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lunes, 25 de agosto de 2014

NADIE ES MÁS QUE NADIE

Publicado en andalucesdiario

   Si los andaluces tuviésemos mala sangre, nos estaríamos frotando las manos con el caso Pujol. Durante muchos años hemos soportado los insultos de los líderes de Convergencia i Unio basados en mentiras, medias verdades y tópicos acuñados contra nuestra tierra.  El semi-defenestrado Durán i Lleida afirmaba que recibíamos subsidios en el bar, el socio Puigcercós aseguraba que “en Andalucía no pagaba impuestos ni Dios”, mientras el presidente Artur Mas se reía de la forma de hablar de los andaluces al tiempo que CIU publicaba un cartel, con sonrisa incluida, que decía exactamente: “La España subsidiada vive a costa de la Cataluña productiva”. Curiosamente, la derecha catalana nunca ha apuntado contra el centralismo de Madrid sino contra Andalucía y Extremadura.

   Algunos analistas discuten si el asunto de Jordi Pujol y su honorable familia, tendrá algún tipo de repercusión en el proceso catalán y mi opinión es que, desgraciadamente, sí. Es lo que pasa cuando algunas fuerzas políticas -con bastante éxito, por cierto-, basan sus demandas en tópicos ofensivos para algunas comunidades mientras se reservan para su “identidad” los calificativos más positivos. Cataluña era una marca de europeísmo, de trabajo esforzado, de buen hacer y de cultura. Es fantástico que se tenga tal autoestima e incluso desde aquí, tan lejos de Cataluña, muchos nos hemos sentido orgullosos cuando Cataluña ha hecho honor a esas palabras. Lo malo de estos tópicos tan positivos es que, en esta última etapa se han utilizado como reverso de la descalificación de otros territorios que, sin comerlo ni beberlo, nos hemos encontrado con la cruz de la incultura, la vagancia, el subsidio y la falta de iniciativa. Pues bien, el caso Pujol es una bomba de profundidad contra todo el capital simbólico de Cataluña. El cosmopolitismo de la familia Pujol consistía en evadir los capitales hacia paraísos fiscales; el trabajo bien hecho, las comisiones establecidas como pago a CIU y a algunos de sus responsables por las obras públicas; como colofón resulta que el robo no lo cometían manos ajenas, ni “comunidades subsidiadas” sino una organizada red de nueve apellidos catalanes que han podido llegar a acumular la increíble cifra de 1.800 millones de euros.

   Cualquier traslación de conductas individuales a un colectivo es injusta y ofensiva. Estoy completamente de acuerdo. No hay nada tan xenófobo y despectivo como acusar a un colectivo o a una comunidad de los crímenes que comete un individuo o un grupo determinado. Pero esta lección tienen que aprenderla todos de forma urgente. Por eso los andaluces no vamos a pensar que todos los catalanes, ni la totalidad de CIU,  ni el independentismo catalán, ni los partidarios del derecho a decidir, participen mínimamente de los delitos de Pujol, de su falta de escrúpulos, de la hipocresía de su discurso.

   Ni las comisiones del 3 o del 20 por ciento en las obras públicas catalanas, ni el caso Palau de la Música, ni la quiebra fraudulenta de Catalunya Caixa que acaba de costarnos 12.000 millones de euros (tanto como todos los recortes en salud y en educación de estos últimos años), nos permiten generalizar descalificaciones, poner en solfa la identidad catalana ni menospreciar a su pueblo. Lo único que pedimos es que a los andaluces se nos dé el mismo trato. Desde hace años, cada información sobre el funesto caso de los ERES es un clavo en el ataúd de la credibilidad de toda Andalucía, de nuestro trabajo y de nuestra identidad. Si los 12.000 millones que el Estado ha perdido con Caixa Catalunya los hubiese perdido en una caja andaluza, hubiésemos sido crucificados como pueblo.

   Hay algunas bonitas lecciones que aprender de todo esto: la corrupción ha sido una marca indeleble del sistema económico que en Cataluña ha batido un récord estatal al acumular 1.800 millones de euros en una sola mano; hay que hacer pagar el delito a los que realmente lo cometen; las identidades no se pueden edificar sobre el descrédito de otros y, sobre todo, nadie es más que nadie por lugar de nacimiento.

jueves, 22 de agosto de 2013

SALUDOS AL MÓDULO TRES


Publicado en El País Andalucía

   Tengo la impresión de vivir en un plató gigantesco. En el backstageunos guionistas locos dibujan en sus pizarras un entramado cada vez más intrincado de personajes, entradas y salidas, tramas y desenlaces.
Durante la crisis norteamericana de los años 30 el refugio de los pobres era el cine. Por unos centavos se obtenía un pasaporte de salida de la triste realidad. Las plumas y los decorados les hacían olvidar su miserable situación y las historias de amor les confirmaban que los pobres eran buenos y que el amor salvaría sus vidas.

   Ahora ni falta que nos hace ir al cine. Nos sirven directamente el espectáculo a domicilio, sin IVA cultural ni nada. Y nuestras vidas se pueblan de nombres que hasta ayer no conocíamos, de paseíllos judiciales, de fraudes millonarios, de fugaces entradas a la cárcel.

   La vida real, los personajes sufrientes de la crisis no tienen importancia. Las personas paradas, los que ya no tienen ninguna ayuda social, los expulsados de la ley de dependencia, el caudal de emigración soterrado, no son historias que llamen la atención de los directores de escena. Las leyes no escritas de la información los condenan: son demasiados rostros, demasiadas historias, demasiado comunes, demasiado vulgares. En suma, lo peor que informativamente se puede ser: multitud.

   ¿Qué es el sufrimiento de un parado frente al martirio con el que la Casa Real vive el caso Nóos? ¿Qué dependiente tiene la prestancia de una tonadillera, un miembro de la Casa Real, un político de alto rango o un empresario defraudador? No hay color. Por eso, aunque la verdad histórica se trastoque, el espectáculo continúa y el público bufa con la aparición de cada nuevo personaje, de cada nueva imputación o sentencia.

   Las resoluciones, sentencias y actuaciones judiciales van marcando hitos en este espectáculo. Su falta de uniformidad las hace tremendamente entretenidas. El empresario “modelo”, Amancio Ortega ha sido condenado a pagar 33 millones a Hacienda pero los jueces aprecian que no ha habido “fraude, ocultamiento o simulación” solo, imagino, capacidad de ahorro fiscal. En otros casos es el propio juez el que resulta expedientado, como Elpidio José Silva por “absoluta y falta manifiesta de motivación” en las resoluciones judiciales que llevaron fugazmente al banquero Miguel Blesa a la cárcel. Con este expediente se pone fin a la aventura islandesa de encarcelar a un banquero español. El primero que pisaba una cárcel tras la aventura equinoccial de Mario Conde, que hoy nos castiga con su canal Intereconomía.

   En el caso Gürtel y Bárcenas se desestima, hasta el momento, tomar declaración a la cúpula del Partido Popular para que aclare contratos y sobresueldos. En Andalucía, sin embargo, la juez Alaya imputa de una tacada a veinte ex altos cargos, tirando del organigrama de varias consejerías. Esta variedad de actuaciones da color a nuestra vida mediática, a una realidad virtual que intenta explicar en clave personal el origen de una crisis económica en vez del fracaso completo de un modelo de desarrollo y de una estructura institucional que le rendía pleitesía.

   Según su relato, saldremos de la crisis perdiendo nuestro capital de derechos, atentos a la vuelta de las golondrinas del pasado y con unas cuantas imputaciones que, en su mayor parte, no llegarán a nada. Al igual que Isabel Pantoja llena hoy las salas mucho más que antes de su condena, los viejos poderes esperan una gran cosecha de aplausos cuando el vendaval amaine. A fin de cuentas no se están cambiando las leyes ni el modelo económico del que surgió esta podredumbre.

   Mientras tanto, algunos personajes secundarios nos ofrecen los mejores momentos: dos reclusos de la prisión de Soto del Real que han compartido el patio con Bárcenas afirman que es “es el puto amo”, “tiene ropa, tiene dinero, tiene de todo… muy buena gente”. Guerrero, por su parte, tampoco olvida a sus compañeros de prisión: “Saludos para el módulo tres. Hay muy buena gente allí”. Habilidades sociales carcelarias. Sonrisa del público. Se nos pone cara de idiotas.
@conchacaballer

MIÉNTEME MUCHO


Publicado en ANDALUCES DIARIO 



    España es el país en el que se lleva la mentira con la cabeza más alta. Será nuestra historia. Será que desde pequeños nos predisponen a ser condescendientes con la mentira y obtenemos sobresueldos de seres mitológicos e inexistentes.
 
   La adolescencia nos hace amar la sinceridad y rechazar airadamente la falta de autenticidad de nuestras relaciones. Es el único momento en el que cultivamos, como flor extraña, un pequeño brote de amor a la verdad. Pero nuestro alrededor ve esta flor como una amenaza, una rebeldía sin futuro y nos reclama abandonar tan peligrosa ingenuidad. El resultado es que esa extraña flor se agosta antes incluso de haber florecido.
 
   A los veinte años, en general, ya han conseguido un ser humano cínico, convenenciero que, si bien no tiene por qué ser en sentido estricto malo, sí posee la dosis suficiente de sentido común para cerrar los ojos ante las injusticias y aceptar una red doméstica de pequeñas o grandes mentiras.
 
 
   El que no miente o el que no transige con el engaño, es una amenaza. Aunque guarde silencio, aunque su integridad sea sólo un vicio solitario, su presencia es molesta, su falta de asentimiento, un reproche mudo. El castigo más común es una parada brusca en sus posibilidades de promoción. Nadie le explicará nunca las razones, pero encontrará un muro infranqueable que solo deja paso a los que están en el secreto de esa madurez sutilmente corrupta.
 
   No es “cultura del esfuerzo” lo que ha faltado en nuestra sociedad. No. El chaval que abandonaba la escuela, se mataba a trabajar en la construcción. El banquero, político, constructor que obtuvo sus ganancias de forma ilícita, trabajaba duro para comprar amistades, ganar influencias, diseñar arquitecturas de contrabando. Lo que ha faltado no es “cultura del esfuerzo” sino “cultura de respeto a la verdad” y al bien común.
 
   Lo peor de las viejas tradiciones se las arregla para sobrevivir a todos los cambios históricos. Y en España, la falta de respeto a la verdad, el desprecio al bien común, el culto a la apariencia y la veneración a los poderosos se superpuso a la frágil democracia y a los nuevos valores que deberían haberla sustentado. Digamos que el fascismo no murió a manos de los valores democráticos, sino por el brillo del turismo internacional, la nueva capacidad de compra de las clases populares y el aumento del nivel de vida.
 
   Y así hemos llegado hasta aquí, a este rompeolas de todos los vicios, donde quedan al descubierto infinitas patrañas, añagazas, líos, comisiones, cuentas opacas y sobresueldos. El caso Bárcenas es hoy el mejor exponente del triunfo de la mentira, el disimulo y las apariencias. Los dirigentes del PP que exhortan al sacrificio, a “la cultura del esfuerzo”, a la reducción del gasto público, recibían en pago por estos desvelos, cajas de puros rellenas de billetes de amigables constructores, cenas por el precio de un salario mileurista, o regalos de esa marca de la ignominia que es llevar colgado en la muñeca un reloj, unas joyas o una indumentaria que valen lo que la vivienda de un pobre.
 
   Desde Mariano Rajoy hasta Zoido, todos han recibido escandalosos sobresueldos que provenían de estas donaciones ilegales que se agradecían presuntamente con una lluvia fina de contratos públicos, de sobreprecio de servicios públicos, de información y trato privilegiado. Y no digamos el inefable Arenas, en el centro del terremoto barceniano.
 
   Esta semana, dicen, que ha sido la más amarga para el PP, la más turbulenta para Mariano Rajoy.  Pero él ha comprendido la entraña convenenciera de este país, su carácter novelero e inconstante. Calculan que las noticias, por muy escandalosas que sean, se agotarán en unas semanas; el dinero, sin embargo, es más perdurable.  Bastará con agitar convenientemente el cóctel de la corrupción porque cuando todo el mundo es culpable, nadie lo es.
 
   La prensa internacional se lleva las manos a la cabeza. ¿Qué clase de país es ese –se preguntan-  que no castiga la mentira ni exige explicaciones a sus dirigentes? Pues simplemente un país con miedo, con escasa cultura democrática y poder de la ciudadanía. Hasta el momento.

domingo, 17 de marzo de 2013

NO SEAMOS HIPÓCRITAS: LO SABÍAMOS


Lo puedes leer también en El País de Andalucía

   Perdonen que contemple con escepticismo el arrebato ético en el que ha entrado la sociedad española. Es verdad que la crisis y los recortes aumentan nuestra indignación contra los casos de corrupción, pero no deberíamos convertir la honradez y la ética en principios solo válidos para los tiempos malos y olvidarnos de ellos cuando el dinero circula.

   De repente este país ha descubierto la corrupción que practican algunos políticos y empresarios; ha comprobado que miembros o aledaños de la familia real trajinan con sus influencias para conseguir beneficios; que los paraísos fiscales no son un lugar de cuentos infantiles sino la cueva de Alí Babá donde los corruptos y traficantes guardan sus posesiones. ¡Venga ya!

   Ahora que el dinero no fluye, que las ganancias se estancan, que nadie espera que caiga del festín de los poderosos su pedacito de pastel es muy fácil levantar la voz, alzar el dedo acusador, rasgarse las vestiduras por lo que ocurre, pero durante demasiado tiempo el aroma de la corrupción ha sido el perfume de este país ¿o es que acaso no lo notabais?

   Durante años he tenido oportunidad de viajar por toda Andalucía, reunirme en cientos de ocasiones con grupos de ciudadanos, especialmente jóvenes y profesionales, que denunciaban en sus localidades atropellos urbanísticos, mordidas institucionales, proyectos que avanzaban al son de la compra de voluntades, patrimonios inauditos de próceres y de determinados empresarios. Grupos de personas honradas que denunciaban la corrupción en Alhaurín el Grande, en Ronda, en San Roque, en Roquetas, en Manilva, en Marbella… El resultado de sus esfuerzos no puede ser más descorazonador. En la mayoría de los casos se vieron aislados, desacreditados o perseguidos y, cuando algunos de ellos decidieron presentarse a las elecciones, fueron derrotados a manos de sus propios convecinos que votaron, mayoritariamente, a gobernantes corruptos.

   He visto a alcaldes honestos zarandeados por la ola del ladrillo y no solo por la fuerte presión de los empresarios sino también por la de los vecinos que exigían más y más construcciones en su localidad. Hemos visto a algunos cargos públicos ser “absueltos por el pueblo” con mayorías absolutas mientras otros alcaldes y alcaldesas perdían las elecciones por mantener un criterio razonable de conservación medioambiental y de desarrollo racional de su ciudad.

   ¿Y qué decir de una parte de nuestro sector privado, de sus tejemanejes financieros, de sus robos a la hacienda pública, en un país en el que defraudar a la cosa pública era una señal de mérito y de inteligencia? La mayoría inclinaba su cabeza ante el poder del dinero que nos hace tan simpáticos y atractivos. La riqueza es un pasaporte tan seguro a la impunidad que en este país no hay ni un solo preso por delito fiscal.

   Jaume Matas, preguntado por el caso Nóos declaraba: “Con cualquier otro hubiera habido concurso público pero se trataba del duque de Palma. Todos hubiesen hecho lo mismo” Y lo malo es que era verdad. ¿Acaso se levantaron en un día los palacetes, se ocultaron los eventos de la alta sociedad en Mallorca o en Puerto Banús? Y en el asunto de la Casa Real, ¿quién ejercía esa censura que ha permitido que fuesen asuntos tabú sus andanzas, sus negocios, su patrimonio? ¿Quién nos dice que no nos volveremos a rendir al tintineo del dinero cuando se acaba de anunciar que el casino Eurovegas de Madrid no tendrá que cumplir la legislación laboral, fiscal ni sanitaria? 

   No se trata de diluir responsabilidades ni de restarle un ápice de responsabilidad a estos delincuentes, pero reconozcan que el clima moral y el culto a la riqueza les ha facilitado sus desmanes. Perdonen, por tanto, que sea escéptica ante este arrebato ético si no va acompañado de una nueva conciencia ciudadana, de una ética colectiva que condene las ganancias ilícitas. Si no es así, este caudal de indignación será solo un arrebato que desaparezca en cuanto el dinero empiece a tintinear de nuevo en nuestros bolsillos.

domingo, 30 de septiembre de 2012

CORRUPCIÓN ESTILO COMPADRE



Publicado en El País Andalucía

            Dicen algunos que el toque de distinción del cine americano son unos personajes secundarios envidiables y un atrezo que parece sacado de la vida real. Las casas parecen habitadas y vividas; los cajones llenos de papeles y el vestuario aparenta haber sido usado muchas veces. En ese sentido la literatura o el cine nos acercan, a veces, más a la verdad que la historia o el periodismo porque nos presentan el clima exacto de los acontecimientos sin el cual no podríamos entender la trama.

           El caso de los ERE no era tal caso hasta que un personaje conocido como “el chófer”, le puso a la corrupción el marco de las drogas, sexo y alcohol pagados con el dinero público. Esta semana, otro personaje ha expresado el ambiente moral propicio para el caso de los ERE. Le llaman El conseguidor y él mismo reconoce que “su perfil” lo convierte en una percha ideal para purgar los pecados ajenos. Para empezar, tiene tela que en un Estado democrático existan personajes con este sobrenombre, o sea, especialistas en conseguir favores o derechos por parte de las Administraciones públicas; gente con buenas relaciones y entrada libre en los despachos oficiales de uno y otro signo. Según él mismo, en “muchas ocasiones actuaba de forma altruista”, aunque su generosidad no le impidió incluirse él y su esposa como falsos prejubilados de la empresa Hitemasa, donde nunca habían trabajado, y recibir una escandalosa indemnización de 350.000 euros.

           Otro de los protagonistas del caso, Francisco Javier Guerrero, nos aporta el color local de este proceso de corrupción. En su pequeño pueblo de la sierra sevillana de El Pedroso, es un personaje muy apreciado porque ejercía de rey mago, eso sí, con el dinero de todos los andaluces. Consiguió para su vecino, minusválido y con una raquítica pensión, una ayuda de casi 500.000 euros, sin rellenar siquiera una solicitud. El pobre hombre declaraba ante la juez: “Creí que se estaba haciendo justicia conmigo después de trabajar toda la vida”. No me digan que esto no es cine o literatura. Electricistas, tenderos, dueños de bares se vieron beneficiados por el gran corazón de su vecino, aunque también su suegra y allegados tuvieron su particular derrama de dinero público.

             Finalmente, otras almas caritativas participaron también en este corrupto sistema y practicaron el lema de “un poquito para los necesitados y otro poquito para mí, que también lo merezco”. Junto a los intrusos puros y duros de los ERE, se suscribieron pólizas de intrusillos, es decir, personas que habían trabajado para la empresa pero que habían dejado de hacerlo o que no pertenecían a la plantilla afectada sino a subcontratas. ¿Cuál es el denominador común de estas actuaciones? El compadreo, el paternalismo de casino y el clientelismo político.

           No comparto la tesis de que en el caso de los ERE hubiese una determinación de crear un sistema corrupto para enriquecer a sus gestores. De hecho, no se han descubierto grandes capitales ni patrimonios individuales como en el caso Malaya o Fabra. El sistema pudo ser en sus inicios un intento bienintencionado de evitar problemas sociales, o dicho más críticamente, una forma de comprar la paz social en Andalucía, pero rápidamente derivó a un procedimiento clientelar y, a renglón seguido, a un comportamiento corrupto. Cuando la Administración evita los procedimientos reglados, prescinde de la publicidad y el control, es solo cuestión de tiempo que aparezca la corrupción.
       
           Más allá de las responsabilidades penales, si algo nos enseña el caso de los ERE es que el clientelismo político, en el que tan afablemente se ha desenvuelto la sociedad andaluza durante mucho tiempo, es un foco de desigualdad y, al final, de corrupción.
    
           Los ERE de Andalucía no dan para una gran novela social, pero ofrecen el retrato de una parte de nuestra historia que debe acabar: el clientelismo político, la confusión de los límites institucionales y la ausencia de mecanismos de control especialmente del Gobierno pero también del Parlamento y de las instituciones encargadas de auditar las cuentas. Algo contra lo que hay que clamar, sin contemplaciones, un nunca más como la copa de un pino.

martes, 3 de noviembre de 2009

Pecados originales


Publicado en El País:
Hablar en estos tiempos de política es visitar una ciudad desolada, llena de cascotes y de materiales de derribo. Aquí y allá se aprecian destellos de edificios todavía hermosos, pero todas las construcciones aparecen bañadas de un polvo grisáceo que difumina los contornos y apaga los colores de la esperanza.
De vez en cuando se arrojan palabras como piedras, recogidas del suelo, sin importar la procedencia, el objetivo y el destino. Una sucesión de malos actores asaltan las pantallas escenificando escándalo, indignación, rara vez esperanza. Ya ni siquiera necesitan preguntas ni periodistas. Estamos en la era del monólogo perfecto, del verdadero Gran Hermano, que es la comunicación directa, unidireccional con la masa anónima. Mientras el público – que hace tiempo perdió su inocencia- bosteza, frunce el ceño y se aleja de la escena.
Ni siquiera el tema estrella de la crisis económica consigue arrancar un destello de interés por la acción política. Los expertos, los gobiernos, los poderes económicos, han situado de una forma tan remota y anónima el origen de la crisis que no queda más que un regusto de desesperanza o la confirmación de que la avaricia universal (deslocalizada, inconcreta y extranjera) es la responsable de todos nuestros males. No hay nada que hacer –nos dicen- , sino esperar que la racionalización de su avaricia nos saque de la crisis actual.
La atmósfera se torna aún más inquietante cuando en medio de las estrecheces diarias de la gente, del paro, del temor por el futuro, aparece en escena un verdadero desfile de delincuentes atildados que han convertido algunas instituciones en sociedades anónimas dedicadas a la extorsión y al cobro de comisiones.
Hay un desprestigio de la política que viene de antiguo, del horror a las ideas, a la democracia y a la diversidad. La dictadura ensalzaba su origen no político y no ideológico. Pero la democracia ha gestado su propia crítica a la política, cargada de razón y de realidad: la constatación de que la política y sus actores se detienen ante la puerta de los poderosos y que culturalmente imitan su forma de vida y comportamientos.
Aunque este desprestigio alcance por igual a todas las formaciones políticas, los cascotes de este derribo caen sobre el espacio de la izquierda y comprometen su futuro. No nos engañemos, la derecha es por definición apolítica y tecnocrática. Su discurso es la ideología de la no-ideología, la pura gestión y la privatización de las ganancias.
Los orígenes de nuestra democracia, con sus debates cerrados y clausurados, no terminaron de definir el nuevo territorio de la política. La responsabilidad de la izquierda es evidente porque tras una primera explosión cultural e ideológica, optó por el pragmatismo más feroz sin abordar siquiera debates elementales sobre economía, fiscalidad, responsabilidad social y poder de la ciudadanía. No es extraño, pues, que se haya diluido el capital simbólico que representaba.
Frente a ello, trescientos artistas e intelectuales han publicado un manifiesto en el que reivindican nuevas políticas y nuevos valores frente a la crisis. Merece la pena pensar en ello e incluso más allá, refundar el papel de la política y de los políticos. Aunque solo sea porque los frutos de la desesperanza suelen ser tremendamente amargos.