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lunes, 10 de marzo de 2014

NO ME LLAMES FEMINISTA


Publicado en AndalucesDiario 

    “Si algo bueno he sacado de ese fracaso amoroso, es la posibilidad de volver a estudiar”, me dice Laura, una alumna de 24 años, con lágrimas en los ojos: “Me casé muy joven. Estaba muy enamorada. Era un chico algo mayor que yo, buena persona, alegre y sin miedo a la vida… pero no quería que estudiara. No lo expresaba directamente. Me ponía inconvenientes, excusas… decía que más adelante podría hacerlo, que no era el mejor momento, que me necesita a su lado”. “Después rompió conmigo –me relata–. Me pidió perdón cientos de veces. Ya te digo que era una buena persona y lo único bueno que saqué es que por fin pude cumplir mi sueño de estudiar”.

    Doy clases en un instituto nocturno. La mayoría de los estudiantes tienen 22 o 23 años y han vuelto a los estudios después de mucho tiempo. Abandonaron la educación por distintos motivos. En el caso de los chicos porque consiguieron trabajo y lo han perdido con la crisis; en el caso de las chicas, también hay algún fracaso laboral pero, en general, abandonaron los estudios porque su familia las necesitó para cuidar a alguien enfermo, tuvieron un embarazo adolescente o un amor que les hizo borrar las fronteras de la realidad.
No son historias de hace cincuenta años, sino vidas actuales, trastiendas secretas de la historia que se escribe con letras minúsculas. Espacios de la vida donde no ha entrado el sol de la simetría, de la igualdad, y que aparecen como conflictos inevitables, particulares, vividos como un fracaso particular. Mientras esto ocurre, es de “buen gusto” proclamar el fin del feminismo, banalizar las palabras, salir del conflicto por la tangente. Alguna famosa proclama que no es feminista porque “le gusta pintarse las uñas y que le abran la puerta”. Otras, más atrevidas, se niegan a calificarse como feministas porque “no están resentidas contra los hombres”,  “no son extremistas” o “porque adoran a su familia”. Finalmente están las que declaran no ser partidarias “ni del feminismo ni del machismo” como si entre la igualdad y la opresión hubiese un territorio neutral.

    Hannah Arendt ya nos advirtió de los peligros de banalizar el mal, pero nadie nos ha advertido de las consecuencias nefastas de banalizar el bien. El feminismo es un movimiento que tiene como objetivo conseguir la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Es de las escasas corrientes de pensamiento igualitario que ha impregnado todo el planeta y que ha conseguido impulsar uno de los mayores cambios sociales en la historia de la humanidad. El feminismo es el curso primero de democracia y, allí donde escasea (que se lo pregunten a Malala o las feministas de los países árabes), la democracia brilla por su ausencia. Por eso, proclamar que este beneficioso movimiento es algo prescindible, “demodé”, incómodo o radical, no sólo denota una gran incultura sino que niega la mayor parte de los avances sociales.
Banalizar o desprestigiar el movimiento feminista tiene el coste suplementario de dar cuerda al reloj de la historia con rumbo al pasado. Si suprimimos el feminismo, como instrumento para conseguir la igualdad, dejamos sin relato, sin instrumento de cambio a millones de mujeres que siguen soportando opresiones feroces, pero también pequeñas opresiones que rompen sus vidas.

    Es verdad que detrás de esa afirmación de “yo no soy feminista”, se expresa muchas veces la negativa a ser etiquetado, el horror a los “–ismos”, el afán individualizador en el que se mueve la sociedad actual. Pero no hay una forma tan estúpida y borreguil  de defender la individualidad que aceptar acríticamente las anti-etiquetas que el mercado fabrica.

    El desprestigio del feminismo es una actitud torpe, insolidaria e  injusta. Torpe porque denigrando el feminismo estás destruyendo el frágil suelo sobre el que te levantas;  injusto y desagradecido porque no reconoces el mérito de los miles y miles de mujeres que han dado su vida para allanar tu camino en esta sociedad e insolidaria porque sin el relato del feminismo, la historia de millones de mujeres dejaría de tener sentido. Sus vidas interrumpidas, sus sueños rotos, serán una suma de fracasos individuales de los que solamente ellas son responsables. Antes de decir “yo no soy feminista”, piensa que ésta es tu revolución, la que ha cambiado la faz de las ciudades y los pueblos, la más eficaz e incruenta de la historia de la humanidad y que si sigue molestando será porque todavía tiene todo su sentido.

domingo, 10 de noviembre de 2013

ES COSA DE HOMBRES


Publicado en El País de Andalucía

   Nos creemos a salvo. Tendemos a pensar que nuestra formación, nuestra cultura, nuestra forma de vida nos mantienen a salvo de la violencia canalla que asesina a varias mujeres cada semana. Estamos convencidos de que no formaremos parte de ese racimo de víctimas que se asoman débilmente a los informativos. Tenemos la seguridad de que esa escalera, ese bloque de pisos, esos vecinos no serán nunca los nuestros.

   Aunque repetimos que no hay un perfil de víctima de la violencia de género, en el fondo creemos que es un mal que acecha a los otros, a los que no supieron defenderse, ni educar, ni rebelarse contra la discriminación. Esta semana hemos tenido pruebas evidentes de lo contrario: una mujer fuerte, feminista, que aconsejaba denunciar a la primera agresión y que participaba en los actos de violencia contra las mujeres, ha sido asesinada por su exmarido. Las flores de la igualdad no pueden crecer en un campo minado de malas hierbas, cruzado de amenazas, costumbres y viejas complicidades que nos obligan a ser “buenas” más allá de nuestros propios intereses.

   Creemos haber puesto a salvo a nuestras hijas de la violencia machista. Las hemos educado en el ejercicio de la igualdad y estamos seguros de que ellas, tan libres y decididas, nunca consentirán que limiten sus vidas. Pero no hemos cuidado con igual esmero el terreno en el que crecen. No hemos eliminado complicidades, trampas sentimentales, discursos míticos en torno al amor y a las relaciones. Hemos levantado un ideal igualitario para las mujeres jóvenes pero no se ha construido un ideal masculino de nuevos valores que atraiga a los varones, que los haga parte indispensable de estas formas de vida igualitarias.

   Hablamos a los jóvenes de igualdad, pero lo que detectan a diario en su vida cotidiana es la tremenda incomodidad masculina frente a la libertad de las mujeres. El inconsciente colectivo no se ha desprendido aún de la materia pegajosa y sucia de los viejos tiempos. Se renuevan viejos mitos contra la nueva libertad de las mujeres: son egoístas, astutas, golfas, interesadas o manipuladoras. Lo dicen escritores que lamentan la pérdida de la feminidad, jueces que intencionadamente lanzan el infundio de que la mayor parte de las denuncias de malos tratos son falsas, programas de televisión que ritualizan una lucha de sexos con los viejos esquemas o informativos que presentan un execrable crimen machista como una historia de amor.

   Las nuevas redes sociales sirven de refugio al más viejo machismo. Las descalificaciones, los insultos contra las mujeres proliferan como setas venenosas. La crisis económica y la irritabilidad so cial son, además, un buen campo de cultivo del nuevo antifeminismo, de una revuelta anónima y clandestina contra la igualdad de las mujeres. Los amargos frutos de esta situación no se han hecho esperar. En varias comunidades el número de mujeres menores de 25 años atendidas por maltrato supone ya más del 25% del total. Los datos nos indican que no hay tampoco un perfil determinado de víctima. Que no hay vacuna que inmunice a nuestras chicas frente a las miles de caras y de estrategias de culpabilización con las que el machismo se disfraza, empezando por un concepto de amor romántico que es pura posesión. Pero donde realmente tenemos que poner los esfuerzos es en cambiarlos a ellos, a los agresores.

   Para eso, nada mejor que presentar referentes masculinos igualitarios, defensores de este nuevo territorio recién conquistado. Hombres que pongan voz y acciones, que sean los primeros en denunciar los crímenes machistas, indignarse por la muerte de cada mujer y avergonzarse de cada acción que atente contra la igualdad de las mujeres.

   Es el momento de que los hombres que han hecho suyos los ideales de igualdad se hagan visibles en las redes, en la educación, en los medios de comunicación. Si queremos que crezca la flor de la igualdad, es indispensable que hagamos visible, deseable y feliz una nueva masculinidad. La nueva etapa de la lucha contra la violencia de género, es ahora cosa de hombres.
@conchacaballer

martes, 8 de enero de 2013

CLUBES DE CABALLEROS


Publicado en el País de Andalucía 

          Parecía que iban a desaparecer, pero qué va. La involución ideológica y el viento de la crisis hace regresar con fuerza los viejos imaginarios, la confortabilidad de los papeles aprendidos, el olor a rancio de la tradición. Se vuelven a inaugurar por doquier club de caballeros con entrada limitada a ciertas damas bajo la supervisión de la autoridad competente. Lo sé porque algunas veces me invitan
.
        En la esfera política los nuevos gobiernos exhiben sin pudor su fuerte componente varonil. Hay que reconocer que el Gobierno de Artur Mas había marcado tendencia con solo tres mujeres frente a once varones y es que el nacionalismo debe tener un fuerte contenido de testosterona a la luz de la resistencia que ofrecen a la igualdad de las mujeres. Las ruedas de prensa del día electoral en Cataluña presentaban un desalentador panorama en cuanto a presencia femenina en todas las fuerzas políticas. Eso si, el Gobierno balear sigue ostentando el récord de una sola mujer en su directorio. Será por efecto de la insularidad.

        El mundo empresarial no ha tenido que hacer cambios con la llegada de esta moda involucionista. El club de caballeros de la CEOE se había mantenido inalterable frente a las demandas de igualdad ya que el máximo número de mujeres en su estructura directiva había alcanzado la escalofriante cifra de ¡dos!
La ola igualitaria tampoco había alcanzado las costas de los órganos judiciales, un selecto club de togados con escasa presencia femenina, ni la estructura directiva de los medios de comunicación o sus contenidos. Las tertulias periodísticas, que antes se esforzaban por ser paritarias, han vuelto a colocar una sola mujer en cada uno de los paneles, más que nada para dar una nota de color.

       La Real Academia puede, por méritos propios, reclamar el título del más antiguo e inalterable club de caballeros de nuestro país porque desde su fundación solo ha aceptado entre sus miembros a ocho mujeres frente a un millar de hombres, una verdadera tropelía que en más de 30 años de democracia no han querido en modo alguno compensar. Esta institución, a la que tanto desagradan los usos no sexistas del lenguaje, no tiene el menor reparo en seguir representando un papel casi perfecto de sexismo cultural. A fin de cuentas si no ingresan más féminas en la academia —como declaró alguno de sus miembros cuando negaron el ingreso a María Moliner—, no es porque sean mujeres sino porque simplemente no son hombres.

          La misteriosa, pero sistemática, desaparición de las mujeres de la esfera pública está pasando desapercibida. Los grandes sufrimientos de la crisis económica acallan muchos otros desastres, esta lluvia fina que arrasa derechos recién conquistados y modelos de vida más igualitarios. Es importante la visibilidad de las mujeres en las artes, las ciencias, la política, la comunicación y la empresa. No somos seres económicos sino sociales para los que es muy importante la carga simbólica y la organización social.

         A lo largo de la historia podemos comprobar cómo los cambios simbólicos y del imaginario son en realidad la punta de lanza de cualquier transformación social. Mucho antes de que se ponga en marcha una medida, un cambio efectivo en nuestras vidas, se recrean en el plano simbólico las condiciones de esa transformación. Ver solo clubes de hombres al mando de nuestras instituciones nos educa en un modelo social en el que las voces de las mujeres son subsidiarias y prescindibles. Nos dirán que no hay nada premeditado en esta desaparición lenta de las mujeres del escenario público, que es casual y coyuntural. Pero no es así. Les molesta la igualdad y se suprimen todos los organismos encargados de fomentarla, incluso aquellos que, como el de la ONU, salen gratis a nuestro país.

         Se trata de una guerra encubierta, no declarada, que predica su insatisfacción con las nuevas mujeres del siglo XXI, que denigra el feminismo y que promociona la vuelta a un conservadurismo “dulcemente” sexista. Como nos descuidemos, de esta crisis no solo saldremos mucho más pobres, sino más desiguales e infelices.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Feminismo o barbarie

Publicado en el País de Andalucía

¿Qué tienen en común un judío ultraortodoxo, un talibán afgano, un musulmán radical, un cristiano integrista, un budista o un hindú recalcitrante? No es su creencia en Dios ni en la vida eterna; no es la oración ni la congregación; no es el sentido de la culpa y de la redención sino su profundo odio a la libertad de las mujeres. A todos les da por lo mismo.


No importa el origen mítico de la creación que cada religión recrea, si el ser humano nació del barro, de las nubes o del humo. No importan los ritos que se les consagren ni el nombre con el que los invocan: Yahvé, Alá, Dios, Ngai o Popol... Todas las religiones, especialmente las monoteístas, comparten un intenso rechazo a la igualdad de las mujeres y, en sus lecturas más extremistas, una brutalidad sin límites para castigar a las que se atreven a poner en cuestión la supremacía masculina.

Por supuesto que hay grados, escalas, matices que no se pueden pasar por alto. De todas ellas, el cristianismo es la religión que ha convivido más tiempo con sociedades que han separado el poder de la Iglesia y del Estado y, aún a regañadientes, ha ido aceptando los pasos de las mujeres hacia la igualdad. No obstante, su teoría sigue inmune a los cambios sociales como nos recuerdan con frecuencia las declaraciones de obispos y de representantes religiosos sobre violaciones, pederastia, aborto o igualdad de las mujeres.

Esta semana hemos conocido que los judíos ultraortodoxos de Israel escupen a las niñas por su vestimenta, determinan en qué acera de la calle debe caminar cada sexo, segregan en los autobuses a las mujeres, las casan sin su consentimiento y las privan de toda capacidad de decisión. Todo esto en una sociedad avanzada y ante el silencio cómplice, hasta ahora, de las autoridades. El judío ultraortodoxo es intercambiable con el talibán, con el extremista islámico, con el jefe de las tribus africanas más feroces y con algún obispo español.

Frente a estas manifestaciones ultrarreligiosas, están triunfando en el mundo árabe versiones algo más edulcoradas y laxas del poder religioso. En Egipto, las mujeres que salieron a la calle en demanda de democracia, fueron detenidas y humilladas. Unas autoridades que no se consideran a sí mismas integristas, sino moderadas, las sometieron a pruebas de virginidad. Pero el mundo todavía no ha comprendido que no se puede llamar democracia a ningún sistema político que no contemple, sin restricciones, la total igualdad de hombres y mujeres. Y todavía más, que no hay prácticamente ningún sistema político confesional al que pueda llamarse auténtica democracia.

Sin embargo, nuestros gobernantes se sientan y departen alegremente con regímenes que condenan y lapidan a las mujeres, que las torturan y las esclavizan, que las privan de sus derechos más elementales como personas, desde Arabia Saudí a los nuevos gobiernos afganos. Llaman democracias a gobiernos discriminatorios y saludan avances de regímenes que tienen como costumbre segregar a las mujeres.

Hay una internacional genocida que nadie denuncia. Diariamente en el mundo son asesinadas miles de mujeres por el simple hecho de pertenecer a este género; por haber infringido las normas públicas o privadas de la supremacía masculina. Lapidadas en la plaza por haber sido infieles o apuñaladas en el hogar por el mismo motivo. Víctimas de una misma religión: la que consagra al hombre en un lugar superior al de las mujeres. Por eso, queridos lectores, no se puede reducir la violencia contra las mujeres a casos particulares, a un conflicto familiar, a fallos en la aplicación de una ley, ni cambiar el nombre del delito. Se trata de un crimen cargado de ideología, de supremacía masculina, de venganza contra la libertad de las mujeres. Las palabras importan tanto que nos definen y, en este caso, trazan una línea divisoria. De un lado, la mayoría de la sociedad, incluidos la mayor parte de los hombres, que han comprendido el horror de la barbarie; del otro lado los bárbaros y los nostálgicos de los viejos tiempos.

Dios en el gobierno

Publicado en el País Andalucía

Cuando era pequeña creía que el color celestial era el azul y que en el cielo se hablaba latín. Con lo que se burlaron de mi no podía pensar que, al final, va a ser verdad y que la marea azul de la que se habla no es sino una oleada que restablece a Dios en la cumbre de todo poder. Al parecer, Dios ha ganado también las elecciones generales y ha vuelto a ocupar el espacio público que le corresponde.


Cuando esto ocurre en los países árabes nos recorre un escalofrío de desconfianza y recordamos que la laicidad y la democracia son conceptos prácticamente inseparables. Aquí, sin embargo, se coloca el cruficijo en las tomas de posesión como supremo testigo, una tradición franquista que ningún gobierno socialista ha tenido el sentido común de derogar. En esta ocasión, la toma de posesión del nuevo gobierno más bien parecía un acto religioso en los que la mayor parte de sus componentes, comenzando por el propio presidente, preferían jurar sobre la Biblia antes que sobre el texto constitucional.

Ya puestos, deberíamos conocer sobre qué páginas de la Biblia han efectuado su juramento. Puede ser que lo hicieran sobre los magníficos versos del Cantar de los Cantares, pero también pudieron hacerlo sobre páginas más crueles como cuando Javé mandó una lluvia de azufre sobre Sodoma y Gomorra, o el momento en que castigó a la mujer de Lot (o a cualquier otra mujer, porque son centenares de referencias parecidas) por desobecer el mandato de su esposo. Sea como sea, la cuestión es que Dios ha llegado al gobierno y lo primero que ha hecho es escribir algunas líneas con letra pequeña pero más que significativas. Desde ayer no existe Secretaría de Estado para la Igualdad. También han desaparecido las secretarías de Cooperación Internacional, Inmigración y Cambio Climático, claro que esta última tenía un carácter completamente ateo al determinar que es la acción del hombre, y no la voluntad divina, la que puede poner fin al planeta. Para cambios climáticos –deben pensar- los que sufrieron Noé y sus hijos sin que se hubiera inventado el motor de explosión. La explicación oficial de estas supresiones es el ahorro de gasto público y la simplificación de la estructura administrativa, pero basta con echar una ojeada al catálogo de secretarías de estado para comprender que detrás de estas desapariciones hay una opción política evidente.

La ascensión de Dios en el mundo político es directamente proporcional a la desaparición de las mujeres de la esfera pública. No sé si está científicamente comprobado pero dicen que si se jura tres veces ante la Biblia, desaparecen los organismos dedicados a la igualdad de las mujeres. Al menos aquí ha funcionado el ensalmo aunque queda todavía por despejar si va a ser sustituido por un organismo dedicado a la familia, mucho más acorde con la religión, dónde va a parar.

No me consuela en absoluto el hecho de que una mujer ocupe la vicepresidencia, y no porque dude de su valía sino por los términos en que se presenta el nombramiento: una mujer discreta y eficaz. En la Biblia, con algunas excepciones, no se pone en cuestión la inteligencia de las mujeres. Incluso gran parte de la literatura más misógina se funda en la exaltación del ingenio de las mujeres para enredar y practicar la maldad. Lo verdaderamente discriminatorio de estos textos es el papel subalterno que se nos impone y las alabanzas a la mujer obediente y discreta.

Pero, sobre todo, en la elección del nuevo gobierno había una voluntad decidida de acabar con la paridad como principio político. Ya sé que las lágrimas de la crisis ocultan el resto de los problemas sociales. Pero cuando se reduce la presencia de mujeres en los máximos niveles, su efecto no tarda en llegar hasta la base misma del sistema social. En las empresas, en los medios de comunicación, en cualquier centro de trabajo y de actividad, se comenzará a no ver tan necesaria la presencia de mujeres. Los que antes disimulaban su monolitismo masculino, lo exhibirán y nuestra igualdad se hará algo más complicada y lenta. Pero, aún así, llegará. Quiera Dios o no quiera.

lunes, 13 de junio de 2011

Asesinato por contagio

Algunos responsables políticos se han apresurado a dictaminar que los últimos asesinatos de mujeres han tenido como desencadenante la difusión, a través de los medios de comunicación, de otros crímenes. Están tan deseosos de encontrar una causa cierta, un clavo en que colgar la percha, que se aferran al más mínimo indicio que ofrezca una sencilla explicación. Algunos han formulado ya la propuesta de una especie de autocensura para limitar la información de estos hechos.
Se basan, al parecer, en un estudio muy discutible y discutido según el cual los asesinatos de mujeres suelen agruparse, en cuanto a su frecuencia, en racimos de tres o cuatro. De ahí deducen que en los asesinos se produce un efecto imitación, un aliento común que les induce a matar por contagio.
Ya han advertido algunos especialistas en estudios sociales que, dada la escasez de casos, resulta muy difícil establecer explicaciones para una frecuencia determinada. La simple división matemática daría como resultado un crimen cada 4,6 días, y el hecho de introducir cualquier otra variable (agrupación por fines de semana o meses) nos daría también asociaciones dignas de estudio.
Tampoco los profesionales de la psicología, que prestan ayuda terapéutica a los hombres que han cometido estos crímenes, han detectado como una causa determinante ni siquiera coadyuvante el efecto imitación. En muchos de esos feminicidios "en serie", los actores no habían tenido siquiera conocimiento de los casos que habían sucedido en los días anteriores.
No obstante, no hay por qué descartar un estudio más detallado y completo sobre esta hipótesis. Es posible que, en algún caso, la violencia retransmitida haya servido de malvada inspiración pero solo para una mente transtornada y ya decidida a cometer un crimen. Como ven, el tema es discutible y no sería lógico que, sin más pruebas ni análisis de las consecuencias, se tomaran medidas amparadas en tan débil formulación.
Algunos han hablado, incluso, de contagio en las formas criminales: el ensañamiento con la víctima, el uso preferente de un arma blanca que busca un definitivo cuerpo a cuerpo con la víctima o la conocida secuencia final del suicidio con la que el homicida remata su fatal hazaña, se desculpabiliza y acusa.
Efectivamente, en el homicidio de mujeres hay pautas similares a los asesinatos en serie, con un patrón general, señales precisas y advertencias comunes. Pero esta homogeneidad del crimen no se ha creado por la contemplación de noticias en los medios de comunicación sino por un turbio inconsciente de posesión y de desigualdad forjado durante años, alimentado por el resentimiento y enraizado en su incapacidad de aceptar la libertad de las mujeres. Ahí reside el auténtico copycat, el germen común de un delito que, aunque a ojos del agresor sea un asunto completamente personal, comparte con cientos de asesinatos el trasfondo feroz de una revuelta contra la igualdad de las mujeres.
No sabemos si la publicación de los asesinatos de mujeres en los medios de comunicación ha podido anticipar alguna acción ya premeditada. Es verdad. Pero lo que sí conocemos, es el tremendo coste social de silenciar estos crímenes. Conseguir que la violencia de género entrara en la llamada agenda de los medios de comunicación y de la política, ha sido todo un logro. Hasta entonces, la violencia contra las mujeres se vivía como un delito privado, sin especial trascendencia. La conciencia social no se rebelaba contra los verdugos y las víctimas eran olvidadas. Publicar sus nombres, explicar su historia ha dado visibilidad a un fenómeno oculto y ha cambiado el pensamiento de gran parte de la sociedad. No sería bueno dar un paso atrás y ocultar la imagen del espejo, edulcorarla o suavizarla. No. Es mejor combatir las causas que los efectos. Si no nos gusta la realidad, cambiémosla. Para eso vivimos.

domingo, 24 de octubre de 2010

La igualdad tenía un precio


                                                             





  Este es mi artículo semanal en el País Andalucía:

La política tiene un alto valor simbólico. A fin de cuentas cumple también el papel ritual de representar los conflictos sociales y los valores hegemónicos. Pues bien, más allá de la simple lectura politicista de la reciente remodelación del Gobierno, se destilan otros mensajes, algunos de ellos muy regresivos. A saber, que los conceptos de seguridad y confianza están estrechamente ligados al género masculino, especialmente si peina canas. En segundo lugar, la sensación de que tras esta remodelación se trasluce una cierta derrota de las mujeres en el poder político. Y finalmente, que las políticas de igualdad no dejan de ser un adorno perfectamente prescindible cuando aprieta el fragor de la batalla y los tiempos se vuelven hostiles.


A fin de cuentas venimos de una historia de siglos que nos ha inculcado que en los momentos difíciles, la figura paternal representa un nicho de seguridad insustituible para atravesar las aguas procelosas. Y en las decisiones que comentamos, con la sola excepción de la incorporación de Rosa Aguilar a este gabinete, la lectura que se ofrece es que sólo el género masculino es capaz de producir confianza y credibilidad. Tras unos primeros tiempos en el que el avance de las mujeres se producía de una forma pacífica y dulce, hemos comprobado con cierto estupor que la igualdad tenía un precio. O dicho de otra manera, que íbamos a ser escrutadas, examinadas, analizadas con criterios doblemente exigentes. Por ello, mientras que los políticos masculinos sufrían el desgaste lógico del poder en tiempos de crisis, las mujeres que ejercían esta función han sido sometidas a una lapidación simbólica de mentiras, sospechas, exageraciones o distorsiones feroces de su propia imagen. Nunca me ha gustado el tono árido y la falta de capacidad dialéctica de María Teresa Fernández de la Vega ni me han interesado los argumentos fuera de la realidad de Leire Pajín, pero es fácil detectar en las críticas que se le han prodigado (y no hablo siquiera de las obscenidades fascistas) un ensañamiento particular que expresaba la disconformidad con el empoderamiento de cualquier mujer. No en vano, para el imaginario machista del que provenimos, la presencia de la mujer en el poder solo tiene dos orígenes: la excepcionalidad o la impostura. La pura constatación de esta realidad, vuelve a dar actualidad al pensamiento de Simone de Beauvoir cuando reclamaba para las mujeres idéntica valoración que para los varones, no de su inteligencia, sino de sus errores.

El problema no es el cese masivo de mujeres, más o menos justificado en según qué casos. El problema es que mientras que a los hombres se les juzga individualmente, a las mujeres se les aplica un juicio colectivo que la derecha se ha prestado a rotular bajo el título de la inutilidad.

En estos momentos de nuestra historia, en el que las mujeres empezamos a construir modelos y referentes de intervención en el poder, en que nos encontramos metafóricamente "en mitad del río", los que se habían proclamado defensores de esta revolución han desertado bruscamente. No puede entenderse de otra forma la desaparición, de un plumazo indiferente, del Ministerio de Igualdad. ¿Ante qué Dios se inmola el que fue presentado como un gran proyecto innovador y el mayor símbolo de apuesta por la igualdad de las mujeres?¿Qué pecado ha cometido Bibiana Aído, aparte de su novedad o su juventud?

Los círculos ultracatólicos y reaccionarios han mostrado su alegría. Dicen que con esto se ha puesto fin al revanchismo y a la peligrosa ideología de género que amenaza sus privilegios. El paso necesario en la lucha por la igualdad, que es combatir las prácticas que determinan la discriminación de la mujer en el mundo laboral, queda postergado para mejores tiempos. Y para más inri, mandan las políticas de igualdad al Ministerio de Salud y Servicios Sociales, como si de un virus o de una enfermedad invalidante se tratara. Espero que la mutación alegre de la igualdad en el cuerpo social venza a la enfermedad crónica de la discriminación.

martes, 4 de mayo de 2010

Comando F ¿dígame?

Este es el artículo de esta semana en El País

Casi el sesenta por ciento de las mujeres que se quedan embarazadas, son despedidas en el sector privado, en los meses siguientes de hacer pública su situación. El salario de las mujeres es –en términos generales- un treinta por ciento inferior a sus congéneres masculinos. Prácticamente ninguna mujer se libra en sus entrevistas laborales de preguntas personales referidas a su estado civil o sus planes personales. Los puestos directivos de las empresas y –no digamos ya de sus consejos de administración- se escriben en masculino, incluidas las estructuras de dirección de medios de comunicación a los que se les llena la boca con la palabra igualdad.


La discriminación directa es rotundamente ilegal pero esto no ha acabado con el viejo vicio de la desigualdad sino que ha desplazado su práctica a normas no escritas, a costumbres, a falta de promoción, a invisibilidad de las mujeres en el mundo laboral. Una gran parte de las mujeres profesionales que conozco deberían estar –si sólo el mérito y la capacidad contara- en el lugar de sus jefes pero se han topado, a mitad de su recorrido, con un obstáculo invisible, que las ha detenido. Lo llaman techo de cristal, pero no cubre sino que encubre y no es de cristal sino de la materia oscura del viejo machismo.

Si algo tuvo de novedoso la ley de igualdad fue establecer que la discriminación no consiste solo en leyes o disposiciones que tratan de forma diferente a hombres y mujeres, sino también en prácticas aparentemente neutras, no escritas, en los procesos de selección, de promoción y de retribución que finalmente perjudican al género femenino. La ley, además, establecía unidades de igualdad en las administraciones públicas y la obligación para las empresas de más de doscientos cincuenta trabajadores de disponer de planes de igualdad efectivos.

Con bastante retraso, se ha anunciado la puesta en marcha de algunas de estas medidas y la reacción ha sido inmediata. El lenguaje con el que algunos medios han recogido la noticia es muy significativo. “Aido quiere imponer comisarios políticos a las empresas privadas para vigilar la paridad. Este campo está controlado por grupos feministas radicales”. No sé a ustedes, pero a mí esta mezcla de lenguaje guerracivilista y de información antiterrorista me pondría los vellos de punta si antes no me hubiera dado un ataque de risa por el imaginario delirante de la derecha. Un cuerpo de aguerridas comisarias feministas, formadas en escuelas de élite, que han jurado eterno odio al género masculino, responderían de forma inmediata a las llamadas de emergencia para acudir a cualquier lugar donde se produjera un caso de discriminación.

Confieso que la imagen es un tanto tentadora y que tendrían un trabajo ingente que realizar porque cada minuto alguna mujer es despedida, postergada o no admitida en el mercado laboral por la mano oculta de la discriminación indirecta. Sin embargo no creo en los comandos especiales sino en un Estado que debería asumir como parte esencial de su trabajo la abolición de cualquier discriminación. Por eso lejos de reprochar a la administración el prestarle excesiva atención a la igualdad, mi queja es la contraria: por qué ésta no forma parte de su actuación habitual. ¿Cuál es la razón para que la inspección laboral no tenga protocolos concretos para el seguimiento de la discriminación laboral? ¿Por qué no hay actuaciones abiertas para impedir que las mujeres ganen un treinta por ciento menos? ¿Cómo es que no se revisan las ofertas y métodos de selección de empleo para evitar los sangrantes casos de discriminación? ¿Por qué apenas se persiguen los despidos de mujeres embarazadas? No son cuerpos de élite ni aguerridas comisarias lo que necesitamos sino una administración que persiga la desigualdad como una vulneración grave de los derechos laborales y sociales. Hasta ahora, un delito con víctimas pero sin culpables.

sábado, 7 de marzo de 2009

Tarea inacabada



Ante el Día Internacional de la Mujer trabajadora, tengo algunas preguntas sin respuesta:

1.- ¿Por qué las mujeres somos invisibles en la crisis económica?
2.- ¿Por qué no se interviene ante las “argucias sutiles y artimañas” con las que se despide a las mujeres, sobre todo a las embarazadas?
3.- ¿Por qué algunos hombres siguen asesinando a sus parejas cuando éstas los abandonan?
4.- ¿Por qué, muchos de ellos, se suicidan después del asesinato y no antes?
5.- ¿Por qué siguen regateando la libre decisión de la mujer de recurrir al aborto?
6.- ¿Por qué las mujeres, incluso las más jóvenes, continúan dedicando más del doble de su tiempo a las labores domésticas que sus congéneres?
7.- ¿Por qué el 90 por ciento de las cuidadoras de enfermos, mayores, discapacitados y dependientes, son mujeres?
8.- ¿Por qué los medios siguen asignando papeles tradicionales a las mujeres en su programación y no hay apenas mujeres que dirijan medios de comunicación?
9.- ¿Por qué no hay mujeres en los ámbitos de decisión económica de los gobiernos y las empresas?
10.- ¿Por qué las estructuras de poder de los partidos y sindicatos son masculinas y cual es la razón de que las mujeres pasen por la política y los hombres se queden?

lunes, 27 de octubre de 2008

Creadora de los tiempos modernos

Desde hace dos años existe un puente nuevo en Paris que lleva el nombre de Simone de Beauvoir. Se trata de una pasarela peatonal de roble, con una estructura ondulada, que atraviesa el Sena sin ningún pilar intermedio y que alberga en su centro un lugar de lectura. Ya sabemos la afición francesa, no siempre feliz, de convertir en arquitectura su historia y su ideología. En este caso el puente simboliza una vida con pleno sentido, que abrió nuevos caminos por los que caminan incluso sus máximos detractores.
Los medios de comunicación franceses más tradicionales se han ensañado con la figura de Simone de Beauvoir en este centenario. Con la intención de ofenderla, han ilustrado incluso sus publicaciones con esta foto de Simone desnuda que a ella no habría escandalizado en absoluto.No hay ni una línea en esta “contracelebración” que ella misma no hubiese apuntado en sus escritos: la inicial indiferencia ante la guerra fue analizada por Simone en dos de sus obras; sobre sus numerosos amantes, dio testimonio incluso con la publicación de buena parte de su correspondencia; sus dudas literarias y la mezcla a veces soberbia y otras aburrida de géneros literarios y filosóficos están expresados por ella.Por otra parte el esfuerzo en destruir el mito de la pareja Simone y Sartre es inútil, nunca se habían proclamado perfectos, solo unidos, incluso en su descenso a los infiernos (en el que las mentes obtusas solo quieren ver escatología, cuando hay tanto dolor y humildad) de la Ceremonia del adiós.
No voy a decir, como afirman sus exégetas, que debemos a Simone de Beauvoir todas las conquistas en el camino de la igualdad de las mujeres, pero sin ella el camino hubiera sido más difícil y lento. Su vida y su obra son una exaltación continua de la libertad, una invitación a construir –desde la acción, desde la reflexión- una nueva identidad femenina libre de opresiones y de imposiciones, ya fueran estas políticas, económicas, culturales o simplemente físicas. El feminismo actual, (diverso, conflictivo) transita por las veredas abiertas por Simone, los movimientos sociales se nutren todavía del caudal de hacer política la opresión privada. Todos caminamos por la pasarela abierta, sin pilares, construida por el esfuerzo y la contradicción de quien se atrevió a inaugurar los tiempos modernos.

viernes, 23 de mayo de 2008

SE LLAMABA LOLA


Sus ojos devoraban la vida. Los mantenía abiertos cuando otros los cerrábamos. No quería perderse nada de este festival de luz. Se nos ha ido, tan joven, un día de esta primavera.
Se llamaba Lola y era de Montilla, luz abierta. Sabía escuchar, extraña cualidad.
Lola estaba en todo, porque el dolor ajeno la atravesaba. Compartía los problemas de la gente y desbordaba alegría en risotadas explosivas que conmovían todo su delgado cuerpo. Si paseabas con ella por su pueblo, asistías a un diálogo interminable con jóvenes, viejos, mujeres, niños.
Era feminista y de izquierdas de una forma natural y amable. Cargaba con todo porque le era imposible separar el pensar y el hacer. Con ella era inevitable acabar cada conversación con la frase “¿qué se puede hacer para cambiar esto, para solucionar aquello?” Nunca daba lecciones de nada, pero sin quererlo, nos ha dado lecciones de ética a todos.Lola ha hecho más por el feminismo en Andalucía que veinte volúmenes de libros. De alguna forma hay que decirlo. De alguna forma tendremos que consolarnos del dolor de haberla perdido

lunes, 5 de mayo de 2008

A LOS JUECES LES GUSTA EL SEXO PERO NO EL GÉNERO



A la mayoría de los letrados del TSJA les gusta el sexo pero abominan del género. Consideran este concepto como una "ideología que amenaza la neutralidad del Estado"
A veces es necesario escuchar a los sectores más conservadores para apreciar el valor de las elaboraciones. El sexo es pura biología mientras que el género remite a una construcción social y cultural y es, por lo tanto, modificable. Pero, mejor que nosotras, definen estos términos las revistas católicas, una de ellas (catholic.net) rechaza el concepto de género de la siguiente forma:
"Actualmente se ha aceptado la teoría del género como la solución a los problemas que planteaban las diferencias entre hombre y mujer. De nuevo una solución ajena a la realidad. La teoría de género es un proyecto de reconstrucción social que busca sustituir la sociedad tradicional basada en la familia por un nuevo concepto de sociedad individualista y voluntarista sustentada en una concepción superficial de la sexualidad y de la identidad humana. Este proyecto es fruto de una ideología con fuertes influencias marxistas, freudianas y estructuralistas,La teoría de género afirma que las diferencias entre hombre y mujer, sus funciones y roles, no provienen realmente de su naturaleza sexuada, sino que son construcciones sociales, creadas artificialmente a través de la cultura; y son la causa de la discriminación que ha sufrido la mujer"

Los letrados del TSJA han hecho suyas estas elaboraciones del catolicismo integrista y las trasladan, sin más, a su resolución sobre la Educación para la Ciudadanía. Ellos, libres de toda ideología (válgales Dios) afirman que es lícito, en los materiales escolares, hablar de discriminación de sexo, pero que es "ilícito" hablar de género, dado que, al parecer no existe "ninguna construcción cultural o social discriminatoria", sino quizá, solamente, malas prácticas individuales.

Ya antes que el TSJA los obispos andaluces arremetieron contra el Estatuto de Autonomìa por su "ideología de género". Atentas, pues, estamos ante una construcción de la derecha más conservadora que hace ideología precisamente negando las ideologías de los demás.

domingo, 4 de mayo de 2008

¿SE PUEDE REPRESENTAR A LA IZQUIERDA SIN MUJERES?




En el nuevo Estatuto de Autonomía hay quince artículos referidos a la igualdad de las mujeres, que abarcan desde la representación política hasta la igualdad laboral, la enseñanza o los medios de comunicación. La mayoría de ellos fueron propuestos por IU. De todos ellos, quizás el más importante (puesto que es el primer texto constitucional que lo incluye) es el 10.2 que establece como objetivo básico de la Comunidad la consecución de la democracia paritaria, y que fue incluido en la redacción final también a propuesta de IU.

Cuando se debatió la ley de igualdad y la ley electoral en el Parlamento de Andalucía, IU LV CA defendió las listas cremallera por considerar que la fórmula que proponía el PSOE (tramos de cinco) no garantizaba la paridad. Tuvimos la suerte de que se aceptaran nuestras enmiendas y puede decirse a estas alturas que la ley ha servido para todos, excepto para nuestra fuerza política. El Parlamento Andaluz contará con más mujeres que nunca, y ninguna de IU LV CA

No podemos decir que sea una sorpresa la absoluta representación masculina del actual grupo parlamentario. Todas las candidaturas, excepto la de Almería (que no tenía posibilidades reales de salir) estaban encabezadas por hombres y las mujeres habían sido relegadas al segundo puesto de las listas e incluso, hasta que comprendieron el alcance de la ley, algunas provincias habían propuesto a mujeres en puestos todavía inferiores.

Aún sin mujeres, la campaña de IU se ha realizado bajo la bandera color violeta y la prudencia (o la impotencia) nos ha hecho callar este sinsentido político.

Al grupo dirigente de IU LV CA no parece preocuparle esta cuestión, más allá de algún pequeño titular en los medios de comunicación. Lo consideran solo una “pequeña incomodidad”, e incluso alguno llegó a afirmar, tras sesudos razonamientos, que “si la sociedad nos hubiera votado más, las mujeres estarían representadas en el grupo parlamentario”. Otras soluciones, no menos sesudas, apuntan a que “cuando haya que intervenir en materia de igualdad, se asesorarán por las mujeres de la organización”.

No han entendido nada. Que no busquen más razonamientos para explicar la caída electoral de nuestra organización. La masculinización del grupo parlamentario explica por si sola lo distanciados que estamos de la sociedad actual.
Cualquier empresa que practicara esta política, con la ley de igualdad en la mano, estaría ejerciendo una discriminación indirecta de las mujeres.

¿Cómo vamos a reclamar que las empresas promocionen mujeres si nosotros no lo hacemos? ¿Cómo vamos a plantear la corresponsabilidad de género en todas las políticas si nosotros lo negamos? ¿Cómo vamos a plantear nuevos avances sociales en materia de género si no somos capaces de aplicar ni los mínimos? Y, sobre todo, ¿qué modelo social defendemos con nuestra representación?


Las mujeres, a estas alturas del siglo XXI, queremos plena visibilidad y reclamamos nuestra presencia, no sólo cuando se aborden las políticas de igualdad sino en todos los ámbitos económicos, sociales, culturales, etc. El paradigma del revolucionario decimonónico es reaccionario a estas alturas de la vida. Y la pregunta salta inmediatamente: ¿se puede representar a la izquierda sin la visibilidad y la igualdad de las mujeres?

Por eso, en el último Consejo Andaluz bastantes personas planteamos la necesidad de revisar la composición del grupo, tal como había aprobado la Asamblea de Matalascañas. La respuesta, nos dijeron, más adelante. It´s blowing in the wind.