidas con los famosos versos de Bécquer “¿Y tú me lo preguntas? / Poesía... eres tú”. O sea, el Gobierno central obliga a las comunidades a recortar los servicios públicos vía decreto y, de paso, pisoteando las competencias de las autonomías. De forma especial, en el caso de Andalucía, amenaza a la comunidad autónoma en caso de no hacerlo, con intervenir sus cuentas. En cualquier caso, el representante del PP en Andalucía intentará hacer oposición criticando los recortes que ellos mismos han impuesto. Una operación de trilerismo político tan burda que detectaría hasta el ciudadano más indocumentado. Pero lo más grave no es eso. Es que, mientras Arenas subía a la tribuna del Parlamento de Andalucía, un coro mediático de voces azules casi negras, reclamaban una intervención urgente del Gobierno central. Según ellos, el Estado tiene instrumentos para impedir un Gobierno de izquierdas en Andalucía y evitar, así, el “desafío” de una comunidad autónoma. Argumentan que no es el PP quien tiene un problema por haber perdido las elecciones andaluzas, sino España. Por eso exigen que “Rajoy no titubee si tiene que intervenir la comunidad”. Les ruego que presten mucha atención a estas palabras. No las pronuncian cuatro locos en la Red sino medios de comunicación con accionistas y tirada diaria; no son un fruto momentáneo e irreflexivo, sino toda una declaración de intenciones. La música y la letra de estos textos son absolutamente golpistas, antidemocráticas y repulsivas. El nuevo Gobierno andaluz tiene muchas dificultades reales, derivadas del paro y de la crisis económica, pero no debe sufrir un zarandeo político por el simple hecho de que Andalucía no tenga el mismo color político que el Gobierno central, ni mucho menos ser amenazada porque a determinados poderes económicos no les guste la composición de su Gobierno. El portavoz del PP en Andalucía va a tener motivos más que suficientes para ejercer una oposición inteligente y democrática, sin subirse al carro del desprecio por nuestra tierra y del golpismo latente que alientan los medios más conservadores. Es verdad que la labor de oposición del PP será sumamente difícil. Las políticas de recorte de Rajoy están agotando la paciencia de la ciudadanía. No hay día que no se anuncie algún nuevo pellizco a las economías más débiles, a la educación, la sanidad o la cobertura social. No hay día que no se desprestigie un colectivo o un sector laboral para cargar sobre ellos la tinta del malestar social. Javier Arenas no podrá abstraerse de las políticas de recorte estatal ni hablar, como si nada pasara, de los temas sociales de Andalucía. Es verdad que estas políticas de recorte pueden pasarle una factura importante al PP en Andalucía e imposibilitar gran parte de su papel de oposición, pero sus dirigentes deben saber que este precio no será nada comparado con la factura que pagarán si el pueblo andaluz detecta que hay una estrategia de acoso y derribo contra nuestra comunidad autónoma.
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martes, 1 de mayo de 2012
COSAS QE NO CUESTAN DINERO
Publicado en El País Andalucía
Sin Andalucía, serían felices. ¿Para qué emplear más palabras? Sin Andalucía las afirmaciones del ministro de Economía sonarían como las de Moisés al enunciar los 10 mandamientos en el monte Sinaí, en vez de cómo el sonsonete afilado del señor Burns, propietario de la central nuclear en la serie Los Simpson. Sin Andalucía, el bronceado intenso de Ana Mato no contrastaría de forma tan clara con el intento de expulsar del sistema sanitario a los morenos naturales de allende los mares.
Andalucía era imprescindible para cerrar el círculo, asentar el pensamiento único de que la crisis económica no puede ser superada sino con la liquidación de una parte importante del Estado de bienestar y con una modificación del actual Estado de las autonomías. El pastel estaba cocinado y la mesa puesta. La única pluralidad, con mando en plaza, sería la del Gobierno de Artur Mas, con quien el PP mantiene un 99% de coincidencias en materia económica y social. En cuanto a las divergencias, serían altamente rentables. O bien se produciría un acuerdo bilateral con Cataluña o una confrontación de bajo nivel en el que los contendientes se envolverían en las banderas españolas y catalanas, respectivamente, para alborozo de sus respectivos nacionalistas.
Pero Andalucía siempre llega cuando no se la espera. Ya pasó cuando decidió, contra todo pronóstico, conquistar la autonomía plena y romper un mapa desigual. Ahora ha vuelto a ocurrir, a la manera de este contradictorio siglo XXI, con menos épica y más contradicciones; sin las grandes pasiones y enormes esperanzas de hace tantos años. Pero lo ha vuelto a hacer y, pese a quien pese, se ha situado en el centro del debate político, con las banderas algo ajadas, pero con el mismo latido de igualdad.
El nuevo Gobierno debe ser consciente de que recibe un legado delicado que debe implicarlos más allá de sus propias fuerzas. El pueblo andaluz sabe las dificultades de la situación actual: la escasez de fondos públicos, los límites de la gestión política, la dificultad de invertir la rueda que nos empuja hacia el precipicio. No esperan milagros asombrosos pero serán absolutamente exigentes en las formas de ejercer el poder político, en la sensibilidad de las medidas que se adopten y en el ejemplo que ofrezcan a la sociedad andaluza.
En política, como en la vida, hay muchas cosas que no cuestan dinero pero que nos devuelven la confianza. No cuesta dinero, sino todo lo contrario, la honradez ni la sensibilidad social. No cuesta dinero poner en marcha de forma inmediata un código ético que no solo prevenga contra los casos de corrupción, sino que nos proteja de cualquier uso clientelar del poder político. Tampoco sería mala idea recuperar la educación y la elegancia como valores de la izquierda, fundamentalmente ahora que la derecha se ha vuelto lenguaraz e insultante.
No cuesta dinero la participación y el diálogo social, pero el de verdad, no el que se reduce a una consulta institucionalizada a las organizaciones sociales. Miles y miles de andaluces y andaluzas estarían deseando aportar sus conocimientos e ideas para mejorar nuestros servicios públicos, fomentar el empleo, proteger el medio ambiente o avanzar en igualdad de oportunidades. El talante del nuevo Gobierno debería caracterizarse por una escucha activa de la sociedad, lejos del autoritarismo o del paternalismo desmovilizador que nos ha privado de tantos talentos y soluciones.
Andalucía no va a buscar confrontaciones, se las va a encontrar en el camino. Sin dar siquiera tiempo a que se constituya el Parlamento, el Gobierno central ya ha planteado tres recursos contra decisiones andaluzas (subasta medicamentos, ley de incompatibilidades y oposiciones de docentes) y ha pronunciado las palabras temibles que suenan a golpe anti-andaluz: si no obedecen, serán intervenidos. Una amenaza inaceptable que nos recuerda a la frase favorita del personaje citado de Los Simpson, el dueño de la central nuclear, cada vez que los trabajadores desoyen sus órdenes: “¡Suelte a los perros
Sin Andalucía, serían felices. ¿Para qué emplear más palabras? Sin Andalucía las afirmaciones del ministro de Economía sonarían como las de Moisés al enunciar los 10 mandamientos en el monte Sinaí, en vez de cómo el sonsonete afilado del señor Burns, propietario de la central nuclear en la serie Los Simpson. Sin Andalucía, el bronceado intenso de Ana Mato no contrastaría de forma tan clara con el intento de expulsar del sistema sanitario a los morenos naturales de allende los mares.
Andalucía era imprescindible para cerrar el círculo, asentar el pensamiento único de que la crisis económica no puede ser superada sino con la liquidación de una parte importante del Estado de bienestar y con una modificación del actual Estado de las autonomías. El pastel estaba cocinado y la mesa puesta. La única pluralidad, con mando en plaza, sería la del Gobierno de Artur Mas, con quien el PP mantiene un 99% de coincidencias en materia económica y social. En cuanto a las divergencias, serían altamente rentables. O bien se produciría un acuerdo bilateral con Cataluña o una confrontación de bajo nivel en el que los contendientes se envolverían en las banderas españolas y catalanas, respectivamente, para alborozo de sus respectivos nacionalistas.
Pero Andalucía siempre llega cuando no se la espera. Ya pasó cuando decidió, contra todo pronóstico, conquistar la autonomía plena y romper un mapa desigual. Ahora ha vuelto a ocurrir, a la manera de este contradictorio siglo XXI, con menos épica y más contradicciones; sin las grandes pasiones y enormes esperanzas de hace tantos años. Pero lo ha vuelto a hacer y, pese a quien pese, se ha situado en el centro del debate político, con las banderas algo ajadas, pero con el mismo latido de igualdad.
El nuevo Gobierno debe ser consciente de que recibe un legado delicado que debe implicarlos más allá de sus propias fuerzas. El pueblo andaluz sabe las dificultades de la situación actual: la escasez de fondos públicos, los límites de la gestión política, la dificultad de invertir la rueda que nos empuja hacia el precipicio. No esperan milagros asombrosos pero serán absolutamente exigentes en las formas de ejercer el poder político, en la sensibilidad de las medidas que se adopten y en el ejemplo que ofrezcan a la sociedad andaluza.
En política, como en la vida, hay muchas cosas que no cuestan dinero pero que nos devuelven la confianza. No cuesta dinero, sino todo lo contrario, la honradez ni la sensibilidad social. No cuesta dinero poner en marcha de forma inmediata un código ético que no solo prevenga contra los casos de corrupción, sino que nos proteja de cualquier uso clientelar del poder político. Tampoco sería mala idea recuperar la educación y la elegancia como valores de la izquierda, fundamentalmente ahora que la derecha se ha vuelto lenguaraz e insultante.
No cuesta dinero la participación y el diálogo social, pero el de verdad, no el que se reduce a una consulta institucionalizada a las organizaciones sociales. Miles y miles de andaluces y andaluzas estarían deseando aportar sus conocimientos e ideas para mejorar nuestros servicios públicos, fomentar el empleo, proteger el medio ambiente o avanzar en igualdad de oportunidades. El talante del nuevo Gobierno debería caracterizarse por una escucha activa de la sociedad, lejos del autoritarismo o del paternalismo desmovilizador que nos ha privado de tantos talentos y soluciones.
Andalucía no va a buscar confrontaciones, se las va a encontrar en el camino. Sin dar siquiera tiempo a que se constituya el Parlamento, el Gobierno central ya ha planteado tres recursos contra decisiones andaluzas (subasta medicamentos, ley de incompatibilidades y oposiciones de docentes) y ha pronunciado las palabras temibles que suenan a golpe anti-andaluz: si no obedecen, serán intervenidos. Una amenaza inaceptable que nos recuerda a la frase favorita del personaje citado de Los Simpson, el dueño de la central nuclear, cada vez que los trabajadores desoyen sus órdenes: “¡Suelte a los perros
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lunes, 23 de abril de 2012
¿CRISIS O ESTAFA?
Publicado en el País de Andalucía
La nueva moneda española no se llama euro, se llama café. La cosa empezó con el Secretario de Administraciones Públicas que ridiculizó a toda la función pública como una panda de desalmados dedicados a tomar cafelito y leer el periódico. Ahora, con las medidas de copago sanitario, el portavoz del PP en la comisión de sanidad, afirma que el coste de esta medida es el equivalente a cuatro o cinco cafés al mes. Los pensionistas pueden perfectamente privarse de ellos y contribuir a pagar el gasto farmacéutico. Me informan que las grandes empresas inmobiliarias han reorientado su inversión hacia el sector sociosanitario y es que, por lo visto, detrás de estas tazas de café hay mucho negocio a la espera de abrir sus puertas.
En la Universidad, el café será completamente erradicado, porque los 500 euros de aumento en las tasas universitarias supondrán un verdadero hachazo no solo a las bebidas estimulantes, sino a las posibilidades de entrar en la enseñanza superior para miles de jóvenes españoles. El gobierno parece desear que los primeros en desaparecer de las universidades públicas sean los jóvenes con menores ingresos porque, lejos de prever un sistema compensatorio para estas subidas, han dado un recorte espectacular a las becas. Ni pobres, ni clases medias castigadas serán bien recibidas en la Universidad española. Mientras, en la estrategia soterrada de presentar como despilfarro lo que no lo es y como privilegio lo que es una riqueza para el país, abominan de nuestro sistema universitario y consideran que la existencia de 71 Universidades (50 de ellas públicas) es una prueba de derroche. Nos engañan inmisericordemente, porque en el espacio europeo hay 3.300 universidades, en Norteamérica más de 4.400 y, por ejemplo en Alemania, existen 349 Universidades distribuidas por todos los lander, o sea, cinco veces más que en España.
Como su modelo económico es de salarios exiguos y baja cualificación, han emprendido una batalla ideológica contra los estudios universitarios, la utilidad de las titulaciones, su profesorado y su capacidad de investigación. En vez de mejorar el sistema universitario, utilizar mejor los recursos y primar la I+D, la han emprendido a mandobles contra la propia formación universitaria. El Ministro se permite insinuar que en la Universidad la investigación es un fraude y la mayor parte de los estudios inútiles. La disminución del presupuesto de investigación, cercano al 26 por ciento, es de tal magnitud que alguien escribía en twitter: “con estos presupuestos, en España la próxima vez que veas a alguien con una bata blanca, será un churrero”. El más mínimo sentido común nos indica que la salida al túnel de la crisis será más factible si mimamos nuestra ciencia, la formación de nuestros jóvenes y la creación de nuevos talentos. De hecho la aportación de nuestra ciencia en la balanza comercial, es mayor a la de bienes y servicios.
El rector de la Universidad de Sevilla, Antonio Ramírez de Arellano, ha hecho una declaración al más puro estilo de Larra. “España es el único país civilizado donde desde el Ministerio de Educación se habla mal de la Educación y parece que se disfruta con ello”, ha dicho con pesar.
En la comisión de expertos que debatirán el futuro del sistema universitario, el Ministerio no ha incluido ni un solo representante de las Universidades Andaluzas. El café de las autonomías no gusta al gobierno central, a no ser que proceda de Valencia o de Madrid, donde se aprestan a acabar con el sistema universitario público e imponer frente al democrático café el selecto té de las cinco.
Las universidades no son fábricas de parados, sino de ciencia y saber. El paro en los jóvenes no titulados es tres veces mayor que entre los universitarios. Las universidades no son un costo sino una inversión en el futuro. En los últimos treinta años, se ha amortiguado el clasismo y miles de jóvenes con pocos recursos económicos han desarrollado su talento en sus aulas. Ahora todo está en cuestión por una crisis que, cada vez más, es una simple y pura estafa.
La nueva moneda española no se llama euro, se llama café. La cosa empezó con el Secretario de Administraciones Públicas que ridiculizó a toda la función pública como una panda de desalmados dedicados a tomar cafelito y leer el periódico. Ahora, con las medidas de copago sanitario, el portavoz del PP en la comisión de sanidad, afirma que el coste de esta medida es el equivalente a cuatro o cinco cafés al mes. Los pensionistas pueden perfectamente privarse de ellos y contribuir a pagar el gasto farmacéutico. Me informan que las grandes empresas inmobiliarias han reorientado su inversión hacia el sector sociosanitario y es que, por lo visto, detrás de estas tazas de café hay mucho negocio a la espera de abrir sus puertas.
En la Universidad, el café será completamente erradicado, porque los 500 euros de aumento en las tasas universitarias supondrán un verdadero hachazo no solo a las bebidas estimulantes, sino a las posibilidades de entrar en la enseñanza superior para miles de jóvenes españoles. El gobierno parece desear que los primeros en desaparecer de las universidades públicas sean los jóvenes con menores ingresos porque, lejos de prever un sistema compensatorio para estas subidas, han dado un recorte espectacular a las becas. Ni pobres, ni clases medias castigadas serán bien recibidas en la Universidad española. Mientras, en la estrategia soterrada de presentar como despilfarro lo que no lo es y como privilegio lo que es una riqueza para el país, abominan de nuestro sistema universitario y consideran que la existencia de 71 Universidades (50 de ellas públicas) es una prueba de derroche. Nos engañan inmisericordemente, porque en el espacio europeo hay 3.300 universidades, en Norteamérica más de 4.400 y, por ejemplo en Alemania, existen 349 Universidades distribuidas por todos los lander, o sea, cinco veces más que en España.
Como su modelo económico es de salarios exiguos y baja cualificación, han emprendido una batalla ideológica contra los estudios universitarios, la utilidad de las titulaciones, su profesorado y su capacidad de investigación. En vez de mejorar el sistema universitario, utilizar mejor los recursos y primar la I+D, la han emprendido a mandobles contra la propia formación universitaria. El Ministro se permite insinuar que en la Universidad la investigación es un fraude y la mayor parte de los estudios inútiles. La disminución del presupuesto de investigación, cercano al 26 por ciento, es de tal magnitud que alguien escribía en twitter: “con estos presupuestos, en España la próxima vez que veas a alguien con una bata blanca, será un churrero”. El más mínimo sentido común nos indica que la salida al túnel de la crisis será más factible si mimamos nuestra ciencia, la formación de nuestros jóvenes y la creación de nuevos talentos. De hecho la aportación de nuestra ciencia en la balanza comercial, es mayor a la de bienes y servicios.
El rector de la Universidad de Sevilla, Antonio Ramírez de Arellano, ha hecho una declaración al más puro estilo de Larra. “España es el único país civilizado donde desde el Ministerio de Educación se habla mal de la Educación y parece que se disfruta con ello”, ha dicho con pesar.
En la comisión de expertos que debatirán el futuro del sistema universitario, el Ministerio no ha incluido ni un solo representante de las Universidades Andaluzas. El café de las autonomías no gusta al gobierno central, a no ser que proceda de Valencia o de Madrid, donde se aprestan a acabar con el sistema universitario público e imponer frente al democrático café el selecto té de las cinco.
Las universidades no son fábricas de parados, sino de ciencia y saber. El paro en los jóvenes no titulados es tres veces mayor que entre los universitarios. Las universidades no son un costo sino una inversión en el futuro. En los últimos treinta años, se ha amortiguado el clasismo y miles de jóvenes con pocos recursos económicos han desarrollado su talento en sus aulas. Ahora todo está en cuestión por una crisis que, cada vez más, es una simple y pura estafa.
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domingo, 15 de abril de 2012
FALTA DE EDUCACIÓN
No existe casi ninguna profesión que se lleve la mitad del trabajo a casa. Cuando se cierra el taller, la oficina, la obra o el comercio, los trabajadores no se llevan los materiales para continuar su trabajo en las horas de descanso. No hay ningún oficio en el que el estudio y la preparación del material no se computen como tiempo trabajado o que ni siquiera el tiempo del bocadillo cuente como horario laboral. Si se aplica esta fórmula, los futbolistas solo trabajan los 90 minutos del partido y los redactores el tiempo justo que están ante las cámaras. No hay ningún oficio en el que no cuenten para nada los traslados, ni las horas extraordinarias dedicadas a actividades o acompañamiento de alumnos. No hay una sola profesión que no ofrezca los instrumentos de trabajo gratis excepto en la enseñanza, desde el boli rojo, al bloc de notas, el ordenador portátil o el pendrive sempiterno que nos acompaña como una cruz laica.
Los profesores nunca van a hacer la huelga que pondría de manifiesto su función ni sus horas de trabajo: dejar de pasar las mañanas de los sábados y los domingos corrigiendo ejercicios, o acompañar el café de la tarde con las fichas de la clase que daremos el día siguiente.
En España, según el último estudio sobre el Panorama de la Educación, el horario lectivo del profesorado es de los mayores de la Unión Europea y de la OCDE, pero este dato es ocultado porque detrás de los recortes y de la reforma que nos anuncian no hay el afán de mejorar la educación pública, sino de reducir sus posibilidades y fomentar la enseñanza privada.
Mucho antes de que estallara la crisis económica, los think-tank de la derecha —incluyendo el actual ministro de Educación— lo habían teorizado. Según sus tesis la inversión en la enseñanza pública era desproporcionada y habría que buscar un mayor equilibrio con la iniciativa privada. En medio de las invocaciones al esfuerzo del alumnado y a la autoridad del profesor, introducían la idea de aumentar el número de alumnos por aula y limitar los programas compensatorios. Abogaban por aumentar los conciertos con la enseñanza privada, privatizar el bachillerato y hacer mucho más exclusiva la Universidad. Esperanza Aguirre no es un verso suelto sino la portavoz de todo el clasismo cañí hecho carne.
A todo esto nos quieren conducir de cabeza. Cuando en los centros educativos consigan ampliar el número de alumnos por aula en la enseñanza pública hasta cuarenta —como en los mejores tiempos del franquismo—, habrán conseguido gran parte de sus objetivos; cuando consigan que la sociedad torpemente crea que el profesor es un ser privilegiado al que hay que cargar con horarios insoportables y aulas masificadas, su revolución conservadora habrá llegado a su fin.
Los recortes que nos anuncian no son para ahorrar dinero público. No nos engañemos. Es fácil hacer este simple cálculo: los interinos despedidos se acogerán inmediatamente a su derecho a cobrar el desempleo. Es decir, el dinero ahorrado en salarios se gastaría en el pago de las prestaciones por desempleo y en falta de falta de recaudación de la seguridad social. Solo en Andalucía, quince mil personas que cumplen funciones educativas como profesorado interino serían puestas de patitas en la calle en un acto de injusticia y despilfarro que no ahorraría prácticamente ni un euro a las finanzas públicas.
El sacrificio que se exige al profesorado no será para mejorar la enseñanza, sino para masificar las aulas, suprimir las tutorías, despedir interinos y poner fin a la débil atención personalizada. Los efectos, en pocos años, serán terribles. Cada euro que se reste a la educación, cada alumno de más en las aulas, cada beca de menos en las universidades, cada tasa de más en los precios públicos, nos pasará factura en el modelo social y en la economía en muy pocos años. La educación, a diferencia de otros departamentos, no trata con cosas, sino con personas, con inteligencias y con capacidades. Es un delicado tejido cuyos desgarros son irreversibles. Por eso en Andalucía es necesario echar coraje, imaginación e inteligencia para sortear estos recortes y apostar, de verdad, por la educación pública.
Publicado en El País Andalucía
Los profesores nunca van a hacer la huelga que pondría de manifiesto su función ni sus horas de trabajo: dejar de pasar las mañanas de los sábados y los domingos corrigiendo ejercicios, o acompañar el café de la tarde con las fichas de la clase que daremos el día siguiente.
En España, según el último estudio sobre el Panorama de la Educación, el horario lectivo del profesorado es de los mayores de la Unión Europea y de la OCDE, pero este dato es ocultado porque detrás de los recortes y de la reforma que nos anuncian no hay el afán de mejorar la educación pública, sino de reducir sus posibilidades y fomentar la enseñanza privada.
Mucho antes de que estallara la crisis económica, los think-tank de la derecha —incluyendo el actual ministro de Educación— lo habían teorizado. Según sus tesis la inversión en la enseñanza pública era desproporcionada y habría que buscar un mayor equilibrio con la iniciativa privada. En medio de las invocaciones al esfuerzo del alumnado y a la autoridad del profesor, introducían la idea de aumentar el número de alumnos por aula y limitar los programas compensatorios. Abogaban por aumentar los conciertos con la enseñanza privada, privatizar el bachillerato y hacer mucho más exclusiva la Universidad. Esperanza Aguirre no es un verso suelto sino la portavoz de todo el clasismo cañí hecho carne.
A todo esto nos quieren conducir de cabeza. Cuando en los centros educativos consigan ampliar el número de alumnos por aula en la enseñanza pública hasta cuarenta —como en los mejores tiempos del franquismo—, habrán conseguido gran parte de sus objetivos; cuando consigan que la sociedad torpemente crea que el profesor es un ser privilegiado al que hay que cargar con horarios insoportables y aulas masificadas, su revolución conservadora habrá llegado a su fin.
Los recortes que nos anuncian no son para ahorrar dinero público. No nos engañemos. Es fácil hacer este simple cálculo: los interinos despedidos se acogerán inmediatamente a su derecho a cobrar el desempleo. Es decir, el dinero ahorrado en salarios se gastaría en el pago de las prestaciones por desempleo y en falta de falta de recaudación de la seguridad social. Solo en Andalucía, quince mil personas que cumplen funciones educativas como profesorado interino serían puestas de patitas en la calle en un acto de injusticia y despilfarro que no ahorraría prácticamente ni un euro a las finanzas públicas.
El sacrificio que se exige al profesorado no será para mejorar la enseñanza, sino para masificar las aulas, suprimir las tutorías, despedir interinos y poner fin a la débil atención personalizada. Los efectos, en pocos años, serán terribles. Cada euro que se reste a la educación, cada alumno de más en las aulas, cada beca de menos en las universidades, cada tasa de más en los precios públicos, nos pasará factura en el modelo social y en la economía en muy pocos años. La educación, a diferencia de otros departamentos, no trata con cosas, sino con personas, con inteligencias y con capacidades. Es un delicado tejido cuyos desgarros son irreversibles. Por eso en Andalucía es necesario echar coraje, imaginación e inteligencia para sortear estos recortes y apostar, de verdad, por la educación pública.
Publicado en El País Andalucía
domingo, 1 de abril de 2012
INTELIGENCIA NATURAL
Artículo publicado en El País Andalucía
Contra todo pronóstico no ganó la derecha. Precipitadamente se escondieron banderas, se deshicieron titulares. Dispararon una lluvia de insultos a Andalucía por no haber sido convenientemente sumisa a los conquistadores; se tambalearon las columnas de opinión que sustentan el edificio de la derecha mediática. Los elogios desmesurados a Javier Arenas se tornaron amargas reflexiones, aceradas críticas que actualizaban el lamento de todas las derrotas: ¡Ay de los vencidos!
El mismo día, a la misma hora, creció una modesta esperanza que dibujó una sonrisa en gran parte de la sociedad andaluza. Andalucía no se suma al carro monocolor de la revolución conservadora, alienta nuevas salidas, y aparece como un contrapoder efectivo a la mayoría omnímoda del PP. Los andaluces resolvieron el domingo una complicada ecuación con la mayor inteligencia: restaron al PSOE casi una decena de diputados para darles una severa advertencia por su actuación respecto a los ERE y a la situación económica; aumentaron significativamente el voto a IU para dar fuerza al discurso social y a la utilidad de la izquierda y situaron al PP muy lejos de la mayoría absoluta para no dar resquicio a que se pusiera en cuestión el mandato de las urnas. Finalmente, repartieron la abstención entre votantes socialistas desencantados y electores de la derecha a los que no les gustan los excesos económicos ni políticos de este nuevo gobierno.
En toda España la izquierda respiró aliviada. No se trata de sentimentalismo político ni de emoción por la marea roja de Andalucía sino de una sencilla cuestión de simetría social: por fin un territorio grande y poderoso puede ejercer de contrapeso a las políticas restrictivas de la derecha; por fin desde algún lugar se puede demostrar que son posibles otras soluciones frente a la crisis que no pase por poner de rodillas a los más humildes.
No es una esperanza ilusa. Todo el mundo sabe que los tiempos son difíciles, que es difícil hacer nuevas políticas cuando las arcas están vacías, que es casi imposible sustraerse a la política española y europea que ha reducido su vocabulario a una sola palabra: recortes. Pero gobernar en tiempos difíciles desde la izquierda puede ser la mejor demostración de la validez de sus principios y de sus propuestas. No se trata solo de frenar las políticas de la derecha, ni de convertir el Parlamento en la oposición a las políticas de Rajoy, sino de abordar con decisión cambios urgentes.
Para hacerlo, pueden contar con más voluntades incluso que las expresadas en las urnas, porque la esperanza es compartida por el ecologismo político, por el andalucismo de izquierdas así como por la mayor parte de los movimientos sociales de nuestra tierra. Por primera vez desde hace decenios, hay una voluntad común por confluir en un proyecto de cambio andaluz; por primera vez desde el reivindicativo 28-F es posible plasmar una alianza social muy amplia, más allá de lo que representan la simple suma de siglas. Pero esta alianza está solo disponible para el cambio, que no para la continuidad de las mismas formas de gobernar o de las mismas políticas ni para la ensoñación radical ajena a la realidad.
Por todo esto, tanto PSOE como IU deben ser serios y rigurosos. La desesperanza se alimenta sola pero la esperanza necesita del empuje de la inteligencia. Ni un solo espectáculo que alimente la maquinaria pesada de la gran derecha y de la desesperanza. Aún comprendiendo los miedos, la reticencias mutuas, no hay lugar para el desencuentro. Por supuesto, resulta lógico exigir una limpieza inmediata y una regeneración sin paliativos. Pero la situación política no deja espacio para alambicadas estrategias que dependan cada semana de decisiones en el Parlamento de Andalucía. Lo urgente no es discutir el poder de cada formación política sino poner en común las soluciones a los problemas andaluces.
La única forma de corresponder a la heroicidad de las urnas, es haciendo este camino con inteligencia, generosidad y diálogo social. Solo así se podrá afrontar la brutal campaña que se desatará al menor tropiezo, al más mínimo desengaño, por parte de una derecha que no va a perdonar el desdén de Andalucía.
Contra todo pronóstico no ganó la derecha. Precipitadamente se escondieron banderas, se deshicieron titulares. Dispararon una lluvia de insultos a Andalucía por no haber sido convenientemente sumisa a los conquistadores; se tambalearon las columnas de opinión que sustentan el edificio de la derecha mediática. Los elogios desmesurados a Javier Arenas se tornaron amargas reflexiones, aceradas críticas que actualizaban el lamento de todas las derrotas: ¡Ay de los vencidos!
El mismo día, a la misma hora, creció una modesta esperanza que dibujó una sonrisa en gran parte de la sociedad andaluza. Andalucía no se suma al carro monocolor de la revolución conservadora, alienta nuevas salidas, y aparece como un contrapoder efectivo a la mayoría omnímoda del PP. Los andaluces resolvieron el domingo una complicada ecuación con la mayor inteligencia: restaron al PSOE casi una decena de diputados para darles una severa advertencia por su actuación respecto a los ERE y a la situación económica; aumentaron significativamente el voto a IU para dar fuerza al discurso social y a la utilidad de la izquierda y situaron al PP muy lejos de la mayoría absoluta para no dar resquicio a que se pusiera en cuestión el mandato de las urnas. Finalmente, repartieron la abstención entre votantes socialistas desencantados y electores de la derecha a los que no les gustan los excesos económicos ni políticos de este nuevo gobierno.
En toda España la izquierda respiró aliviada. No se trata de sentimentalismo político ni de emoción por la marea roja de Andalucía sino de una sencilla cuestión de simetría social: por fin un territorio grande y poderoso puede ejercer de contrapeso a las políticas restrictivas de la derecha; por fin desde algún lugar se puede demostrar que son posibles otras soluciones frente a la crisis que no pase por poner de rodillas a los más humildes.
No es una esperanza ilusa. Todo el mundo sabe que los tiempos son difíciles, que es difícil hacer nuevas políticas cuando las arcas están vacías, que es casi imposible sustraerse a la política española y europea que ha reducido su vocabulario a una sola palabra: recortes. Pero gobernar en tiempos difíciles desde la izquierda puede ser la mejor demostración de la validez de sus principios y de sus propuestas. No se trata solo de frenar las políticas de la derecha, ni de convertir el Parlamento en la oposición a las políticas de Rajoy, sino de abordar con decisión cambios urgentes.
Para hacerlo, pueden contar con más voluntades incluso que las expresadas en las urnas, porque la esperanza es compartida por el ecologismo político, por el andalucismo de izquierdas así como por la mayor parte de los movimientos sociales de nuestra tierra. Por primera vez desde hace decenios, hay una voluntad común por confluir en un proyecto de cambio andaluz; por primera vez desde el reivindicativo 28-F es posible plasmar una alianza social muy amplia, más allá de lo que representan la simple suma de siglas. Pero esta alianza está solo disponible para el cambio, que no para la continuidad de las mismas formas de gobernar o de las mismas políticas ni para la ensoñación radical ajena a la realidad.
Por todo esto, tanto PSOE como IU deben ser serios y rigurosos. La desesperanza se alimenta sola pero la esperanza necesita del empuje de la inteligencia. Ni un solo espectáculo que alimente la maquinaria pesada de la gran derecha y de la desesperanza. Aún comprendiendo los miedos, la reticencias mutuas, no hay lugar para el desencuentro. Por supuesto, resulta lógico exigir una limpieza inmediata y una regeneración sin paliativos. Pero la situación política no deja espacio para alambicadas estrategias que dependan cada semana de decisiones en el Parlamento de Andalucía. Lo urgente no es discutir el poder de cada formación política sino poner en común las soluciones a los problemas andaluces.
La única forma de corresponder a la heroicidad de las urnas, es haciendo este camino con inteligencia, generosidad y diálogo social. Solo así se podrá afrontar la brutal campaña que se desatará al menor tropiezo, al más mínimo desengaño, por parte de una derecha que no va a perdonar el desdén de Andalucía.
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DEBATES CON TRAMPA
Publicado en El País Andalucía
La procedencia de estas ideas nos debiera hacer sospechar de sus intenciones últimas. Es francamente escamante que los mismos que parecen estar tan interesados en el pago de servicios públicos según la renta defiendan anular los impuestos a las herencias millonarias, acabar con el recargo a las rentas altas y suprimir el impuesto sobre el patrimonio. O, todavía peor, acaben de cargarse una subasta de medicamentos que hubiera ahorrado a Andalucía 40 millones de euros en su primer año.
En un Estado con derechos, los servicios públicos básicos deben ser iguales para toda la ciudadanía, independientemente de su procedencia social. La progresividad no se debe expresar en los servicios públicos, sino en el sistema impositivo. Es decir, el que es más rico debe pagar impuestos, independientemente de su uso de los servicios. Lo que tiene que ser justo es el sistema impositivo y la recaudación fiscal. Eso significa que cada ciudadano debe contribuir al mantenimiento de la escuela, los hospitales o los servicios sociales aunque no tenga hijos, ni enfermedades, ni invalidez alguna que atender. La democracia es mucho más que la libertad o el derecho al voto, es también la obligación de contribuir al mantenimiento del bien común; es un contrato social por el que el bien ajeno es beneficioso para todos.
En contra de este principio de que son los impuestos los que deben sufragar y equilibrar las diferencias, se está alimentando la idea de que cada servicio se pague en función de la renta. De llevarse a cabo, cada hospital, cada centro educativo y cada servicio público se convertirían en un centro recaudador. Se expedirán carnets de pobre o de rico, según las circunstancias.
En Andalucía se ha logrado que los libros de texto sean gratuitos hasta finalizar la educación obligatoria. Con cierto trabajo conseguimos que la gratuidad figurase en el Estatuto de Autonomía y formase parte del carácter integrador de nuestra enseñanza pública. Cada familia ahorra al año más de 300 euros con esta medida, sin embargo el coste es relativamente barato porque los libros pertenecen a los centros y se utilizan durante cuatro o cinco años por las sucesivas tandas de alumnos. Se ha acabado el doloroso espectáculo de que tres meses después de iniciado el curso, muchos chavales y chavalas, aún no tenían los libros porque sus familias carecían de recursos: todos tienen los mismos libros que deben cuidar, eso sí, algo desportillados el último año. Este curso, y hablo por experiencia directa, sin los libros gratuitos la situación hubiese sido dramática. Los profesores apenas nos atrevemos a exigir la compra de los libros de lectura (no incluidos en la gratuidad) porque el desembolso de unos pocos euros supone un problema para algunas familias.
Los defensores del sistema de copago o de rentas me dirán que, en esos casos, está justificada la gratuidad, pero no nos engañemos, acabaría con un derecho contemplado en nuestro Estatuto, y nos haría retroceder a los tiempos de la beneficencia ¿En qué renta se pondrá el límite? ¿Tendrán derecho las clases medias azotadas por la crisis, congeladas y estranguladas, a la gratuidad de los servicios públicos? En la enseñanza pública, en la salud, en los servicios sociales no abundan los ricos. En mi centro no hay uno solo. Imagino que han emigrado a la enseñanza privada, donde importan un pito los trescientos euros de los libros de texto.
En vísperas de las elecciones autonómicas la supresión de derechos, el retroceso a la beneficencia es un serio aviso de las políticas que nos aguardan, envueltas en el celofán del populismo, alimentando el rencor social de unos contra otros para dejar intactos los privilegios de los poderosos.
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domingo, 18 de marzo de 2012
PERDIDOS EN EL CALLEJÓN DEL GATO
Puedes leerlo completo en la edición de El País Andalucía
No solemos ser conscientes los andaluces de la fuerza de nuestra tierra. Estamos tan acostumbrados a que nuestra realidad, como el esperpento de Valle Inclán, se pasee por los espejos deformantes de los callejones oscuros de Madrid o Cataluña que apenas nos atrevemos a decir quiénes somos.
Durante siglos se ha trabajado en nuestro inconsciente un turbio complejo de inferioridad, una falta de estima por nuestros valores, nuestras formas de vida y éxitos cotidianos. Llevan decenios propagando ideas falsas sobre Andalucía y , aunque finjamos que estas gotas de lluvia han resbalado sobre nuestra piel, han acabado por afectar a nuestra conciencia donde flota la idea difusa de que lo nuestro es peor que el resto, nuestro trabajo de peor calidad, nuestros servicios inferiores e incluso nuestro acento –tan moderno y económico- han querido convertirlo en un rasgo de inferioridad cultural. Andalucía es algo así como la cultura de los de abajo, por eso el antiandalucismo se ha convertido en el leitmotiv de todos los que quieren ascender en la escala social, aunque sea a costa de pisotear a su propia gente.
Se han apropiado de la identidad andaluza y nos han hecho creer, después, que no la tenemos. Nos dicen que no somos nadie; nos ningunean hasta en los mapas del tiempo, porque no pueden entender que una identidad no se construye solo sobre fronteras, imposiciones, distancias; que una identidad puede estar compuesta de derechos sociales, de valores, de formas de vida mucho más abiertas e incluyentes que el resto.
Por eso, sin Andalucía, sin su peculiar composición social, sin su demanda pacífica de igualdad y de libertad, la historia reciente de España se hubiera escrito con tintes más sombríos y más insolidarios. Si la autonomía andaluza no hubiera irrumpido con fuerza en el escenario estatal, entre el Norte y el Sur, entre el centro y la periferia, se hubiera abierto un abismo social. Si Andalucía no hubiera puesto el acento en los servicios públicos y en los derechos ciudadanos nuestro país se parecería en desigualdad a la vecina Italia, cuyo Sur no tuvo nunca una Andalucía que reclamara mayor reparto de la riqueza. Sin Andalucía, el nacionalismo periférico catalán y vasco junto al centralismo de Madrid, hubieran creado un desierto por debajo de la M-30.
Ahora nuevamente Andalucía es la clave de bóveda de los tiempos futuros. No somos apenas conscientes de nuestra importancia. La sola convocatoria de elecciones autonómicas ha paralizado los presupuestos generales del Estado, ha reducido levemente los objetivos de déficit, ha suspendido en el aire la tijera de podar, ha retrasado la agenda legislativa del gobierno de copagos, repagos, tasas y privatizaciones. Si las elecciones andaluzas fuesen solo una cuestión de alternancia política, de simple traspaso de poder, no esperarían con el aliento contenido la resolución final de las urnas.
Esto no significa que el caudal reivindicativo y de cambio de nuestra tierra haya sido bien administrado por sus gobernantes. Ha sobrado clientelismo y paternalismo -el verdadero caldo de cultivo de esa maraña oscura de los ERES fraudulentos-, ha faltado sociedad civil crítica y potente. Ha sido un tremendo error la apuesta continuada por el ladrillo, la connivencia con la economía sumergida y la debilidad para afrontar los cambios económicos que se necesitaban.
No solemos ser conscientes los andaluces de la fuerza de nuestra tierra. Estamos tan acostumbrados a que nuestra realidad, como el esperpento de Valle Inclán, se pasee por los espejos deformantes de los callejones oscuros de Madrid o Cataluña que apenas nos atrevemos a decir quiénes somos.
Durante siglos se ha trabajado en nuestro inconsciente un turbio complejo de inferioridad, una falta de estima por nuestros valores, nuestras formas de vida y éxitos cotidianos. Llevan decenios propagando ideas falsas sobre Andalucía y , aunque finjamos que estas gotas de lluvia han resbalado sobre nuestra piel, han acabado por afectar a nuestra conciencia donde flota la idea difusa de que lo nuestro es peor que el resto, nuestro trabajo de peor calidad, nuestros servicios inferiores e incluso nuestro acento –tan moderno y económico- han querido convertirlo en un rasgo de inferioridad cultural. Andalucía es algo así como la cultura de los de abajo, por eso el antiandalucismo se ha convertido en el leitmotiv de todos los que quieren ascender en la escala social, aunque sea a costa de pisotear a su propia gente.
Se han apropiado de la identidad andaluza y nos han hecho creer, después, que no la tenemos. Nos dicen que no somos nadie; nos ningunean hasta en los mapas del tiempo, porque no pueden entender que una identidad no se construye solo sobre fronteras, imposiciones, distancias; que una identidad puede estar compuesta de derechos sociales, de valores, de formas de vida mucho más abiertas e incluyentes que el resto.
Por eso, sin Andalucía, sin su peculiar composición social, sin su demanda pacífica de igualdad y de libertad, la historia reciente de España se hubiera escrito con tintes más sombríos y más insolidarios. Si la autonomía andaluza no hubiera irrumpido con fuerza en el escenario estatal, entre el Norte y el Sur, entre el centro y la periferia, se hubiera abierto un abismo social. Si Andalucía no hubiera puesto el acento en los servicios públicos y en los derechos ciudadanos nuestro país se parecería en desigualdad a la vecina Italia, cuyo Sur no tuvo nunca una Andalucía que reclamara mayor reparto de la riqueza. Sin Andalucía, el nacionalismo periférico catalán y vasco junto al centralismo de Madrid, hubieran creado un desierto por debajo de la M-30.
Ahora nuevamente Andalucía es la clave de bóveda de los tiempos futuros. No somos apenas conscientes de nuestra importancia. La sola convocatoria de elecciones autonómicas ha paralizado los presupuestos generales del Estado, ha reducido levemente los objetivos de déficit, ha suspendido en el aire la tijera de podar, ha retrasado la agenda legislativa del gobierno de copagos, repagos, tasas y privatizaciones. Si las elecciones andaluzas fuesen solo una cuestión de alternancia política, de simple traspaso de poder, no esperarían con el aliento contenido la resolución final de las urnas.
Esto no significa que el caudal reivindicativo y de cambio de nuestra tierra haya sido bien administrado por sus gobernantes. Ha sobrado clientelismo y paternalismo -el verdadero caldo de cultivo de esa maraña oscura de los ERES fraudulentos-, ha faltado sociedad civil crítica y potente. Ha sido un tremendo error la apuesta continuada por el ladrillo, la connivencia con la economía sumergida y la debilidad para afrontar los cambios económicos que se necesitaban.
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lunes, 12 de marzo de 2012
RAE. MUCHO MÁS QUE UN INFORME
Editorial de la revista Paralelo36 en la que colaboro:Si usted busca en el diccionario de la RAE palabras como alcalde y alcaldesa se encontrará con definiciones torpemente asimétricas: “presidente del ayuntamiento de un pueblo o término municipal” o “mujer que ejerce el cargo de alcalde”. Para la palabra “huérfano” la academia tiene una definición aún más chocante: “A quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre”. Son algunas de las perlas que adornan esta institución tradicionalmente reacia a incorporar la igualdad de género en el lenguaje normativo y que se ha rebelado contra la inclusión del matrimonio homosexual en sus páginas.
En la historia de la academia todavía resuena su negativa a hacer académica a la lexicógrafa más importante, de nuestra historia, María Moliner, por el simple hecho de haber nacido mujer. Y no se trata de historias de tiempos pasados. En la actualidad sólo cinco mujeres forman parte de esta institución que acoge en su seno a hombres de los más variados oficios, incluidos los religiosos.
Pero vayamos con el informe que el académico Ignacio del Bosque ha realizado bajo el título “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”, avalado por 26 académicos de la institución. En este informe se pretende analizar una serie de guías sobre el lenguaje sexista de diferentes instituciones. Sus conclusiones pretenden ser demoledoras y, hasta cierto punto, presentan estas iniciativas bajo una luz ridícula y artificiosa. Concluyen: si hiciésemos caso de estas guías no podríamos hablar. Es verdad que algunas de estas publicaciones insisten en hacer un desdoblamiento continuo del lenguaje que va contra la economía y el interés de la comunicación pero ¿se puede deducir de ahí que sea ridículo e innecesario cualquier intento de visibilizar a las mujeres en el lenguaje?
Para empezar, gran parte de estas guías no se refieren al lenguaje oral, sino que son recomendaciones para el lenguaje escrito de las instituciones, comenzando por los formularios y las leyes. Intentan evitar que las leyes, por ejemplo, hablen solo de Presidentes, diputados, profesores, médicos o jueces o que la ciudadana de a pie tenga que estampar su firma bajo la autoridad de un masculino genérico profesional o social que ha dejado de tener sentido. ¿Es este desdoblamiento del lenguaje innecesario y risible? Una cosa es no cargar el uso de la lengua con desdoblamientos continuados y otra muy distinta suprimirlos del lenguaje, como al parecer es la opción que indirectamente se propone. Incluso en el lenguaje hablado, ¿hay que invisibilizar a las alumnas, a las juezas, a las mujeres en general como regla más adecuada?
El informe destila una clara intencionalidad social y política, en el momento justo y con la estrategia apropiada. De hecho, unos días después anuncian la candidatura de dos nuevas mujeres para evitar los reproches respecto al patente sexismo en la composición de esta institución, aunque la tesis oficial es que “no se pueden cambiar de la noche a la mañana trescientos años de historia” (sin duda historia de segregación) ni se puede “llenar la academia de golpe de mujeres de cualquier manera”, como si no sobraran en España escritoras y filólogas de iguales o superiores méritos a las últimas veinte incorporaciones masculinas. Reprocha la academia que las guías se hayan hecho sin su concurso, como si el uso del lenguaje estuviera sometido a un tribunal normativo, pero ellos no tienen empacho alguno en referirse incluso al malestar con el sistema de cuotas de participación política o social de las mujeres. Por otra parte, ¿cuál es la explicación de que justo en este momento se produzca este informe y se analicen unas guías que, en algunos de los casos tienen más de quince años de existencia. Lo importante de estas guías, con sus errores y vacilaciones, es que contribuyeron a llamar la atención sobre las asimetrías sociales que se construyen también con el lenguaje y que han abierto camino hacia un uso más normalizado del femenino. Es un debate, el de las guías, superado y en busca de nuevas propuestas. Sin embargo, parece que la academia no es capaz de reconocer ni un solo síntoma de invisibilidad de las mujeres en el lenguaje y ha decretado el fin de cualquier avance en este terreno. Uno de los más conspicuos académico, Arturo Pérez Reverte, lo afirma con toda claridad en su twitter: “Estaba siendo intolerable el matonismo casi indiscutido de las ultrarradicales feminazis. Cada vez más crecidas con la impunidad.” (las faltas de ortografía en la puntuación pertenecen al ensoberbecido autor). Sin embargo ninguno de los académicos se ha pronunciado sobre estas declaraciones o se ha distanciado de estas manifestaciones ofensivas y el uso de este informe se ha convertido en todo un manifiesto contra el feminismo en una etapa política caracterizada por la involución.
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¿CÓMO ES LA DERECHA ANDALUZA?
Puedes consultar el artículo completo en El País Andalucía
Aunque está a punto de conseguir el poder y tan solo un giro inesperado del destino pueda ponerlo fuera de su alcance, apenas sabemos nada de la derecha andaluza, de su verdadero carácter, de sus intenciones, de su modo de afrontar el gobierno de Andalucía.
Los liderazgos, hiperbolizados en los últimos años, ocultan más que muestran y escenifican más que representan. Si, en general, en este siglo de escasa ideología y excesivo marketing, los líderes han ocupado gran parte de la representación simbólica de sus partidos, en el caso de la derecha esta representación es casi totalizadora. Pero ¿qué hay tras la sonrisa de Javier Arenas y sus llamamientos continuos a una humildad tan contradictoria con su propio carácter? ¿Qué equipo le acompañará al frente de la Junta de Andalucía? ¿Con qué talante iniciará su andadura, si finalmente los andaluces deciden darle el sí final en la ceremonia del 25M?
La trayectoria de la derecha política en Andalucía ha sido muy azarosa, hasta el punto que ha tenido que ser reinventada después de la Transición. Ni UCD ni Alianza Popular soportaban las demandas de una sociedad andaluza que reclamaba la autonomía política con unos tintes reivindicativos y sociales muy cercanos a la izquierda. No formaron parte del movimiento histórico del 28 de febrero y tardaron años en aprender la letra del himno de Andalucía o en lucir la bandera blanquiverde.
No es extraño que Javier Arenas volviera a sentir el vértigo de verse fuera en la redacción de nuevo estatuto de autonomía, donde ejerció el juego –poco analizado por la apatía social que acompañó al proceso- de una doble partida de cartas, en la que pidió el SI con la boca chica - tras incluir la palabra España en todas sus acepciones en el articulado-, y el NO o la abstención en su "argumentario" de fondo dirigido al conjunto de la sociedad.
A partir de aquí, sabemos muy poco del PP, a pesar de que ostentan el gobierno de la mayoría de los grandes municipios andaluces. Sus alcaldes y alcaldesas, con la excepción frustrada de Teófila Martínez, no han desempeñado papel político alguno a escala andaluza y su presencia en el Parlamento solo ha representado un localismo provinciano en el que el PP se ha movido con comodidad.
En la esfera interna, lo único que hemos conocido es que las personas con un carácter más centrista o reformista han sido excluidas o se han distanciado del PP de forma clara. Incluso las plataformas en la que Arenas puso todo su empeño en los pasados años, han dejado de serle útiles. De esta forma, el núcleo dirigente del PP andaluz es una amalgama de nombres casi desconocidos, extremadamente obedientes a las indicaciones de Javier Arenas, que tienden a ahorrarle al jefe los papeles de "policía malo" en la política andaluza y que compiten entre sí por superarse en descalificaciones y mandobles.
La oposición que han ejercido en el Parlamento de Andalucía se ha basado más en la política estatal (terrorismo, estatuto catalán y, en la última legislatura, en los innumerables errores de José Luis Rodríguez Zapatero) que en presentar propuestas alternativas a la situación socioeconómica de Andalucía. Su oposición, en algunas ocasiones, ha rozado la vendetta personal y la confrontación gratuita, y hasta ayer anunciaban que cuando llegaran al gobierno iban a "hacer tabla rasa" de decenas de leyes y de instituciones. Por eso, para muestra un botón, no aceptaron esta semana que el debate entre los candidatos -si es que llega a producirse-, se celebrara en dependencias de Canal Sur ni fuese moderado por ninguno de sus periodistas. No parece ser este talante, el del cuchillo en la boca, el más adecuado para una alternancia democrática.
Y todavía, a dos semanas justas de las elecciones, siguen sin aclarar –aunque lo sabemos- qué harán con la educación, con la salud pública andaluza ni con los servicios sociales. Tampoco aclaran si son partidarios de la autonomía andaluza. Anuncian recortes y aumento de gastos; subidas y bajadas de impuestos; andalucismo y recentralización, todo en la misma frase. Intentan, lógicamente, canalizar todo el voto del descontento social que es mucho. Pero como decía Ortega "no es eso. No es eso".
Aunque está a punto de conseguir el poder y tan solo un giro inesperado del destino pueda ponerlo fuera de su alcance, apenas sabemos nada de la derecha andaluza, de su verdadero carácter, de sus intenciones, de su modo de afrontar el gobierno de Andalucía.
Los liderazgos, hiperbolizados en los últimos años, ocultan más que muestran y escenifican más que representan. Si, en general, en este siglo de escasa ideología y excesivo marketing, los líderes han ocupado gran parte de la representación simbólica de sus partidos, en el caso de la derecha esta representación es casi totalizadora. Pero ¿qué hay tras la sonrisa de Javier Arenas y sus llamamientos continuos a una humildad tan contradictoria con su propio carácter? ¿Qué equipo le acompañará al frente de la Junta de Andalucía? ¿Con qué talante iniciará su andadura, si finalmente los andaluces deciden darle el sí final en la ceremonia del 25M?
La trayectoria de la derecha política en Andalucía ha sido muy azarosa, hasta el punto que ha tenido que ser reinventada después de la Transición. Ni UCD ni Alianza Popular soportaban las demandas de una sociedad andaluza que reclamaba la autonomía política con unos tintes reivindicativos y sociales muy cercanos a la izquierda. No formaron parte del movimiento histórico del 28 de febrero y tardaron años en aprender la letra del himno de Andalucía o en lucir la bandera blanquiverde.
No es extraño que Javier Arenas volviera a sentir el vértigo de verse fuera en la redacción de nuevo estatuto de autonomía, donde ejerció el juego –poco analizado por la apatía social que acompañó al proceso- de una doble partida de cartas, en la que pidió el SI con la boca chica - tras incluir la palabra España en todas sus acepciones en el articulado-, y el NO o la abstención en su "argumentario" de fondo dirigido al conjunto de la sociedad.
A partir de aquí, sabemos muy poco del PP, a pesar de que ostentan el gobierno de la mayoría de los grandes municipios andaluces. Sus alcaldes y alcaldesas, con la excepción frustrada de Teófila Martínez, no han desempeñado papel político alguno a escala andaluza y su presencia en el Parlamento solo ha representado un localismo provinciano en el que el PP se ha movido con comodidad.
En la esfera interna, lo único que hemos conocido es que las personas con un carácter más centrista o reformista han sido excluidas o se han distanciado del PP de forma clara. Incluso las plataformas en la que Arenas puso todo su empeño en los pasados años, han dejado de serle útiles. De esta forma, el núcleo dirigente del PP andaluz es una amalgama de nombres casi desconocidos, extremadamente obedientes a las indicaciones de Javier Arenas, que tienden a ahorrarle al jefe los papeles de "policía malo" en la política andaluza y que compiten entre sí por superarse en descalificaciones y mandobles.
La oposición que han ejercido en el Parlamento de Andalucía se ha basado más en la política estatal (terrorismo, estatuto catalán y, en la última legislatura, en los innumerables errores de José Luis Rodríguez Zapatero) que en presentar propuestas alternativas a la situación socioeconómica de Andalucía. Su oposición, en algunas ocasiones, ha rozado la vendetta personal y la confrontación gratuita, y hasta ayer anunciaban que cuando llegaran al gobierno iban a "hacer tabla rasa" de decenas de leyes y de instituciones. Por eso, para muestra un botón, no aceptaron esta semana que el debate entre los candidatos -si es que llega a producirse-, se celebrara en dependencias de Canal Sur ni fuese moderado por ninguno de sus periodistas. No parece ser este talante, el del cuchillo en la boca, el más adecuado para una alternancia democrática.
Y todavía, a dos semanas justas de las elecciones, siguen sin aclarar –aunque lo sabemos- qué harán con la educación, con la salud pública andaluza ni con los servicios sociales. Tampoco aclaran si son partidarios de la autonomía andaluza. Anuncian recortes y aumento de gastos; subidas y bajadas de impuestos; andalucismo y recentralización, todo en la misma frase. Intentan, lógicamente, canalizar todo el voto del descontento social que es mucho. Pero como decía Ortega "no es eso. No es eso".
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lunes, 5 de marzo de 2012
LA DANZA DE LOS OBISPOS
También lo puedes leer en El País Andalucía
Una pequeña anécdota me salvó de ser católica. Cuando contaba apenas nueve años asistí a una ceremonia religiosa previa a unos ejercicios espirituales. En la oscuridad de la iglesia, un sacerdote elevaba sus brazos de forma fantasmal y nos pintaba con toda crudeza la descomposición del cuerpo una vez fallecido; cómo los gusanos y las crisálidas surgían de la carne; el hedor que esparcía el cuerpo en su lenta descomposición. Alzó la voz y dijo: “Aún estáis a tiempo. Arrepentíos, sacrificad vuestro cuerpo para ganar la vida eterna”. Salí aterrorizada de la iglesia. La palabra “arrepentíos” sonaba en mis oídos como un siniestro tambor. Eran las vísperas de Semana Santa y no discurrí ningún medio mejor de mortificarme que introducir garbanzos crudos en el interior de mis zapatos blancos, redondeados, con una trabilla unida por un botón de perla. El Domingo de Ramos salí con mis padres y mis hermanos con mis pies mortificados por los duros garbanzos. Apenas podía caminar, aunque intentaba disimularlo con una forzada sonrisa. El cura nos había advertido que el sacrificio para ser válido tenía que ser secreto, visible solo ante los ojos divinos. Pero los ojos de mi madre fueron directos a los zapatos, me descalzó y se quedó asombrada ante el puñado de garbanzos crudos que contenían. “No seas tonta —me dijo— todo eso que cuentan no son más que patrañas para asustarnos”. Me sentí tan segura y aliviada que, tras consolarme con un helado de chocolate, puse fin para siempre a cualquier aventura religiosa. Esta experiencia mística tan temprana me puso a salvo de la liturgia y de las lecciones de culpa; también del dolor de la ruptura con la tradición y del sabor amargo, levemente anticlerical, que tienen los que prolongaron su permanencia en la Iglesia hasta bien entrada la adolescencia. Acabo de ver una foto que recuerda los tiempos pasados. Trece obispos andaluces —por supuesto varones—, de riguroso luto, con la cruz colgada al cuello y similares gafas, posan ante la cámara con la expresión de quienes tienen el poder y la gloria de su parte. Algunos entrelazan sus manos con ese gesto tan característico del sacerdocio. En estos tiempos de crisis no han salido de sus diócesis para difundir un mensaje evangélico de solidaridad y de apoyo a los más necesitados. Ni una sola palabra han dedicado a los parados, a los que están siendo azotados por las desigualdades económicas. Ni una sola frase han dedicado a denunciar las injusticias, ni la acumulación de riqueza, ni a la codicia de los más poderosos. Han salido, unidos y sonrientes, para pedir que se vote a la derecha andaluza, la auténtica, la genuina, la que impedirá el aborto, abolirá el matrimonio entre personas del mismo sexo y, por supuesto, aumentará los conciertos educativos con la iglesia. Han salido a hablar de lo suyo: del poder, de los negocios, de su patrimonio y de su estatus social. Les ha bastado una reflexión sobre la corrupción política que les parece altamente preocupante en Andalucía, pero no en Valencia. Desde las atalayas de sus obispados se atreven a proponer a los de abajo más trabajo y sacrificios para salir de la crisis y denuncian “la mentalidad tan extendida del derecho a la dádiva y de la subvención”. ¿Quién dijo que la Iglesia no renueva su mensaje? Se han apuntado a la fila del discurso antiandaluz que predica el conde de Salvatierra, la CEOE, los nacionalistas catalanes y las gallinitas de Esperanza Aguirre; se han hecho de la FAES y de las corrientes más neoliberales que piden el fin de las ayudas públicas. Esto lo dice una institución que vive del Estado, que no paga impuestos por ninguna de sus actividades ni bienes y a la que sufragamos todos, tanto católicos como no creyentes. Una organización que solo se acuerda de sus organizaciones sociales de base cuando se les demanda que contribuyan al IBI o que se autofinancien. Qué pena que no se acuerden de ellos cuando hacen sus comunicados electorales. Qué pena que no tengan procesos democráticos para que realmente sepamos a cuántos cristianos representa esa jerarquía obsesionada con el sexo, ajena al dolor humano y tajantemente desigualitaria.
Una pequeña anécdota me salvó de ser católica. Cuando contaba apenas nueve años asistí a una ceremonia religiosa previa a unos ejercicios espirituales. En la oscuridad de la iglesia, un sacerdote elevaba sus brazos de forma fantasmal y nos pintaba con toda crudeza la descomposición del cuerpo una vez fallecido; cómo los gusanos y las crisálidas surgían de la carne; el hedor que esparcía el cuerpo en su lenta descomposición. Alzó la voz y dijo: “Aún estáis a tiempo. Arrepentíos, sacrificad vuestro cuerpo para ganar la vida eterna”. Salí aterrorizada de la iglesia. La palabra “arrepentíos” sonaba en mis oídos como un siniestro tambor. Eran las vísperas de Semana Santa y no discurrí ningún medio mejor de mortificarme que introducir garbanzos crudos en el interior de mis zapatos blancos, redondeados, con una trabilla unida por un botón de perla. El Domingo de Ramos salí con mis padres y mis hermanos con mis pies mortificados por los duros garbanzos. Apenas podía caminar, aunque intentaba disimularlo con una forzada sonrisa. El cura nos había advertido que el sacrificio para ser válido tenía que ser secreto, visible solo ante los ojos divinos. Pero los ojos de mi madre fueron directos a los zapatos, me descalzó y se quedó asombrada ante el puñado de garbanzos crudos que contenían. “No seas tonta —me dijo— todo eso que cuentan no son más que patrañas para asustarnos”. Me sentí tan segura y aliviada que, tras consolarme con un helado de chocolate, puse fin para siempre a cualquier aventura religiosa. Esta experiencia mística tan temprana me puso a salvo de la liturgia y de las lecciones de culpa; también del dolor de la ruptura con la tradición y del sabor amargo, levemente anticlerical, que tienen los que prolongaron su permanencia en la Iglesia hasta bien entrada la adolescencia. Acabo de ver una foto que recuerda los tiempos pasados. Trece obispos andaluces —por supuesto varones—, de riguroso luto, con la cruz colgada al cuello y similares gafas, posan ante la cámara con la expresión de quienes tienen el poder y la gloria de su parte. Algunos entrelazan sus manos con ese gesto tan característico del sacerdocio. En estos tiempos de crisis no han salido de sus diócesis para difundir un mensaje evangélico de solidaridad y de apoyo a los más necesitados. Ni una sola palabra han dedicado a los parados, a los que están siendo azotados por las desigualdades económicas. Ni una sola frase han dedicado a denunciar las injusticias, ni la acumulación de riqueza, ni a la codicia de los más poderosos. Han salido, unidos y sonrientes, para pedir que se vote a la derecha andaluza, la auténtica, la genuina, la que impedirá el aborto, abolirá el matrimonio entre personas del mismo sexo y, por supuesto, aumentará los conciertos educativos con la iglesia. Han salido a hablar de lo suyo: del poder, de los negocios, de su patrimonio y de su estatus social. Les ha bastado una reflexión sobre la corrupción política que les parece altamente preocupante en Andalucía, pero no en Valencia. Desde las atalayas de sus obispados se atreven a proponer a los de abajo más trabajo y sacrificios para salir de la crisis y denuncian “la mentalidad tan extendida del derecho a la dádiva y de la subvención”. ¿Quién dijo que la Iglesia no renueva su mensaje? Se han apuntado a la fila del discurso antiandaluz que predica el conde de Salvatierra, la CEOE, los nacionalistas catalanes y las gallinitas de Esperanza Aguirre; se han hecho de la FAES y de las corrientes más neoliberales que piden el fin de las ayudas públicas. Esto lo dice una institución que vive del Estado, que no paga impuestos por ninguna de sus actividades ni bienes y a la que sufragamos todos, tanto católicos como no creyentes. Una organización que solo se acuerda de sus organizaciones sociales de base cuando se les demanda que contribuyan al IBI o que se autofinancien. Qué pena que no se acuerden de ellos cuando hacen sus comunicados electorales. Qué pena que no tengan procesos democráticos para que realmente sepamos a cuántos cristianos representa esa jerarquía obsesionada con el sexo, ajena al dolor humano y tajantemente desigualitaria.
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lunes, 27 de febrero de 2012
ENHORABUENA, CENTRALISTAS
Este es el artículo publicado en El País Andalucía en vísperas del 28F
Me gustaría saber cómo se implantan en el cerebro los prejuicios; cuál es el proceso por el que se difunden datos falsos; cómo se orienta el malestar social hacia un objetivo concreto; de qué forma se consigue criminalizar personas, razas o instituciones.
Una vez que la planta del prejuicio ha enraizado en nuestro cerebro, resulta inmune a la lógica y a la verdad. En la primera escena de la película Malditos bastardos, el coronel nazi Hans Landa explica al campesino francés el ideario antisemita a través de la repugnancia que nos causan las ratas. Sin embargo, afirma: “Todo lo que se dice sobre ellas, se puede aplicar también a las ardillas y no nos causan aversión sino simpatía”. Ningún hecho, concluye, va a modificar estos sentimientos.
La comparación con el ideario nazi finaliza aquí. No deseo banalizar esa terrorífica ideología ni mucho menos comparar situaciones políticas. Solo intento explicar que, durante los últimos años, se ha intentado demonizar a las autonomías, asociarlas al fracaso y al despilfarro, desprestigiar sus logros y magnificar sus errores. Tengo que felicitar a los que se han empeñado en tan dura tarea porque ahora estas ideas entran en la ciudadanía como un cuchillo caliente en la mantequilla.
Discutir sobre las ideas es fácil: basta con argumentar de forma fundada, esgrimir datos y consideraciones. Sin embargo, es una tarea imposible combatir los prejuicios porque no adoptan formas concretas sino fantasmales y acaban por enraizar en nuestro inconsciente. Cuando lo hacemos, emerge el fastidio, la irritación, los datos dispersos y las anécdotas. Resulta imposible llegar a algún punto concreto porque más que una idea, los prejuicios provocan sentimientos negativos incontrolables.
¿Son las autonomías esas instituciones inútiles y derrochadoras que nos pintan? ¿Ha sido la autonomía andaluza un obstáculo para nuestro desarrollo? ¿Es mejor la vuelta a un Estado centralizado? Los datos son absolutamente abrumadores a favor de la autonomía. Nuestros servicios públicos básicos —salud y educación— en el anterior Estado centralizado presentaban una situación casi dramática. Nuestros hospitales y centros asistenciales eran escasos y estaban en todos los parámetros a años luz de la situación actual. Tampoco se mantiene la melancolía educativa respecto los tiempos pasados: el 80% de los jóvenes andaluces salían del sistema educativo antes de los 16 años y los centros existentes eran cuatro veces menos que en la actualidad. Para hacernos una idea cierta, en 1983 había 50.000 profesores no universitarios y en la actualidad, más de 120.000 De los servicios sociales, no merece la pena hablar porque ni siquiera existía tal concepto presupuestario ni político.
Las autonomías administran los bienes públicos más preciados: salud, educación y servicios sociales. El único servicio estatal equiparable en importancia son las pensiones. Sin embargo, no son responsables más que de un 20% del déficit del Estado. ¿Por qué entonces se les acusa con el dedo y se clama por la vuelta a la centralización? Les invito a que lo piensen un momento y a que averigüen si esta ofensiva neocentralista no está relacionada con el recorte de los servicios públicos, con su privatización o con el fin del Estado de bienestar.
La autonomía andaluza ha fracasado en el empleo, en el cambio del modelo productivo que demandan el viejo y el nuevo Estatuto. Eso si es realmente grave y necesita una corrección en profundidad, pero las críticas de sus detractores no se sitúan ahí. Todo lo contrario, se comprometen a volver al ladrillo y a la economía de servicios. Mientras triunfan las ideas del centralismo, se destierran las banderas blanquiverdes y se anuncian nuevas sucursales antiandaluzas, asistimos atónitos al espectáculo de cómo una comunidad que conquistó en las calles su autonomía, tiene que discutir con burócratas estatales si puede o no convocar sus propias plazas de profesorado o si tiene que cerrar las plantas solares que nos iban a dar la energía del futuro. Feliz 28-F, Andalucía.
Me gustaría saber cómo se implantan en el cerebro los prejuicios; cuál es el proceso por el que se difunden datos falsos; cómo se orienta el malestar social hacia un objetivo concreto; de qué forma se consigue criminalizar personas, razas o instituciones.
Una vez que la planta del prejuicio ha enraizado en nuestro cerebro, resulta inmune a la lógica y a la verdad. En la primera escena de la película Malditos bastardos, el coronel nazi Hans Landa explica al campesino francés el ideario antisemita a través de la repugnancia que nos causan las ratas. Sin embargo, afirma: “Todo lo que se dice sobre ellas, se puede aplicar también a las ardillas y no nos causan aversión sino simpatía”. Ningún hecho, concluye, va a modificar estos sentimientos.
La comparación con el ideario nazi finaliza aquí. No deseo banalizar esa terrorífica ideología ni mucho menos comparar situaciones políticas. Solo intento explicar que, durante los últimos años, se ha intentado demonizar a las autonomías, asociarlas al fracaso y al despilfarro, desprestigiar sus logros y magnificar sus errores. Tengo que felicitar a los que se han empeñado en tan dura tarea porque ahora estas ideas entran en la ciudadanía como un cuchillo caliente en la mantequilla.
Discutir sobre las ideas es fácil: basta con argumentar de forma fundada, esgrimir datos y consideraciones. Sin embargo, es una tarea imposible combatir los prejuicios porque no adoptan formas concretas sino fantasmales y acaban por enraizar en nuestro inconsciente. Cuando lo hacemos, emerge el fastidio, la irritación, los datos dispersos y las anécdotas. Resulta imposible llegar a algún punto concreto porque más que una idea, los prejuicios provocan sentimientos negativos incontrolables.
¿Son las autonomías esas instituciones inútiles y derrochadoras que nos pintan? ¿Ha sido la autonomía andaluza un obstáculo para nuestro desarrollo? ¿Es mejor la vuelta a un Estado centralizado? Los datos son absolutamente abrumadores a favor de la autonomía. Nuestros servicios públicos básicos —salud y educación— en el anterior Estado centralizado presentaban una situación casi dramática. Nuestros hospitales y centros asistenciales eran escasos y estaban en todos los parámetros a años luz de la situación actual. Tampoco se mantiene la melancolía educativa respecto los tiempos pasados: el 80% de los jóvenes andaluces salían del sistema educativo antes de los 16 años y los centros existentes eran cuatro veces menos que en la actualidad. Para hacernos una idea cierta, en 1983 había 50.000 profesores no universitarios y en la actualidad, más de 120.000 De los servicios sociales, no merece la pena hablar porque ni siquiera existía tal concepto presupuestario ni político.
Las autonomías administran los bienes públicos más preciados: salud, educación y servicios sociales. El único servicio estatal equiparable en importancia son las pensiones. Sin embargo, no son responsables más que de un 20% del déficit del Estado. ¿Por qué entonces se les acusa con el dedo y se clama por la vuelta a la centralización? Les invito a que lo piensen un momento y a que averigüen si esta ofensiva neocentralista no está relacionada con el recorte de los servicios públicos, con su privatización o con el fin del Estado de bienestar.
La autonomía andaluza ha fracasado en el empleo, en el cambio del modelo productivo que demandan el viejo y el nuevo Estatuto. Eso si es realmente grave y necesita una corrección en profundidad, pero las críticas de sus detractores no se sitúan ahí. Todo lo contrario, se comprometen a volver al ladrillo y a la economía de servicios. Mientras triunfan las ideas del centralismo, se destierran las banderas blanquiverdes y se anuncian nuevas sucursales antiandaluzas, asistimos atónitos al espectáculo de cómo una comunidad que conquistó en las calles su autonomía, tiene que discutir con burócratas estatales si puede o no convocar sus propias plazas de profesorado o si tiene que cerrar las plantas solares que nos iban a dar la energía del futuro. Feliz 28-F, Andalucía.
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sábado, 18 de febrero de 2012
¿DE QUÉ SE RÍEN?
Puedes consultarlo íntegro en la edición de El País Andalucía:
Si usted hubiera caído en un pozo y le preguntasen qué estaría dispuesto a hacer para salir, es posible que ofreciera su vivienda y sus más queridas posesiones con tal de salir del agujero. ¿Pero es justo legalizar esta extorsión? Por eso, cuando alguien les pregunte qué estarían dispuestos a hacer para conservar su empleo o para conseguir un puesto de trabajo, debe tener mucho cuidado porque la respuesta puede ser utilizada en su contra.
Con el arma de destrucción masiva de la crisis apuntando a nuestro cerebro nos preguntan qué estaríamos dispuestos a hacer para seguir sobreviviendo. Y las respuestas forzadas, extorsionadas hasta el límite, se convierten en argumentos de autoridad contra los derechos laborales conquistados con mucho esfuerzo y tesón.
Es mejor esto que nada, nos dicen, y apelan al que está más bajo en la escala laboral. ¿Quién ha dicho que la derecha defiende los privilegios? Muy al contrario, han elaborado una curiosa tesis según la cual los sectores privilegiados no son los que poseen grandes fortunas sino una casta de trabajadores con empleo estable y salario digno con los que es preciso terminar. Ya les hemos oído desprestigiar a profesores, sanitarios y funcionarios públicos, con el silencio cómplice de una parte de la sociedad que no sabe lo peligroso que es el juego de confrontar unos trabajadores con otros. ¿Quién ha dicho que la derecha no es igualitaria? Estoy segura de que no pararán hasta no equiparar laboralmente a todos los trabajadores con el último eslabón de la cadena.
Rajoy nos cuenta un chiste malo en el Congreso. Dice que su reforma laboral hace perder poder a los empresarios y a los trabajadores por igual, y a sus respectivas organizaciones. Sin embargo no hay una sola línea que avale esta equidistancia, este sacrificio común del que se habla. Los trabajadores no solo van a perder dos terceras partes de su indemnización por despido, sino que a partir de este momento el empresario podrá bajarles el salario, cambiar el horario laboral sin negociación o desplazarlos a Pernambuco. Si a los trabajadores les quedaban pocos instrumentos para la defensa de sus derechos, con esta reforma se produce un verdadero traspaso de poder hacia el empresariado. ¿Contrapartidas? Absolutamente ninguna. Esta reforma se escribe con la tinta de los viejos dictados, de las aspiraciones del empresariado más antiguo de nuestro país, que sigue empeñado en que su única forma de obtener ganancias no es incorporar tecnología e innovar el proceso productivo, sino abaratar la mano de obra , incluso la más cualificada.
Para demostrar que no se trata de un proyecto solo económico sino todo un cambio ideológico, el Ministro de Educación y asignaturas afines -verdadero pisacharcos del gobierno y la voz de la FAES-, Jose Ignacio Wert, se ha reunido con “un selecto grupo de representantes del tejido productivo español” (sic), para consensuar la definición de los empresarios en los futuros manuales de la asignatura que sustituirá Educación para la Ciudadanía. Según confirman en el Ministerio, los empresarios estaban muy descontentos con los manuales actuales porque en su opinión “demonizan la actividad empresarial y denigran al capitalismo”. No sé qué libros han consultado, pero ellos se sienten atacados por las referencias a las multinacionales y, especialmente, a las organizaciones obreras. Les prometo que la noticia es absolutamente cierta y que el Ministerio ya ha consensuado un nuevo tratamiento que no ha trascendido pero que vendrá a alabar las virtudes del libre mercado y la aportación de las grandes empresas al bienestar social. Como ven, no se trata solo de cambiar la Educación para la Ciudadanía, sino de alterar la enseñanza de Economía y de Historia. Por todo esto los representantes de la CEOE no pueden controlar la risa floja que les provoca esta reforma laboral. Una risa benéfica y angelical que los de arriba prodigan a los de abajo cuando los han vencido.
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sábado, 11 de febrero de 2012
SHOCKEADOS
Puedes leerlo completo en el País Andalucía
Hemos asumido la culpa de un imaginario delito y parecemos reos a la espera de que el tribunal se apiade de nosotros. Nos comportamos como culpables siendo inocentes, nos sentimos solos siendo multitud. Mi artículo semanal en El Pais Andalucía De desilusión también se vive. El mundo ha cambiado y cualquier atisbo de confianza debe ser erradicado de nuestra mente. Bienvenidos al infierno de Dante, a sus nueve círculos maléficos y, por favor, deposite a la entrada cualquier esperanza. Hace pocos años, cuando se reunían, los gobernantes europeos intentaban poner fecha de finalización a la crisis actual. Algunos incautos, como Zapatero, querían ver brotes verdes en el olmo viejo de España; el resto de los gobernantes ponían fronteras a la crisis y afirmaban con contundencia que a sus países no iba a llegar el contagioso virus de los países mediterráneos. Ahora no. En estos momentos, cuando se reúnen, los gobernantes europeos rivalizan entre sí por ver cuál de ellos ha adoptado las medidas más duras y dibuja una visión más pesimista sobre el futuro de Europa. En esta perversa competición, gana quien es capaz de imponer las medidas más impopulares, cosechar un ramillete de huelgas generales y demostrar que les importa un pito la fractura social que se pueda provocar. Por eso Rajoy le confesó al primer ministro finlandés que la reforma laboral le iba a costar una huelga general, porque lo que está de moda en Europa es ser profundamente impopular con las políticas sociales. Las cumbres europeas se asemejan a una reunión de antiguos capataces en la que alardeaban del látigo y mano dura que empleaban en sus cortijos. Cada medida de recorte para los de abajo se recibe con signos de aprobación por los de arriba. Lo que está realmente de moda es dibujarnos a los ciudadanos un panorama tan extremadamente sombrío que estemos dispuestos a los mayores sacrificios y abandonemos cualquier gesto de rebeldía. El procedimiento es siempre el mismo: en primer lugar, difunden una noticia catastrófica sobre el futuro inmediato; en segundo lugar, divulgan que será necesario tomar medidas extraordinarias —bajadas salariales, subidas de impuestos o cambios en la legislación— y, para finalizar, ponen en marcha recortes algo más suaves de los esperados. Inmediatamente, la población respira aliviada y acepta incondicionalmente medidas que no hubiese tolerado sin esta farsa tan cuidadosamente preparada. Se llama teoría del shock y, tal como nos explica Naomí Klein, antes de aplicarse en nuestro país, ha sido ensayada en Latinoamérica para hacer triunfar las tesis ultraneoliberales que condujeron a sus países al infierno de la recesión y del corralito. Fracasaron esas políticas, pero produjeron inmensos dividendos a los sectores financieros y a las grandes compañías del comercio y los servicios. Ahora, la teoría del shock ha viajado a Europa disfrazada de la asepsia tecnocrática, de una acumulación caótica de supuesta información económica, de previsiones dantescas sobre nuestro futuro. Y nos están haciendo tragar el anzuelo como a pececillos incautos aterrorizados por el futuro. Nos levantamos cada mañana con un puñado de fantasmas que han inundado nuestros sueños: miedo a ser despedidos, a perder lo que tenemos, al porvenir de nuestros hijos…Antes de mirarnos al espejo ya hemos consumido nuestra ración de malas noticias: previsiones catastróficas sobre el empleo, calificaciones de deuda, crujir bancario… Resolvemos los primeros instantes de la mañana negociando con el miedo y elevamos plegarias imaginarias al dios de la crisis: por lo menos que conserve el empleo, que no me quiten el paro, que no me bajen mucho más el salario… Damos por descontado la pérdida de derechos trabajosamente conquistados. Hemos asumido la culpa de un imaginario delito y parecemos reos a la espera de que el tribunal se apiade de nosotros. Nos comportamos como culpables siendo inocentes, nos sentimos solos siendo multitud. Nuestro pesimismo cotiza en Bolsa contra nuestras acciones, engorda capitales ajenos y desvaloriza nuestro trabajo. Los dioses del mercado nos escuchan y toman nota de hasta donde ha descendido el nivel de nuestras demandas. El termómetro de la crisis moral marca bajo cero
Hemos asumido la culpa de un imaginario delito y parecemos reos a la espera de que el tribunal se apiade de nosotros. Nos comportamos como culpables siendo inocentes, nos sentimos solos siendo multitud. Mi artículo semanal en El Pais Andalucía De desilusión también se vive. El mundo ha cambiado y cualquier atisbo de confianza debe ser erradicado de nuestra mente. Bienvenidos al infierno de Dante, a sus nueve círculos maléficos y, por favor, deposite a la entrada cualquier esperanza. Hace pocos años, cuando se reunían, los gobernantes europeos intentaban poner fecha de finalización a la crisis actual. Algunos incautos, como Zapatero, querían ver brotes verdes en el olmo viejo de España; el resto de los gobernantes ponían fronteras a la crisis y afirmaban con contundencia que a sus países no iba a llegar el contagioso virus de los países mediterráneos. Ahora no. En estos momentos, cuando se reúnen, los gobernantes europeos rivalizan entre sí por ver cuál de ellos ha adoptado las medidas más duras y dibuja una visión más pesimista sobre el futuro de Europa. En esta perversa competición, gana quien es capaz de imponer las medidas más impopulares, cosechar un ramillete de huelgas generales y demostrar que les importa un pito la fractura social que se pueda provocar. Por eso Rajoy le confesó al primer ministro finlandés que la reforma laboral le iba a costar una huelga general, porque lo que está de moda en Europa es ser profundamente impopular con las políticas sociales. Las cumbres europeas se asemejan a una reunión de antiguos capataces en la que alardeaban del látigo y mano dura que empleaban en sus cortijos. Cada medida de recorte para los de abajo se recibe con signos de aprobación por los de arriba. Lo que está realmente de moda es dibujarnos a los ciudadanos un panorama tan extremadamente sombrío que estemos dispuestos a los mayores sacrificios y abandonemos cualquier gesto de rebeldía. El procedimiento es siempre el mismo: en primer lugar, difunden una noticia catastrófica sobre el futuro inmediato; en segundo lugar, divulgan que será necesario tomar medidas extraordinarias —bajadas salariales, subidas de impuestos o cambios en la legislación— y, para finalizar, ponen en marcha recortes algo más suaves de los esperados. Inmediatamente, la población respira aliviada y acepta incondicionalmente medidas que no hubiese tolerado sin esta farsa tan cuidadosamente preparada. Se llama teoría del shock y, tal como nos explica Naomí Klein, antes de aplicarse en nuestro país, ha sido ensayada en Latinoamérica para hacer triunfar las tesis ultraneoliberales que condujeron a sus países al infierno de la recesión y del corralito. Fracasaron esas políticas, pero produjeron inmensos dividendos a los sectores financieros y a las grandes compañías del comercio y los servicios. Ahora, la teoría del shock ha viajado a Europa disfrazada de la asepsia tecnocrática, de una acumulación caótica de supuesta información económica, de previsiones dantescas sobre nuestro futuro. Y nos están haciendo tragar el anzuelo como a pececillos incautos aterrorizados por el futuro. Nos levantamos cada mañana con un puñado de fantasmas que han inundado nuestros sueños: miedo a ser despedidos, a perder lo que tenemos, al porvenir de nuestros hijos…Antes de mirarnos al espejo ya hemos consumido nuestra ración de malas noticias: previsiones catastróficas sobre el empleo, calificaciones de deuda, crujir bancario… Resolvemos los primeros instantes de la mañana negociando con el miedo y elevamos plegarias imaginarias al dios de la crisis: por lo menos que conserve el empleo, que no me quiten el paro, que no me bajen mucho más el salario… Damos por descontado la pérdida de derechos trabajosamente conquistados. Hemos asumido la culpa de un imaginario delito y parecemos reos a la espera de que el tribunal se apiade de nosotros. Nos comportamos como culpables siendo inocentes, nos sentimos solos siendo multitud. Nuestro pesimismo cotiza en Bolsa contra nuestras acciones, engorda capitales ajenos y desvaloriza nuestro trabajo. Los dioses del mercado nos escuchan y toman nota de hasta donde ha descendido el nivel de nuestras demandas. El termómetro de la crisis moral marca bajo cero
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lunes, 6 de febrero de 2012
INVOLUCIÓN
Las últimas medidas del gobierno suponen un serio retroceso social en muchos campos. Esta es mi respuesta en El País Andalucía
No estaría mal llamar las cosas por su nombre. Tan sorprendida estoy de las medidas que ha anunciado el nuevo gobierno como de la falta de respuesta de la sociedad civil. Claro que vienen tiempos de mayorías compactas, de intercambio de nuevos favores, de poder absoluto y existe la tentación de congraciarse, o al menos no significarse en exceso ante los nuevos mandarines. Pero lo que ha ocurrido esta semana solo tiene un nombre propio: involución.
El PP ha lanzado tantas pelotas sobre el terreno de juego que es casi imposible responder a cada una de ellas. Imagino que lo dicta así su estrategia política y que han decidido en esta fase contentar a los sectores más ultraconservadores, por eso, las comparecencias de los ministros parecían hechas a la medida de Intereconomía y de las TDTs party, a las que tanto deben.
Para empezar, se volverá a penalizar el aborto , excepto para algunos estrechos supuestos que determinará la autoridad competente. Se acabará con la libertad de las mujeres para decidir sobre la continuidad de su embarazo y, a partir de ahora, serán los jueces, los médicos y otras instancias administrativas las que decidan en su nombre. Lejos de tener una legislación equiparable a Alemania, Francia o Reino Unido, nos pareceremos a Rumanía, a Hungría y a la propia España en los tiempos del aborto clandestino. Se limitará, también, la administración de la píldora del día después que evita miles de abortos y de embarazos no deseados entre las jóvenes, a las que se explicará que pueden dar su hijo en adopción o ser responsables y continuar con su embarazo.
En la enseñanza se suprimirá un peligroso capítulo de Educación para la Ciudadanía dedicado a las relaciones interpersonales y que –pueden comprobarlo ustedes mismos con cualquier manual de sus hijos- considera un valor democrático el respeto a las diferentes opciones sexuales, los distintos tipos de familia, la igualdad de las mujeres y el valor del ser humano independientemente de su procedencia o del color de su piel. Un capítulo que no es pura teoría, ni mucho menos adoctrinamiento, sino afrontar la realidad social, evitar la burla y la discriminación de los propios alumnos y proclamar el respeto como valor universal. Mientras se suprimen estos contenidos que califican de adoctrinadores, justo en el aula de al lado un religioso explicará dos horas a la semana, la maldad de la homosexualidad, las carencias de la familia que no disponga de un padre y una madre y el papel subordinado de las mujeres en la sociedad.
Nos anuncian que se prepara una reforma educativa de la que ni siquiera saben dónde empiezan o terminan los ciclos ni las titulaciones, ni el presupuesto con el que contará pero que, eso sí, segregará tempranamente a los adolescentes y abrirá la puerta a aumentar los conciertos educativos con la enseñanza privada hasta mitad del bachillerato.
No se detiene aquí la involución política que se avecina. El flamante ministro de medio ambiente anuncia un cambio total de las leyes medioambientales para permitir más negocios a pie de playa y una medición de la calidad del aire “más realista”, lo que convertirá la nube contaminante de Madrid en un fenómeno meteorológico. De las energías renovables, ni hablamos.
La reforma tiene ribetes esperpénticos como el nuevo papel de los notarios y la compasión que siente el gobierno por este negocio, inexistente en la mayoría de los países. Para compensarlos por la crisis inmobiliaria, las bodas y los divorcios pasarán por la notaría. Escrituraremos nuestras vidas como si de una propiedad se tratará y disolveremos los matrimonios como un negocio de compraventa, previo pago, por supuesto.
De una tacada se sepultan años de conquistas sociales y de respeto entre los ciudadanos trabajosamente construido. El 90 por ciento de la población no tiene problemas respecto a la homosexualidad, la capacidad de decisión de las mujeres sobre la maternidad, ni la educación en valores. Pero el gobierno piensa, equivocadamente, que la mayoría en las urnas les otorga una supremacía ideológica de raíz católica y ultraconservadora. Ya veremos.
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