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domingo, 11 de septiembre de 2011

El Tea Party en la escuela

Llueven piedras contra la educación pública. Este es el artículo que puedes leer completo en El País Andalucía


Hace algunos años estaba de moda en el PP una leve contestación por la izquierda a las políticas de su partido. Algunas diputadas del PP se abstuvieron en la votación del matrimonio homosexual, el recurso contra la ley de aborto o la investigación con células madre. Estos pequeños gestos eran consentidos por la dirección del PP porque con ellos hacían un guiño al electorado de centro-izquierda.
Ahora -ya nos advirtió Hegel que los tiempos no siempre van hacia delante- lo que está de moda en las filas populares es ser recalcitrantemente de derechas. Ahora las señales no se hacen con el ojo izquierdo sino con el derecho, y más que un guiño es un tic continuado, un aviso a navegantes, una aguja de marear que señala nuevos continentes.
Aunque últimamente María Dolores de Cospedal está planteando una seria alternativa castiza y reaccionaria -reconozcamos que su imagen dolorosa con rigurosa mantilla fue realmente insuperable-, la viva representación del Tea party español es Esperanza Aguirre porque personifica una derecha que se ha librado de complejos de inferioridad y de tacto en los conflictos sociales. Ella ha tomado partido, sin contemplaciones, por los poderosos, por la enseñanza privada, por los sindicatos corporativos, por la exclusión social y el sálvese quien pueda. Construye su discurso sobre las piedras de los prejuicios, de los lugares comunes con el que los más acomodados justifican su estatus. Es una señora bien que comenta sin pelos en la lengua lo mal que está el servicio, lo desagradecidos que son los inferiores, lo inútiles que son los trabajadores y lo bien que se viviría con una mayor segregación social: los listos con los listos y los torpes con los torpes.
Esperanza no da puntada sin hilo, no habla gratis. Es la dirigente popular que hace realmente ideología con las palabras y con los hechos. Como los guionistas de los reality shows, hace aparecer en escena los conflictos, sugiere soluciones efectistas y alimenta las ideologías más reaccionarias respecto a los temas más delicados. Por eso, no se equivocó al sugerir que los profesores de la enseñanza pública son unos vagos que apenas trabajan y gozan de un sueldo fijo. No. Simplemente ha completado su trilogía educativa que comenzó con el titulo"autoridad en las aulas", continuó con "bachillerato para los más listos" y se cierra con este "desprestigia, que algo queda". Para ella los problemas de la enseñanza se derivan, precisamente, de la base fundacional del sistema educativo: la igualdad de oportunidades. Su ideal educativo es el de los años cincuenta, en los que solo una pequeña élite social, más unos cuantos esforzados estudiantes que surgían desde abajo, tenían acceso a la educación superior. Para el resto, sería suficiente con una escolarización masificada que enseñara el abc necesario para ocupar los puestos más bajos del mercado laboral.
Se esfuerzan, ingenuamente, los profesores en señalar que la educación no es un gasto, sino una inversión; que España figura todavía en el furgón de cola de gasto educativo de la Unión Europea; que la cualificación educativa determina el futuro laboral y la productividad de nuestro país. Ella ya lo sabe. También resulta inútil el esfuerzo por explicar el trabajo que los profesores realizan, la difícil tarea que prestan a la sociedad, la tensión de su dedicación y el escaso reconocimiento que reciben. Nada de eso importa a quien no ama la educación ni comparte la pasión por mejorar desde abajo la sociedad.
Antes, Esperanza andaba como un verso suelto pero ahora no camina sola sino acompañada por el afán retroinnovador de las comunidades del Partido Popular que se han aprestado a recortar el gasto educativo sin conmiseración. De todos los debates posibles, el que nos caracteriza más claramente, el que desvela nuestra forma de entender la vida, nuestra relación con los demás, es el debate educativo. Ahí nos jugamos el ser o no ser de nuestro modelo social y el Tea party lo sabe perfectamente.

domingo, 28 de marzo de 2010

Oficina de Tópicos

En la edición de El País podéis pinchar el último artículo sobre las declaraciones de Esperanza Aguirre y otros "pitas, pitas" no tan sonados pero que también nos ofenden a los andaluces.

"Convendría, con la mayor brevedad, disponer de una clasificación de los tópicos que se adjudican a cada comunidad autónoma para evitarnos la tarea de pensar por nosotros mismos. Si dispusiéramos de este catálogo de lugares comunes podríamos insultarnos entre comunidades sin activar las conexiones de una sola neurona de nuestro cerebro. Convenientemente ordenados y clasificados servirían también para componer un mapa de la España cañí, de su catálogo de odios, amenazas, envidias y rencores.
El tópico -incluso el que no pretende ser malintencionado- intenta fijar, para todos y para siempre, unas determinadas características de un pueblo o de un territorio. Se convierten para el destinatario en una mordaza que le impide crecer, cambiar y adaptarse a otras realidades.

Todas las comunidades padecen, de una u otra forma, el castigo de etiquetas seculares: bobos, los gallegos; tacaños los catalanes; chulos los de Madrid, pero en ninguna comunidad el abanico de los tópicos ha sido tan variada como en el caso de Andalucía. Es posible que la causa de ello sea que la identidad andaluza se ha utilizado o exportado como identidad nacional española, como la cara amable de un país triste, agriado y confrontado. Frente a ello la gracia, la amabilidad, la alegría andaluza se exportó como el señuelo internacional de España.
Pero, junto a esta utilización de los tópicos positivos, el franquismo tenía que justificar de alguna forma la falta de desarrollo de Andalucía, el paro y las condiciones que obligaban a millones de personas a la emigración y acuñó, con viejos materiales de deshecho, el tópico de la pereza andaluza, de vivir del cuento y de la subvención. La fuente inspiradora de este tópico no eran los andaluces en su conjunto -que en su tierra o en la emigración se afanaban por construir un futuro diferente-, sino los viejos señoritos que vivían de las rentas y que mataban el tiempo y las esperanzas en sus correrías madrileñas.
Por eso, de todos los tópicos acuñados para nuestra tierra, los más injustos y enervantes son los socioeconómicos: los que nos asignan papeles de sirvientas en las series de televisión, los que menosprecian nuestra preparación, los que niegan la innovación, los que presuponen un nivel inferior de trabajo, de dedicación o de cultura. Se trata de tópicos clasistas, impregnados del más rancio franquismo, inventados por la misma derecha política y económica que castigó a este pueblo durante decenios.
Esta semana, la presidenta de Madrid, experta avícola porque acostumbra a distribuir los despojos de los servicios públicos madrileños entre los buitres del mercado, nos ha escandalizado a los andaluces comparándonos con gallinas que acuden al reclamo del poder. Pero, si lo pensamos bien, escuchamos a diario el rumor de "pitas, pitas" en otras informaciones, declaraciones o producciones, expresado con mayor corrección y sutileza, pero con igual superioridad y desprecio.
El "pitas, pitas" resuena en nuestros oídos cuando sólo se escucha el andaluz en boca de chachas y de canis; cuando se comprueba que las únicas informaciones andaluzas que saltan a las primeras ediciones informativas son de sucesos o de accidentes; cuando los avances tecnológicos o científicos se destacan menos si se han producido en Andalucía y se obvia el origen del trasplante, de la investigación o del hallazgo; cuando nuestros apagones, inundaciones o debates son menos importantes que los de la mitad norte; cuando a nuestros poetas, pintores o creadores se les borra la procedencia; cuando entrevistan en una cadena estatal a algún famoso andaluz de cualquier campo y éste se empeña en pronunciar unas eses silbantes como si se avergonzaran del uso culto de nuestra forma de hablar. Porque el peor "pitas, pitas" es el de algunos andaluces que bajan la cabeza cuando hablan injustamente de su tierra.