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lunes, 25 de agosto de 2014

¿ASÍ QUE SALIR DE LA CRISIS ERA ESTO?

Publicado en El País Andalucía

   Es verdad que hay más empleo. Doy fe de ello. Trabajo con jóvenes mayores de 18 años y en los últimos meses han encontrado empleo muchos de ellos. Lo comentamos en un corrillo. Algunos trabajan los fines de semana, otros a media jornada, por horas o en jornadas variables. Les pregunto si están dados de alta en la Seguridad Social. La mayor parte no lo está aunque le han prometido que, si va la cosa bien, quizá dentro de cuatro o cinco meses pueda tener contrato. Tampoco es que a ellos este detalle les preocupe mucho. Lo que sí les enfada es la miseria de sueldos que les pagan a final de mes y la cantidad de horas que hacen, que no son ni mucho menos las pactadas. Los 400 euros se han vuelto moneda normal por mensualidad y permanecer unas cuantas horas después de la jornada laboral ya es una práctica común. En una gran empresa andaluza llaman “el club de los suicidas” a los que se marchan a la hora que marca su convenio laboral. Los que cierran su ordenador a la hora que marca su contrato, serán despedidos antes de un mes. “Lo más prudente es esperar una hora y media más allá del horario establecido y, a partir de esa hora, iniciar una despedida lenta de la oficina”.

   Me ponen también al corriente de la nueva moda laboral, que hace furor de norte a sur, y que consiste en hacerse autónomo aunque se trabaje por cuenta ajena. Este oxímoron laboral es muy fácil de explicar, verá: la persona en cuestión se da de alta en autónomos, paga su cotización para tener los minúsculos derechos que les concede el sistema, pero trabaja para otros que se ven libres de la pesada carga de las cotizaciones laborales y de los convenios colectivos. ¡Menudo invento el de autonomizar forzosamente a los trabajadores! Todo son ventajas: los empresarios dejan de cotizar y el Gobierno se pone la medalla de que crece el autoempleo en nuestro país de forma exponencial.

   Especialmente los jóvenes son la carne del cañón con que se alimenta esta recuperación económica. Son los conejillos de indias de unas nuevas relaciones laborales cuya máxima es “mínimo de sueldo, escasez de derechos y máximo horario”. Esta es la razón por la que algunos empresarios andaluces de la hostelería —un sector del que no hay duda que ha salido de la crisis— propongan salarios de 600 euros, horarios de 10 horas y eliminación de días de descanso. En vez de anunciar ofertas de trabajo pueden rotular “busco esclavos para temporada veraniega”.

   Hay muchos trabajadores que desaparecen de la lista del paro pero permanecen en la estadística de la pobreza. Según el último estudio, el 23% de los pobres actuales tiene alguna clase de empleo. Mientras tanto, la desigualdad crece y crece sin tregua, ante la sonrisa de nuestros gobernantes que se preguntan con cara de bobos por qué el pueblo sigue sin celebrar la recuperación económica. Tan necios que no se han dado cuenta de que la indignación no es ya un quejido privado y resignado, sino una demanda de cambio profundo, inmediato, que empieza a formar ola.
@conchacaballer

domingo, 10 de junio de 2012

CUÉNTAME OTRO CUENTO

Cuando ustedes lean este artículo es posible que la decisión sobre el rescate de España esté ya tomada. Nos dirán que no somos Grecia, ni Portugal ni Irlanda; que nuestro rescate será más suave, más edulcorado. Y es posible que así sea, sobre todo porque en Europa se empieza a abrir camino la idea de que los rescates severos han sido un tremendo fracaso, una espìral infernal que lejos de solucionar los problemas de estos países, los ha hundido en la miseria.


A pesar de esto, es evidente que cuando el rescate entra por la puerta, la democracia salta por la ventana. La opinión de la ciudadanía, sus derechos constitucionales, sus estatutos de autonomía, toda su arquitectura social e institucional quedan en papel mojado. Un equipo de técnicos desalmados (etimológicamente sin alma) se establecerá en nuestro país y constituirá una especie de gobierno en la sombra que controlará nuestra situación económica, vigilará nuestras decisiones y someterá a autorización previa cada gasto o ingreso.

Lo realmente indignante es la sensación de ser engañados con una serie de relatos interesados que cada día obligaban a más y más sacrificios a los de abajo. A estas alturas, con las cuentas algo más claras, ya sabemos que de los casi cuatro billones de euros de deuda de nuestro país más de dos billones y medio corresponden a bancos, cajas y grandes empresas. Sin embargo el relato que nos han contado hasta la extenuación es completamente diferente.

Al inicio de la crisis nos dijeron que la deuda de las familias, era la principal responsable de nuestra ruina, que el pueblo había vivido por encima de sus posibilidades y que ahora tocaba apretarse el cinturón, reducir los gastos familiares y aumentar la productividad. Bajo este cuento han aprobado la más salvaje reforma laboral de nuestro país, han aumentado horarios y reducido salarios.

El segundo cuento no se hizo esperar: en esta nueva versión el verdadero responsable de la crisis era el despilfarro del Estado. La foto de unos cuantos aeropuertos u obras públicas descabelladas servían al relato de que el estado del bienestar era insostenible. Las becas de nuestros estudiantes, la asistencia sanitaria o el cuidado de nuestros mayores tenían la culpa de nuestra depresión económica. De nada sirvió argumentar que el Estado tenía superávit hasta fecha muy reciente, que su déficit se ha creado por la caída de los ingresos y no por nuevos gastos y que el volumen total de la deuda pública no llega al 19 por ciento del total del endeudamiento de nuestro país. Su cuento exigía que el estado del bienestar fuera desmantelado y sacaron a pasear a miles de articulistas, presuntos expertos y centenares de políticos de derechas que estaban dispuestos a acabar con todo lo público, sobre todo si se llamaba enseñanza, salud, investigación o cultura. Con este cuento han hecho un recorte brutal de los servicios públicos, han empobrecido los derechos sociales para convertirlos en beneficencia, han castigado a funcionarios y a todos los servidores públicos para mayor gloria de las futuras privatizaciones.

El tercer relato, el que nos describa lo que ha ocurrido en realidad, nadie nos lo va a contar. Lo vamos construyendo con informaciones parciales, silencios interesados, contradicciones evidentes. Los diez mil millones de recorte del gasto con el que se ha deteriorado toda nuestra asistencia educativa y sanitaria, palidecen ante los veinte mil millones ofrecidos generosamente a Bankia. El sacrificio de millones de trabajadores que viven al límite se lo embolsan los mercados en una sola sesión de la disparatada prima de riesgo. No eran, por tanto las familias, ni el estado del bienestar, ni nuestros salarios los responsables de la crisis ni servían para nada nuestros sacrificios. Ahora, nos rescatan de sus pérdidas y nos hacen pagar sus excesos. Los mismos que aceptaron a regañadientes un estado social y unos cuantos derechos sociales pensaron que no podían desaprovechar una buena crisis para ganar las batallas perdidas en los últimos treinta años. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. De momento.

Publicado en El País Andalucía




lunes, 5 de marzo de 2012

LA DANZA DE LOS OBISPOS

También lo puedes leer en El País Andalucía


Una pequeña anécdota me salvó de ser católica. Cuando contaba apenas nueve años asistí a una ceremonia religiosa previa a unos ejercicios espirituales. En la oscuridad de la iglesia, un sacerdote elevaba sus brazos de forma fantasmal y nos pintaba con toda crudeza la descomposición del cuerpo una vez fallecido; cómo los gusanos y las crisálidas surgían de la carne; el hedor que esparcía el cuerpo en su lenta descomposición. Alzó la voz y dijo: “Aún estáis a tiempo. Arrepentíos, sacrificad vuestro cuerpo para ganar la vida eterna”. Salí aterrorizada de la iglesia. La palabra “arrepentíos” sonaba en mis oídos como un siniestro tambor. Eran las vísperas de Semana Santa y no discurrí ningún medio mejor de mortificarme que introducir garbanzos crudos en el interior de mis zapatos blancos, redondeados, con una trabilla unida por un botón de perla. El Domingo de Ramos salí con mis padres y mis hermanos con mis pies mortificados por los duros garbanzos. Apenas podía caminar, aunque intentaba disimularlo con una forzada sonrisa. El cura nos había advertido que el sacrificio para ser válido tenía que ser secreto, visible solo ante los ojos divinos. Pero los ojos de mi madre fueron directos a los zapatos, me descalzó y se quedó asombrada ante el puñado de garbanzos crudos que contenían. “No seas tonta —me dijo— todo eso que cuentan no son más que patrañas para asustarnos”. Me sentí tan segura y aliviada que, tras consolarme con un helado de chocolate, puse fin para siempre a cualquier aventura religiosa. Esta experiencia mística tan temprana me puso a salvo de la liturgia y de las lecciones de culpa; también del dolor de la ruptura con la tradición y del sabor amargo, levemente anticlerical, que tienen los que prolongaron su permanencia en la Iglesia hasta bien entrada la adolescencia. Acabo de ver una foto que recuerda los tiempos pasados. Trece obispos andaluces —por supuesto varones—, de riguroso luto, con la cruz colgada al cuello y similares gafas, posan ante la cámara con la expresión de quienes tienen el poder y la gloria de su parte. Algunos entrelazan sus manos con ese gesto tan característico del sacerdocio. En estos tiempos de crisis no han salido de sus diócesis para difundir un mensaje evangélico de solidaridad y de apoyo a los más necesitados. Ni una sola palabra han dedicado a los parados, a los que están siendo azotados por las desigualdades económicas. Ni una sola frase han dedicado a denunciar las injusticias, ni la acumulación de riqueza, ni a la codicia de los más poderosos. Han salido, unidos y sonrientes, para pedir que se vote a la derecha andaluza, la auténtica, la genuina, la que impedirá el aborto, abolirá el matrimonio entre personas del mismo sexo y, por supuesto, aumentará los conciertos educativos con la iglesia. Han salido a hablar de lo suyo: del poder, de los negocios, de su patrimonio y de su estatus social. Les ha bastado una reflexión sobre la corrupción política que les parece altamente preocupante en Andalucía, pero no en Valencia. Desde las atalayas de sus obispados se atreven a proponer a los de abajo más trabajo y sacrificios para salir de la crisis y denuncian “la mentalidad tan extendida del derecho a la dádiva y de la subvención”. ¿Quién dijo que la Iglesia no renueva su mensaje? Se han apuntado a la fila del discurso antiandaluz que predica el conde de Salvatierra, la CEOE, los nacionalistas catalanes y las gallinitas de Esperanza Aguirre; se han hecho de la FAES y de las corrientes más neoliberales que piden el fin de las ayudas públicas. Esto lo dice una institución que vive del Estado, que no paga impuestos por ninguna de sus actividades ni bienes y a la que sufragamos todos, tanto católicos como no creyentes. Una organización que solo se acuerda de sus organizaciones sociales de base cuando se les demanda que contribuyan al IBI o que se autofinancien. Qué pena que no se acuerden de ellos cuando hacen sus comunicados electorales. Qué pena que no tengan procesos democráticos para que realmente sepamos a cuántos cristianos representa esa jerarquía obsesionada con el sexo, ajena al dolor humano y tajantemente desigualitaria.

sábado, 18 de febrero de 2012

¿DE QUÉ SE RÍEN?


Puedes consultarlo íntegro en la edición de El País Andalucía:

Si usted hubiera caído en un pozo y le preguntasen qué estaría dispuesto a hacer para salir, es posible que ofreciera su vivienda y sus más queridas posesiones con tal de salir del agujero. ¿Pero es justo legalizar esta extorsión? Por eso, cuando alguien les pregunte qué estarían dispuestos a hacer para conservar su empleo o para conseguir un puesto de trabajo, debe tener mucho cuidado porque la respuesta puede ser utilizada en su contra.


Con el arma de destrucción masiva de la crisis apuntando a nuestro cerebro nos preguntan qué estaríamos dispuestos a hacer para seguir sobreviviendo. Y las respuestas forzadas, extorsionadas hasta el límite, se convierten en argumentos de autoridad contra los derechos laborales conquistados con mucho esfuerzo y tesón.

Es mejor esto que nada, nos dicen, y apelan al que está más bajo en la escala laboral. ¿Quién ha dicho que la derecha defiende los privilegios? Muy al contrario, han elaborado una curiosa tesis según la cual los sectores privilegiados no son los que poseen grandes fortunas sino una casta de trabajadores con empleo estable y salario digno con los que es preciso terminar. Ya les hemos oído desprestigiar a profesores, sanitarios y funcionarios públicos, con el silencio cómplice de una parte de la sociedad que no sabe lo peligroso que es el juego de confrontar unos trabajadores con otros. ¿Quién ha dicho que la derecha no es igualitaria? Estoy segura de que no pararán hasta no equiparar laboralmente a todos los trabajadores con el último eslabón de la cadena.

Rajoy nos cuenta un chiste malo en el Congreso. Dice que su reforma laboral hace perder poder a los empresarios y a los trabajadores por igual, y a sus respectivas organizaciones. Sin embargo no hay una sola línea que avale esta equidistancia, este sacrificio común del que se habla. Los trabajadores no solo van a perder dos terceras partes de su indemnización por despido, sino que a partir de este momento el empresario podrá bajarles el salario, cambiar el horario laboral sin negociación o desplazarlos a Pernambuco. Si a los trabajadores les quedaban pocos instrumentos para la defensa de sus derechos, con esta reforma se produce un verdadero traspaso de poder hacia el empresariado. ¿Contrapartidas? Absolutamente ninguna. Esta reforma se escribe con la tinta de los viejos dictados, de las aspiraciones del empresariado más antiguo de nuestro país, que sigue empeñado en que su única forma de obtener ganancias no es incorporar tecnología e innovar el proceso productivo, sino abaratar la mano de obra , incluso la más cualificada.

Para demostrar que no se trata de un proyecto solo económico sino todo un cambio ideológico, el Ministro de Educación y asignaturas afines -verdadero pisacharcos del gobierno y la voz de la FAES-, Jose Ignacio Wert, se ha reunido con “un selecto grupo de representantes del tejido productivo español” (sic), para consensuar la definición de los empresarios en los futuros manuales de la asignatura que sustituirá Educación para la Ciudadanía. Según confirman en el Ministerio, los empresarios estaban muy descontentos con los manuales actuales porque en su opinión “demonizan la actividad empresarial y denigran al capitalismo”. No sé qué libros han consultado, pero ellos se sienten atacados por las referencias a las multinacionales y, especialmente, a las organizaciones obreras. Les prometo que la noticia es absolutamente cierta y que el Ministerio ya ha consensuado un nuevo tratamiento que no ha trascendido pero que vendrá a alabar las virtudes del libre mercado y la aportación de las grandes empresas al bienestar social. Como ven, no se trata solo de cambiar la Educación para la Ciudadanía, sino de alterar la enseñanza de Economía y de Historia. Por todo esto los representantes de la CEOE no pueden controlar la risa floja que les provoca esta reforma laboral. Una risa benéfica y angelical que los de arriba prodigan a los de abajo cuando los han vencido.

sábado, 11 de febrero de 2012

SHOCKEADOS

Puedes leerlo completo en el País Andalucía

Hemos asumido la culpa de un imaginario delito y parecemos reos a la espera de que el tribunal se apiade de nosotros. Nos comportamos como culpables siendo inocentes, nos sentimos solos siendo multitud. Mi artículo semanal en El Pais Andalucía De desilusión también se vive. El mundo ha cambiado y cualquier atisbo de confianza debe ser erradicado de nuestra mente. Bienvenidos al infierno de Dante, a sus nueve círculos maléficos y, por favor, deposite a la entrada cualquier esperanza. Hace pocos años, cuando se reunían, los gobernantes europeos intentaban poner fecha de finalización a la crisis actual. Algunos incautos, como Zapatero, querían ver brotes verdes en el olmo viejo de España; el resto de los gobernantes ponían fronteras a la crisis y afirmaban con contundencia que a sus países no iba a llegar el contagioso virus de los países mediterráneos. Ahora no. En estos momentos, cuando se reúnen, los gobernantes europeos rivalizan entre sí por ver cuál de ellos ha adoptado las medidas más duras y dibuja una visión más pesimista sobre el futuro de Europa. En esta perversa competición, gana quien es capaz de imponer las medidas más impopulares, cosechar un ramillete de huelgas generales y demostrar que les importa un pito la fractura social que se pueda provocar. Por eso Rajoy le confesó al primer ministro finlandés que la reforma laboral le iba a costar una huelga general, porque lo que está de moda en Europa es ser profundamente impopular con las políticas sociales. Las cumbres europeas se asemejan a una reunión de antiguos capataces en la que alardeaban del látigo y mano dura que empleaban en sus cortijos. Cada medida de recorte para los de abajo se recibe con signos de aprobación por los de arriba. Lo que está realmente de moda es dibujarnos a los ciudadanos un panorama tan extremadamente sombrío que estemos dispuestos a los mayores sacrificios y abandonemos cualquier gesto de rebeldía. El procedimiento es siempre el mismo: en primer lugar, difunden una noticia catastrófica sobre el futuro inmediato; en segundo lugar, divulgan que será necesario tomar medidas extraordinarias —bajadas salariales, subidas de impuestos o cambios en la legislación— y, para finalizar, ponen en marcha recortes algo más suaves de los esperados. Inmediatamente, la población respira aliviada y acepta incondicionalmente medidas que no hubiese tolerado sin esta farsa tan cuidadosamente preparada. Se llama teoría del shock y, tal como nos explica Naomí Klein, antes de aplicarse en nuestro país, ha sido ensayada en Latinoamérica para hacer triunfar las tesis ultraneoliberales que condujeron a sus países al infierno de la recesión y del corralito. Fracasaron esas políticas, pero produjeron inmensos dividendos a los sectores financieros y a las grandes compañías del comercio y los servicios. Ahora, la teoría del shock ha viajado a Europa disfrazada de la asepsia tecnocrática, de una acumulación caótica de supuesta información económica, de previsiones dantescas sobre nuestro futuro. Y nos están haciendo tragar el anzuelo como a pececillos incautos aterrorizados por el futuro. Nos levantamos cada mañana con un puñado de fantasmas que han inundado nuestros sueños: miedo a ser despedidos, a perder lo que tenemos, al porvenir de nuestros hijos…Antes de mirarnos al espejo ya hemos consumido nuestra ración de malas noticias: previsiones catastróficas sobre el empleo, calificaciones de deuda, crujir bancario… Resolvemos los primeros instantes de la mañana negociando con el miedo y elevamos plegarias imaginarias al dios de la crisis: por lo menos que conserve el empleo, que no me quiten el paro, que no me bajen mucho más el salario… Damos por descontado la pérdida de derechos trabajosamente conquistados. Hemos asumido la culpa de un imaginario delito y parecemos reos a la espera de que el tribunal se apiade de nosotros. Nos comportamos como culpables siendo inocentes, nos sentimos solos siendo multitud. Nuestro pesimismo cotiza en Bolsa contra nuestras acciones, engorda capitales ajenos y desvaloriza nuestro trabajo. Los dioses del mercado nos escuchan y toman nota de hasta donde ha descendido el nivel de nuestras demandas. El termómetro de la crisis moral marca bajo cero

sábado, 5 de junio de 2010

¡Que recorten ellos!


Hoy publico en El País este artículo sobre lo "limpio" que le van a dejar el patio a la derecha:

Estas últimas semanas, las dos fuerzas políticas más importantes de este país han sufrido una particular caída del caballo y un frenético baile de san Vito. La tecla suprimir del ordenador central de estos dos partidos políticos ha sido la más empleada en los últimos días. A fin de cuentas, borrar la memoria cercana es de lo más fácil cuando la sociedad está desorientada, enfadada y a la fuga también de sus propias responsabilidades.
El PP ha reorganizado su página web para hacer desaparecer todas las propuestas y declaraciones de Rajoy en materia económica en las que abogaba por el recorte de los salarios de los funcionarios públicos. Además, ha desaparecido la propuesta, anunciada a bombo y platillo, de un nuevo contrato laboral "mucho más flexible", con indemnizaciones por despido entre diez y 30 días. Con este cínico borrón y cuenta nueva, se aprestan a denunciar los recortes sociales que ellos mismos predicaban hasta hace escasos días. Están encantados con la nueva etapa del Gobierno socialista porque les permite ejercer una oposición populista, al tiempo que los libra en el futuro de tener que soportar el coste político de medidas traumáticas. ¡Que recorten ellos! parece ser su grito de guerra.
El PSOE, por su parte, ha pulsado la tecla de suprimir en todas aquellas declaraciones en las que Zapatero, y cada uno de los miembros de su Gobierno -con excepción del ángel exterminador de Almunia, transmutado en experto economista gracias al aplauso continuado de la hinchada contraria- se comprometían a no recortar gasto social y a salvar esta crisis con el diálogo de los sindicatos. El espacio que antes ocupaban las declaraciones de carácter social lo habitan hoy largas explicaciones sobre los recortes aprobados por Sarkozy, Berlusconi, Cameron o Merkel, sin que a Leire Pajín se le mueva el flequillo por la similitud con los políticos europeos más conservadores.
Nunca la doblez política ha podido rendir tan buenos resultados, como indican las encuestas que disparan la intención de voto hacia el PP y clavan el dardo de la derrota en el PSOE. Algunos proclaman sin rubor: "Ahora, que hagan la reforma laboral y que se marchen". Eso. Y si es posible que promuevan la energía nuclear, rebajen las cotizaciones empresariales y terminen de sanear la banca con el dinero público.
Mientras el Gobierno escribe con letra torpe y una lágrima furtiva al dictado del FMI, la OCDE y del Banco Central Europeo, el sepulturero toma las medidas del ataúd con que se enterrarán todos los sueños. Con los ojos cansados, los dirigentes socialistas han optado por entrar en fase mística, dispuestos a hacerse el haraquiri por el bien de España, mientras que sus afiliados no comprenden este sacrificio ni este legado que instalará a la derecha en el Gobierno durante un largo periodo en el que, ni siquiera, podrán ejercer una oposición de carácter social ya que se encontrarán con el reproche acertado de que los recortes se hicieron bajo su mandato. "Tendremos la satisfacción de haber salvado a España", nos dicen, como mártires en el foso de los leones. ¿Y no sería mejor, en vez de alimentar a las fieras del mercado, ponerles coto, desvelarlos ante el público, reducirlos para que en el futuro no vuelvan a adueñarse de las vidas de la humanidad?
Es tal la debilidad política del Gobierno que ni siquiera ha sido capaz de compensar la acometida del recorte a los débiles con algunas medidas que indicaran su carácter diferencial. El impuesto a las rentas altas, propuesto por una parte importante de la ejecutiva de su partido, ha sido aplazado sine die; las medidas de control de los mercados financieros sólo son declaraciones de adorno sin contenido y lo que es peor, se confunde la austeridad (un concepto que debería regir la actuación pública de la izquierda, con crisis o sin ella), con el recorte de gasto que adelgaza los servicios públicos y los derechos sociales. "Camino despejado", piensa la derecha, mientras se frota las manos con alegría y prepara los próximos capítulos de esta película de desesperanza que se estrena en todas las carteleras de nuestro país.