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sábado, 13 de marzo de 2010

La metáfora de la deuda histórica

La columna de opinión que publico semanalmente en El País Andalucía ha sido trasladada a los sábados. Hoy, por un error de la edición digital, no aparece el enlace al artículo, pero lo podéis leer pinchando aquí.

La metáfora –nos enseñaban en las escuelas-, es un recurso por el que se traslada el significado literal de una palabra a otro nivel o sentido. Algunos piensan que las metáforas son sólo recursos literarios, propios de poetas que andan a su caza con redes invisibles. Sin embargo, nuestra vida cotidiana, nuestra construcción mental del mundo, está llena de metáforas, de cambios de sentido y simbologías, algunas tan ocultas o tan arraigadas en nuestro inconsciente que apenas podemos distinguirlas de la realidad. Si no me creen, prueben a leer a García Lorca, en sus obras más claras y populares, y se encontrarán un laberinto de metáforas que sin saber explicar, entienden.

Hay metáforas amorosas, literarias, deportivas y políticas. La iconografía partidaria, el rojo y el azul, las formas de expresión nos trasladan también a contenidos asumidos, a códigos conocidos o sugeridos.

En la historia reciente de Andalucía ninguna acuñación política ha tenido tanto éxito como “la deuda histórica”, ni tanto valor metafórico. En tan sólo tres palabras se han resumido sentimientos y razonamientos complejos sobre los problemas y aspiraciones de Andalucía. Esta expresión ha concentrado en su significación el trato desigual que el Estado dio a Andalucía, la desventaja inicial con que nuestra autonomía comenzó a caminar y los deseos de igualdad de nuestro pueblo con el resto del Estado.

La deuda histórica perdió prestigio en estos últimos años en los que el crecimiento desmesurado produjo la ilusión de que las desigualdades iniciales estaban superadas hasta el punto de que los gobernantes hablaban con soltura de que Andalucía acariciaba el objetivo del pleno empleo. Por lo visto, el bosque de las urbanizaciones no permitía ver el árbol de la realidad, a cuya sombra rebrotaban las raíces centenarias del desempleo andaluz.

De forma brusca, un millón de parados nos han desvelado los problemas ocultos, los fallos y fallas de nuestro modelo de desarrollo. Un millón de personas paradas que no pueden ser una pancarta, un pretexto, un lema electoral, un arma arrojadiza sino una interrogación sobre los errores cometidos, un motivo para la acción y para el cambio.

En el segundo año de la era post-desarrollista, Andalucía mira de reojo al Estado y no encuentra nada: ni fondos europeos, ni inversiones especiales, ni un gesto de comprensión ante la comunidad con mayor índice de desempleo. No es de extrañar que - según publicaba la encuesta especial de El País Andalucía con motivo de los treinta años de autonomía-, el ochenta por ciento de los andaluces piensen que el gobierno debe ser mucho más reivindicativo ante la administración central.

Justo en esta situación económica y anímica, el gobierno andaluz ha negociado el pago final de la deuda histórica como si de un saldo insignificante se tratara. No se trata solo de la pequeña cantidad acordada, sino de la forma de pago a través de un suelo público que los andaluces contribuimos a sufragar y que nos pertenece, en una comunidad a la que se le sobran solares y le falta dinero y empleo. Por eso, la mitad de los andaluces rechazan esta forma de pago: no es que discutan los metros cuadrados transferidos, ni quieran una nueva tasación, ni que se sumen a la hipócrita campaña del PP que tanto contribuyó a su olvido, es que no les gusta el final anodino de esta historia: la falta de reivindicación, de sano conflicto y de defensa de Andalucía.

La sombra de la deuda histórica puede convertirse en la metáfora de las relaciones de Andalucía con el gobierno central, por eso el gobierno hace mal en no analizar su fuerte simbolismo. Como todos los objetos, con el uso cotidiano, las metáforas pueden desgastarse, perder su brillo inicial, pero cuando arraigan en el inconsciente popular, por muy gastadas y deslucidas que parezcan, siguen conservando el poder de señalar los sueños no cumplidos y las promesas vanas.

viernes, 13 de marzo de 2009

Deuda de la historia



Hoy publico este artículo en el Correo de Andalucía:


La deuda histórica no es, como se suele afirmar, un dinero que se adeuda a Andalucía por la mala valoración de las transferencias que se hicieron, al comienzo de la autonomía. Esto ocurrió con todas las comunidades y no es distintivo de Andalucía. La deuda histórica hace referencia a que, en el momento en que se transfirieron estos servicios, su calidad y su extensión eran menores en la Comunidad Autónoma Andaluza que en el resto del Estado. Tiene que ver con un desarrollo desigual de España, especialmente durante la dictadura, por el cual, la riqueza y los servicios se habían repartido de forma desequilibrada, de manera que se habían concentrado en el norte las inversiones, la industria y los servicios. Así Andalucía, al comienzo de su autonomía, tenía en torno a un 30 por ciento menos de camas hospitalarias, de personal sanitario, de centros de enseñanza y profesorado mientras tenía los peores niveles de renta, el porcentaje más alto de paro y la más débil industrialización.
Esto determinó que Andalucía tuviera que hacer un esfuerzo extraordinario, no para mantener los servicios existentes, sino para llegar a niveles similares de calidad y de extensión que otras comunidades. Esa diferencia es lo que se llama Deuda Histórica.
No se trata, por tanto, de un capricho, de una reivindicación vacía de contenido. Tiene que ver con nuestra historia, con una comunidad cuyos trabajadores contribuyeron al desarrollo de toda España y buena parte de Europa sin recibir ninguna compensación.
Aquellos que se empeñan en minimizarla, que la presentan como una antigualla carente de sentido, están dando carpetazo a la historia de nuestra tierra y al carácter fuertemente reivindicativo y nivelador de la autonomía andaluza.
El hecho de que sea todavía necesario explicar este derecho de Andalucía ante el resto de las comunidades, a los sucesivos ministros de los diferentes gobiernos, e incluso a buena parte de los políticos andaluces, nos habla del bajo nivel de estima política de Andalucía y de la falta de determinación de sus gobernantes para exigir al poder central lo que nos corresponde. Este derecho de Andalucía nunca ha sido reclamado con sinceridad, sino como ariete político del gobierno o de la oposición. Así, el PSOE la negó cuando sus homólogos gobernaban el Estado y la reclamó en el momento del gobierno de Aznar. El PP, por su parte, hizo lo mismo pero a la inversa en idénticos momentos políticos.
Pues bien, veintisiete años después del primer texto estatutario, y gracias a una –en mi opinión- débil cláusula del nuevo Estatuto, ha llegado el momento de pagar esa deuda y hacer honor a nuestra historia y nuestras necesidades. Todavía hoy, los niveles de servicios públicos de la Comunidad andaluza, aunque han mejorado sensiblemente, son inferiores a la media del Estado, de forma que tenemos menos camas hospitalarias por habitantes, menos médicos, menos escolarización y mayor número de alumnos por aula que la media española. El dinero de la deuda histórica debería acabar con este diferencial. Pero no es solamente una cuestión de carácter económico, sino también simbólico y político. Acordar, tras tan larga espera, una cantidad ridícula, insignificante, en concepto de deuda no solo nos priva de recursos necesarios sino que nos quita la razón histórica y el deseo de igualdad en que se funda nuestra autonomía.