Publicado en El País de Andalucía
El verano es una metáfora perfecta de la vida. Desde lejos parece
largo y cargado de promesas. En esta estación el tiempo se expande, sus
tardes tienen la textura de un reloj daliniano, de forma que en las
tardes de verano, si prestas atención, puedes ver caer las gotas de los
minutos infinitos y gozar la sensación de comprender la extraña
naturaleza del tiempo. Pero un día especial, que no está en el
calendario, la atmósfera cambia repentinamente. Entonces sabemos que el
verano ha terminado y aunque vuelvan los días despejados, ya no será lo
mismo.
La vida es parecida, larga y corta a la vez. Tomados los días de uno
en uno, parece que somos propietarios de un lugar ancho, sin límites ni
fronteras. Los días pasan lentos, pero los años lo hacen con rapidez
vertiginosa. La gente del Sur tenemos una aguda percepción del tiempo.
Antes de que el dinero se impusiera como centro de nuestras vidas, el
tiempo era nuestra materia imaginaria y la hicimos moldeable, receptiva,
moneda de cambio de nuestras relaciones sociales. Sabemos hacer magia
con él: lo detenemos, recreamos, estiramos, compartimos. Los antiguos
señoritos, para hacer ostentación de su enorme riqueza, incluso lo
mataban con gesto de fastidio.
El escritor turco-griego Petros Márkaris ha descrito la diferencia
del Norte y el Sur con esta frase: “Usan la misma moneda que nosotros,
pero para ellos el tiempo corre de otra manera”. Es la pura verdad. A
pesar de las imposiciones, los calendarios, los avisos, persiste ese
correr distinto de nuestra existencia; una especie de sublevación contra
la fiera mecanización de nuestras vidas. Los que lo han sentido, saben
de qué hablo. Los demás, lo resolverán con la caricatura desdeñosa hacia
las gentes del Sur, aunque para que se enteren les diré que trabajamos
intensamente solo que nos quejamos menos.
Ahora se ha puesto de moda la palabra reinvención. Me encantaba hasta que se la han apropiado para vendernos coaching
o conformarnos con los tejemanejes que han dejado sin empleo o
esperanzas a millones de personas. Todos deberíamos tener a nuestra
disposición varias vidas, ser capaces de reinventar nuestra existencia.
He encontrado, trabajosamente, varios secretos para hacerlo: el amor, la
dedicación social y la literatura. Pero los pueblos también se pueden
reinventar y, en medio de esta crisis más que económica, más que social,
más que política, más que ecológica, urge proponer formas de
reinvención. La cuestión es que nadie se reinventa si en su vida no hay
algún asidero, alguna cuerda que quedó en suspenso, alguna habilidad o
alguna base cultural que la sostenga. Como decía Kavafis, en tu camino
no encontrarás los monstruos si antes no los has creado en tu
imaginación, pero tampoco, permitid la licencia, encontrarás los genios
bondadosos si nunca nadie te habló de su existencia.
Por eso el Sur (ya sé que hay gente que odia esta palabra, pero a mi
entender es una abstracción útil, afortunada) posee algunos valores que
en su momento fueron desdeñados o estuvieron a punto de fallecer por el
consumismo o el individualismo atroz del patrón monetario. Somos gente
capaz de ponernos en el lugar de los otros, quizá porque hemos sido
pobres y, como decía Steinbeck en Las uvas de la ira, “si
tienes problemas o estás necesitado... acude a la gente pobre. Son los
únicos que te van a ayudar”. Tenemos un caudal de sociabilidad, de
respeto al bien común que puede contener la riada de zombis
supervivientes con la que los tiempos nos amenazan. Tenemos fortaleza en
el sufrimiento y sabemos compensar la austeridad de los bienes de
consumo con la exuberancia de los afectos.
No es casualidad que en Andalucía no se haya extendido el
desprestigio de los de abajo y que exista una corriente popular de
simpatía por los que sufren. Los valores no son una abstracción, sino un
entramado que explica nuestras vidas y por eso, tras la derrota del
desarrollismo feroz, quizá nuestra cultura tenga mucho que decir, sobre
todo si se une a la ciencia y a la tecnología que los nuevos tiempos
ponen a nuestra disposición. O, a lo mejor, es todo literatura. Pero es
mejor la literatura que la desesperación.
domingo, 29 de julio de 2012
REINVENTARSE
lunes, 23 de julio de 2012
¿SON TAN MALOS LOS POLÍTICOS?
Publicado en El País de Andalucía
La pasada semana se recogieron en la red 70.000 firmas para eliminar 375.000 políticos que sobran en España y reducirlos a la cifra de 100.000, como Alemania. Según esta iniciativa, con la supresión de políticos se solventaría una buena parte de la crisis económica. El problema es que se trata de una mentira descomunal, urdida a conciencia con la exclusiva finalidad de enardecer los ánimos de la ciudadanía ante los recortes. La realidad es que en España hay 78.000 políticos (por lo visto, muchos menos que en su ejemplar Alemania) de los cuales 74.000 son concejales de sus respectivos pueblos. El 90% de ellos no cobra retribución alguna por su dedicación.
No hay día en el que no reciba cinco o seis correos electrónicos plagados de mentiras sin cuento, escritos con grandes letras mayúsculas y rogándome que lo difunda por todos los medios a mi alcance. El denominador común de estos manifiestos anónimos es presentar a todos los políticos como un cáncer social que habría que extirpar con urgencia. Se trata de una curiosa campaña en la que participan tanto sectores de la ultraizquierda política como de la derecha más rancia.
Si hay algo que compite con el odio a los políticos es la caza y captura de las personas que se dedican al sindicalismo. Los medios de comunicación de la derecha no cesan ni por un momento de desprestigiar sus actividades y, si es necesario, pueden convertir —como en el cuento de La Cenicienta— un vulgar reloj de Cándido Méndez en un Rolex exclusivo de alta gama. Al mismo tiempo, personas que nunca se han movilizado por ninguna causa social vociferan por la inactividad sindical, los acusan de venderse al mejor postor cuando toda la sociedad, en realidad, estaba vendida a los placeres del consumo. En todo caso, el pecado de los sindicatos habrá sido el de representar perfectamente el estado de autosatisfacción y desmovilización de la mayoría social y no estar lo suficientemente alerta a los miles de jóvenes que entraban por la puerta trasera en el mercado laboral.
Llevo semanas dando vueltas a la idea de defender la política y el sindicalismo y, al mismo tiempo, exigir una profunda reforma de estas dos actividades. No consigo, sin embargo, redondear las ideas porque tras cada afirmación me surge un pero que las matiza e incluso las contradice. Por eso me siento inerme ante la avalancha de mentiras y de campañas de desprestigio, porque frente a ese rotundo NO a los políticos y a la política, mi afirmación de la necesidad de la política y los políticos está cargada de matices, de críticas; en suma: mi mensaje es poco eficaz. Aún así sacudo la cabeza y repito: No es eso, no es eso.
Comparto el núcleo central de la crítica que el movimiento 15-M ha hecho de la política: su sumisión a los mercados, su falta de conexión con la sociedad que los sustenta. No es que la democracia representativa no sea útil y haya que sustituirla por la participación popular directa y asamblearia; es que la democracia actual no es representativa, es decir, no está interpretando los intereses de la ciudadanía, ni siquiera de los votantes que han aupado al poder a tal o cual Gobierno. Cuando Rajoy dice “no tenemos libertad para elegir”, está describiendo la impotencia y cobardía de la política ante los mercados. No es una cuestión de sueldos, ni de coches oficiales. Ojalá fuese ese el problema, porque sería muy fácil de resolver. Es el último capítulo del desplazamiento del poder del pueblo hacia los intereses de los más poderosos y la tumba de la política democrática.
Tenemos la sociedad más politizada desde los tiempos de la transición y, sin embargo, la más antipolítica de nuestra historia. De las nuevas energías sociales tienen que salir proyectos, alternativas, reformas radicales que fortalezcan la democracia y devuelvan a la política su sentido de servicio público y de afán colectivo. Es el momento de abrir nuevos espacios que canalicen las demandas y las propuestas ciudadanas. Queremos una democracia más participativa, pero también que represente más fielmente los intereses de la ciudadanía. Pero cuidado con el populismo desbocado que proclama verdades irrefutables, que borra las pluralidades y que nos conduce al reino del autoritarismo. Por muy enfadados que estemos.
La pasada semana se recogieron en la red 70.000 firmas para eliminar 375.000 políticos que sobran en España y reducirlos a la cifra de 100.000, como Alemania. Según esta iniciativa, con la supresión de políticos se solventaría una buena parte de la crisis económica. El problema es que se trata de una mentira descomunal, urdida a conciencia con la exclusiva finalidad de enardecer los ánimos de la ciudadanía ante los recortes. La realidad es que en España hay 78.000 políticos (por lo visto, muchos menos que en su ejemplar Alemania) de los cuales 74.000 son concejales de sus respectivos pueblos. El 90% de ellos no cobra retribución alguna por su dedicación.
No hay día en el que no reciba cinco o seis correos electrónicos plagados de mentiras sin cuento, escritos con grandes letras mayúsculas y rogándome que lo difunda por todos los medios a mi alcance. El denominador común de estos manifiestos anónimos es presentar a todos los políticos como un cáncer social que habría que extirpar con urgencia. Se trata de una curiosa campaña en la que participan tanto sectores de la ultraizquierda política como de la derecha más rancia.
Si hay algo que compite con el odio a los políticos es la caza y captura de las personas que se dedican al sindicalismo. Los medios de comunicación de la derecha no cesan ni por un momento de desprestigiar sus actividades y, si es necesario, pueden convertir —como en el cuento de La Cenicienta— un vulgar reloj de Cándido Méndez en un Rolex exclusivo de alta gama. Al mismo tiempo, personas que nunca se han movilizado por ninguna causa social vociferan por la inactividad sindical, los acusan de venderse al mejor postor cuando toda la sociedad, en realidad, estaba vendida a los placeres del consumo. En todo caso, el pecado de los sindicatos habrá sido el de representar perfectamente el estado de autosatisfacción y desmovilización de la mayoría social y no estar lo suficientemente alerta a los miles de jóvenes que entraban por la puerta trasera en el mercado laboral.
Llevo semanas dando vueltas a la idea de defender la política y el sindicalismo y, al mismo tiempo, exigir una profunda reforma de estas dos actividades. No consigo, sin embargo, redondear las ideas porque tras cada afirmación me surge un pero que las matiza e incluso las contradice. Por eso me siento inerme ante la avalancha de mentiras y de campañas de desprestigio, porque frente a ese rotundo NO a los políticos y a la política, mi afirmación de la necesidad de la política y los políticos está cargada de matices, de críticas; en suma: mi mensaje es poco eficaz. Aún así sacudo la cabeza y repito: No es eso, no es eso.
Comparto el núcleo central de la crítica que el movimiento 15-M ha hecho de la política: su sumisión a los mercados, su falta de conexión con la sociedad que los sustenta. No es que la democracia representativa no sea útil y haya que sustituirla por la participación popular directa y asamblearia; es que la democracia actual no es representativa, es decir, no está interpretando los intereses de la ciudadanía, ni siquiera de los votantes que han aupado al poder a tal o cual Gobierno. Cuando Rajoy dice “no tenemos libertad para elegir”, está describiendo la impotencia y cobardía de la política ante los mercados. No es una cuestión de sueldos, ni de coches oficiales. Ojalá fuese ese el problema, porque sería muy fácil de resolver. Es el último capítulo del desplazamiento del poder del pueblo hacia los intereses de los más poderosos y la tumba de la política democrática.
Tenemos la sociedad más politizada desde los tiempos de la transición y, sin embargo, la más antipolítica de nuestra historia. De las nuevas energías sociales tienen que salir proyectos, alternativas, reformas radicales que fortalezcan la democracia y devuelvan a la política su sentido de servicio público y de afán colectivo. Es el momento de abrir nuevos espacios que canalicen las demandas y las propuestas ciudadanas. Queremos una democracia más participativa, pero también que represente más fielmente los intereses de la ciudadanía. Pero cuidado con el populismo desbocado que proclama verdades irrefutables, que borra las pluralidades y que nos conduce al reino del autoritarismo. Por muy enfadados que estemos.
domingo, 15 de julio de 2012
CRÓNICA EN NEGRO
Mayo de 2010. Han recortado el sueldo de los funcionarios una media del 5%, aunque su aplicación llega al 7%. Nos dicen que este sacrificio será provisional y que los brotes verdes florecerán en el otoño. Hay cuatro millones de parados.
Junio de 2010. Se anuncia una reforma laboral que facilita el despido y rebaja la indemnización a los trabajadores. Nos dicen que es imprescindible para crear empleo; que la rigidez del mercado laboral es un grave obstáculo para la recuperación.
Julio de 2010. Se aumenta el IVA del 16% al 18%. El objetivo es incrementar la recaudación pública para reducir el déficit. Aún así el Gobierno anima al consumo, que se ha venido abajo.
Enero de 2011. El Gobierno eleva la edad de jubilación de 65 a 67 años. Se modifica también el cálculo de las pensiones. La mayoría perderá un 10% en el cómputo final. Los sueldos están congelados y persisten los recortes del pasado año. La inflación ha sido del 3%. Hay 4.548.000 personas paradas y la reforma laboral ha sido inútil. La recaudación tributaria se hunde.
Diciembre de 2011. Cambio de gobierno. Han subido el IRPF. Haciendo cuentas, viene a suponer unos mil euros al año. Dicen que será provisional y que ayudará a la recuperación. Nueva congelación salarial para los funcionarios.
Enero de 2012. Han subido el IBI. En muchas ciudades el alza de este impuesto ha sido del 100%. Más impuestos municipales y menos servicios. El IPC del pasado año ha subido un 2,4%. El paro ya afecta a 5.273.000 personas.
Febrero de 2012. Han aprobado una nueva reforma laboral que abarata de forma drástica la indemnización por despido y pone en manos del empresario casi la totalidad de la relación laboral, incluida la jornada y las condiciones laborales. Es para crear empleo, dicen, aunque se extiende la idea de que la crisis es la excusa para recortar derechos.
Marzo y abril de 2012. El Gobierno presenta unos presupuestos de pánico, corregidos por un re-recorte. El hachazo fundamental será en sanidad y educación. Se establece el copago en las medicinas, se despide a la mayoría de los interinos y se aumenta la jornada a los funcionarios. Habrá menos médicos por paciente y más alumnos por aula. Los servicios públicos empiezan a resentirse de forma grave. Se decreta una amnistía fiscal para el dinero negro.
Junio de 2012. El Gobierno andaluz recortará a los funcionarios en torno al 6% del salario, a razón de unos 200 euros por mes, más la casi totalidad de la paga extraordinaria.
Julio de 2012. Apoteosis de recortes. El IVA sube del 18% al 21%. El Gobierno elimina la paga de Navidad: han inventado un impuesto especial, completamente inconstitucional, que afecta solo a los funcionarios públicos. Los parados serán castigados por no encontrar empleo. La ley de Dependencia queda, prácticamente, paralizada. Tres millones de personas consumen, en plena crisis, artículos de lujo pero el Gobierno no ha aprobado ni un solo impuesto para las rentas más altas. Funcionarios y parados cubrirán las pérdidas de la banca especulativa.
Si se suman todos los recortes salariales, las ganancias de los empleados públicos han descendido el 21%. No hay datos del sector privado. Si se añade la inflación —seis puntos acumulados— el descenso de ingresos sube al 27% y si contabilizamos la subida de otros impuestos, alcanzará el 30%. Los sacrificios no han servido para nada. Las clases medias están desapareciendo. Hay un millón y medio de personas paradas más que cuando empezaron los ajustes. Los ingresos tributarios han descendido un 35%. Hasta un niño podría ver que este camino no conduce a ninguna parte; que la espiral de recortes-bajada de consumo-recesión es incuestionable; que detrás de este dolor no hay salidas, sino más y más dolor. Pero el Gobierno no. Sus diputados aplauden y alguno se permite gritar: ¡A trabajar!
Por medio ha habido tres procesos electorales: generales, municipales y autonómicas. Ninguno de los candidatos ni sus partidos llevaban en su programa ni una sola de estas medidas. La democracia llora en un rincón. Indignación es poco para definir el clima que se respira en la calle.
miércoles, 11 de julio de 2012
EL DESPRESTIGIO COMO ESTRATEGIA
Publicado en El País Andalucía
Siempre me habían impresionado las fotos de la crisis del 29 en Norteamérica. Esa mujer que mira con infinita preocupación, rodeada de niños que esconden las cabezas tras sus hombros; personas sin casa que recorren las polvorientas carreteras; una cena de navidad en la que cuatro niños apiñados esperan que su padre reparta algo de pan y embutido; una cola de parados con sus trajes deslucidos; personas, sin rostros visibles, sólo sombreros que avanzan hacia la ventanilla donde obtendrán un no por respuesta…Pensaba que eran fotos casuales de magníficos profesionales de la prensa hasta que la semana pasada escuché a algunos expertos explicar que la mayoría de estas fotos formaban parte de la campaña de Roosevelt para lanzar el New Deal.
Los fotógrafos de Roosevelt no manipularon la realidad para darle mayor dramatismo ni crudeza a la crisis. Por el contrario descartaron aquellas imágenes que retratasen obscenamente la miseria. El hilo conductor de estas fotografías consistía en contar una historia de dificultades, pero también de dignidad. Para conseguirlo destacaron la figura humana y la familiaridad de los objetos de forma que cualquier espectador pudiese pensar que el próximo en esa lista del paro, en esa carretera, en esa casa desprovista de enseres, podía ser él. Las fotos no pretendían transmitir desesperación ni histeria, sino solidaridad y reflexión.
Mientras que la crisis en Europa condujo en muchos países a la emergencia del fascismo, en Norteamerica el New Deal de Roosevelt forjó la idea de un país, prestigió la democracia, puso las bases del todavía precario sistema de protección social y afirmó el principio de que los que más tenían debían contribuir con mayores recursos a la recuperación económica. No aportar al bien común, no contratar a alguien si se tenían recursos o despedir trabajadores innecesariamente, ocultar capitales o aprovecharse de la crisis empezaron a ser vistos como gestos inadmisibles de antipatriotismo.
El relato europeo, salvo excepciones, es mucho más triste. Se buscaron chivos expiatorios, como los judíos, los gitanos o los extranjeros; se confrontaron unos sectores sociales contra otros; se proclamó el sálvese quien pueda ; se desprestigió la política y se exasperaron a las clases medias hasta que los autómatas del brazo en alto llegaron al poder.
En España no hay patriotas. Desde que empezó la crisis, los de abajo han sufrido paro, saqueo salarial, restricciones sin cuento de servicios. Sin embargo, no se han aprobado medidas que obliguen a los de arriba, a los que se envuelven en la bandera rojigüalda, a poner un solo euro sobre el tapete. Todo lo contrario: se han reducido sus aportaciones fiscales, se les ha abaratado el coste del despido y se les ha premiado con una amnistía fiscal que es un cruel sarcasmo para el contribuyente. Por eso, cerca de tres millones de españoles -según el último estudio del Observatorio del Consumo- compran habitualmente artículos de lujo. Las ventas de estas prendas que “te hacen sentir único y poseedor de la exclusividad” aumentaron el pasado año un 25 por ciento. Viven en una burbuja protegidos por la cobardía de nuestros políticos.
Para la gente corriente, el gobierno ha preparado una batería de nuevos recortes sociales. Sus escasas explicaciones, suelen denigrar a los que trabajan o usan los servicios públicos : “consumen muchas medicinas”, “se aprovechan de la ley de dependencia”, “trabajan pocas horas”, “usan fraudulentamente las cartillas”. Nos hacen discutir sobre los cuatrocientos euros para el cuidado de un dependiente o sobre los presuntos privilegios de los funcionarios, mientras olvidamos que los poderosos tributan menos de la mitad que sus trabajadores. A diferencia del New Deal de Roosevelt, aquí no se fotografían con respeto las colas del paro, los desahucios de viviendas o la dignidad de los que viven de su trabajo. Todo lo contrario: se desprestigia a los de abajo, se alienta la insolidaridad social y la confrontación entre los que nada tienen con los que tienen poco. Los frutos de todo esto pueden ser muy amargos.
Siempre me habían impresionado las fotos de la crisis del 29 en Norteamérica. Esa mujer que mira con infinita preocupación, rodeada de niños que esconden las cabezas tras sus hombros; personas sin casa que recorren las polvorientas carreteras; una cena de navidad en la que cuatro niños apiñados esperan que su padre reparta algo de pan y embutido; una cola de parados con sus trajes deslucidos; personas, sin rostros visibles, sólo sombreros que avanzan hacia la ventanilla donde obtendrán un no por respuesta…Pensaba que eran fotos casuales de magníficos profesionales de la prensa hasta que la semana pasada escuché a algunos expertos explicar que la mayoría de estas fotos formaban parte de la campaña de Roosevelt para lanzar el New Deal.
Los fotógrafos de Roosevelt no manipularon la realidad para darle mayor dramatismo ni crudeza a la crisis. Por el contrario descartaron aquellas imágenes que retratasen obscenamente la miseria. El hilo conductor de estas fotografías consistía en contar una historia de dificultades, pero también de dignidad. Para conseguirlo destacaron la figura humana y la familiaridad de los objetos de forma que cualquier espectador pudiese pensar que el próximo en esa lista del paro, en esa carretera, en esa casa desprovista de enseres, podía ser él. Las fotos no pretendían transmitir desesperación ni histeria, sino solidaridad y reflexión.
Mientras que la crisis en Europa condujo en muchos países a la emergencia del fascismo, en Norteamerica el New Deal de Roosevelt forjó la idea de un país, prestigió la democracia, puso las bases del todavía precario sistema de protección social y afirmó el principio de que los que más tenían debían contribuir con mayores recursos a la recuperación económica. No aportar al bien común, no contratar a alguien si se tenían recursos o despedir trabajadores innecesariamente, ocultar capitales o aprovecharse de la crisis empezaron a ser vistos como gestos inadmisibles de antipatriotismo.
El relato europeo, salvo excepciones, es mucho más triste. Se buscaron chivos expiatorios, como los judíos, los gitanos o los extranjeros; se confrontaron unos sectores sociales contra otros; se proclamó el sálvese quien pueda ; se desprestigió la política y se exasperaron a las clases medias hasta que los autómatas del brazo en alto llegaron al poder.
En España no hay patriotas. Desde que empezó la crisis, los de abajo han sufrido paro, saqueo salarial, restricciones sin cuento de servicios. Sin embargo, no se han aprobado medidas que obliguen a los de arriba, a los que se envuelven en la bandera rojigüalda, a poner un solo euro sobre el tapete. Todo lo contrario: se han reducido sus aportaciones fiscales, se les ha abaratado el coste del despido y se les ha premiado con una amnistía fiscal que es un cruel sarcasmo para el contribuyente. Por eso, cerca de tres millones de españoles -según el último estudio del Observatorio del Consumo- compran habitualmente artículos de lujo. Las ventas de estas prendas que “te hacen sentir único y poseedor de la exclusividad” aumentaron el pasado año un 25 por ciento. Viven en una burbuja protegidos por la cobardía de nuestros políticos.
Para la gente corriente, el gobierno ha preparado una batería de nuevos recortes sociales. Sus escasas explicaciones, suelen denigrar a los que trabajan o usan los servicios públicos : “consumen muchas medicinas”, “se aprovechan de la ley de dependencia”, “trabajan pocas horas”, “usan fraudulentamente las cartillas”. Nos hacen discutir sobre los cuatrocientos euros para el cuidado de un dependiente o sobre los presuntos privilegios de los funcionarios, mientras olvidamos que los poderosos tributan menos de la mitad que sus trabajadores. A diferencia del New Deal de Roosevelt, aquí no se fotografían con respeto las colas del paro, los desahucios de viviendas o la dignidad de los que viven de su trabajo. Todo lo contrario: se desprestigia a los de abajo, se alienta la insolidaridad social y la confrontación entre los que nada tienen con los que tienen poco. Los frutos de todo esto pueden ser muy amargos.
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sábado, 30 de junio de 2012
LA ALDEA GALA
Publicado en el País Andalucía
Estábamos en que Andalucía se había convertido en la aldea gala, dispuesta a hacer frente al ejército de tijeras de los romanos y a dejarse la piel en el intento. Hasta las diferentes tribus, enemistadas desde tiempo inmemorial, firmaron un acuerdo para formar un gobierno conjunto y marcar las diferencias de políticas entre derecha e izquierda. Resultó, eso si, un tanto sospechoso, que los más fervientes defensores de la insurrección y la rebeldía, reclamaran, en vez de prefecturas fundamentales que marcaran la diferencia y las novedades (como empleo, educación, cultura o medio ambiente), otras casi desprovistas de contenido o de presupuesto. Aun así, la ciudadanía gala saludó mayoritariamente este acuerdo.
Los romanos, a pesar de su derrota, no iban a cejar en su empeño de dominar Andalucía. Lo que no consiguieron las armas de los votos, podría ser obtenido por el cerco económico. Los incautos galos no habían caído en la cuenta de que el poder corresponde a los que se sientan sobre el cofre del dinero. El senador Calígula Minus Montoro, con un equipo selecto de escribanos y contables, arrodilló a los ejércitos galos en las primeras incursiones. El total del ajuste fue calculado en su integridad por técnicos romanos y adobado con la vendetta por el desaire recibido. Al tiempo que en las dependencias de Fórum Financiero se imponían estos ajustes, el ejército romano de reserva en Andalucía votaría en contra y alentaría a la sublevación contra las medidas que ellos mismos decretaban. ¡Están locos estos romanos!
Astérix, Obélix y Panorámix volvieron consternados a la aldea gala. En vez de informar con pelos y señales a sus vecinos de los planes que les habían impuesto, se pusieron a hacer alambicados cálculos para evitar los efectos más perniciosos del ajuste, pero el margen era realmente muy escaso. Le dijeron al pueblo galo que confiara en ellos, que comprendían su malestar, pero que se marcharan a su casa. Perdieron la batalla sin empezar siquiera a darla y entonaron una jaculatoria irritante: “Lo hacemos por imperativo legal”.
No quisieron informar de las ciento y una triquiñuelas con las que se había impuesto una cantidad brutal a la aldea gala; cómo se rieron de la reclamación andaluza para hacer cumplir las leyes y los estatutos; cómo calcularon cada partida con especial rigor mientras que a otros territorios de la Hispania se le aceptaban cuentas del Gran Capitán. Muchos galos piensan que sus jefes deberían haber dado la batalla, incluso aunque al final fuesen derrotados y que es un tremendo error congelar el espíritu de ese 25-M.
Esa es la explicación por la que en mi instituto, como en todos los centros de enseñanza, sanitarios o de la administración, con el aumento de las horas lectivas y unas ratios descabelladas en la enseñanza semipresencial vayan a salir a la calle 10 o 12 profesores. Estoy segura de que si los planes de Julio César Rajoy se hubiesen cumplido por completo las personas despedidas hubiesen sido el doble, pero eso no consuela: nadie se felicita por los males evitados, sino que se sufre por el dolor presente. Por eso los generales galos, más que lamentarse por la presión de los romanos, deberían tomar la poción mágica y dar con más contundencia las batallas
“Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor..." Así empezaba cada una de las aventuras de Astérix que fueron evocadas en un vídeo del PSOE en la reciente campaña electoral. Los ejércitos de Julio César Rajoy no podrían cruzar la frontera de Despeñaperros porque el voto de los valientes galos impediría su avance el 25 de marzo. Y así fue: el voto popular impidió el ascenso al poder de la derecha, las huestes del ejército romano se vieron obligadas a emprender la retirada tras su fracaso en las tierras del sur, e incluso su comandante Caius Bonus Arenas fue retirado del mando y reclamado al corazón del imperio donde, al parecer, tendrá que librar una dura batalla con Lucrecia Cospedal, aunque eso es otra historia.
Estábamos en que Andalucía se había convertido en la aldea gala, dispuesta a hacer frente al ejército de tijeras de los romanos y a dejarse la piel en el intento. Hasta las diferentes tribus, enemistadas desde tiempo inmemorial, firmaron un acuerdo para formar un gobierno conjunto y marcar las diferencias de políticas entre derecha e izquierda. Resultó, eso si, un tanto sospechoso, que los más fervientes defensores de la insurrección y la rebeldía, reclamaran, en vez de prefecturas fundamentales que marcaran la diferencia y las novedades (como empleo, educación, cultura o medio ambiente), otras casi desprovistas de contenido o de presupuesto. Aun así, la ciudadanía gala saludó mayoritariamente este acuerdo.
Los romanos, a pesar de su derrota, no iban a cejar en su empeño de dominar Andalucía. Lo que no consiguieron las armas de los votos, podría ser obtenido por el cerco económico. Los incautos galos no habían caído en la cuenta de que el poder corresponde a los que se sientan sobre el cofre del dinero. El senador Calígula Minus Montoro, con un equipo selecto de escribanos y contables, arrodilló a los ejércitos galos en las primeras incursiones. El total del ajuste fue calculado en su integridad por técnicos romanos y adobado con la vendetta por el desaire recibido. Al tiempo que en las dependencias de Fórum Financiero se imponían estos ajustes, el ejército romano de reserva en Andalucía votaría en contra y alentaría a la sublevación contra las medidas que ellos mismos decretaban. ¡Están locos estos romanos!
Astérix, Obélix y Panorámix volvieron consternados a la aldea gala. En vez de informar con pelos y señales a sus vecinos de los planes que les habían impuesto, se pusieron a hacer alambicados cálculos para evitar los efectos más perniciosos del ajuste, pero el margen era realmente muy escaso. Le dijeron al pueblo galo que confiara en ellos, que comprendían su malestar, pero que se marcharan a su casa. Perdieron la batalla sin empezar siquiera a darla y entonaron una jaculatoria irritante: “Lo hacemos por imperativo legal”.
No quisieron informar de las ciento y una triquiñuelas con las que se había impuesto una cantidad brutal a la aldea gala; cómo se rieron de la reclamación andaluza para hacer cumplir las leyes y los estatutos; cómo calcularon cada partida con especial rigor mientras que a otros territorios de la Hispania se le aceptaban cuentas del Gran Capitán. Muchos galos piensan que sus jefes deberían haber dado la batalla, incluso aunque al final fuesen derrotados y que es un tremendo error congelar el espíritu de ese 25-M.
Esa es la explicación por la que en mi instituto, como en todos los centros de enseñanza, sanitarios o de la administración, con el aumento de las horas lectivas y unas ratios descabelladas en la enseñanza semipresencial vayan a salir a la calle 10 o 12 profesores. Estoy segura de que si los planes de Julio César Rajoy se hubiesen cumplido por completo las personas despedidas hubiesen sido el doble, pero eso no consuela: nadie se felicita por los males evitados, sino que se sufre por el dolor presente. Por eso los generales galos, más que lamentarse por la presión de los romanos, deberían tomar la poción mágica y dar con más contundencia las batallas
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PASE DE PERMANENCIA
He recibido una carta de un amigo al que hace tiempo no veía. No sé exactamente su edad pero debe rondar los 35. Acaba de tener una hija y está loco de contento. Entre todas las fotos de ese día de la que se muestra más orgulloso es de aquella en la que su hija mayor, fruto de un matrimonio anterior y ya adolescente, toma en sus brazos al bebé con una singular expresión de amor. Pienso en cuánto ha cambiado la sociedad, cómo se han borrado las fronteras familiares, cómo han desaparecido palabras como hermanastro, con ese feo sufijo que dividía los afectos por el porcentaje de la sangre y cómo, en la actualidad, hay segundos hijos tan deseados por los padres como por los hermanos ya mayores. Los que procedemos de familias numerosas, en las que día sí y otro también, queríamos asesinar a alguno de nuestros hermanos, no podemos comprender esa ansia de tener un compañero de infancia, ni sabemos nada de soledades infantiles, ni de esa nueva tristeza de carecer de recuerdos infantiles compartidos.
Mi amigo está feliz ante esa nueva oportunidad que le da la vida. Asistió al parto, cortó con mano temblorosa el cordón umbilical que inauguraba esta nueva vida, gastó la batería de la cámara haciendo fotos en la habitación del hospital y besó interminablemente a su mujer. Se deshizo en elogios ante los cuidados y la calidad de la asistencia sanitaria. Tanto que escribió: “Un millón de gracias a la sanidad pública andaluza. A pesar de los recortes y las dificultades, es un privilegio tener a nuestro servicio este nivel de atención y de dedicación plena. No lo valoramos lo suficiente. Hay que pelear por conservarlo”.
Al terminar el parto y una vez que su mujer estaba ya en planta, se dirigió al mostrador para devolver la bata verde y recoger sus pertenencias. En ese momento no pudo evitar romper a llorar. El personal sanitario le daba palmadas en la espalda, intentaban calmarlo. “Es normal. Es una experiencia muy emocionante”. Él movía su cabeza negativamente. No es eso, les dijo. Y salió precipitadamente del hospital.
Fuera la prima de riesgo bailaba al son siniestro de los mercados. En Grecia habían ganado los de siempre, con la ayuda inestimable de toda una presión internacional organizada para evitar a la peligrosa izquierda radical. La democracia seguía tambaleándose ante el poder del dinero y los políticos daban nuevas lecciones de impotencia y de desconocimiento de la realidad.
Cerca del hospital, enfermeras, médicos, funcionarios de la administración, interinos y amenazados por nuevos ERE se manifestaban contra las amenazas y los recortes. No es cierto que no estén dispuestos a sacrificarse, es que nadie conoce la hoja de ruta de estas políticas. Si de verdad alguien garantizase que la pérdida de un 10%, de un 20% de su salario sirviera para crear empleo, para salir definitivamente de esta espiral de la crisis económica, la mayoría no dudaría en hacerlo. El problema es que los sacrificios se hacen ante un Dios desconocido e insaciable, sin que siquiera corresponda bajando nuestra prima de riesgo o creando unos millares de empleos en nuestra tierra.
Mi amigo lleva más de un año en paro. No es tan joven como para quitarle importancia a estos años oscuros y esperar mejores tiempos, pero tampoco es tan mayor como para tener a la vista las pequeñas ventajas de la jubilación. De los buenos tiempos solo le quedan algunas cotizaciones de contratos inestables a tiempo parcial, un enorme televisor de plasma y unos cuantos meses de paro que ya ha consumido. Si la crisis se prolonga cuatro o cinco años más, cumplirá 40 años y empezará a ser muy mayor para un mercado laboral cada vez más exigente. Tiene la impresión de estar a mitad de camino, en tierra de nadie o, peor, navegando en un velero sin la menor señal de que exista una tierra cercana.
Al salir del hospital no lloraba por la emoción de contemplar a su hija recién nacida. Las cosas buenas no te hacen llorar de esa manera. Fue al observar sus pertenencias que todavía llevaba en la mano: su cartilla de desempleo y cinco euros cuidadosamente doblados, metidos en el plástico de su pase de permanencia.
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domingo, 24 de junio de 2012
Corrala de Vecinas LA UTOPÍA: 'En primera persona', programa de RNE dedicado a l...
LA CORRALA NECESITA DE LA SOLIDARIDAD DE QUIENES LUCHAMOS POR LA JUSTICIA Y LA LIBERTAD. Tienen problemas serios que afrontar. El corte del agua lo esten sobrellevando con la solidaridad de lxs vecinos de la zona, pero el CORTE DE LUZ LES CREA GRAVES PROBLEMAS. AHORA MISMO SÓLO CUENTAN CON UN PERQUEÑO GENERADOR para las 36 viviendas.Las placas solares, aparte de su limitación, tienen una pieza averiada y no funcionan. Se avecina una gran ola de calor y no pueden funcionar los frigórificos, excepto alguno, àpenas tienen luz para alumbrarse. Necesitan generadores y ventiladores. Si alguien puede prestar algún generador, sería fantástico.
Corrala de Vecinas LA UTOPÍA: 'En primera persona', programa de RNE dedicado a l...: En primera persona - Corrala La Utopía - 17/06/12 Escuchar audio En primera persona - Corral...
domingo, 17 de junio de 2012
TODO PINTADO DE NEGRO
Publicado en El País Andalucía
Nos habían dicho, de mil maneras, que el radicalismo se curaba con la edad; que era una especie de enfermedad juvenil que prendía especialmente entre la gente de buen corazón. Nos decían que con los años, la experiencia y los golpes de la vida se amortiguaba la visión crítica y que, a partir de los cuarenta, uno estaba dispuesto a negociar con la realidad y a dejarse vencer, cuando no a convencer.
Justo cuando estábamos a punto de cumplir las palabras de Neruda —“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”— o la profecía poética de José Emilio Pacheco — “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los 20 años”—, llegó la crisis, el derrumbe de las instituciones y volvieron a revelarse con crudeza las viejas verdades de la desigualdad, los costurones de la explotación, el muñeco pintado de la autosatisfacción.
Después de escuchar miles de veces que el mundo no puede pintarse en blanco o en negro y mientras hacíamos acopio de una gama de grises que matizasen nuestro discurso, llegó la crisis y pintó la realidad con un expresionista claroscuro, similar a la película Metrópolis, de Fritz Lang.
Cualquier crítica radical de los últimos veinte años palidece ante los titulares de la actualidad. Ni los individuos más extremistas de hace apenas unos años se habrían atrevido a afirmar que miles de cargos eclesiásticos cometían delitos de pederastia ante el silencio comprensivo de la jerarquía católica. Ni en las novelas de ficción más apocalípticas pudimos imaginar que un numeroso grupo de monjitas candorosas urdían toda una trama para robar los niños a las familias más pobres.
Nos dijeron que los jueces era un ejemplo de ecuanimidad, pero no sospechábamos que iban a castigar a los togados que luchaban contra el delito mientras que el Tribunal Supremo no apreciaría irregularidad alguna en que el presidente del Consejo General del Poder Judicial se gastara nuestro dinero en sus fines de semana caribeños, un invento perfecto para trabajar de martes a jueves y vivir como un marajá el resto de la semana.
Los análisis más revolucionarios sobre el sector financiero se han quedado patéticamente cortos a la vista del casino mafioso que han montado con nuestros ahorros y nuestras deudas. A los que escribieron sobre la usura se les nota que no conocieron su versión más sofisticada: la prima de riesgo. Ya no es Carlos Marx, sino una amplia mayoría social, quien considera que una buena parte de los banqueros deberían estar sentados en el banquillo de los acusados. Ya nadie duda de que los delincuentes pobres van a la cárcel y los poderosos a los puertos francos del contrabando internacional llamados paraísos fiscales. Está a punto de cumplirse la profecía de Thomas Jefferson cuando advertía: “Las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate”.
Cuando estábamos a punto de aceptar que el capitalismo había encontrado mecanismos para amortiguar las diferencias sociales, la brecha de la desigualdad se agranda por momentos en una mezcla explosiva de consumo de lujo y pobreza galopante cuyos vientos barren cualquier atisbo de conformismo social. La realidad se empeña tozudamente en ser maniquea: a un lado los corruptos, los aprovechados, los especuladores, los poderosos; al otro los que viven de su trabajo y de su esfuerzo. No es fácil levantarse por las mañanas y descubrir en los primeros titulares de la radio que una mano invisible ha pintado todo de negro, como en la canción de los Rolling Stones.
Por eso, con los años y la experiencia, muchos nos estamos volviendo más radicales. Y ojalá no fuera así. Ojalá la realidad nos permitiera pintar la vida en vivos colores y no ser tan dolorosamente conscientes del sufrimiento ajeno. Y no me refiero a un radicalismo verbal ni gestual, a la torpe exhibición de camisetas o de enseñas. No tenemos el puño en alto sino el corazón en un puño ante los nuevos tiempos. Y esa flor extraña de impotencia, de radicalismo profundo y reflexivo, pugna por hacerse ramillete, prometedor fruto, que no desesperanza.
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domingo, 10 de junio de 2012
CUÉNTAME OTRO CUENTO
Cuando ustedes lean este artículo es posible que la decisión sobre el rescate de España esté ya tomada. Nos dirán que no somos Grecia, ni Portugal ni Irlanda; que nuestro rescate será más suave, más edulcorado. Y es posible que así sea, sobre todo porque en Europa se empieza a abrir camino la idea de que los rescates severos han sido un tremendo fracaso, una espìral infernal que lejos de solucionar los problemas de estos países, los ha hundido en la miseria.
A pesar de esto, es evidente que cuando el rescate entra por la puerta, la democracia salta por la ventana. La opinión de la ciudadanía, sus derechos constitucionales, sus estatutos de autonomía, toda su arquitectura social e institucional quedan en papel mojado. Un equipo de técnicos desalmados (etimológicamente sin alma) se establecerá en nuestro país y constituirá una especie de gobierno en la sombra que controlará nuestra situación económica, vigilará nuestras decisiones y someterá a autorización previa cada gasto o ingreso.
Lo realmente indignante es la sensación de ser engañados con una serie de relatos interesados que cada día obligaban a más y más sacrificios a los de abajo. A estas alturas, con las cuentas algo más claras, ya sabemos que de los casi cuatro billones de euros de deuda de nuestro país más de dos billones y medio corresponden a bancos, cajas y grandes empresas. Sin embargo el relato que nos han contado hasta la extenuación es completamente diferente.
Al inicio de la crisis nos dijeron que la deuda de las familias, era la principal responsable de nuestra ruina, que el pueblo había vivido por encima de sus posibilidades y que ahora tocaba apretarse el cinturón, reducir los gastos familiares y aumentar la productividad. Bajo este cuento han aprobado la más salvaje reforma laboral de nuestro país, han aumentado horarios y reducido salarios.
El segundo cuento no se hizo esperar: en esta nueva versión el verdadero responsable de la crisis era el despilfarro del Estado. La foto de unos cuantos aeropuertos u obras públicas descabelladas servían al relato de que el estado del bienestar era insostenible. Las becas de nuestros estudiantes, la asistencia sanitaria o el cuidado de nuestros mayores tenían la culpa de nuestra depresión económica. De nada sirvió argumentar que el Estado tenía superávit hasta fecha muy reciente, que su déficit se ha creado por la caída de los ingresos y no por nuevos gastos y que el volumen total de la deuda pública no llega al 19 por ciento del total del endeudamiento de nuestro país. Su cuento exigía que el estado del bienestar fuera desmantelado y sacaron a pasear a miles de articulistas, presuntos expertos y centenares de políticos de derechas que estaban dispuestos a acabar con todo lo público, sobre todo si se llamaba enseñanza, salud, investigación o cultura. Con este cuento han hecho un recorte brutal de los servicios públicos, han empobrecido los derechos sociales para convertirlos en beneficencia, han castigado a funcionarios y a todos los servidores públicos para mayor gloria de las futuras privatizaciones.
El tercer relato, el que nos describa lo que ha ocurrido en realidad, nadie nos lo va a contar. Lo vamos construyendo con informaciones parciales, silencios interesados, contradicciones evidentes. Los diez mil millones de recorte del gasto con el que se ha deteriorado toda nuestra asistencia educativa y sanitaria, palidecen ante los veinte mil millones ofrecidos generosamente a Bankia. El sacrificio de millones de trabajadores que viven al límite se lo embolsan los mercados en una sola sesión de la disparatada prima de riesgo. No eran, por tanto las familias, ni el estado del bienestar, ni nuestros salarios los responsables de la crisis ni servían para nada nuestros sacrificios. Ahora, nos rescatan de sus pérdidas y nos hacen pagar sus excesos. Los mismos que aceptaron a regañadientes un estado social y unos cuantos derechos sociales pensaron que no podían desaprovechar una buena crisis para ganar las batallas perdidas en los últimos treinta años. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. De momento.
Publicado en El País Andalucía
A pesar de esto, es evidente que cuando el rescate entra por la puerta, la democracia salta por la ventana. La opinión de la ciudadanía, sus derechos constitucionales, sus estatutos de autonomía, toda su arquitectura social e institucional quedan en papel mojado. Un equipo de técnicos desalmados (etimológicamente sin alma) se establecerá en nuestro país y constituirá una especie de gobierno en la sombra que controlará nuestra situación económica, vigilará nuestras decisiones y someterá a autorización previa cada gasto o ingreso.
Lo realmente indignante es la sensación de ser engañados con una serie de relatos interesados que cada día obligaban a más y más sacrificios a los de abajo. A estas alturas, con las cuentas algo más claras, ya sabemos que de los casi cuatro billones de euros de deuda de nuestro país más de dos billones y medio corresponden a bancos, cajas y grandes empresas. Sin embargo el relato que nos han contado hasta la extenuación es completamente diferente.
Al inicio de la crisis nos dijeron que la deuda de las familias, era la principal responsable de nuestra ruina, que el pueblo había vivido por encima de sus posibilidades y que ahora tocaba apretarse el cinturón, reducir los gastos familiares y aumentar la productividad. Bajo este cuento han aprobado la más salvaje reforma laboral de nuestro país, han aumentado horarios y reducido salarios.
El segundo cuento no se hizo esperar: en esta nueva versión el verdadero responsable de la crisis era el despilfarro del Estado. La foto de unos cuantos aeropuertos u obras públicas descabelladas servían al relato de que el estado del bienestar era insostenible. Las becas de nuestros estudiantes, la asistencia sanitaria o el cuidado de nuestros mayores tenían la culpa de nuestra depresión económica. De nada sirvió argumentar que el Estado tenía superávit hasta fecha muy reciente, que su déficit se ha creado por la caída de los ingresos y no por nuevos gastos y que el volumen total de la deuda pública no llega al 19 por ciento del total del endeudamiento de nuestro país. Su cuento exigía que el estado del bienestar fuera desmantelado y sacaron a pasear a miles de articulistas, presuntos expertos y centenares de políticos de derechas que estaban dispuestos a acabar con todo lo público, sobre todo si se llamaba enseñanza, salud, investigación o cultura. Con este cuento han hecho un recorte brutal de los servicios públicos, han empobrecido los derechos sociales para convertirlos en beneficencia, han castigado a funcionarios y a todos los servidores públicos para mayor gloria de las futuras privatizaciones.
El tercer relato, el que nos describa lo que ha ocurrido en realidad, nadie nos lo va a contar. Lo vamos construyendo con informaciones parciales, silencios interesados, contradicciones evidentes. Los diez mil millones de recorte del gasto con el que se ha deteriorado toda nuestra asistencia educativa y sanitaria, palidecen ante los veinte mil millones ofrecidos generosamente a Bankia. El sacrificio de millones de trabajadores que viven al límite se lo embolsan los mercados en una sola sesión de la disparatada prima de riesgo. No eran, por tanto las familias, ni el estado del bienestar, ni nuestros salarios los responsables de la crisis ni servían para nada nuestros sacrificios. Ahora, nos rescatan de sus pérdidas y nos hacen pagar sus excesos. Los mismos que aceptaron a regañadientes un estado social y unos cuantos derechos sociales pensaron que no podían desaprovechar una buena crisis para ganar las batallas perdidas en los últimos treinta años. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. De momento.
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lunes, 4 de junio de 2012
Oda a los mercados
Que levante la mano quien no haya anunciado esta semana que no va a encender la radio ni la televisión ni ojear la portada de los periódicos porque está más que cansado (perdonen el eufemismo) de la prima de riesgo, de los mercados financieros y de que nos anuncien el fin del mundo. Nuestra situación se parece cada vez más a un culebrón televisivo. Cuando creemos que la trama no podía ser más enrevesada y que los malos habían agotado sus maquiavélicos planes, aparecen nuevos personajes, hijos no deseados, parentescos sorprendentes que complican hasta el límite la unión de los enamorados y el final feliz de la historia.
En vez de aprender los nombres de Luis Alfonso, doña Gabriela, Cristal o Topacio parece que nos han matriculado colectivamente en una clase acelerada de macroeconomía y empezamos a manejar con fluidez términos como la prima de riesgo, la volatilidad de los activos, la diferencia entre deuda y déficit o la cotización de los valores en bolsa. Los acrónimos PIB, FMI, OCDE o BM forman ya parte de nuestras vidas y los más pesimistas se preguntan qué acabará antes, si la serieArrayán o la crisis económica. En los bares, en los mercados, en la cola del supermercado, personas que apenas llegan a final de mes comentan la caída del Ibex y el aumento de la prima de riesgo, como si en ello les fuera la vida. La economía, relegada a las páginas interiores y menos leídas de los periódicos, ha saltado a las portadas y se ha convertido en verdadero argumento informativo. Antes de tomar el primer café ya sabes perfectamente la cotización de los mercados y han conseguido preocuparte o entristecerte aunque no tengas ni una puñetera acción en bolsa.
Cuando todo marchaba aparentemente bien, nadie nos informaba de sus ganancias, de sus cotizaciones y del valor patrimonial de sus activos. Los mismos que cebaban la burbuja inmobiliaria y se traspasaban acciones como papelinas de droga altamente tóxica, no querían en absoluto, que tuviésemos información de sus andanzas. Perdonen, entonces, que recele de tanta información, de tanto detalle, de tanta amenaza, de tantos intereses disfrazados de tecnocracia. Los médicos tienen un juramento hipocrático que les obliga a atender a un enfermo, sea cual sea la situación. Ninguno de ellos va a diagnosticar un resfriado cuando se trata de un infarto ni a prescribir el mismo medicamento que está acabando con la vida del enfermo. Pero en economía no hay juramento alguno de imparcialidad, ni responsabilidad alguna en los diagnósticos; ni siquiera un asomo de autocrítica por las graves equivocaciones. Grandes corporaciones e intereses sufragan los principales estudios económicos y los profesionales realmente independientes llevan años predicando en un desierto desprovistos delglamour de las grandes fundaciones y de las lujosas subvenciones privadas. Por eso los mismos que nos decían que Rodrigo Rato era un modelo de gestor, los balances de Bankia más que saludables y el Banco de España un ejemplo de control, nos obligan a pagar a precio de oro nuestra credulidad en el sistema.
Desconfio absolutamente de su interés en que conozcamos al dedillo sus indicadores económicos, sus pérdidas y ganancias, su situación límite mientras los datos de la microeconomía, la del pueblo llano, no suscita el mínimo interés. Salarios, precios, pensiones, alquileres, desahucios, contratos leoninos, despidos, emigración forzosa son la letra pequeña de la crisis que todo el mundo sufre y de la que nadie informa. Han conseguido convertir el drama de cinco millones de personas paradas, en un trasunto de los mercados, que solo será posible abordar cuando solucionemos sus problemas financieros, su tasa de ganancia y su estabilidad. Por eso nos llevan a su misa diaria, nos obligan a entonar una oda a su inevitable existencia, nos llevan a sus rogativas y a sus procesiones mientras rapiñan nuestros magros salarios. Nos piden que recemos por su pronto restablecimiento, como si su salud fuera la nuestra y no fuesen ellos nuestra enfermedad.
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lunes, 28 de mayo de 2012
EL CATECISMO DE WERT
Publicado en El País Andalucía
Ya es oficial: no eran nuestros gastos los que estaban por encima de nuestras posibilidades sino nuestras ideas. Wert es el ministro que mejor lo ha entendido y ha elaborado un explosivo cóctel mezcla de recortes económicos, prejuicios políticos y un marcado sectarismo ideológico. A partir del próximo curso las escuelas no enseñarán respeto alguno a las opciones sexuales, se considerará un único modelo de matrimonio o de familia y se suprimirán las referencias a la homofobia o al machismo en los manuales de Educación para la Ciudadanía. Respetar las diferentes opciones sexuales y fomentar la igualdad eran un peligroso adoctrinamiento para las mentes adolescentes que deberían tener claros los diferentes roles sociales masculinos y femeninos, o como diría Gallardón, de mujer-mujer y hombre-hombre.
Los valores de la paz, el diálogo y de la convivencia serán sustituidos por un cántico a la propiedad privada y a la actividad empresarial, para mayor gloria de los mercados que dominan nuestras vidas. Se eliminarán los temas que explican las causas de la pobreza y se intentaba instruir al alumnado en los peligros del nacionalismo excluyente, o sea, de todo tipo de nacionalismo que no haga ondear la bandera española, pero el ceño fruncido de sus únicos socios ha modificado el texto, que no el contexto de este catecismo.
No fuimos conscientes del dispendio que suponía tratar a los seres humanos como tales y brindarles los cuidados sanitarios sin preguntarles su raza, su procedencia o su condición social. Estoy segura de que, al menos, un euro de cada mil se malgastaba en semejantes utopías propias de los que pensamos por encima de nuestras posibilidades. Por eso, tampoco la xenofobia o el racismo serán combatidos en las aulas. Nuestras ideas deben ser productivas y normativas, lejos de todo ideal comunitario; deben contribuir a aumentar la propiedad y ahuyentar el altruismo; deben fomentar el conformismo social y desterrar la conciencia crítica.
De todos los sueños utópicos el más peligroso ha resultado ser la enseñanza pública. ¡Qué derroche de profesorado, de tiza, de aulas, becas e investigación! Más horas, más alumnos, menos profes, menos salarios son una solución perfecta que tiene el aval indiscutible de 40 años de franquismo.
El ministro de Educación proclama que la enseñanza es obligatoria y gratuita solo hasta los 16 años, aunque con una pequeña reforma los jóvenes de 15 con dificultades podrán salir del sistema. Nos anuncia que paulatinamente habrá que pagar el 100% del coste de la enseñanza, desde el bachillerato y los ciclos profesionales hasta la Universidad. La enseñanza superior —nos sugiere— es un lujo de una sociedad enferma que soñó con trasladar la igualdad de oportunidades a las aulas. Se instalarán en las universidades barreras que solo se abrirán con el tintineo del money, money. No obstante, admitirán algunos genios sin ingresos a los que recordarán continuamente la generosidad que se les brinda.
Como ven eran nuestras ideas, que no nuestros gastos, las que estaban por encima de sus intereses. Nos repiten que es preciso erradicar y abominar de todo concepto de igualdad porque, indefectiblemente, nos lleva a aumentar el gasto público. El egoísmo y la segregación, por el contrario, son doctrinas económicas y restrictivas. Para esta operación se hace preciso amputar las conciencias, adormecer los sentimientos, criminalizar los conflictos y confrontar al que tiene poco con el que no tiene nada.
Con este mandato enviaron comisarios que han podido verificar la debilidad de nuestras instituciones, el conformismo de nuestros políticos y la fragilidad de nuestra propia conciencia. Su informe aconsejaba una intervención rápida seguros de que los costes serían mínimos.
Por eso, en pocos días, acaban de embargar nuestros sueños. Han cerrado la puerta de los servicios públicos a todos los que, sin ser yo, formaban parte de mi esperanza. Solo esa marea verde llena de voces jóvenes y rejóvenes sigue actuando por encima de sus posibilidades y pidiendo antorchas para iluminar estos tiempos oscuros.
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domingo, 20 de mayo de 2012
PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE LUIS GARCÍA MONTERO: EL POETA Y LOS OBJETOS
Ayer, en la Feria del Libro de Sevilla, colaboré en la presentación del nuevo libro de Luis García Montero, Una forma de resistencia. Os dejo aquí el texto completo de mi intervención:
Conocí a Luis una tarde de otoño en Granada, en un bar llamado La tertulia.
Tenía todo el aspecto de un chico bueno que contrastaba con el ambiente duro, malhablado y contestatario de esta inolvidable taberna granadina donde se congregaban todos los especímenes de la izquierda de la transición.
Lo rodeaba un grupo de estudiantes universitarias. El bajaba la cabeza como una flor tronchada.
Me llamó la atención su sonrisa. Una impagable sonrisa infantil del que encuentra siempre en la vida motivos de alegría. Una sonrisa que dibuja de una forma especial su boca, entre tímido y audaz.
Tan pronto hablaba entusiasmado como caía en un silencio melancólico. Su flequillo rebelde jugueteaba con su frente y él se lo atusaba como los niños buenos. Tenía un éxito arrollador del que él no era consciente, o al que restaba importancia.
- Es un gran poeta, me dijeron.
Cuando pude conseguir alguna de sus poesías me ocurrió como a tantos de sus lectores. Me quedé con hambre de sus versos. A partir de ahí él fue alimentando esa hoguera, poco a poco, como un calderero demasiado paciente. Y empezó a triunfar… Le llovieron los premios pero él no alteró ni un ápice su modestia tranquila, su mirada afectuosa para todo lo humano, incluso para con los contados y vociferantes envidiosos que se desesperan porque no lo alcanzan.
Es una clase extraña de poeta. Si fuésemos franceses diría el CIUDADANO POETA y quizá estuviera todo dicho pero en España, ay España, los ciudadanos molestan y a los poetas se les denigra. No hay más que ver la batalla del gobierno contra la educación para la ciudadanía y el nuevo ideario que pretenden imponer en la enseñanza.
No hay, sin embargo, en LGM ni una chispa de demagogia en su escritura, ni una sola directriz. Conoce el alma contradictoria y loca de la creación literaria que a veces dice lo contrario de lo que pretende y si no que se lo pregunten a Balzac o a Flaubert, tan preocupados por defender el antiguo régimen que hicieron el retrato más descarnado del capitalismo.
LGM, quizá sin quererlo, se está convirtiendo en una guía ética para los nuevos tiempos. Conoce las contradicciones del alma humana; desde este caparazón dulce y ameno ha vivido miles de vidas porque tiene el don de experimentar como propio todo lo ajeno.
La bondad, en estos terribles tiempos, se llama compasión. Se llama ser conscientes, acompañar el dolor ajeno sin estridencias, sin pretender ahormarlo, domarlo o dirigirlo, sino solo estar en cada circunstancia del lado más modesto. El mundo ahora se divide entre los que cierran sus ojos ante lo que ocurre, los que reprochan a los que nada tienen su imprevisión y su falta de esfuerzo y los que sienten tristeza por el mal ajeno.
Hay en esta actitud vital de Luis algo profundamente andaluz. Esa sociabilidad de nuestra tierra que no nos permite disfrutar de la fiesta cuando nuestro vecino sufre. Esa tendencia también andaluza a no vociferar, a llevar las penas sin asumir el triste papel de víctima en la comedia de la vida.
Nadie, excepto Luis, podría haber convertido un libro sobre los objetos en UNA FORMA DE RESISTENCIA. Un libro sobre butacas, billetes de avión, posavasos, corbatas, espejos en un libro sobre como resistir los embates del capitalismo más feroz. Todos objetos modestos, cotidianos, insignificantes.
Pero que nadie se engañe sobre el valor de los objetos. No acabamos de conocer a nadie hasta que no lo vemos en su casa, rodeado de sus objetos familiares. O, perdónenme por ponerme algo más triste. Todos hemos conocido el dolor de la despedida final de los objetos cuando hemos empaquetado pertenencias de nuestros seres queridos y hemos tenido que apartar a manotazos el dolor al contemplar un reloj, unas zapatillas, una bufanda o la tonta postal de un viaje.
Los objetos de los que nos habla Luis son perdurables. En algún momento han pertenecido al mundo del consumo, pero no son consumibles, han quedado impregnados de nuestras vidas. Nos hablan y les hablamos.
Bertold Brecht lo explicó maravillosamente en este poema:
De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.
Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus
formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.
De todos los objetos, los que más amo, son los usados…Objetos felices.
Los objetos no reemplazables son una forma de resistencia contra el consumismo atroz. Cuando no los apreciamos, cuando tendemos a sustituirlos rápidamente sin parar a pensarlo, es que también nosotros hemos aceptado ser sustituidos, pertenecer al reino de los objetos sin alma, al mercado y al consumo. Con los objetos pasa como con la inspiración, según decía Oscar Wilde, si la persigues te enloquece y se adueña de tu vida, si la acompañas es una fiel compañera.
En la galería de LGM algunos objetos hablan y tienen formada opinión sobre nuestras vidas. Por ejemplo los espejos de su casa tienen ideas contradictorias sobre Luis. El espejo del hall cree que es una persona cumplidora, aseada, respetuosa. El del dormitorio cree que es desastrado y dormilón. El del baño es quien mejor lo conoce porque es testigo de su reconstrucción continuada, de su mirada crítica y sus ensayos.
Hay objetos modestos, agazapados, como el jersey veraneando en nuestro armario, las zapatillas rotas. No en vano Pablo Neruda dedicó un poema a sus calcetines. No un poema, sino toda una Oda
Y es esta la moral de mi Oda:
Dos veces es belleza la belleza,
y lo que es bueno es doblemente bueno,
cuando se trata de dos calcetines
de lana en el invierno."
Otros objetos, te regañan. Algunos reclaman un trato especial que solo tú conoces: esa lavadora a la que tienes que asestar un golpe para que comience a funcionar, ese cable que necesita varias conexiones, ese interruptor que juega a las tres esquinas antes de encenderse.
Algunos objetos se convierten en metáforas perfectas de nuestras vidas. Las monedas que caen de nuestro bolsillo al finalizar el día. ¿Todo se vende? ¿todo se compra? Se interroga el poeta o la butaca de nuestro hogar, ese reino personal donde escribimos los decretos de nuestras lecturas y de nuestras cavilaciones. “Quizá, propone el poeta, los que se agarran tanto a los sillones ajenos es porque carecen de una butaca propia en su hogar”.
Los objetos nos hablan de los viajes realizados, de los aviones perdidos, de los partidos de fútbol a los que hemos asistido, de los conciertos de nuestros héroes de la música, de los amores perdidos. Son reliquias del tiempo pasado, metáforas personales que solo nosotros entendemos y que nos hablan de sentimientos, tal como expresaba Serrat: creíamos que los había matado el tiempo y la ausencia, pero acechan en un cajón, en un papel o en un rincón.
André Bretón fue de los primeros en reclamar esta metáfora de los objetos y compuso el poema objeto, una alteración de las normas de la razón, el placer de sentirse dominado por la relación entre las cosas divergentes.
Hay poesía en los objetos, sin duda. Por eso, este libro en prosa es una construcción profundamente poética. Lo decía el paisano de LGM, García Lorca: "la poesía es el misterio que hay en las cosas y todas las cosas tienen su misterio". Lorca vivió en una sociedad granadina aficionada a construir en cada casa un altarcico barroco con todas las cosas apreciadas. Luis exhibe las suyas en este libro: un paquete de cigarrillo Goya de su padre, una corbata chillona de Rafael Alberti, una pluma que le regaló Francisco Ayala y que permanece presa en su estuche por miedo a perderla.
Como decía Octavio Paz
Monumentos a cada momento
hechos con los desechos de cada momento:
jaulas de infinito.
Canicas, botones, dedales, dados,
alfileres, timbres, cuentas de vidrio:
cuentos del tiempo.
Pero sobre todo los objetos nos hablan del tiempo, pero no del tiempo de los mercados, sino del tiempo humanizado, vivido, concreto. Del tiempo que pasa y que nos cubre, de lo que quedará de nosotros cuando ya no estemos:
Jorge Luis Borges
"¡Cuántas cosas,/ limas, umbrales, atlas, copas, clavos,/ nos sirven como tácitos esclavos,/ ciegas y extrañamente sigilosas!/ Durarán más allá de nuestro olvido;/no sabrán nunca que nos hemos ido. (Las Cosas).
O como escribió Neruda
...muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.
Dice, Luis, que se inspiró en la novela Las uvas de la ira de John Steinbeck para escribir esta obra. Es curioso que resuelva escribir sobre los objetos inspirado por una legión de trabajadores desposeídos, que trasladaban sus contados enseres por los polvorientos caminos de Oklahoma. La pérdida y la rápida sustitución de los objetos es una metáfora sobre la pérdida de valor de los humanos, su fácil sustitución, su pérdida de influencia.
Los nuevos objetos y los nuevos trabajadores no llegan a ser amados, ni apreciados. No establecen vínculos estables. Son solo piezas sustituibles para mayor ganancia del mercado.
Por eso, nos recuerda Luis, cuidar y amar los objetos se convierte en una metáfora de cuidar los humanos, y añado yo, la naturaleza. Disfrutar de todo lo necesario, pero huir del consumismo y negarse a ser cosificado, clasificado, vendido o comprado.
Es posible que exista una ética de los objetos, de su posesión, de su cuidado frente a las lógicas del mercado. A esto hace alusión el poeta cuando ha titulado su libro “Una forma de resistencia”.
Desde que lo conocí en la Tertulia, Luis no ha perdido su sonrisa, ni su encantadora forma de atender a los demás. Era un niño bueno y la vida, ¡ay milagro!, lo ha hecho más sabio y más bueno.
Es el momento de reivindicar la bondad, la mirada compasiva sobre el ser humano. Por eso, aún a costa de ser cursi, y parafraseando a B.Brecht me despido:
De todos los poetas, a los que más amo, es a los que tienen una mirada compasiva sobre el ser humano. Por eso, manchado de su dolor, presente en todas las batallas de la dignidad, amo a LGM.
Concha Caballero
Sevilla, 19 de mayo de 2012
Conocí a Luis una tarde de otoño en Granada, en un bar llamado La tertulia.
Tenía todo el aspecto de un chico bueno que contrastaba con el ambiente duro, malhablado y contestatario de esta inolvidable taberna granadina donde se congregaban todos los especímenes de la izquierda de la transición.
Lo rodeaba un grupo de estudiantes universitarias. El bajaba la cabeza como una flor tronchada.
Me llamó la atención su sonrisa. Una impagable sonrisa infantil del que encuentra siempre en la vida motivos de alegría. Una sonrisa que dibuja de una forma especial su boca, entre tímido y audaz.
Tan pronto hablaba entusiasmado como caía en un silencio melancólico. Su flequillo rebelde jugueteaba con su frente y él se lo atusaba como los niños buenos. Tenía un éxito arrollador del que él no era consciente, o al que restaba importancia.
- Es un gran poeta, me dijeron.
Cuando pude conseguir alguna de sus poesías me ocurrió como a tantos de sus lectores. Me quedé con hambre de sus versos. A partir de ahí él fue alimentando esa hoguera, poco a poco, como un calderero demasiado paciente. Y empezó a triunfar… Le llovieron los premios pero él no alteró ni un ápice su modestia tranquila, su mirada afectuosa para todo lo humano, incluso para con los contados y vociferantes envidiosos que se desesperan porque no lo alcanzan.
Es una clase extraña de poeta. Si fuésemos franceses diría el CIUDADANO POETA y quizá estuviera todo dicho pero en España, ay España, los ciudadanos molestan y a los poetas se les denigra. No hay más que ver la batalla del gobierno contra la educación para la ciudadanía y el nuevo ideario que pretenden imponer en la enseñanza.
No hay, sin embargo, en LGM ni una chispa de demagogia en su escritura, ni una sola directriz. Conoce el alma contradictoria y loca de la creación literaria que a veces dice lo contrario de lo que pretende y si no que se lo pregunten a Balzac o a Flaubert, tan preocupados por defender el antiguo régimen que hicieron el retrato más descarnado del capitalismo.
LGM, quizá sin quererlo, se está convirtiendo en una guía ética para los nuevos tiempos. Conoce las contradicciones del alma humana; desde este caparazón dulce y ameno ha vivido miles de vidas porque tiene el don de experimentar como propio todo lo ajeno.
La bondad, en estos terribles tiempos, se llama compasión. Se llama ser conscientes, acompañar el dolor ajeno sin estridencias, sin pretender ahormarlo, domarlo o dirigirlo, sino solo estar en cada circunstancia del lado más modesto. El mundo ahora se divide entre los que cierran sus ojos ante lo que ocurre, los que reprochan a los que nada tienen su imprevisión y su falta de esfuerzo y los que sienten tristeza por el mal ajeno.
Hay en esta actitud vital de Luis algo profundamente andaluz. Esa sociabilidad de nuestra tierra que no nos permite disfrutar de la fiesta cuando nuestro vecino sufre. Esa tendencia también andaluza a no vociferar, a llevar las penas sin asumir el triste papel de víctima en la comedia de la vida.
Nadie, excepto Luis, podría haber convertido un libro sobre los objetos en UNA FORMA DE RESISTENCIA. Un libro sobre butacas, billetes de avión, posavasos, corbatas, espejos en un libro sobre como resistir los embates del capitalismo más feroz. Todos objetos modestos, cotidianos, insignificantes.
Pero que nadie se engañe sobre el valor de los objetos. No acabamos de conocer a nadie hasta que no lo vemos en su casa, rodeado de sus objetos familiares. O, perdónenme por ponerme algo más triste. Todos hemos conocido el dolor de la despedida final de los objetos cuando hemos empaquetado pertenencias de nuestros seres queridos y hemos tenido que apartar a manotazos el dolor al contemplar un reloj, unas zapatillas, una bufanda o la tonta postal de un viaje.
Los objetos de los que nos habla Luis son perdurables. En algún momento han pertenecido al mundo del consumo, pero no son consumibles, han quedado impregnados de nuestras vidas. Nos hablan y les hablamos.
Bertold Brecht lo explicó maravillosamente en este poema:
De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos. Éstas son las formas
que me parecen más nobles. Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba, me parecen
objetos felices.
Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando sus
formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.
De todos los objetos, los que más amo, son los usados…Objetos felices.
Los objetos no reemplazables son una forma de resistencia contra el consumismo atroz. Cuando no los apreciamos, cuando tendemos a sustituirlos rápidamente sin parar a pensarlo, es que también nosotros hemos aceptado ser sustituidos, pertenecer al reino de los objetos sin alma, al mercado y al consumo. Con los objetos pasa como con la inspiración, según decía Oscar Wilde, si la persigues te enloquece y se adueña de tu vida, si la acompañas es una fiel compañera.
En la galería de LGM algunos objetos hablan y tienen formada opinión sobre nuestras vidas. Por ejemplo los espejos de su casa tienen ideas contradictorias sobre Luis. El espejo del hall cree que es una persona cumplidora, aseada, respetuosa. El del dormitorio cree que es desastrado y dormilón. El del baño es quien mejor lo conoce porque es testigo de su reconstrucción continuada, de su mirada crítica y sus ensayos.
Hay objetos modestos, agazapados, como el jersey veraneando en nuestro armario, las zapatillas rotas. No en vano Pablo Neruda dedicó un poema a sus calcetines. No un poema, sino toda una Oda
Y es esta la moral de mi Oda:
Dos veces es belleza la belleza,
y lo que es bueno es doblemente bueno,
cuando se trata de dos calcetines
de lana en el invierno."
Otros objetos, te regañan. Algunos reclaman un trato especial que solo tú conoces: esa lavadora a la que tienes que asestar un golpe para que comience a funcionar, ese cable que necesita varias conexiones, ese interruptor que juega a las tres esquinas antes de encenderse.
Algunos objetos se convierten en metáforas perfectas de nuestras vidas. Las monedas que caen de nuestro bolsillo al finalizar el día. ¿Todo se vende? ¿todo se compra? Se interroga el poeta o la butaca de nuestro hogar, ese reino personal donde escribimos los decretos de nuestras lecturas y de nuestras cavilaciones. “Quizá, propone el poeta, los que se agarran tanto a los sillones ajenos es porque carecen de una butaca propia en su hogar”.
Los objetos nos hablan de los viajes realizados, de los aviones perdidos, de los partidos de fútbol a los que hemos asistido, de los conciertos de nuestros héroes de la música, de los amores perdidos. Son reliquias del tiempo pasado, metáforas personales que solo nosotros entendemos y que nos hablan de sentimientos, tal como expresaba Serrat: creíamos que los había matado el tiempo y la ausencia, pero acechan en un cajón, en un papel o en un rincón.
André Bretón fue de los primeros en reclamar esta metáfora de los objetos y compuso el poema objeto, una alteración de las normas de la razón, el placer de sentirse dominado por la relación entre las cosas divergentes.
Hay poesía en los objetos, sin duda. Por eso, este libro en prosa es una construcción profundamente poética. Lo decía el paisano de LGM, García Lorca: "la poesía es el misterio que hay en las cosas y todas las cosas tienen su misterio". Lorca vivió en una sociedad granadina aficionada a construir en cada casa un altarcico barroco con todas las cosas apreciadas. Luis exhibe las suyas en este libro: un paquete de cigarrillo Goya de su padre, una corbata chillona de Rafael Alberti, una pluma que le regaló Francisco Ayala y que permanece presa en su estuche por miedo a perderla.
Como decía Octavio Paz
Monumentos a cada momento
hechos con los desechos de cada momento:
jaulas de infinito.
Canicas, botones, dedales, dados,
alfileres, timbres, cuentas de vidrio:
cuentos del tiempo.
Pero sobre todo los objetos nos hablan del tiempo, pero no del tiempo de los mercados, sino del tiempo humanizado, vivido, concreto. Del tiempo que pasa y que nos cubre, de lo que quedará de nosotros cuando ya no estemos:
Jorge Luis Borges
"¡Cuántas cosas,/ limas, umbrales, atlas, copas, clavos,/ nos sirven como tácitos esclavos,/ ciegas y extrañamente sigilosas!/ Durarán más allá de nuestro olvido;/no sabrán nunca que nos hemos ido. (Las Cosas).
O como escribió Neruda
...muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.
Dice, Luis, que se inspiró en la novela Las uvas de la ira de John Steinbeck para escribir esta obra. Es curioso que resuelva escribir sobre los objetos inspirado por una legión de trabajadores desposeídos, que trasladaban sus contados enseres por los polvorientos caminos de Oklahoma. La pérdida y la rápida sustitución de los objetos es una metáfora sobre la pérdida de valor de los humanos, su fácil sustitución, su pérdida de influencia.
Los nuevos objetos y los nuevos trabajadores no llegan a ser amados, ni apreciados. No establecen vínculos estables. Son solo piezas sustituibles para mayor ganancia del mercado.
Por eso, nos recuerda Luis, cuidar y amar los objetos se convierte en una metáfora de cuidar los humanos, y añado yo, la naturaleza. Disfrutar de todo lo necesario, pero huir del consumismo y negarse a ser cosificado, clasificado, vendido o comprado.
Es posible que exista una ética de los objetos, de su posesión, de su cuidado frente a las lógicas del mercado. A esto hace alusión el poeta cuando ha titulado su libro “Una forma de resistencia”.
Desde que lo conocí en la Tertulia, Luis no ha perdido su sonrisa, ni su encantadora forma de atender a los demás. Era un niño bueno y la vida, ¡ay milagro!, lo ha hecho más sabio y más bueno.
Es el momento de reivindicar la bondad, la mirada compasiva sobre el ser humano. Por eso, aún a costa de ser cursi, y parafraseando a B.Brecht me despido:
De todos los poetas, a los que más amo, es a los que tienen una mirada compasiva sobre el ser humano. Por eso, manchado de su dolor, presente en todas las batallas de la dignidad, amo a LGM.
Concha Caballero
Sevilla, 19 de mayo de 2012
DOS VARAS DE MEDIR
Publicado en El País Andalucía
Ya sé que no es políticamente correcto decirlo en voz alta pero están maltratando a Andalucía. Ya sé que en medio de la tormenta financiera que se abate sobre nuestro país, es mejor salvar el acuerdo por el que se han aprobado los planes de las Comunidades Autónomas y esperar tiempos mejores, pero la verdad no puede resentirse hasta el extremo de presentar como justa, la injusticia y como colaboración el resultado de la amenaza.
En primer lugar, ha sido el gobierno y solo el gobierno quien se ha empeñado en desprestigiar la labor de las comunidades autónomas y la que ha desplazado el déficit del gobierno central hacia la periferia. Ha sido una tremenda irresponsabilidad porque el deterioro de la solvencia de cualquier comunidad, recaía como un boomerang contra la marca España. Pero ha exigido el recorte autonómico, más allá de lo razonable, como una forma de forzar la disminución del gasto en los servicios públicos esenciales, salud y educación, a los que no aman en absoluto.
En segundo lugar, el gobierno central ha jugado contra la marca Andalucía especialmente desde que perdieron las elecciones del pasado 25-M. El Ministro Montoro, que ayer se investía de la autoridad de un juez y de un censor de cuentas, dedicó buena parte de su actividad en los meses pasados a desprestigiar las finanzas andaluzas, a hablar de facturas ocultas y de balances poco transparentes. Ni siquiera pidió perdón por sus afirmaciones cuando se demostró de forma fehaciente que Andalucía debía a los proveedores menos de la mitad que Valencia y casi igual que Murcia con una población de 400.000 habitantes. Atacar las finanzas andaluzas ha sido un deporte entre los altos cargos del PP, jaleados por las peticiones de intervención de la derecha mediática.
Pero el castigo a Andalucía no ha cesado ni por un momento y el antiandalucismo se ha convertido en leitmotiv de la política estatal. Se ha establecido así una doble vara de medir en las decisiones económicas que los gobernantes andaluces deberían de explicar con claridad. En la reunión del Consejo de Política fiscal y financiera donde se aprobaron los planes de ajuste de las comunidades se pudo comprobar la falta de ecuanimidad y de criterios. El tribunal ante el que Andalucía presentaría sus cuentas era inquietante. El juez supremo que marcaría el destino de Andalucía, el señor Montoro, el mismo que nos mandaba al infierno de la intervención sin mirar ni siquiera los balances., Mientras que las cuentas de Murcia, Castilla la Mancha o Valencia, que duplican el déficit andaluz, fueron aprobadas literalmente “con nota”, amagaron con dejar en suspenso las cuentas de Andalucía. Mientras que a otras comunidades se les aceptaban recortes contabilizados a la manera de las cuentas del Gran Capitán a Andalucía se les exigía justificar hasta el último euro.
Sin querer provocar ninguna confrontación territorial con Cataluña, cuyo Conseller tuvo diez veces más visión de estado que el propio ministro Montoro, a esta comunidad se le aceptó recuperar la inversión prevista en su estatuto de Autonomía, mientras que a Andalucía no se le permitió hacer exactamente lo mismo: a saber, que el estado debe abonar 408 millones de euros para cumplir lo que establece el Estatuto de Autonomía de Andalucía ni mucho menos computar como parte del ajuste andaluz los 1.400 millones que el Estado debe de años anteriores.
No sé hasta qué punto la discreción o el miedo son los mejores acompañantes para Andalucía en esta tormentosa travesía. Los sacrificios que se les van a exigir a los andaluces, especialmente a los funcionarios, no van a ser fáciles de entender si no se explica el contexto político que nos acompaña o que nos amenaza. No solo hay que salvar los servicios públicos de envites privatizadores y de su deterioro, también hay que proteger a los profesionales que los hacen posibles. Por ellos hay que apurar al límite las posibilidades de negociación, aplacar la dureza de los recortes, valorar su trabajo y su tiempo. Y, sobre todo, contar la verdad.
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sábado, 12 de mayo de 2012
NO HAY PALABRAS
Publicado en El País Andalucía
He entrado en clase dispuesta a regañar a mis alumnos. Tenía
preparado un pequeño discursito sobre el esfuerzo, el futuro, la
importancia de ir cargando la mochila de titulaciones adicionales.
—¿Por qué no os habéis presentado a las pruebas del Trinity?
—Porque cuestan 90 euros— me contestaron secamente.
Las palabras que no se pronuncian no hacen ningún ruido, pero caen a un pozo negro, desarmadas, incoherentes. En este caso cayeron a mis pies, se enredaron en mis zapatos y me llevaron directamente a la realidad.
En este curso he aprendido a no preguntar dónde están los libros de las lecturas obligatorias. Ya sé que los 30 o 40 euros de su importe pueden desequilibrar algunos presupuestos familiares que cuentan los días en billetes de 10 o 15 euros. Me he limitado a colgar los textos en mi blog, incluso los más recientes que están sujetos a derechos. Espero que Luis Sepúlveda o los herederos de J. D. Salinger sepan comprenderlo.
El tradicional viaje de final de curso se ha suprimido en muchos casos y cuando se hace, entristece ver una docena de alumnos que no han ido por motivos económicos, aunque nadie dice nada, ni pierden la sonrisa, ni se quejan por los pasillos. Los que van a Selectividad preguntan por las tasas de inscripción, por detalles tan insignificantes como cuánto valen las pruebas de las asignaturas optativas. Los más previsores hacen cuentas de cuánto les supondrá el autobús diario hasta la facultad y los libros de texto de la carrera.
Hasta hace muy poco tiempo estaban ajenos a esta nueva matemática. Sus cuentas se reducían al tiempo de ocio, a la compra de un artículo electrónico o a la ropa de la temporada. Ahora aprenden a hacer sumas y restas con sus propias vidas, con sus expectativas y con su futuro. Hablan de becas, del aumento indecente de las tasas universitarias y de cómo obtener una matrícula gratuita.
Te interrogan sobre cuáles son las carreras con mayores salidas profesionales y no sabes qué decirles. Les explicas que es importante que, hagan lo que hagan, se impliquen a fondo; que intenten seguir sus gustos y sus inclinaciones al tiempo que les aconsejas que pongan un punto de realismo. Discursos contradictorios que acaban con la recomendación de que sigan estudiando, una tabla de salvación a la que intentas aferrarlos, porque a pesar de todo su futuro será mejor si consiguen cualificarse profesionalmente. Mientras acabas tu discurso, te acuerdas de todos los jóvenes que conoces que reparten infructuosamente sus impresionantes currículos por las empresas y que cuando trabajan lo hacen en unas condiciones tan leoninas que solo el posibilismo cruel de nuestro tiempo te ayuda a ahogar la indignación. Te vienen a la mente los rostros de los que han tomado la dolorosa decisión de marcharse muy lejos, lo que pone de manifiesto que no es la enseñanza la que falla, sino la empresa y la sociedad de nuestro país.
Esos jóvenes han ido esta semana a la huelga contra los recortes educativos pero esta vez no había el aire de fiesta de otras ocasiones. Es como si supieran que ahora la vida va en serio con ellos, que no están estudiando un capítulo aburrido de la historia de España sino que forman parte de la primera línea de una crisis que se escribe con su carne.
Ha habido gobiernos que se han confrontado con algún sector social pero no ha existido hasta ahora ningún gobierno que se confronte con todo el sistema educativo. La derecha mediática dice que los malos estudiantes agitan la educación y publican fotos carcelarias de algunos dirigentes estudiantiles. Utilizan los mismos argumentos que los ministros franquistas de los años sesenta contra las movilizaciones juveniles: cosas de malos estudiantes y de infiltrados marxistas. Pero resulta que son los buenos estudiantes los que más se movilizan porque son los que se interesan, leen la prensa y escuchan indignados las noticias; son ellos los que te preguntan cómo es posible que el Gobierno facilite 10.000 millones a Bankia mientras a ellos les siegan el porvenir. No hay palabras.
—¿Por qué no os habéis presentado a las pruebas del Trinity?
—Porque cuestan 90 euros— me contestaron secamente.
Las palabras que no se pronuncian no hacen ningún ruido, pero caen a un pozo negro, desarmadas, incoherentes. En este caso cayeron a mis pies, se enredaron en mis zapatos y me llevaron directamente a la realidad.
En este curso he aprendido a no preguntar dónde están los libros de las lecturas obligatorias. Ya sé que los 30 o 40 euros de su importe pueden desequilibrar algunos presupuestos familiares que cuentan los días en billetes de 10 o 15 euros. Me he limitado a colgar los textos en mi blog, incluso los más recientes que están sujetos a derechos. Espero que Luis Sepúlveda o los herederos de J. D. Salinger sepan comprenderlo.
El tradicional viaje de final de curso se ha suprimido en muchos casos y cuando se hace, entristece ver una docena de alumnos que no han ido por motivos económicos, aunque nadie dice nada, ni pierden la sonrisa, ni se quejan por los pasillos. Los que van a Selectividad preguntan por las tasas de inscripción, por detalles tan insignificantes como cuánto valen las pruebas de las asignaturas optativas. Los más previsores hacen cuentas de cuánto les supondrá el autobús diario hasta la facultad y los libros de texto de la carrera.
Hasta hace muy poco tiempo estaban ajenos a esta nueva matemática. Sus cuentas se reducían al tiempo de ocio, a la compra de un artículo electrónico o a la ropa de la temporada. Ahora aprenden a hacer sumas y restas con sus propias vidas, con sus expectativas y con su futuro. Hablan de becas, del aumento indecente de las tasas universitarias y de cómo obtener una matrícula gratuita.
Te interrogan sobre cuáles son las carreras con mayores salidas profesionales y no sabes qué decirles. Les explicas que es importante que, hagan lo que hagan, se impliquen a fondo; que intenten seguir sus gustos y sus inclinaciones al tiempo que les aconsejas que pongan un punto de realismo. Discursos contradictorios que acaban con la recomendación de que sigan estudiando, una tabla de salvación a la que intentas aferrarlos, porque a pesar de todo su futuro será mejor si consiguen cualificarse profesionalmente. Mientras acabas tu discurso, te acuerdas de todos los jóvenes que conoces que reparten infructuosamente sus impresionantes currículos por las empresas y que cuando trabajan lo hacen en unas condiciones tan leoninas que solo el posibilismo cruel de nuestro tiempo te ayuda a ahogar la indignación. Te vienen a la mente los rostros de los que han tomado la dolorosa decisión de marcharse muy lejos, lo que pone de manifiesto que no es la enseñanza la que falla, sino la empresa y la sociedad de nuestro país.
Esos jóvenes han ido esta semana a la huelga contra los recortes educativos pero esta vez no había el aire de fiesta de otras ocasiones. Es como si supieran que ahora la vida va en serio con ellos, que no están estudiando un capítulo aburrido de la historia de España sino que forman parte de la primera línea de una crisis que se escribe con su carne.
Ha habido gobiernos que se han confrontado con algún sector social pero no ha existido hasta ahora ningún gobierno que se confronte con todo el sistema educativo. La derecha mediática dice que los malos estudiantes agitan la educación y publican fotos carcelarias de algunos dirigentes estudiantiles. Utilizan los mismos argumentos que los ministros franquistas de los años sesenta contra las movilizaciones juveniles: cosas de malos estudiantes y de infiltrados marxistas. Pero resulta que son los buenos estudiantes los que más se movilizan porque son los que se interesan, leen la prensa y escuchan indignados las noticias; son ellos los que te preguntan cómo es posible que el Gobierno facilite 10.000 millones a Bankia mientras a ellos les siegan el porvenir. No hay palabras.
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EL RECORTAZO DE ARENAS
Publicado en El País Andalucía
“Díganos de dónde viene el recorte de 2.700 millones de euros”, afirmó Javier Arenas con tono altanero en el debate de investidura. Pensé que había escuchado mal la frase pero no, el portavoz de la oposición había pronunciado estas palabras sin el menor asomo de duda o de vacilación. Insistió en la idea, con el procedimiento consabido de colocar el sufijo -azo a la palabra para dar mayor énfasis a la idea. “Díganos si el recortazo va a afectar a la sanidad, la educación o la dependencia”, insistió. Se ha equivocado de lugar y de personaje, pensé. Con los decretos del Gobierno central aún calientes que obligan a recortar 10.000 millones de euros a las autonomías, con la tinta todavía fresca del decretazo en la enseñanza y el copago sanitario o la reducción drástica de los fondos para la dependencia, no era posible que el inteligente portavoz del PP hiciera una preguntas que solo podían ser respondidas con los famosos versos de Bécquer “¿Y tú me lo preguntas? / Poesía... eres tú”. O sea, el Gobierno central obliga a las comunidades a recortar los servicios públicos vía decreto y, de paso, pisoteando las competencias de las autonomías. De forma especial, en el caso de Andalucía, amenaza a la comunidad autónoma en caso de no hacerlo, con intervenir sus cuentas. En cualquier caso, el representante del PP en Andalucía intentará hacer oposición criticando los recortes que ellos mismos han impuesto. Una operación de trilerismo político tan burda que detectaría hasta el ciudadano más indocumentado. Pero lo más grave no es eso. Es que, mientras Arenas subía a la tribuna del Parlamento de Andalucía, un coro mediático de voces azules casi negras, reclamaban una intervención urgente del Gobierno central. Según ellos, el Estado tiene instrumentos para impedir un Gobierno de izquierdas en Andalucía y evitar, así, el “desafío” de una comunidad autónoma. Argumentan que no es el PP quien tiene un problema por haber perdido las elecciones andaluzas, sino España. Por eso exigen que “Rajoy no titubee si tiene que intervenir la comunidad”. Les ruego que presten mucha atención a estas palabras. No las pronuncian cuatro locos en la Red sino medios de comunicación con accionistas y tirada diaria; no son un fruto momentáneo e irreflexivo, sino toda una declaración de intenciones. La música y la letra de estos textos son absolutamente golpistas, antidemocráticas y repulsivas. El nuevo Gobierno andaluz tiene muchas dificultades reales, derivadas del paro y de la crisis económica, pero no debe sufrir un zarandeo político por el simple hecho de que Andalucía no tenga el mismo color político que el Gobierno central, ni mucho menos ser amenazada porque a determinados poderes económicos no les guste la composición de su Gobierno. El portavoz del PP en Andalucía va a tener motivos más que suficientes para ejercer una oposición inteligente y democrática, sin subirse al carro del desprecio por nuestra tierra y del golpismo latente que alientan los medios más conservadores. Es verdad que la labor de oposición del PP será sumamente difícil. Las políticas de recorte de Rajoy están agotando la paciencia de la ciudadanía. No hay día que no se anuncie algún nuevo pellizco a las economías más débiles, a la educación, la sanidad o la cobertura social. No hay día que no se desprestigie un colectivo o un sector laboral para cargar sobre ellos la tinta del malestar social. Javier Arenas no podrá abstraerse de las políticas de recorte estatal ni hablar, como si nada pasara, de los temas sociales de Andalucía. Es verdad que estas políticas de recorte pueden pasarle una factura importante al PP en Andalucía e imposibilitar gran parte de su papel de oposición, pero sus dirigentes deben saber que este precio no será nada comparado con la factura que pagarán si el pueblo andaluz detecta que hay una estrategia de acoso y derribo contra nuestra comunidad autónoma.
“Díganos de dónde viene el recorte de 2.700 millones de euros”, afirmó Javier Arenas con tono altanero en el debate de investidura. Pensé que había escuchado mal la frase pero no, el portavoz de la oposición había pronunciado estas palabras sin el menor asomo de duda o de vacilación. Insistió en la idea, con el procedimiento consabido de colocar el sufijo -azo a la palabra para dar mayor énfasis a la idea. “Díganos si el recortazo va a afectar a la sanidad, la educación o la dependencia”, insistió. Se ha equivocado de lugar y de personaje, pensé. Con los decretos del Gobierno central aún calientes que obligan a recortar 10.000 millones de euros a las autonomías, con la tinta todavía fresca del decretazo en la enseñanza y el copago sanitario o la reducción drástica de los fondos para la dependencia, no era posible que el inteligente portavoz del PP hiciera una preguntas que solo podían ser respondidas con los famosos versos de Bécquer “¿Y tú me lo preguntas? / Poesía... eres tú”. O sea, el Gobierno central obliga a las comunidades a recortar los servicios públicos vía decreto y, de paso, pisoteando las competencias de las autonomías. De forma especial, en el caso de Andalucía, amenaza a la comunidad autónoma en caso de no hacerlo, con intervenir sus cuentas. En cualquier caso, el representante del PP en Andalucía intentará hacer oposición criticando los recortes que ellos mismos han impuesto. Una operación de trilerismo político tan burda que detectaría hasta el ciudadano más indocumentado. Pero lo más grave no es eso. Es que, mientras Arenas subía a la tribuna del Parlamento de Andalucía, un coro mediático de voces azules casi negras, reclamaban una intervención urgente del Gobierno central. Según ellos, el Estado tiene instrumentos para impedir un Gobierno de izquierdas en Andalucía y evitar, así, el “desafío” de una comunidad autónoma. Argumentan que no es el PP quien tiene un problema por haber perdido las elecciones andaluzas, sino España. Por eso exigen que “Rajoy no titubee si tiene que intervenir la comunidad”. Les ruego que presten mucha atención a estas palabras. No las pronuncian cuatro locos en la Red sino medios de comunicación con accionistas y tirada diaria; no son un fruto momentáneo e irreflexivo, sino toda una declaración de intenciones. La música y la letra de estos textos son absolutamente golpistas, antidemocráticas y repulsivas. El nuevo Gobierno andaluz tiene muchas dificultades reales, derivadas del paro y de la crisis económica, pero no debe sufrir un zarandeo político por el simple hecho de que Andalucía no tenga el mismo color político que el Gobierno central, ni mucho menos ser amenazada porque a determinados poderes económicos no les guste la composición de su Gobierno. El portavoz del PP en Andalucía va a tener motivos más que suficientes para ejercer una oposición inteligente y democrática, sin subirse al carro del desprecio por nuestra tierra y del golpismo latente que alientan los medios más conservadores. Es verdad que la labor de oposición del PP será sumamente difícil. Las políticas de recorte de Rajoy están agotando la paciencia de la ciudadanía. No hay día que no se anuncie algún nuevo pellizco a las economías más débiles, a la educación, la sanidad o la cobertura social. No hay día que no se desprestigie un colectivo o un sector laboral para cargar sobre ellos la tinta del malestar social. Javier Arenas no podrá abstraerse de las políticas de recorte estatal ni hablar, como si nada pasara, de los temas sociales de Andalucía. Es verdad que estas políticas de recorte pueden pasarle una factura importante al PP en Andalucía e imposibilitar gran parte de su papel de oposición, pero sus dirigentes deben saber que este precio no será nada comparado con la factura que pagarán si el pueblo andaluz detecta que hay una estrategia de acoso y derribo contra nuestra comunidad autónoma.
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martes, 1 de mayo de 2012
COSAS QE NO CUESTAN DINERO
Publicado en El País Andalucía
Sin Andalucía, serían felices. ¿Para qué emplear más palabras? Sin Andalucía las afirmaciones del ministro de Economía sonarían como las de Moisés al enunciar los 10 mandamientos en el monte Sinaí, en vez de cómo el sonsonete afilado del señor Burns, propietario de la central nuclear en la serie Los Simpson. Sin Andalucía, el bronceado intenso de Ana Mato no contrastaría de forma tan clara con el intento de expulsar del sistema sanitario a los morenos naturales de allende los mares.
Andalucía era imprescindible para cerrar el círculo, asentar el pensamiento único de que la crisis económica no puede ser superada sino con la liquidación de una parte importante del Estado de bienestar y con una modificación del actual Estado de las autonomías. El pastel estaba cocinado y la mesa puesta. La única pluralidad, con mando en plaza, sería la del Gobierno de Artur Mas, con quien el PP mantiene un 99% de coincidencias en materia económica y social. En cuanto a las divergencias, serían altamente rentables. O bien se produciría un acuerdo bilateral con Cataluña o una confrontación de bajo nivel en el que los contendientes se envolverían en las banderas españolas y catalanas, respectivamente, para alborozo de sus respectivos nacionalistas.
Pero Andalucía siempre llega cuando no se la espera. Ya pasó cuando decidió, contra todo pronóstico, conquistar la autonomía plena y romper un mapa desigual. Ahora ha vuelto a ocurrir, a la manera de este contradictorio siglo XXI, con menos épica y más contradicciones; sin las grandes pasiones y enormes esperanzas de hace tantos años. Pero lo ha vuelto a hacer y, pese a quien pese, se ha situado en el centro del debate político, con las banderas algo ajadas, pero con el mismo latido de igualdad.
El nuevo Gobierno debe ser consciente de que recibe un legado delicado que debe implicarlos más allá de sus propias fuerzas. El pueblo andaluz sabe las dificultades de la situación actual: la escasez de fondos públicos, los límites de la gestión política, la dificultad de invertir la rueda que nos empuja hacia el precipicio. No esperan milagros asombrosos pero serán absolutamente exigentes en las formas de ejercer el poder político, en la sensibilidad de las medidas que se adopten y en el ejemplo que ofrezcan a la sociedad andaluza.
En política, como en la vida, hay muchas cosas que no cuestan dinero pero que nos devuelven la confianza. No cuesta dinero, sino todo lo contrario, la honradez ni la sensibilidad social. No cuesta dinero poner en marcha de forma inmediata un código ético que no solo prevenga contra los casos de corrupción, sino que nos proteja de cualquier uso clientelar del poder político. Tampoco sería mala idea recuperar la educación y la elegancia como valores de la izquierda, fundamentalmente ahora que la derecha se ha vuelto lenguaraz e insultante.
No cuesta dinero la participación y el diálogo social, pero el de verdad, no el que se reduce a una consulta institucionalizada a las organizaciones sociales. Miles y miles de andaluces y andaluzas estarían deseando aportar sus conocimientos e ideas para mejorar nuestros servicios públicos, fomentar el empleo, proteger el medio ambiente o avanzar en igualdad de oportunidades. El talante del nuevo Gobierno debería caracterizarse por una escucha activa de la sociedad, lejos del autoritarismo o del paternalismo desmovilizador que nos ha privado de tantos talentos y soluciones.
Andalucía no va a buscar confrontaciones, se las va a encontrar en el camino. Sin dar siquiera tiempo a que se constituya el Parlamento, el Gobierno central ya ha planteado tres recursos contra decisiones andaluzas (subasta medicamentos, ley de incompatibilidades y oposiciones de docentes) y ha pronunciado las palabras temibles que suenan a golpe anti-andaluz: si no obedecen, serán intervenidos. Una amenaza inaceptable que nos recuerda a la frase favorita del personaje citado de Los Simpson, el dueño de la central nuclear, cada vez que los trabajadores desoyen sus órdenes: “¡Suelte a los perros
Sin Andalucía, serían felices. ¿Para qué emplear más palabras? Sin Andalucía las afirmaciones del ministro de Economía sonarían como las de Moisés al enunciar los 10 mandamientos en el monte Sinaí, en vez de cómo el sonsonete afilado del señor Burns, propietario de la central nuclear en la serie Los Simpson. Sin Andalucía, el bronceado intenso de Ana Mato no contrastaría de forma tan clara con el intento de expulsar del sistema sanitario a los morenos naturales de allende los mares.
Andalucía era imprescindible para cerrar el círculo, asentar el pensamiento único de que la crisis económica no puede ser superada sino con la liquidación de una parte importante del Estado de bienestar y con una modificación del actual Estado de las autonomías. El pastel estaba cocinado y la mesa puesta. La única pluralidad, con mando en plaza, sería la del Gobierno de Artur Mas, con quien el PP mantiene un 99% de coincidencias en materia económica y social. En cuanto a las divergencias, serían altamente rentables. O bien se produciría un acuerdo bilateral con Cataluña o una confrontación de bajo nivel en el que los contendientes se envolverían en las banderas españolas y catalanas, respectivamente, para alborozo de sus respectivos nacionalistas.
Pero Andalucía siempre llega cuando no se la espera. Ya pasó cuando decidió, contra todo pronóstico, conquistar la autonomía plena y romper un mapa desigual. Ahora ha vuelto a ocurrir, a la manera de este contradictorio siglo XXI, con menos épica y más contradicciones; sin las grandes pasiones y enormes esperanzas de hace tantos años. Pero lo ha vuelto a hacer y, pese a quien pese, se ha situado en el centro del debate político, con las banderas algo ajadas, pero con el mismo latido de igualdad.
El nuevo Gobierno debe ser consciente de que recibe un legado delicado que debe implicarlos más allá de sus propias fuerzas. El pueblo andaluz sabe las dificultades de la situación actual: la escasez de fondos públicos, los límites de la gestión política, la dificultad de invertir la rueda que nos empuja hacia el precipicio. No esperan milagros asombrosos pero serán absolutamente exigentes en las formas de ejercer el poder político, en la sensibilidad de las medidas que se adopten y en el ejemplo que ofrezcan a la sociedad andaluza.
En política, como en la vida, hay muchas cosas que no cuestan dinero pero que nos devuelven la confianza. No cuesta dinero, sino todo lo contrario, la honradez ni la sensibilidad social. No cuesta dinero poner en marcha de forma inmediata un código ético que no solo prevenga contra los casos de corrupción, sino que nos proteja de cualquier uso clientelar del poder político. Tampoco sería mala idea recuperar la educación y la elegancia como valores de la izquierda, fundamentalmente ahora que la derecha se ha vuelto lenguaraz e insultante.
No cuesta dinero la participación y el diálogo social, pero el de verdad, no el que se reduce a una consulta institucionalizada a las organizaciones sociales. Miles y miles de andaluces y andaluzas estarían deseando aportar sus conocimientos e ideas para mejorar nuestros servicios públicos, fomentar el empleo, proteger el medio ambiente o avanzar en igualdad de oportunidades. El talante del nuevo Gobierno debería caracterizarse por una escucha activa de la sociedad, lejos del autoritarismo o del paternalismo desmovilizador que nos ha privado de tantos talentos y soluciones.
Andalucía no va a buscar confrontaciones, se las va a encontrar en el camino. Sin dar siquiera tiempo a que se constituya el Parlamento, el Gobierno central ya ha planteado tres recursos contra decisiones andaluzas (subasta medicamentos, ley de incompatibilidades y oposiciones de docentes) y ha pronunciado las palabras temibles que suenan a golpe anti-andaluz: si no obedecen, serán intervenidos. Una amenaza inaceptable que nos recuerda a la frase favorita del personaje citado de Los Simpson, el dueño de la central nuclear, cada vez que los trabajadores desoyen sus órdenes: “¡Suelte a los perros
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lunes, 23 de abril de 2012
¿CRISIS O ESTAFA?
Publicado en el País de Andalucía
La nueva moneda española no se llama euro, se llama café. La cosa empezó con el Secretario de Administraciones Públicas que ridiculizó a toda la función pública como una panda de desalmados dedicados a tomar cafelito y leer el periódico. Ahora, con las medidas de copago sanitario, el portavoz del PP en la comisión de sanidad, afirma que el coste de esta medida es el equivalente a cuatro o cinco cafés al mes. Los pensionistas pueden perfectamente privarse de ellos y contribuir a pagar el gasto farmacéutico. Me informan que las grandes empresas inmobiliarias han reorientado su inversión hacia el sector sociosanitario y es que, por lo visto, detrás de estas tazas de café hay mucho negocio a la espera de abrir sus puertas.
En la Universidad, el café será completamente erradicado, porque los 500 euros de aumento en las tasas universitarias supondrán un verdadero hachazo no solo a las bebidas estimulantes, sino a las posibilidades de entrar en la enseñanza superior para miles de jóvenes españoles. El gobierno parece desear que los primeros en desaparecer de las universidades públicas sean los jóvenes con menores ingresos porque, lejos de prever un sistema compensatorio para estas subidas, han dado un recorte espectacular a las becas. Ni pobres, ni clases medias castigadas serán bien recibidas en la Universidad española. Mientras, en la estrategia soterrada de presentar como despilfarro lo que no lo es y como privilegio lo que es una riqueza para el país, abominan de nuestro sistema universitario y consideran que la existencia de 71 Universidades (50 de ellas públicas) es una prueba de derroche. Nos engañan inmisericordemente, porque en el espacio europeo hay 3.300 universidades, en Norteamérica más de 4.400 y, por ejemplo en Alemania, existen 349 Universidades distribuidas por todos los lander, o sea, cinco veces más que en España.
Como su modelo económico es de salarios exiguos y baja cualificación, han emprendido una batalla ideológica contra los estudios universitarios, la utilidad de las titulaciones, su profesorado y su capacidad de investigación. En vez de mejorar el sistema universitario, utilizar mejor los recursos y primar la I+D, la han emprendido a mandobles contra la propia formación universitaria. El Ministro se permite insinuar que en la Universidad la investigación es un fraude y la mayor parte de los estudios inútiles. La disminución del presupuesto de investigación, cercano al 26 por ciento, es de tal magnitud que alguien escribía en twitter: “con estos presupuestos, en España la próxima vez que veas a alguien con una bata blanca, será un churrero”. El más mínimo sentido común nos indica que la salida al túnel de la crisis será más factible si mimamos nuestra ciencia, la formación de nuestros jóvenes y la creación de nuevos talentos. De hecho la aportación de nuestra ciencia en la balanza comercial, es mayor a la de bienes y servicios.
El rector de la Universidad de Sevilla, Antonio Ramírez de Arellano, ha hecho una declaración al más puro estilo de Larra. “España es el único país civilizado donde desde el Ministerio de Educación se habla mal de la Educación y parece que se disfruta con ello”, ha dicho con pesar.
En la comisión de expertos que debatirán el futuro del sistema universitario, el Ministerio no ha incluido ni un solo representante de las Universidades Andaluzas. El café de las autonomías no gusta al gobierno central, a no ser que proceda de Valencia o de Madrid, donde se aprestan a acabar con el sistema universitario público e imponer frente al democrático café el selecto té de las cinco.
Las universidades no son fábricas de parados, sino de ciencia y saber. El paro en los jóvenes no titulados es tres veces mayor que entre los universitarios. Las universidades no son un costo sino una inversión en el futuro. En los últimos treinta años, se ha amortiguado el clasismo y miles de jóvenes con pocos recursos económicos han desarrollado su talento en sus aulas. Ahora todo está en cuestión por una crisis que, cada vez más, es una simple y pura estafa.
La nueva moneda española no se llama euro, se llama café. La cosa empezó con el Secretario de Administraciones Públicas que ridiculizó a toda la función pública como una panda de desalmados dedicados a tomar cafelito y leer el periódico. Ahora, con las medidas de copago sanitario, el portavoz del PP en la comisión de sanidad, afirma que el coste de esta medida es el equivalente a cuatro o cinco cafés al mes. Los pensionistas pueden perfectamente privarse de ellos y contribuir a pagar el gasto farmacéutico. Me informan que las grandes empresas inmobiliarias han reorientado su inversión hacia el sector sociosanitario y es que, por lo visto, detrás de estas tazas de café hay mucho negocio a la espera de abrir sus puertas.
En la Universidad, el café será completamente erradicado, porque los 500 euros de aumento en las tasas universitarias supondrán un verdadero hachazo no solo a las bebidas estimulantes, sino a las posibilidades de entrar en la enseñanza superior para miles de jóvenes españoles. El gobierno parece desear que los primeros en desaparecer de las universidades públicas sean los jóvenes con menores ingresos porque, lejos de prever un sistema compensatorio para estas subidas, han dado un recorte espectacular a las becas. Ni pobres, ni clases medias castigadas serán bien recibidas en la Universidad española. Mientras, en la estrategia soterrada de presentar como despilfarro lo que no lo es y como privilegio lo que es una riqueza para el país, abominan de nuestro sistema universitario y consideran que la existencia de 71 Universidades (50 de ellas públicas) es una prueba de derroche. Nos engañan inmisericordemente, porque en el espacio europeo hay 3.300 universidades, en Norteamérica más de 4.400 y, por ejemplo en Alemania, existen 349 Universidades distribuidas por todos los lander, o sea, cinco veces más que en España.
Como su modelo económico es de salarios exiguos y baja cualificación, han emprendido una batalla ideológica contra los estudios universitarios, la utilidad de las titulaciones, su profesorado y su capacidad de investigación. En vez de mejorar el sistema universitario, utilizar mejor los recursos y primar la I+D, la han emprendido a mandobles contra la propia formación universitaria. El Ministro se permite insinuar que en la Universidad la investigación es un fraude y la mayor parte de los estudios inútiles. La disminución del presupuesto de investigación, cercano al 26 por ciento, es de tal magnitud que alguien escribía en twitter: “con estos presupuestos, en España la próxima vez que veas a alguien con una bata blanca, será un churrero”. El más mínimo sentido común nos indica que la salida al túnel de la crisis será más factible si mimamos nuestra ciencia, la formación de nuestros jóvenes y la creación de nuevos talentos. De hecho la aportación de nuestra ciencia en la balanza comercial, es mayor a la de bienes y servicios.
El rector de la Universidad de Sevilla, Antonio Ramírez de Arellano, ha hecho una declaración al más puro estilo de Larra. “España es el único país civilizado donde desde el Ministerio de Educación se habla mal de la Educación y parece que se disfruta con ello”, ha dicho con pesar.
En la comisión de expertos que debatirán el futuro del sistema universitario, el Ministerio no ha incluido ni un solo representante de las Universidades Andaluzas. El café de las autonomías no gusta al gobierno central, a no ser que proceda de Valencia o de Madrid, donde se aprestan a acabar con el sistema universitario público e imponer frente al democrático café el selecto té de las cinco.
Las universidades no son fábricas de parados, sino de ciencia y saber. El paro en los jóvenes no titulados es tres veces mayor que entre los universitarios. Las universidades no son un costo sino una inversión en el futuro. En los últimos treinta años, se ha amortiguado el clasismo y miles de jóvenes con pocos recursos económicos han desarrollado su talento en sus aulas. Ahora todo está en cuestión por una crisis que, cada vez más, es una simple y pura estafa.
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domingo, 15 de abril de 2012
FALTA DE EDUCACIÓN
No existe casi ninguna profesión que se lleve la mitad del trabajo a casa. Cuando se cierra el taller, la oficina, la obra o el comercio, los trabajadores no se llevan los materiales para continuar su trabajo en las horas de descanso. No hay ningún oficio en el que el estudio y la preparación del material no se computen como tiempo trabajado o que ni siquiera el tiempo del bocadillo cuente como horario laboral. Si se aplica esta fórmula, los futbolistas solo trabajan los 90 minutos del partido y los redactores el tiempo justo que están ante las cámaras. No hay ningún oficio en el que no cuenten para nada los traslados, ni las horas extraordinarias dedicadas a actividades o acompañamiento de alumnos. No hay una sola profesión que no ofrezca los instrumentos de trabajo gratis excepto en la enseñanza, desde el boli rojo, al bloc de notas, el ordenador portátil o el pendrive sempiterno que nos acompaña como una cruz laica.
Los profesores nunca van a hacer la huelga que pondría de manifiesto su función ni sus horas de trabajo: dejar de pasar las mañanas de los sábados y los domingos corrigiendo ejercicios, o acompañar el café de la tarde con las fichas de la clase que daremos el día siguiente.
En España, según el último estudio sobre el Panorama de la Educación, el horario lectivo del profesorado es de los mayores de la Unión Europea y de la OCDE, pero este dato es ocultado porque detrás de los recortes y de la reforma que nos anuncian no hay el afán de mejorar la educación pública, sino de reducir sus posibilidades y fomentar la enseñanza privada.
Mucho antes de que estallara la crisis económica, los think-tank de la derecha —incluyendo el actual ministro de Educación— lo habían teorizado. Según sus tesis la inversión en la enseñanza pública era desproporcionada y habría que buscar un mayor equilibrio con la iniciativa privada. En medio de las invocaciones al esfuerzo del alumnado y a la autoridad del profesor, introducían la idea de aumentar el número de alumnos por aula y limitar los programas compensatorios. Abogaban por aumentar los conciertos con la enseñanza privada, privatizar el bachillerato y hacer mucho más exclusiva la Universidad. Esperanza Aguirre no es un verso suelto sino la portavoz de todo el clasismo cañí hecho carne.
A todo esto nos quieren conducir de cabeza. Cuando en los centros educativos consigan ampliar el número de alumnos por aula en la enseñanza pública hasta cuarenta —como en los mejores tiempos del franquismo—, habrán conseguido gran parte de sus objetivos; cuando consigan que la sociedad torpemente crea que el profesor es un ser privilegiado al que hay que cargar con horarios insoportables y aulas masificadas, su revolución conservadora habrá llegado a su fin.
Los recortes que nos anuncian no son para ahorrar dinero público. No nos engañemos. Es fácil hacer este simple cálculo: los interinos despedidos se acogerán inmediatamente a su derecho a cobrar el desempleo. Es decir, el dinero ahorrado en salarios se gastaría en el pago de las prestaciones por desempleo y en falta de falta de recaudación de la seguridad social. Solo en Andalucía, quince mil personas que cumplen funciones educativas como profesorado interino serían puestas de patitas en la calle en un acto de injusticia y despilfarro que no ahorraría prácticamente ni un euro a las finanzas públicas.
El sacrificio que se exige al profesorado no será para mejorar la enseñanza, sino para masificar las aulas, suprimir las tutorías, despedir interinos y poner fin a la débil atención personalizada. Los efectos, en pocos años, serán terribles. Cada euro que se reste a la educación, cada alumno de más en las aulas, cada beca de menos en las universidades, cada tasa de más en los precios públicos, nos pasará factura en el modelo social y en la economía en muy pocos años. La educación, a diferencia de otros departamentos, no trata con cosas, sino con personas, con inteligencias y con capacidades. Es un delicado tejido cuyos desgarros son irreversibles. Por eso en Andalucía es necesario echar coraje, imaginación e inteligencia para sortear estos recortes y apostar, de verdad, por la educación pública.
Publicado en El País Andalucía
Los profesores nunca van a hacer la huelga que pondría de manifiesto su función ni sus horas de trabajo: dejar de pasar las mañanas de los sábados y los domingos corrigiendo ejercicios, o acompañar el café de la tarde con las fichas de la clase que daremos el día siguiente.
En España, según el último estudio sobre el Panorama de la Educación, el horario lectivo del profesorado es de los mayores de la Unión Europea y de la OCDE, pero este dato es ocultado porque detrás de los recortes y de la reforma que nos anuncian no hay el afán de mejorar la educación pública, sino de reducir sus posibilidades y fomentar la enseñanza privada.
Mucho antes de que estallara la crisis económica, los think-tank de la derecha —incluyendo el actual ministro de Educación— lo habían teorizado. Según sus tesis la inversión en la enseñanza pública era desproporcionada y habría que buscar un mayor equilibrio con la iniciativa privada. En medio de las invocaciones al esfuerzo del alumnado y a la autoridad del profesor, introducían la idea de aumentar el número de alumnos por aula y limitar los programas compensatorios. Abogaban por aumentar los conciertos con la enseñanza privada, privatizar el bachillerato y hacer mucho más exclusiva la Universidad. Esperanza Aguirre no es un verso suelto sino la portavoz de todo el clasismo cañí hecho carne.
A todo esto nos quieren conducir de cabeza. Cuando en los centros educativos consigan ampliar el número de alumnos por aula en la enseñanza pública hasta cuarenta —como en los mejores tiempos del franquismo—, habrán conseguido gran parte de sus objetivos; cuando consigan que la sociedad torpemente crea que el profesor es un ser privilegiado al que hay que cargar con horarios insoportables y aulas masificadas, su revolución conservadora habrá llegado a su fin.
Los recortes que nos anuncian no son para ahorrar dinero público. No nos engañemos. Es fácil hacer este simple cálculo: los interinos despedidos se acogerán inmediatamente a su derecho a cobrar el desempleo. Es decir, el dinero ahorrado en salarios se gastaría en el pago de las prestaciones por desempleo y en falta de falta de recaudación de la seguridad social. Solo en Andalucía, quince mil personas que cumplen funciones educativas como profesorado interino serían puestas de patitas en la calle en un acto de injusticia y despilfarro que no ahorraría prácticamente ni un euro a las finanzas públicas.
El sacrificio que se exige al profesorado no será para mejorar la enseñanza, sino para masificar las aulas, suprimir las tutorías, despedir interinos y poner fin a la débil atención personalizada. Los efectos, en pocos años, serán terribles. Cada euro que se reste a la educación, cada alumno de más en las aulas, cada beca de menos en las universidades, cada tasa de más en los precios públicos, nos pasará factura en el modelo social y en la economía en muy pocos años. La educación, a diferencia de otros departamentos, no trata con cosas, sino con personas, con inteligencias y con capacidades. Es un delicado tejido cuyos desgarros son irreversibles. Por eso en Andalucía es necesario echar coraje, imaginación e inteligencia para sortear estos recortes y apostar, de verdad, por la educación pública.
Publicado en El País Andalucía
domingo, 1 de abril de 2012
INTELIGENCIA NATURAL
Artículo publicado en El País Andalucía
Contra todo pronóstico no ganó la derecha. Precipitadamente se escondieron banderas, se deshicieron titulares. Dispararon una lluvia de insultos a Andalucía por no haber sido convenientemente sumisa a los conquistadores; se tambalearon las columnas de opinión que sustentan el edificio de la derecha mediática. Los elogios desmesurados a Javier Arenas se tornaron amargas reflexiones, aceradas críticas que actualizaban el lamento de todas las derrotas: ¡Ay de los vencidos!
El mismo día, a la misma hora, creció una modesta esperanza que dibujó una sonrisa en gran parte de la sociedad andaluza. Andalucía no se suma al carro monocolor de la revolución conservadora, alienta nuevas salidas, y aparece como un contrapoder efectivo a la mayoría omnímoda del PP. Los andaluces resolvieron el domingo una complicada ecuación con la mayor inteligencia: restaron al PSOE casi una decena de diputados para darles una severa advertencia por su actuación respecto a los ERE y a la situación económica; aumentaron significativamente el voto a IU para dar fuerza al discurso social y a la utilidad de la izquierda y situaron al PP muy lejos de la mayoría absoluta para no dar resquicio a que se pusiera en cuestión el mandato de las urnas. Finalmente, repartieron la abstención entre votantes socialistas desencantados y electores de la derecha a los que no les gustan los excesos económicos ni políticos de este nuevo gobierno.
En toda España la izquierda respiró aliviada. No se trata de sentimentalismo político ni de emoción por la marea roja de Andalucía sino de una sencilla cuestión de simetría social: por fin un territorio grande y poderoso puede ejercer de contrapeso a las políticas restrictivas de la derecha; por fin desde algún lugar se puede demostrar que son posibles otras soluciones frente a la crisis que no pase por poner de rodillas a los más humildes.
No es una esperanza ilusa. Todo el mundo sabe que los tiempos son difíciles, que es difícil hacer nuevas políticas cuando las arcas están vacías, que es casi imposible sustraerse a la política española y europea que ha reducido su vocabulario a una sola palabra: recortes. Pero gobernar en tiempos difíciles desde la izquierda puede ser la mejor demostración de la validez de sus principios y de sus propuestas. No se trata solo de frenar las políticas de la derecha, ni de convertir el Parlamento en la oposición a las políticas de Rajoy, sino de abordar con decisión cambios urgentes.
Para hacerlo, pueden contar con más voluntades incluso que las expresadas en las urnas, porque la esperanza es compartida por el ecologismo político, por el andalucismo de izquierdas así como por la mayor parte de los movimientos sociales de nuestra tierra. Por primera vez desde hace decenios, hay una voluntad común por confluir en un proyecto de cambio andaluz; por primera vez desde el reivindicativo 28-F es posible plasmar una alianza social muy amplia, más allá de lo que representan la simple suma de siglas. Pero esta alianza está solo disponible para el cambio, que no para la continuidad de las mismas formas de gobernar o de las mismas políticas ni para la ensoñación radical ajena a la realidad.
Por todo esto, tanto PSOE como IU deben ser serios y rigurosos. La desesperanza se alimenta sola pero la esperanza necesita del empuje de la inteligencia. Ni un solo espectáculo que alimente la maquinaria pesada de la gran derecha y de la desesperanza. Aún comprendiendo los miedos, la reticencias mutuas, no hay lugar para el desencuentro. Por supuesto, resulta lógico exigir una limpieza inmediata y una regeneración sin paliativos. Pero la situación política no deja espacio para alambicadas estrategias que dependan cada semana de decisiones en el Parlamento de Andalucía. Lo urgente no es discutir el poder de cada formación política sino poner en común las soluciones a los problemas andaluces.
La única forma de corresponder a la heroicidad de las urnas, es haciendo este camino con inteligencia, generosidad y diálogo social. Solo así se podrá afrontar la brutal campaña que se desatará al menor tropiezo, al más mínimo desengaño, por parte de una derecha que no va a perdonar el desdén de Andalucía.
Contra todo pronóstico no ganó la derecha. Precipitadamente se escondieron banderas, se deshicieron titulares. Dispararon una lluvia de insultos a Andalucía por no haber sido convenientemente sumisa a los conquistadores; se tambalearon las columnas de opinión que sustentan el edificio de la derecha mediática. Los elogios desmesurados a Javier Arenas se tornaron amargas reflexiones, aceradas críticas que actualizaban el lamento de todas las derrotas: ¡Ay de los vencidos!
El mismo día, a la misma hora, creció una modesta esperanza que dibujó una sonrisa en gran parte de la sociedad andaluza. Andalucía no se suma al carro monocolor de la revolución conservadora, alienta nuevas salidas, y aparece como un contrapoder efectivo a la mayoría omnímoda del PP. Los andaluces resolvieron el domingo una complicada ecuación con la mayor inteligencia: restaron al PSOE casi una decena de diputados para darles una severa advertencia por su actuación respecto a los ERE y a la situación económica; aumentaron significativamente el voto a IU para dar fuerza al discurso social y a la utilidad de la izquierda y situaron al PP muy lejos de la mayoría absoluta para no dar resquicio a que se pusiera en cuestión el mandato de las urnas. Finalmente, repartieron la abstención entre votantes socialistas desencantados y electores de la derecha a los que no les gustan los excesos económicos ni políticos de este nuevo gobierno.
En toda España la izquierda respiró aliviada. No se trata de sentimentalismo político ni de emoción por la marea roja de Andalucía sino de una sencilla cuestión de simetría social: por fin un territorio grande y poderoso puede ejercer de contrapeso a las políticas restrictivas de la derecha; por fin desde algún lugar se puede demostrar que son posibles otras soluciones frente a la crisis que no pase por poner de rodillas a los más humildes.
No es una esperanza ilusa. Todo el mundo sabe que los tiempos son difíciles, que es difícil hacer nuevas políticas cuando las arcas están vacías, que es casi imposible sustraerse a la política española y europea que ha reducido su vocabulario a una sola palabra: recortes. Pero gobernar en tiempos difíciles desde la izquierda puede ser la mejor demostración de la validez de sus principios y de sus propuestas. No se trata solo de frenar las políticas de la derecha, ni de convertir el Parlamento en la oposición a las políticas de Rajoy, sino de abordar con decisión cambios urgentes.
Para hacerlo, pueden contar con más voluntades incluso que las expresadas en las urnas, porque la esperanza es compartida por el ecologismo político, por el andalucismo de izquierdas así como por la mayor parte de los movimientos sociales de nuestra tierra. Por primera vez desde hace decenios, hay una voluntad común por confluir en un proyecto de cambio andaluz; por primera vez desde el reivindicativo 28-F es posible plasmar una alianza social muy amplia, más allá de lo que representan la simple suma de siglas. Pero esta alianza está solo disponible para el cambio, que no para la continuidad de las mismas formas de gobernar o de las mismas políticas ni para la ensoñación radical ajena a la realidad.
Por todo esto, tanto PSOE como IU deben ser serios y rigurosos. La desesperanza se alimenta sola pero la esperanza necesita del empuje de la inteligencia. Ni un solo espectáculo que alimente la maquinaria pesada de la gran derecha y de la desesperanza. Aún comprendiendo los miedos, la reticencias mutuas, no hay lugar para el desencuentro. Por supuesto, resulta lógico exigir una limpieza inmediata y una regeneración sin paliativos. Pero la situación política no deja espacio para alambicadas estrategias que dependan cada semana de decisiones en el Parlamento de Andalucía. Lo urgente no es discutir el poder de cada formación política sino poner en común las soluciones a los problemas andaluces.
La única forma de corresponder a la heroicidad de las urnas, es haciendo este camino con inteligencia, generosidad y diálogo social. Solo así se podrá afrontar la brutal campaña que se desatará al menor tropiezo, al más mínimo desengaño, por parte de una derecha que no va a perdonar el desdén de Andalucía.
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DEBATES CON TRAMPA
Publicado en El País Andalucía
La procedencia de estas ideas nos debiera hacer sospechar de sus intenciones últimas. Es francamente escamante que los mismos que parecen estar tan interesados en el pago de servicios públicos según la renta defiendan anular los impuestos a las herencias millonarias, acabar con el recargo a las rentas altas y suprimir el impuesto sobre el patrimonio. O, todavía peor, acaben de cargarse una subasta de medicamentos que hubiera ahorrado a Andalucía 40 millones de euros en su primer año.
En un Estado con derechos, los servicios públicos básicos deben ser iguales para toda la ciudadanía, independientemente de su procedencia social. La progresividad no se debe expresar en los servicios públicos, sino en el sistema impositivo. Es decir, el que es más rico debe pagar impuestos, independientemente de su uso de los servicios. Lo que tiene que ser justo es el sistema impositivo y la recaudación fiscal. Eso significa que cada ciudadano debe contribuir al mantenimiento de la escuela, los hospitales o los servicios sociales aunque no tenga hijos, ni enfermedades, ni invalidez alguna que atender. La democracia es mucho más que la libertad o el derecho al voto, es también la obligación de contribuir al mantenimiento del bien común; es un contrato social por el que el bien ajeno es beneficioso para todos.
En contra de este principio de que son los impuestos los que deben sufragar y equilibrar las diferencias, se está alimentando la idea de que cada servicio se pague en función de la renta. De llevarse a cabo, cada hospital, cada centro educativo y cada servicio público se convertirían en un centro recaudador. Se expedirán carnets de pobre o de rico, según las circunstancias.
En Andalucía se ha logrado que los libros de texto sean gratuitos hasta finalizar la educación obligatoria. Con cierto trabajo conseguimos que la gratuidad figurase en el Estatuto de Autonomía y formase parte del carácter integrador de nuestra enseñanza pública. Cada familia ahorra al año más de 300 euros con esta medida, sin embargo el coste es relativamente barato porque los libros pertenecen a los centros y se utilizan durante cuatro o cinco años por las sucesivas tandas de alumnos. Se ha acabado el doloroso espectáculo de que tres meses después de iniciado el curso, muchos chavales y chavalas, aún no tenían los libros porque sus familias carecían de recursos: todos tienen los mismos libros que deben cuidar, eso sí, algo desportillados el último año. Este curso, y hablo por experiencia directa, sin los libros gratuitos la situación hubiese sido dramática. Los profesores apenas nos atrevemos a exigir la compra de los libros de lectura (no incluidos en la gratuidad) porque el desembolso de unos pocos euros supone un problema para algunas familias.
Los defensores del sistema de copago o de rentas me dirán que, en esos casos, está justificada la gratuidad, pero no nos engañemos, acabaría con un derecho contemplado en nuestro Estatuto, y nos haría retroceder a los tiempos de la beneficencia ¿En qué renta se pondrá el límite? ¿Tendrán derecho las clases medias azotadas por la crisis, congeladas y estranguladas, a la gratuidad de los servicios públicos? En la enseñanza pública, en la salud, en los servicios sociales no abundan los ricos. En mi centro no hay uno solo. Imagino que han emigrado a la enseñanza privada, donde importan un pito los trescientos euros de los libros de texto.
En vísperas de las elecciones autonómicas la supresión de derechos, el retroceso a la beneficencia es un serio aviso de las políticas que nos aguardan, envueltas en el celofán del populismo, alimentando el rencor social de unos contra otros para dejar intactos los privilegios de los poderosos.
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domingo, 18 de marzo de 2012
PERDIDOS EN EL CALLEJÓN DEL GATO
Puedes leerlo completo en la edición de El País Andalucía
No solemos ser conscientes los andaluces de la fuerza de nuestra tierra. Estamos tan acostumbrados a que nuestra realidad, como el esperpento de Valle Inclán, se pasee por los espejos deformantes de los callejones oscuros de Madrid o Cataluña que apenas nos atrevemos a decir quiénes somos.
Durante siglos se ha trabajado en nuestro inconsciente un turbio complejo de inferioridad, una falta de estima por nuestros valores, nuestras formas de vida y éxitos cotidianos. Llevan decenios propagando ideas falsas sobre Andalucía y , aunque finjamos que estas gotas de lluvia han resbalado sobre nuestra piel, han acabado por afectar a nuestra conciencia donde flota la idea difusa de que lo nuestro es peor que el resto, nuestro trabajo de peor calidad, nuestros servicios inferiores e incluso nuestro acento –tan moderno y económico- han querido convertirlo en un rasgo de inferioridad cultural. Andalucía es algo así como la cultura de los de abajo, por eso el antiandalucismo se ha convertido en el leitmotiv de todos los que quieren ascender en la escala social, aunque sea a costa de pisotear a su propia gente.
Se han apropiado de la identidad andaluza y nos han hecho creer, después, que no la tenemos. Nos dicen que no somos nadie; nos ningunean hasta en los mapas del tiempo, porque no pueden entender que una identidad no se construye solo sobre fronteras, imposiciones, distancias; que una identidad puede estar compuesta de derechos sociales, de valores, de formas de vida mucho más abiertas e incluyentes que el resto.
Por eso, sin Andalucía, sin su peculiar composición social, sin su demanda pacífica de igualdad y de libertad, la historia reciente de España se hubiera escrito con tintes más sombríos y más insolidarios. Si la autonomía andaluza no hubiera irrumpido con fuerza en el escenario estatal, entre el Norte y el Sur, entre el centro y la periferia, se hubiera abierto un abismo social. Si Andalucía no hubiera puesto el acento en los servicios públicos y en los derechos ciudadanos nuestro país se parecería en desigualdad a la vecina Italia, cuyo Sur no tuvo nunca una Andalucía que reclamara mayor reparto de la riqueza. Sin Andalucía, el nacionalismo periférico catalán y vasco junto al centralismo de Madrid, hubieran creado un desierto por debajo de la M-30.
Ahora nuevamente Andalucía es la clave de bóveda de los tiempos futuros. No somos apenas conscientes de nuestra importancia. La sola convocatoria de elecciones autonómicas ha paralizado los presupuestos generales del Estado, ha reducido levemente los objetivos de déficit, ha suspendido en el aire la tijera de podar, ha retrasado la agenda legislativa del gobierno de copagos, repagos, tasas y privatizaciones. Si las elecciones andaluzas fuesen solo una cuestión de alternancia política, de simple traspaso de poder, no esperarían con el aliento contenido la resolución final de las urnas.
Esto no significa que el caudal reivindicativo y de cambio de nuestra tierra haya sido bien administrado por sus gobernantes. Ha sobrado clientelismo y paternalismo -el verdadero caldo de cultivo de esa maraña oscura de los ERES fraudulentos-, ha faltado sociedad civil crítica y potente. Ha sido un tremendo error la apuesta continuada por el ladrillo, la connivencia con la economía sumergida y la debilidad para afrontar los cambios económicos que se necesitaban.
No solemos ser conscientes los andaluces de la fuerza de nuestra tierra. Estamos tan acostumbrados a que nuestra realidad, como el esperpento de Valle Inclán, se pasee por los espejos deformantes de los callejones oscuros de Madrid o Cataluña que apenas nos atrevemos a decir quiénes somos.
Durante siglos se ha trabajado en nuestro inconsciente un turbio complejo de inferioridad, una falta de estima por nuestros valores, nuestras formas de vida y éxitos cotidianos. Llevan decenios propagando ideas falsas sobre Andalucía y , aunque finjamos que estas gotas de lluvia han resbalado sobre nuestra piel, han acabado por afectar a nuestra conciencia donde flota la idea difusa de que lo nuestro es peor que el resto, nuestro trabajo de peor calidad, nuestros servicios inferiores e incluso nuestro acento –tan moderno y económico- han querido convertirlo en un rasgo de inferioridad cultural. Andalucía es algo así como la cultura de los de abajo, por eso el antiandalucismo se ha convertido en el leitmotiv de todos los que quieren ascender en la escala social, aunque sea a costa de pisotear a su propia gente.
Se han apropiado de la identidad andaluza y nos han hecho creer, después, que no la tenemos. Nos dicen que no somos nadie; nos ningunean hasta en los mapas del tiempo, porque no pueden entender que una identidad no se construye solo sobre fronteras, imposiciones, distancias; que una identidad puede estar compuesta de derechos sociales, de valores, de formas de vida mucho más abiertas e incluyentes que el resto.
Por eso, sin Andalucía, sin su peculiar composición social, sin su demanda pacífica de igualdad y de libertad, la historia reciente de España se hubiera escrito con tintes más sombríos y más insolidarios. Si la autonomía andaluza no hubiera irrumpido con fuerza en el escenario estatal, entre el Norte y el Sur, entre el centro y la periferia, se hubiera abierto un abismo social. Si Andalucía no hubiera puesto el acento en los servicios públicos y en los derechos ciudadanos nuestro país se parecería en desigualdad a la vecina Italia, cuyo Sur no tuvo nunca una Andalucía que reclamara mayor reparto de la riqueza. Sin Andalucía, el nacionalismo periférico catalán y vasco junto al centralismo de Madrid, hubieran creado un desierto por debajo de la M-30.
Ahora nuevamente Andalucía es la clave de bóveda de los tiempos futuros. No somos apenas conscientes de nuestra importancia. La sola convocatoria de elecciones autonómicas ha paralizado los presupuestos generales del Estado, ha reducido levemente los objetivos de déficit, ha suspendido en el aire la tijera de podar, ha retrasado la agenda legislativa del gobierno de copagos, repagos, tasas y privatizaciones. Si las elecciones andaluzas fuesen solo una cuestión de alternancia política, de simple traspaso de poder, no esperarían con el aliento contenido la resolución final de las urnas.
Esto no significa que el caudal reivindicativo y de cambio de nuestra tierra haya sido bien administrado por sus gobernantes. Ha sobrado clientelismo y paternalismo -el verdadero caldo de cultivo de esa maraña oscura de los ERES fraudulentos-, ha faltado sociedad civil crítica y potente. Ha sido un tremendo error la apuesta continuada por el ladrillo, la connivencia con la economía sumergida y la debilidad para afrontar los cambios económicos que se necesitaban.
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