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viernes, 10 de enero de 2014

LA VENDETTA DEL ABORTO


Publicado en El País Andalucía

   No es una ley. Es una declaración de guerra. Lo ha explicado Gallardón con su acento nasal y pijo. “Creía la izquierda que tenía la superioridad moral y que la derecha española no se atrevería a modificar ciertas leyes”, pero este Gobierno está decidido a derribar todo el edificio institucional basado, según él, en un equivocado concepto de la libertad y la igualdad.

   Precisamente por eso, nos explica Gallardón, la contrarreforma del aborto ha producido en la izquierda tanta “irritación y tan grave quebranto”. El Gobierno de Rajoy se ha sacudido los complejos de la derecha y el ministro advierte a su propio partido que esta batalla ideológica figuraba en su programa electoral. O dicho de otra manera, que ser miembro del Partido Popular supone asumir un ideario ultracatólico, hostil a la libertad de las mujeres y beligerante en materia moral. Esa es la verdadera marca España que este Gobierno intentará trasladar a Europa, donde los ciudadanos sufren una derecha paniaguada que no se atreve a tocar los cimientos de viejas libertades progresistas.

   España va a convertirse en el referente de la nueva derecha europea. Rajoy emprenderá una gira por los países de nuestro entorno para explicar cómo ha conseguido convertir las creencias religiosas en leyes, los prejuicios en normas y los pecados en sanciones penales.

   Mientras en Europa este ideario solo se atreve a enarbolarlo la ultraderecha nacionalista, en España la verdadera ultraderecha política se sienta en el Consejo de Ministros de la única forma que podría hacerlo: disfrazada de gobierno tecnocrático. Durante años nos han intentado convencer de que era un acierto el hecho de que el Partido Popular hubiese absorbido la representación de la derecha más ultramontana. Esto nos libraba de que surgiera un partido de ultraderecha en nuestro país. Sin embargo, el coste de esta operación va a ser ruinoso para el sistema político español porque sus postulados culturales, educativos y morales empiezan a impregnarlo todo.

  A diferencia de la derecha europea, que no se atrevería a tocar leyes que afecten a la libertad de conciencia o las relaciones personales, en nuestro país el Gobierno se ha embarcado en la aventura equinoccial de poner las leyes al servicio de sus creencias y supersticiones.

  No nos engañemos tampoco sobre la autoría de esta ley. Con Gallardón o sin él, con Wert o en su ausencia, estos son los proyectos de este Gobierno, esta es la herencia que Rajoy quiere legar a la posteridad de su mandato. Han medido los tiempos y analizado el grado exacto de desmovilización social. Han confundido la escasez de manifestantes con la capacidad de respuesta. Han valorado la división de la izquierda, el descrédito de las organizaciones sindicales y han resuelto que este era el momento. Incluso las fechas navideñas han sido elegidas para dar su toque familiar y natalista.

   No es una ley, no. Es una vendetta frente a las derrotas que la sociedad civil española les ha infligido en los últimos 30 años; una venganza por la incomprensión social que han sufrido cuando recorrían las calles con la sola compañía del revuelo de sotanas y hábitos eclesiales contra leyes que reflejaban profundos cambios sociales en la familia, en el matrimonio, en la libertad de las mujeres, en las relaciones personales. Son muchas derrotas sociales las que pretenden lavar con este texto.

   Por eso, esta ley no tiene arreglo entre las cuatro paredes del Congreso de los Diputados. No se soluciona con una redacción más tibia o con la inclusión de otro supuesto legal como pretenderán muchas voces del PP escandalizadas por la virulencia del proyecto. Esta ley se cambiará en la calle y en las urnas, porque quizá sin saberlo el Gobierno ha escrito con ella su Waterloo.

@conchacaballer

domingo, 19 de mayo de 2013

EL ABORTO COMO PRETEXTO


Puedes leerlo completo en El País Andalucía

   Somos de una ingenuidad conmovedora. Nada más anunciar el ministro Gallardón su reforma restrictiva de la ley de aborto hemos salido a la palestra para discutir, con los datos en la mano y el derecho comparado, las ventajas de la actual ley. Hemos rescatado el viejo argumentario sobre el aborto que yacía en nuestro escritorio cubierto por el polvo de 30 años de historia, incluso nos hemos esforzado en discutir la personalidad legal o no del feto.

   Nos debemos negar a debatir sobre el aborto en términos de creencias. Si no estás de acuerdo con él la solución es bien simple: no lo hagas. Se trata de uno de los debates más envenenados y retorcidos de los que puedan aflorar a la opinión pública. Hace 30 años resolvimos que debería existir esa solución para las mujeres que decidieran interrumpir su embarazo. Mucho más recientemente aprobamos que esa decisión fuera absolutamente personal e intransferible y que el Estado sólo debiera garantizar unos plazos máximos para su ejercicio. Punto y final.

   Todo lo demás no es discutir sobre el aborto —insisto en que para aquellos que se oponen es tan fácil como no practicarlo— sino poner en cuestión otros temas bien diferentes como la capacidad de decisión de las mujeres, el control sobre sus vidas e incluso nuestro papel en la familia y la sociedad.
Cuando ese mirlo blanco del arribismo político propone la modificación del aborto, su preocupación no es disminuir las intervenciones sino cambiar nuestras ideas acerca de la maternidad. Él mismo ha confesado el carácter ideológico de esta reforma que no gira en torno a la viabilidad o no de un feto sino a la culpabilización de las mujeres que ponen obstáculos a la maternidad. No en vano consideró mujeres inacabadas a las que no habían tenido un bebé entre sus brazos.

   El diletante ministro de Justicia, propone incluso prohibir el aborto en los casos de graves malformaciones. La desfachatez de esta prohibición en un supuesto de los más dolorosos y complicados no tiene límites. Se permite incluso el ministro comparar este tipo de intervenciones con las prácticas nazis de aniquilación de los discapacitados. La retórica no es vana y el argumento es milenario: las mujeres que deciden vivir su propia vida, escapar del dolor y del sacrificio, son malvadas brujas a cuyos desmanes hay que poner coto.
La democracia había conseguido en nuestro país sacar la maternidad del entramado del poder, convertirla en una decisión íntima, respetable y respetada pero la llegada del PP al Gobierno nos recordó nuestro verdadero papel en la sociedad. “Las mujeres, mujeres, son madres”, nos dijo, y apareció claro nuestro destino único, universal, milenario sin escapatoria alguna.

   La nueva ley de aborto que el PP quiere aprobar no es una simple reforma legal, es una revancha, un desquite histórico, una vuelta a poner las cosas en su sitio. Las mujeres no son libres para decidir sobre su embarazo, el poder que la naturaleza confiere a las mujeres en la transmisión de la vida tiene que ser mediado, arrebatado a través de la religión, de la ideología o de la autorización externa. Se restablece así un principio de autoridad que las leyes habían soslayado. Por encima de la mujer estará el médico, el juez o el psicólogo que darán o no el visto bueno a su decisión.

La jerarquía católica española, de carácter ultraconservador, se cree con derecho a escribir sus creencias en el Boletín Oficial del Estado. Rouco Varela aprieta el acelerador y amenaza con situarse en la oposición a Rajoy si éste no aprueba rápidamente este proyecto de ley.

   Mientras tanto alguien sufraga miles de vallas publicitarias en las ciudades sobre maternidades felices y culpabilidades abortistas. Gallardón es el santo patrón de su cofradía. Son los mismos que se oponen a los anticonceptivos, al matrimonio entre personas del mismo sexo y a las leyes de igualdad que implican una “peligrosa ideología de género”. A fin de cuentas, el aborto no es el texto, sino el pretexto de una sublevación contra el tiempo y la libertad de las mujeres.

@conchacaballer



domingo, 17 de junio de 2012

TODO PINTADO DE NEGRO


Publicado en El País Andalucía
Nos habían dicho, de mil maneras, que el radicalismo se curaba con la edad; que era una especie de enfermedad juvenil que prendía especialmente entre la gente de buen corazón. Nos decían que con los años, la experiencia y los golpes de la vida se amortiguaba la visión crítica y que, a partir de los cuarenta, uno estaba dispuesto a negociar con la realidad y a dejarse vencer, cuando no a convencer.


Justo cuando estábamos a punto de cumplir las palabras de Neruda —“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”— o la profecía poética de José Emilio Pacheco — “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los 20 años”—, llegó la crisis, el derrumbe de las instituciones y volvieron a revelarse con crudeza las viejas verdades de la desigualdad, los costurones de la explotación, el muñeco pintado de la autosatisfacción.

Después de escuchar miles de veces que el mundo no puede pintarse en blanco o en negro y mientras hacíamos acopio de una gama de grises que matizasen nuestro discurso, llegó la crisis y pintó la realidad con un expresionista claroscuro, similar a la película Metrópolis, de Fritz Lang.

Cualquier crítica radical de los últimos veinte años palidece ante los titulares de la actualidad. Ni los individuos más extremistas de hace apenas unos años se habrían atrevido a afirmar que miles de cargos eclesiásticos cometían delitos de pederastia ante el silencio comprensivo de la jerarquía católica. Ni en las novelas de ficción más apocalípticas pudimos imaginar que un numeroso grupo de monjitas candorosas urdían toda una trama para robar los niños a las familias más pobres.

Nos dijeron que los jueces era un ejemplo de ecuanimidad, pero no sospechábamos que iban a castigar a los togados que luchaban contra el delito mientras que el Tribunal Supremo no apreciaría irregularidad alguna en que el presidente del Consejo General del Poder Judicial se gastara nuestro dinero en sus fines de semana caribeños, un invento perfecto para trabajar de martes a jueves y vivir como un marajá el resto de la semana.

Los análisis más revolucionarios sobre el sector financiero se han quedado patéticamente cortos a la vista del casino mafioso que han montado con nuestros ahorros y nuestras deudas. A los que escribieron sobre la usura se les nota que no conocieron su versión más sofisticada: la prima de riesgo. Ya no es Carlos Marx, sino una amplia mayoría social, quien considera que una buena parte de los banqueros deberían estar sentados en el banquillo de los acusados. Ya nadie duda de que los delincuentes pobres van a la cárcel y los poderosos a los puertos francos del contrabando internacional llamados paraísos fiscales. Está a punto de cumplirse la profecía de Thomas Jefferson cuando advertía: “Las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate”.

Cuando estábamos a punto de aceptar que el capitalismo había encontrado mecanismos para amortiguar las diferencias sociales, la brecha de la desigualdad se agranda por momentos en una mezcla explosiva de consumo de lujo y pobreza galopante cuyos vientos barren cualquier atisbo de conformismo social. La realidad se empeña tozudamente en ser maniquea: a un lado los corruptos, los aprovechados, los especuladores, los poderosos; al otro los que viven de su trabajo y de su esfuerzo. No es fácil levantarse por las mañanas y descubrir en los primeros titulares de la radio que una mano invisible ha pintado todo de negro, como en la canción de los Rolling Stones.

Por eso, con los años y la experiencia, muchos nos estamos volviendo más radicales. Y ojalá no fuera así. Ojalá la realidad nos permitiera pintar la vida en vivos colores y no ser tan dolorosamente conscientes del sufrimiento ajeno. Y no me refiero a un radicalismo verbal ni gestual, a la torpe exhibición de camisetas o de enseñas. No tenemos el puño en alto sino el corazón en un puño ante los nuevos tiempos. Y esa flor extraña de impotencia, de radicalismo profundo y reflexivo, pugna por hacerse ramillete, prometedor fruto, que no desesperanza.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Dios en el gobierno

Publicado en el País Andalucía

Cuando era pequeña creía que el color celestial era el azul y que en el cielo se hablaba latín. Con lo que se burlaron de mi no podía pensar que, al final, va a ser verdad y que la marea azul de la que se habla no es sino una oleada que restablece a Dios en la cumbre de todo poder. Al parecer, Dios ha ganado también las elecciones generales y ha vuelto a ocupar el espacio público que le corresponde.


Cuando esto ocurre en los países árabes nos recorre un escalofrío de desconfianza y recordamos que la laicidad y la democracia son conceptos prácticamente inseparables. Aquí, sin embargo, se coloca el cruficijo en las tomas de posesión como supremo testigo, una tradición franquista que ningún gobierno socialista ha tenido el sentido común de derogar. En esta ocasión, la toma de posesión del nuevo gobierno más bien parecía un acto religioso en los que la mayor parte de sus componentes, comenzando por el propio presidente, preferían jurar sobre la Biblia antes que sobre el texto constitucional.

Ya puestos, deberíamos conocer sobre qué páginas de la Biblia han efectuado su juramento. Puede ser que lo hicieran sobre los magníficos versos del Cantar de los Cantares, pero también pudieron hacerlo sobre páginas más crueles como cuando Javé mandó una lluvia de azufre sobre Sodoma y Gomorra, o el momento en que castigó a la mujer de Lot (o a cualquier otra mujer, porque son centenares de referencias parecidas) por desobecer el mandato de su esposo. Sea como sea, la cuestión es que Dios ha llegado al gobierno y lo primero que ha hecho es escribir algunas líneas con letra pequeña pero más que significativas. Desde ayer no existe Secretaría de Estado para la Igualdad. También han desaparecido las secretarías de Cooperación Internacional, Inmigración y Cambio Climático, claro que esta última tenía un carácter completamente ateo al determinar que es la acción del hombre, y no la voluntad divina, la que puede poner fin al planeta. Para cambios climáticos –deben pensar- los que sufrieron Noé y sus hijos sin que se hubiera inventado el motor de explosión. La explicación oficial de estas supresiones es el ahorro de gasto público y la simplificación de la estructura administrativa, pero basta con echar una ojeada al catálogo de secretarías de estado para comprender que detrás de estas desapariciones hay una opción política evidente.

La ascensión de Dios en el mundo político es directamente proporcional a la desaparición de las mujeres de la esfera pública. No sé si está científicamente comprobado pero dicen que si se jura tres veces ante la Biblia, desaparecen los organismos dedicados a la igualdad de las mujeres. Al menos aquí ha funcionado el ensalmo aunque queda todavía por despejar si va a ser sustituido por un organismo dedicado a la familia, mucho más acorde con la religión, dónde va a parar.

No me consuela en absoluto el hecho de que una mujer ocupe la vicepresidencia, y no porque dude de su valía sino por los términos en que se presenta el nombramiento: una mujer discreta y eficaz. En la Biblia, con algunas excepciones, no se pone en cuestión la inteligencia de las mujeres. Incluso gran parte de la literatura más misógina se funda en la exaltación del ingenio de las mujeres para enredar y practicar la maldad. Lo verdaderamente discriminatorio de estos textos es el papel subalterno que se nos impone y las alabanzas a la mujer obediente y discreta.

Pero, sobre todo, en la elección del nuevo gobierno había una voluntad decidida de acabar con la paridad como principio político. Ya sé que las lágrimas de la crisis ocultan el resto de los problemas sociales. Pero cuando se reduce la presencia de mujeres en los máximos niveles, su efecto no tarda en llegar hasta la base misma del sistema social. En las empresas, en los medios de comunicación, en cualquier centro de trabajo y de actividad, se comenzará a no ver tan necesaria la presencia de mujeres. Los que antes disimulaban su monolitismo masculino, lo exhibirán y nuestra igualdad se hará algo más complicada y lenta. Pero, aún así, llegará. Quiera Dios o no quiera.

sábado, 22 de mayo de 2010

No tan católica




El País ha olvidado colgar en la edición digital de Andalucía mi artículo de esta semana. Aquí os lo incluyo completo:




Saber cuántas personas católicas hay en nuestro país es una tarea imposible. Y me refiero a "católicas" en el sentido de que sus creencias religiosas están vinculadas a la institución llamada Iglesia, concepto que no siempre coincide con la acepción de "cristiano" y que hace referencia a las personas que siguen al mensaje evangélico de Jesucristo.
Es imposible determinar el número de católicos por razones muy dispares. En primer lugar, porque la propia Constitución protege la intimidad de las creencias religiosas. En segundo lugar, porque algunas ceremonias están tan arraigadas en la vida civil que difícilmente podemos distinguir cuánto hay de religión o de acto social en celebraciones como bautizos, comuniones, entierros, festividades o en la romería del Rocío.
Los únicos datos objetivos y totales que nos pueden aproximar a las cifras reales de católicos en nuestro país son los de Hacienda, que nos informan del número de personas que seleccionan contribuir a la Iglesia católica y los de enseñanza, que nos indican el porcentaje de alumnos matriculados en las clases de religión en la enseñanza no universitaria.
En la enseñanza concertada la opción religiosa se sitúa en torno al 90%, mientras que en la pública alrededor de un 70% del alumnado elige esta opción. La experiencia directa nos dirá que conforme subimos en los tramos educativos, la opción de religión disminuye considerablemente y el 70% de católicos de la enseñanza inicial, se reduce a solo un 20% en el bachillerato. Una buena pregunta sería: ¿Qué ha sucedido en ese tramo para que el alumnado abandone la asignatura de Religión? ¿Han perdido sus creencias en el camino? ¿O cuando los jóvenes deciden por sí mismos no sienten tanta presión social ni miedo alguno al aislamiento? Todo un enigma. Si, además, pudiésemos analizar cuántos de estos estudiantes están conformes con la teoría católica sobre el aborto, el divorcio, la homosexualidad, la eutanasia, la igualdad de las mujeres o la libertad sexual, las respuestas dejarían en ínfima minoría a los seguidores convencidos de esta institución.
La marca de la casilla correspondiente a la Iglesia católica en la declaración de la renta -independientemente de que pensemos que se trata de un subterfugio para aparentar neutralidad religiosa por parte del Estado-, nos puede servir de indicador para conocer esta realidad. Según los datos facilitados por la Conferencia Episcopal, en el año 2009 sólo el 34% de los contribuyentes puso su equis a favor de la Iglesia católica. Teniendo en cuenta que el bolsillo es un buen termómetro social, el hecho de que la mayor parte de los contribuyentes rehuyan la cruz para la Iglesia nos hace ver que esta sociedad no es mayoritariamente católica. Imagino que entre los que eluden la equis de los obispos hay una gran diversidad de pensamientos que abarca desde no creyentes, practicantes de otras religiones, hasta cristianos que no están muy conformes con el anquilosamiento y la falta de sensibilidad social de la jerarquía eclesiástica.
Por todos estos motivos, y con el respeto más sincero a todas las personas que se declaran católicas, quizás sea el momento de romper el delicado lazo y dejar de mantener la ficción de una institución omnipresente, mantenida por el Estado de forma artificial a través de una generosa provisión de dinero público que convierte al Ministerio de Hacienda en su recaudador de impuestos y a la enseñanza en un púlpito privilegiado de su doctrina. Cada vez más cristianos lo comprenden para desesperación de la jerarquía católica. Dicen que cuando Teresa de Jesús llegó a Sevilla y se encontró con grandes dificultades para crear su orden, exclamó: "¡Con el calor que hace en estas tierras, bastante tiene el sevillano con no pecar!". Pues eso, con la que está cayendo, bastante tiene el ciudadano con su propia cruz.

domingo, 25 de abril de 2010

Un velo y una toca

Este es el artículo de esta semana en El País

En términos de laicismo vivimos en el país del quiero y no puedo; de medias verdades y medias tintas; de aparente progresismo y de conservadurismo recalcitrante.

La prohibición de asistir a un centro público de una niña con el pañuelo islámico ha encendido una polémica que debería abordarse con tranquilidad pero sin tapujos.
No sé ustedes, pero yo necesito pensar en voz alta algunos términos de este debate que responde a una realidad social radicalmente diferente a la de hace escasamente 10 años. Es más, temo que si no se produce un debate serio y sensato sobre el tema en el conjunto de la izquierda social, los prejuicios raciales y religiosos se extiendan por la ciudadanía como el fuego en un campo regado de gasolina.
Estoy absolutamente en contra de velos, tocas, embozados o vestimentas cuya significación no es otra que hacer a las mujeres invisibles y humildes. Mi indignación sube conforme al grado de ocultamiento de la prenda en cuestión pero hay en todos ellos una distinción sexual claramente discriminatoria. No me convencen argumentos paternalistas sobre la identidad, ni estoy dispuesta a llamar cultura a la más mínima muestra de discriminación. Me dicen, también, que algunas mujeres marroquíes usan el hiyab para reivindicar su existencia de mujeres libres pero -si esto es cierto- junto a ellas hay millones de mujeres en los países islámicos obligadas a vestir prendas que las cubran y, en caso de desobediencia, perseguidas por llevar el cabello al viento y las ideas sueltas.
A pesar de eso, estoy completamente en contra de que en España se prohíba a una niña la asistencia a un centro educativo por vestir el velo islámico. Se ha vulnerado su derecho a la educación, se la ha humillado y se han pisoteado sus derechos como menor de edad. En el mismo centro de Pozuelo de Alarcón donde la niña marroquí Najwa Malha no puede asistir a clase por su pañuelo, se imparte la religión católica como asignatura evaluable y estoy segura de que se ostentarán símbolos públicos o privados de carácter religioso. A su alrededor, en las escuelas concertadas pagadas con fondos públicos, curas y monjas católicas con su toca modernizada (pariente rico del hiyad, de igual significación y segregación sexual) vigilarán el cumplimiento de idearios inspirados en el más puro espíritu del catolicismo. Quienes denuncian el velo en la cabeza ajena pero defienden la toca y el crucifijo en la propia no están defendiendo los reglamentos o las leyes de nuestro país, sino haciendo la más burda islamofobia y sembrando la discordia en las aulas.
La libertad religiosa en España consiste, hasta ahora, en proteger y financiar a la religión católica, tolerar mal que bien al resto de las confesiones y ningunear a los no creyentes. Si fuésemos capaces de derogar el Concordato con la Santa Sede, asentar el principio de aconfesionalidad de las escuelas, eliminar los símbolos religiosos de la Administración y devolver la religión al ámbito de las creencias y la conciencia -de donde nunca debió salir- tendríamos la autoridad para exigir el fin de cualquier expresión de sumisión, de diferencia o de simbolismo religioso. Pero entonces seríamos Francia -ese país que asienta sus pies en los derechos ciudadanos y el laicismo- y no España, donde la religión católica está todavía ligada al Estado.
El ministro de Justicia ha situado al Gobierno en el limbo político e ideológico. No cabe mayor declaración de impotencia. Si traducimos sus palabras a los contenidos reales vendrían a decir lo siguiente: "Ya que no podemos cambiar la relación con la Santa Sede, ya que no nos atrevemos a afrontar el problema de la religión en las escuelas concertadas, pactemos una solución negociada, sin alterar nada de esto". Y al parecer todo es cuestión de tamaño: se tolerarán crucifijos chiquititos y velos pequeñitos, que combinan muy bien con el pseudolaicismo en el que vivimos.

sábado, 20 de marzo de 2010

Sufrir ya no da puntos

También puedes leerla en la edición de El País pinchando aquí.

Esta semana acabó el último reducto medieval de nuestra cultura. El principio del dolor ha sido derrotado después de siglos de lucha. Como todo relato mítico, tiene un origen lejano y comienza cuando un ángel, fieramente armado, expulsó del paraíso a Adán y Eva y anunció que toda la humanidad sufriría la espina del dolor desde su nacimiento. A partir de aquí, el principio del sufrimiento se erigió como el núcleo de la doctrina cristiana y, por extensión, de toda la cultura occidental. El mundo se convirtió en un valle de lágrimas; la vida, un particular calvario y cada dolor en un peldaño hacia la redención humana, hasta el punto que los santos buscaban gozosos el martirio como forma de ganar el paraíso.

La doctrina religiosa ha luchado con todas sus fuerzas contra el principio opuesto, el del placer y esta semana ha perdido sus últimas posiciones. Las ideas de que hay algo oscuro y sucio en el cuerpo humano que debe ser sometido a purificación y prueba a través del dolor han perdido definitivamente la batalla. Sufrir ya no da puntos, no hay una cartilla individual donde se anoten los tantos de los daños sufridos y tenga su recompensa celestial. Creyentes y no creyentes comparten que el camino a la bondad no es el sufrimiento y que el dolor innecesario no nos hace mejores sino infelices.

Esta semana el Parlamento de Andalucía ha acabado con la maldición bíblica del tormento y ha afirmado el valor de la vida humana hasta el último día. La conquista de este pequeño espacio de paraíso perdido se ha producido en Andalucía, donde hasta la palabra muerte está cargada de mal fario y su simple enunciación el último y verdadero tabú de nuestra sociedad.

Ha sorprendido la unanimidad de la votación final de la ley porque el camino no ha sido fácil. Actualmente se han atemperado las voces opuestas a la muerte digna y, aunque todavía renuentes a la ley, los Colegios Médicos Oficiales y la jerarquía eclesiástica han reducido, como el PP, su oposición a temas secundarios -que no menores- como la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios o la labor de los comités de ética. Sin embargo, cuando se elaboró el Estatuto de Autonomía, la postura de estos tres estamentos fue radicalmente beligerante contra la inclusión de la muerte digna como un nuevo derecho de los andaluces así como contra la investigación biomédica, entonces centrada en las células madre.

La espada flamígera del PP libraba en Madrid su particular batalla contra la muerte digna e inició un proceso inquisitorial contra el equipo médico del Hospital Severo Ochoa, dirigido por el doctor Montes, por sedaciones en pacientes terminales y bajo la acusación de haber puesto fin a su vida. Aunque los tribunales fallaron a favor de los médicos y el personal sanitario, el daño no fue sólo profesional sino que cientos de pacientes se vieron privados de sedación y sometidos a la muerte indigna para contentar los afanes ideológicos de su Presidenta. Ahora su propio partido vota en Andalucía lo que persiguió en los hospitales madrileños. No vendría mal una explicación y unas palabras de perdón.

¿Qué ha ocurrido en tan corto espacio de tiempo para que hayan atemperado sus voces? Sin duda, una severa derrota social. Es difícil encontrar un solo ciudadano que defienda los tratamientos sin esperanza, el ensañamiento terapéutico, el dolor inútil, la muerte indigna. Puede considerarse afortunada aquella persona que no haya alzado la vista al cielo para desear, rompiéndose por dentro, el final de un ser querido. Y porque sabemos todo esto, la unanimidad se ha impuesto como fruta madura y muchos han tenido que guardar sus viejos prejuicios

martes, 20 de octubre de 2009

Ideología de género


También lo puedes leer en El País

No hay nada que movilice tan profundamente a la derecha social española como los temas referidos al género y a la sexualidad. Si repasamos las grandes manifestaciones de esta naturaleza, que suelen congregar a un millón aproximado de personas, encontraremos siempre en su base la piedra de toque del papel de las mujeres y de la sexualidad en la conformación de la sociedad. Incluso las manifestaciones contrarias a las leyes educativas han tenido siempre, al menos en su versión más popular, el trasfondo de proteger a los niños de contenidos educativos relacionados con el sexo, el matrimonio y los roles sociales igualitarios.
La derecha social y eclesial ha acuñado un término con el que designan los males sociales actuales y que denominan "la peligrosa ideología de género" que está impregnando las leyes actuales. Los think tank del pensamiento ultraconservador elaboran documentos, libros y artículos con un argumento común, tan fácil de comprender como un cuento infantil: la familia tradicional es la fuente de toda felicidad y fuera de ella sólo hay soledad y conflicto social. La piedra fundacional de esta construcción simbólica es la identificación entre ser mujer y ser madre. La maternidad se convierte así en la realización plena de la mujer, en su único y verdadero objetivo vital. Sobre esta materia -que en realidad niega la igualdad y el derecho de que las mujeres elijan su propia vida- se construye una mística ensalzadora que ponía sonrisas en los labios de los manifestantes, felices de haber encontrado en las palabras "vida-mujer-maternidad" una nueva trinidad redentora.
Si para la derecha social el papel de la mujer es un tema central, constitutivo de su ideología, los momentos que escoge para su demostración responden a agendas políticas concertadas. En Andalucía tenemos un ejemplo muy ilustrativo de ello. Cuando se estaba tramitando el nuevo Estatuto de Autonomía de Andalucía, con la oposición rotunda del Partido Popular, la asamblea de Obispos del Sur emitió un comunicado terrible contra el nuevo texto al que acusaba de "amenaza contra la vida", "postergar el matrimonio verdadero" y contener una peligrosa "ideología de género que da la espalda a los fundamentos antropológicos de la diferenciación de los sexos y de su complementariedad". Hay que decir que algunas organizaciones de cristianos de base protestaron por la rudeza y la insensibilidad de los obispos en materia de derechos sociales.
Sin embargo, cuando acabó la tramitación del Estatuto y el PP se hubo incorporado, aunque el texto no había cambiado prácticamente, los obispos andaluces modificaron su declaración final, saludaron los nuevos derechos sociales contenidos en el Estatuto -que estaban desde el inicio de la tramitación- y convirtieron su feroz oposición en unas simples recomendaciones para una "lectura atenta" de los cristianos.
La manifestación multitudinaria del pasado sábado responde también a esta agenda política concertada entre ciertas organizaciones sociales, eclesiales y políticas. En este caso han pretendido huir del excesivo protagonismo de la iglesia oficial y del Partido Popular en la manifestación porque convenía que la protesta tuviera un carácter más social y menos institucional. Esto no evita que la Iglesia les haya llenado los autobuses a pie de colegio y el Partido Popular haya animado convenientemente la convocatoria. Han impuesto una cierta moderación en las formas porque convenía a sus fines que no son otros que conseguir el retorno político de la derecha. Sólo hay que ver cómo la dulce placidez del canto a la vida se transformaba en airadas consignas políticas sin apenas transición. Por lo demás, no es contra el aborto por lo que protestan, es contra las mujeres del siglo XXI que eligen su maternidad, sus tiempos y su destino.