lunes, 5 de enero de 2009

TORTILLA FLAT


Hay libros que no deseas terminar. Revisas las páginas que quedan para el final y pugnan en ti dos sentimientos encontrados: no puedes dejar de leer la historia pero, por otro lado, quieres demorarla como un caramelo en la boca que no deseas que se acabe.
Tortilla Flat es la historia de unos pobres soldados licenciados que vuelven a las colinas de la ciudad de Monterrey, convertidos por la pluma de Steinbeck en estrafalarios caballeros andantes decididos a hacer el bien y a disfrutar con la aventura.
Cuando Danny regresa a su ciudad se entera de que ha heredado dos casas en la ciudad. Se sintió “un poco abrumado ante la posibilidad de ser propietario”, e incluso lamenta que “los buenos tiempos se hayan ido para siempre”.
Su amigo Pilón, el verdadero factotum de la novela, notó “que la responsabilidad de ser propietario se instalaba en la cara de Danny. Nunca más en la vida volvería aquella cara a estar libre de cualquier preocupación. Nunca más volvería Danny a romper ventanas, ahora que tenía ventanas propias para romper”.
Danny, sin embargo, encuentra el modo de esquivar el peso de la propiedad compartiendo con sus amigos su reciente herencia:
“- No es bueno tener tantas cosas que puedan romperse –dijo ante los regalos de los amigos-. Luego se rompen y se queda uno triste. Es mucho mejor no haberlas tenido nunca”.
Pilón y los demás amigos de camino de Danny, se juramentan para esquivar su lado malo y “hacer el bien” por los tortuosos caminos de la borrachera, el alcohol y la vagancia. Cada noche la garrafa de vino –que han conseguido por robo, engaños, trueques o aventuras sin cuento- se convierte en el centro de ese hogar feliz.
Cada garrafa contiene una geografia del viaje sentimental: “justo bajo el gallote de la primera botella, conversación seria y reposada. Cuatro centímetros más abajo, tristes y dulces nostalgias. Cinco centímetros, recuerdos de viejos amores felices. Dos centímetros, recuerdos de viejos amores desdichados. Fondo de la primera botella, una vaga tristeza general. Gollete de la segunda botella, negro e impío abatimiento. Dos dedos más abajo, una canción sobre la muerte o la añoranza... A partir de este punto cualquier cosa puede ocurrir”.
Y este club de zarrapastrosos caballeros andantes se convierte en leyenda de la ciudad, como una fugaz conjunción de estrellas, que desaparecen en el horizonte sin dolor. Literatura de crisis, de pobres, de libertad y esperanza. Gracias John Steinbeck.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Concha, compañera:

Qué bien Steinbeck..."Hombres y ratones" (¿recuerdas?). ¿Has visto que, en la misma colección, han recuperado al pobre Erskine Caldwell, que con el grandísimo Sherwood Anderson es uno de los olvidados de la generación perdida? "El camino del tabaco", nada menos. Me permito recomendar esa historia lóbrega a tus amigos y a los cómplices sospechosos habituales de esta zona. Y agradeciendo que, por casualidades de la vida, necesidad del espectáculo o qué se yo, ya no entiendo nada de este mundo...hayamos podido volver a Upton Sinclair, del que aún recuerdo su estremecedor relato sobre los mataderos de Chicago, en aquellos tiempos en que, muy cerca de tu casa, en Jerez de la Frontera, hacía eso que llaman el "servicio" militar, en el a´ño 1977-78 (a. de C., es decir, antes de Chacón).

Un beso
Ferran

Ignacio dijo...

Cuando me pasa eso y veo que va llegando el final, aplico el criterio de leer la mitad de lo que queda. Pero en el último tramo es imposible leer una página de dos, cinco líneas de diez o medio renglón de uno. En todo caso, el sentimiento del caramelo en la boca es compartido. No he leído Tortilla flat, recuerdo las uvas de la ira y al este del edén, así que la buscaré.

Isabel chiara dijo...

Buenísimo y lúcido Steinbeck, que ya ponía de manifiesto en Las uvas de la ira esa sentencia que cada vez nos acorrala más: "Los hombres, que han creado nuevas frutas en el mundo, son incapaces de crear un sistema gracias al cual se pueda comer. Y este fracaso cae sobre el Estado como una gran catástrofe”.