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jueves, 27 de noviembre de 2008

PERSPECTIVA


La vida es un misterio que no puede revelarse. Lo vas comprendiendo con el tiempo junto con la discreción necesaria para callarte. Con el paso de los años se te van desvelando secretos que no podrás contar a nadie. Si rompes esta regla y los desvelas, parecerán vacíos, desprovistos de sentido, como un sueño mal contado. A nadie servirá tu experiencia, ni tu conocimiento del camino. Si te empeñas en hacerlo te harás pesada, aburrida; los jóvenes te escucharán sin atención: los de tu generación con una leve mirada de desaprobación por sacar a la luz ese territorio; los mayores no desean saber nada más, su copa de conocimiento está repleta y no quieren ser molestados ahora que han vuelto a apreciar lo más elemental, sin filosofías ni palabras que lo adornen.
Dicen que las últimas palabras que pronunció Bécquer fueron “Todo mortal” y quizá no hablaba del vacío, ni de la decepción de su búsqueda de permanencia, sino del secreto.
Mi padre, algunos días antes de morir, nos dijo que nunca había caído en la cuenta de que se hacía viejo, solo en el hospital, enfrentado cara a cara a la enfermedad, se miró las manos y comprendió que el tiempo había pasado.
Nos engaña una continuidad ficticia. Nos miramos al espejo y este nos refleja, no el paso del tiempo, sino una imagen intemporal, persistente, en realidad eterna. Y, sin embargo, la vida nos hace entender en la cabeza cana del amigo, en los surcos de su cara, el misterio. Un secreto que nada tiene que ver con el aspecto físico, sino con una nueva comprensión íntima, que no vas a contar ni a escribir. Le pregunté a un amigo cómo se sentía al cumplir los cincuenta años y me ofreció esta imagen: “es como si hubiera acabado de subir una montaña alta. Estoy cansado por el esfuerzo y, a la vez, satisfecho de haber hecho el camino, pero lo más importante es que desde aquí puedo contemplar todo el paisaje”. Una visión completa y solitaria.

viernes, 12 de septiembre de 2008

¡Qué placer terminar una tarea!


Debía estar loca el día que le propuse a Rogelio Delgado la edición de un libro sobre Sevilla en la literatura. Volvíamos de Madrid donde, por un capricho inexplicado, tuve el honor de presentar el libro de Andrés Sorel, “La caverna del comunismo”, un bellísimo texto (cargado de esperanza a su pesar) que contiene la crítica más certera y brillante contra el estalinismo. Hablábamos del mundo editorial cuando le dije:

-Echo de menos un libro que recorra la visión literaria de Sevilla a través de los siglos. Un libro sin afán académico que aborde la construcción literaria de esta ciudad.
Rogelio sonrió y me preguntó:

-¿Podrías hacerlo?

Unos días más tarde me vi firmando un contrato (un modestísimo contrato) para elaborar esta obra. A pesar de ello, en las semanas siguientes estuve a punto de renunciar al proyecto: Sevilla es un tema literario inabarcable, aparece en miles de novelas, de poemas, de relatos. No hay una ciudad en España que haya sido visitada en la literatura con tanta asiduidad y yo tenía que seleccionar sólo un ramillete de textos para un libro sencillo, de fácil lectura, y muy personal en su presentación. Descarté casi por completo lo más tópico y archiconocido. Acoté el alcance del texto hasta los años treinta del siglo XX para no atravesar el desierto de la postguerra y librarme, además, del proceloso mundo de la actualidad. He leído miles y miles de páginas para seleccionar textos. Y al final del camino, me he vuelto a enamorar de Bécquer, Juan Ramón Jiménez y Cernuda. Aunque sólo ocupan un capítulo del libro, ellos son Sevilla como nunca volverá a serlo en la literatura. Ayer, a las once de la noche terminé el libro, o mejor dicho, lo dí por concluído. Pongo fin a una tarea que me ha tenido encadenada a la mesa de trabajo durante tantas horas que compré una bicicleta estática para mover, de vez en cuando las piernas, y dar paseos imaginarios con un libro en las manos. ¡Qué placer terminar el trabajo¡ Hoy miro alrededor para encontrar una nueva tarea…Ummm