martes, 10 de junio de 2014

Y AHORA EN INGLÉS...EMBRACING STEREOTYPES

Me ha hecho ilusión encontrar mi artículo sobre "Ocho apellidos andaluces" en la edición en inglés de  EL País 
No, no escribo así de bien en inglés, ya me gustaría a mi.

   Imagine for a moment that the main character of Spanish film comedy phenomenon Ocho apellidos vascos was not a posh Andalusian from Seville’s Triana neighborhood, but his Madrid equivalent from Serrano street, complete with well-ironed polo shirt and gelled hair. There the comedy would end. The symbols of Spanish nationalism would once again become serious, offensive and incapable of raising a laugh in the movie theater.
   The thing is, in Andalusia, nothing is what it seems. Flags do not offend us, but nor do we use them as offensive weapons – and, of course, our regional green-and-white flag would never prompt a war. The piety of the large part of its inhabitants is not so much to do with dogma, but more related to childhood and beauty than liturgy. And as for the bulls, we have the same proportion of people who do not support the torturing of animals as the rest of Spain – which is to say, the majority.

   Since time immemorial, when Spain needed to present a softer and more attractive image, or simply a better-looking one, it took an Andalusian form – from flamenco and Gypsy dress (the only haute couture regional costume), to its joyous and sociable way of understanding life. If, as I say, the Andalusian stereotype has been used for so many ends, and if we Andalusians have been taught to laugh at ourselves since we were children, we are not going to get annoyed at seeing a posh Andalusian becoming the leader of a violent Basque nationalist kale borroka group, or dressing up as a radical abertzale leftist out of love.
That said, there is just one stereotype that those of us who were born or live in Andalusia despise – idleness. That is because it is not really a stereotype that emerges from our way of being but rather a label that has served to justify the unequal distribution of wealth in Spain. But hey, if the recent history of each territory allows us to hand out labels, then they should be on the clothes of those who hope to reduce everything Andalusian to a number of stereotypes. As for the other stereotypes, they only annoy us when they serve to present us as banderilleros, maids and workers, part of the national sense of humor, which lives from affirming its superiority because it lacks any other distinction. Let us be happy, sociable, lovers of life, romantic. Where’s the problem in that?
   Whenever Spain needed to present a softer and more attractive image it took an Andalusian form
But to get back to the point, the film Ocho apellidos vascos would not be possible without its Andalusian counterpoint, the comedy wouldn’t work, because any other identity would clash abruptly – the friendliness and understanding would be gone. In the end, the Andalusian succeeds in winning the heart of the Basque girl, and in a sharp ironic twist, shows us the trick of the story: the horse-drawn carriage serenaded by Sevillian band Los del Río (of Macarena fame) that ends the film confirms that we really are capable of laughing at ourselves. And when a people is capable of that, it is free of hangups; its identity is so fluid, so porous, that little by little it is certain to seep into everything that comes near without needing to plant its flag of conquest. Hopefully, Spain will resemble Andalusia and be capable of avoiding grudges, playing down conflicts and trusting in the seductive power of words.

NO MÁS AZÚCAR, POR FAVOR



Publicado en El País Andalucía 

   Va a ser difícil sobrevivir a esta avalancha de adulaciones, a este oleaje de alabanzas, a este vendaval de loas que compiten por ensalzar las bondades del que se marcha y las cualidades del que llega. ¡Y no ha pasado siquiera una semana! Me temo lo peor porque quedan por recorrer unas semanas de paseo triunfal, sin contar los editoriales, los informativos, las imágenes y las alabanzas guardadas para los días posteriores a la entronización.

   El Rey que se va es “el que trajo la democracia”, sin “el cual no habría libertad en este país” y al que le debemos incluso nuestro derecho a escribir estas modestas líneas. “Sin ti no soy nada” proclaman editoriales, declaraciones humedecidas que consideran la palabra “gracias” escasa y torpe y se ven obligados a reforzarla, amplificarla, repetirla. El Rey que viene está “muy preparado”, “muy preparado”, “muy preparado”. Tiene hasta carrera universitaria, una titulación desconocida en la estirpe real española, aunque tampoco es para ponerse así. A fin de cuentas, el 29% de los españoles entre los 25 y los 60 años la tiene. Pero está “muy preparado”, una frase que suena a antigua, a alabanza pronunciada por las viejas de un pueblo ante un yerno interesante. La princesa Letizia también “está muy preparada”, “renunció a una brillante carrera por amor” y es “tan sencilla que luce a veces alguna prenda o complemento de Zara”. La ola cortesana ha llegado a los pies incluso de la infanta Leonor, una niña de tan solo ocho años, de la que ya se destacan sus cualidades y se anuncia que, a partir del próximo mes, jugará un papel público importante. ¡Por Dios, que hablamos de una niña y no de un artefacto político!

   Casi todo el espacio informativo se ha convertido en una revista Hola gigantesca, cargado de fotos de encuentros, guiños, saludos y primeras ocasiones, en un marco muy de “España cañí”, (que yo que ellos me lo hacía revisar, sobre todo por el valor simbólico de la institución, ¿no?) entre uniformes militares y corridas de toros. Mientras, los republicanos (e incluso los tibios o los indiferentes a la seducción monárquica) son arrojados informativamente al infierno o al purgatorio donde se pagan los errores conceptuales. Es posible que el domingo pasado se acostaran siendo personas normales, pero el lunes se levantaron siendo unos “izquierdistas radicales” contrarios al “orden constitucional” y “profundamente equivocados”. Según Torres Dulce, ni siquiera existen, porque lo que no está escrito, negro sobre blanco en la Constitución, “no puede ser y es imposible”.

   Es lo que tiene el bipartidismo, que aparte de sus consideraciones políticas, es tremendamente aburrido y pelotillero. El republicanismo no se está combatiendo con argumentos sino con una ola de plurales mayestáticos, de aplausos atronadores y de alabanzas corales. Columnistas de afilada lengua y acerbas palabras, se dulcifican como corderos ante la sacrosanta institución, redescubren las ventajas de “un pacto constitucional” que todo lo cura y todo lo espanta e incluso reparten carnés de lealtad a sus acérrimos enemigos que hoy los acompañan.

   Como todo guiso, la coronación del nuevo Rey tiene que tener su punto justo de cocción, pero están tan felices con el redescubrimiento de esta gran mayoría, y pasaron tan mal trago la noche electoral del 25 de mayo, que se les está yendo la mano en el azúcar y en el tiempo de cocción. Las viejas formas de la política que consisten en despreciar las opiniones diferentes y crucificar a quien las mantienen, vuelven al escenario, con Mariano Rajoy de maestro de ceremonias, presunto jefe de la Casa Real, y director in pectore de todo el proceso sucesorio. Gravísimo error.

   Están ufanos de haber encontrado una razón de ser al bipartidismo (más UPyD) y pasar de un escuálido 50% en las elecciones a un 90% de la votación parlamentaria. No vamos a saber cuántos republicanos existen en nuestro país pero, sin duda, son muchos más de los que reflejará la votación parlamentaria. Sería bueno que tomen nota de ello y que muestren más sensibilidad ante la situación de descrédito de todas las instituciones. No va a ser con dogmatismos y con halagos como se prestigie esta nueva etapa. La corte de pelotilleros y las colas de aduladores tienen sus propios intereses. No le vaya a suceder al nuevo monarca como al atleta griego que murió asfixiado por la infinidad de pétalos de rosa que le lanzaron en su recibimiento. Un poco más de inteligencia, de espíritu democrático y crítico, de respeto a la pluralidad de la sociedad. Una breve tregua, al menos, para poder respirar.
@conchacaballer

PODEMOS Y LA CONJURA DE LOS NECIOS

 El País Andalucía
Publicado en

   El éxito de Podemos no ha dejado a nadie indiferente, lo que quiere decir que afecta a todo el actual sistema político. La derecha ha arremetido contra ellos de una forma inusitada, con acusaciones de radicalismo y comparaciones odiosas. Felipe González, el guardián entre el centeno, ha advertido de los peligros de una propuesta bolivariana para nuestro país. Por su parte, la izquierda que tradicionalmente administraba este espacio, no sale de su asombro y se ha precipitado a hacer una simple aritmética de sumas ante las próximas elecciones.

   No he encontrado, sin embargo, más que efectos positivos en este nuevo fenómeno, que excede la lógica partidaria y la política tradicional. Para empezar, son un serio contrapeso a las lógicas antisociales que se habían adueñado del espacio político. La comparecencia del FMI y sus “consejos” de abaratar salarios y empobrecer aún más a las clases populares, sonaban todavía más ofensivas e inaceptables tras el resultado de las elecciones en nuestro país. Venían a recordarnos que mandan ellos, independientemente de la voluntad popular, y es hora de mandarlos a “freír espárragos” si es que la política conserva todavía cierta dignidad. Afortunadamente, en nuestro país, son millones de personas las que reclaman una salida diferente a la crisis y el éxito de Podemos no hace más que subrayar esta corriente social. Mientras otros países han canalizado su descontento hacia opciones racistas y antieuropeas, en España la respuesta ha sido aumentar el voto de una opción de izquierdas, con principios de solidaridad y de justicia social.

   En segundo lugar, Podemos ha rescatado para la política a miles y miles de abstencionistas y ha vuelto a ilusionar, fundamentalmente, a un electorado joven que estábamos deseando escuchar. ¿No pedíamos rostros y propuestas concretas al 15M? Pues aquí tenemos algunas de sus expresiones.

   En tercer lugar, ha venido a señalar, con su ilusión y con una campaña hecha con unos cuantos euros, carteles a mano, redes en funcionamiento y mucho voluntariado social, que es posible hacer política mucho más cercana y participativa. Esta forma de hacer política está interpelando a las viejas estructuras partidarias, especialmente las de la izquierda. Su voto no sólo es un grito contra el bipartidismo, sino también una advertencia al “tripartidismo” que supone la existencia de dos grandes partidos pero también de una izquierda tradicional que canaliza ritualmente a los descontentos del sistema pero que tiene escasa incidencia en la realidad.

   En cuarto lugar, ha situado el debate nacionalista en un segundo término. Si no existiera Podemos hoy estaríamos discutiendo sobre Cataluña. Frente al debate identitario y soberanista, el éxito de Podemos ha situado como centro de reflexión la igualdad de las personas y la renovación del sistema político.

   Pero, donde el efecto de Podemos será seguramente más visible, es en el órdago lanzado hacia toda la izquierda, desde la socialdemócrata a la comunista. El PSOE deberá hoy definir su espacio, desechar las tentaciones de gran coalición y conjugar el verbo desobedecer a los poderes económicos si quiere volver al mapa político. Por lo que respecta a IU, tras haber perdido la mejor oportunidad de su historia, están obligados a emprender un camino de renovación de sus estructuras, de sus formas de hacer política y de su estructura piramidal y burocrática.

   Seguramente si hoy fueran las elecciones, tras la lluvia de descalificaciones, Podemos conseguiría todavía mejores resultados. Nadie sabe qué pasará mañana, cómo afrontarán las expectativas que han generado o si sabrán sortear las miles de dificultades que se avecinan pero, de momento, son una piedra lanzada a un agua estancada contra la que se conjuran todos los radicalmente prosistema.

¿QUÉ PIENSAN LOS JÓVENES?


Publicado en El País Andalucía

  Hicieron una rutilante aparición el 15-M de hace tres años. Llenaron de color las plazas, crearon un lenguaje propio y devolvieron el sentido a palabras empañadas como democracia y participación. Quisieron organizar un movimiento universal, que se expresaba en las plazas de todo el mundo, desde Nueva York a Berlín. Crearon una marca desconocida llena de esperanza, la #spanish revolution que deseaba reiniciar el sistema.

   En un solo mes rejuvenecieron el lenguaje político y, bruscamente, todas las opciones políticas se tornaron viejas a su lado. No aceptaban banderas, ni preguntaban a nadie de dónde venía sino adónde iba, e hicieron renacer las esperanzas de corazones casi fríos. Pero la presencia de los jóvenes duró lo que dura un suspiro, y al año siguiente el movimiento fue ocupado poco a poco por gentes de mayor edad, con deseos de cambiar el mundo pero con la mochila excesivamente llena de experiencias, con el lenguaje gastado de ilusiones demasiadas veces traicionadas, con análisis tan perfectos, tan acabados, tan redondos que sonaban nuevamente a pasado. Nada que objetarles, a fin de cuentas, con su esfuerzo han mantenido vivas pequeñas llamas de ese incendio en muchos barrios o en movimientos como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Pero la mayoría de los jóvenes desaparecieron tal como habían llegado: sin previo aviso.

   A pesar de que la propaganda se esforzó en presentarlos como perroflautas, eran en su mayoría jóvenes con un alto nivel de formación. Me temo que gran parte de los que aparecen en los vídeos de la acampada de Sol o en Las Setas de Sevilla están ahora a miles de kilómetros: en Berlín, en Singapur, en Brasil. Otros guardan un bello recuerdo y una instintiva aversión a la política partidaria. Los menos, han seguido participando de forma ocasional en las movilizaciones sociales o en la política.

   Miro las caras de la mayor parte de las manifestaciones actuales y los jóvenes vuelven a ser una minoría. Sus padres y sus madres sustituyen amorosamente su presencia. Las verdaderas víctimas de la crisis (los jóvenes, los parados, los degradados en su trabajo, los esquilmados) no salen a la calle a protestar.
Puede ser que no crean en la utilidad de la movilización social, o que les resulte ajena, lenta y aburrida. Puede que incluso la protesta se haya ritualizado de tal modo que sea como ir a misa los domingos y tomar unas cervezas a su término, pero la realidad es que no expresan sus deseos, sus demandas, sus soluciones. En términos políticos, y según las encuestas del CIS, nuestros jóvenes son el sector de la población con ideas más cercanas a la izquierda, pero son los más remisos a votar en estas elecciones.

   Quizá no haya en nuestra historia reciente una generación tan desconocida como los jóvenes actuales. Se expresan poco en términos sociales y rara vez mantienen debates públicos sobre sus opiniones y sus deseos. Desde el estallido brillante del 15-M no han vuelto a decir lo que quieren. Quizá simplemente no creen en el futuro, y no me refiero a la confianza que tengan en lo que ocurra pasados unos años, sino que el concepto de futuro les parece un fantasma que se disuelve entre las brumas, una palabra obsoleta que invocamos los que ya no somos jóvenes, un espacio perdido al que no se llega más que a través de un carpe diem eterno. Mientras la vida es solo un día a día salpicado de emociones, de mensajes, de gustos o disgustos. Pero hace tres años, tuvieron el futuro en sus manos y todavía se escuchan algunos ecos y huellas, como las que el agua deja sobre una tierra seca.
@conchacaballer

UN PAÍS DE CABREADOS



Publicado en El País Andalucía 

   Últimamente tengo la impresión de que en vez de vivir en un país, he tomado un taxi en hora punta con un taxista cabreado de los que insultan a trocho y mocho y solucionarían los problemas “en cinco minutos”, endureciendo leyes, tomando medidas drásticas y cortando pescuezos si es necesario.
Primero fue una justa indignación ante la crisis pero, ante la falta de salidas, una gran parte del país se deslizó por la pendiente de la desesperación y han encontrado una isla apocalíptica donde reina la exasperación, que es una especie de picor que te produce cierto placer al rascar violentamente y donde las expresiones de rabia y de irritación sustituyen todo análisis sosegado y tranquilo. Sus análisis se resuelven en tres palabras: “Son unos sinvergüenzas”. Su conclusión: no creer en nada. Su humor, negro sin asomo de ingenio.
No son los más necesitados los que están encolerizados y rabiosos. Los de abajo, los que realmente viven al borde de la necesidad, no pueden permitirse el lujo de pisar el territorio de la desesperación. Ni siquiera juguetear con él, porque necesitan conservar una brizna de esperanza para afrontar su supervivencia cada día. Normalmente, los más cabreados, son personas que han bajado algún peldaño en la escala social pero que todavía sobreviven con cierta holgura.

   Los motivos de su irritación, tomados de uno en uno, son en su mayoría justos, pero cuando hacen un ramillete con todos ellos los convierten en una bomba de destrucción masiva de esperanza. No hay rincón alguno que no impregnen de sospecha. Han llegado a la conclusión de que todo lo que llega de la esfera pública es malo y abominable. Como consideran que han sido engañados en la letra pequeña del contrato social han tomado como norma la desconfianza absoluta incluso hacia los comportamientos más honestos y generosos.

   Hay un tótem que une a todos y que a todos alimenta: el odio a la política y a los políticos. De los sindicalistas, ni hablamos, porque en su imaginario son todavía peores que el peor de los imputados. Cualquier insulto es insuficiente; cualquier mal chiste, gracioso; cualquier infundio, una verdad incuestionable. Y no es que la política no haya dado motivos para la indignación o que no necesite con urgencia una reforma profunda, pero no deja de ser muy sintomático que los dueños de las grandes finanzas, los verdaderos responsables de la crisis, no susciten ni una décima parte de hostilidad de la que se emplea en un político de provincias. Perdónenme la suspicacia, pero tengo la impresión de que han embridado la indignación popular y la han dirigido al punto donde son menos vulnerables: los ideales.

   La derecha española, valga la redundancia, nunca ha tenido problemas con la crítica a la política porque son profundamente antipolíticos. Ellos niegan el papel social de la política, su capacidad para cambiar las cosas. La reducen a una simple gestión técnica, aunque la orientación de estos técnicos sea siempre la misma: beneficiar a los de arriba. La antipolítica y el antisindicalismo pueden ser, sin embargo, un bumerán para la izquierda porque conduce directamente a la abstención y al populismo.

   Estas serán las primeras elecciones de un país cabreado y veremos su fruto en las urnas. Es posible que los cabreados de la derecha visiten, a pesar de todo, el colegio electoral y depositarán su voto. Los demás quizás comenten en el bar, con una cierta superioridad, que ellos no piensan votar, que todos son iguales, que no sirve para nada. Y cuando se levanten, al día siguiente, el Gobierno les dará las gracias desde el televisor de plasma.

domingo, 11 de mayo de 2014

EL PP Y LAS EXQUISITECES

Publicado en El País Andalucía 

   A simple vista el candidato del PP es un buen representante de la España del pasado. Un tipo que aplica el viejo sentido común más conservador, adobado con la salsa de la España cañí. Católico, amante de los toros, de la buena mesa y de los coches de lujo. De verbo populista, verdades eternas y afirmaciones ramplonas. Ni una gota de intelectualidad estropea el acceso a sus discursos. Concibe la agricultura a la vieja usanza; gobierna las competencias de medio ambiente con el firme convencimiento de que hay que domesticar el ecologismo, construir en la costa y simplificar "los trámites ambientales" para sacar el jugo a la naturaleza. Que para eso somos la especie reina. Rara vez habla de política social, le molestan las preguntas sobre igualdad de las mujeres y ofrece a estos temas siempre la misma respuesta: “la mejor política de igualdad, es el empleo y la creación de riqueza”.

   Es la España del pasado y, según indican las encuestas, puede que sea la España del futuro. Dicen que era el mejor candidato que el PP podría ofrecer: dicharachero, populista y socarrón. El mejor candidato para un país que ha perdido la confianza en el futuro y que sólo espera recuperar los viejos tiempos del desarrollismo económico, que no volverán, o mejor dicho, que puede que vuelvan pero esta vez sin el barniz de un estado social y de un mínimo reparto de riqueza.

   Se equivoca la izquierda cuando dice que no estamos saliendo de la crisis. Lo que ocurre es que la seña de identidad de los nuevos tiempos será que aunque haya crecimiento los derechos no se recuperarán, los salarios no subirán y la desigualdad se instalará como principio de nuestras vidas.
Hace poco el vicepresidente de la CEA provocó un revuelo al afirmar que "los parados no estaban para exquisiteces" pero es esa exactamente la filosofía de los nuevos tiempos. Incluso manipulan una aspiración tan deseada como el empleo para convertirla en coartada de la eliminación de todo avance, de todo tipo de derechos.

   Según esta tesis, es una exquisitez tener trabajo digno, un salario apropiado y un horario cierto. Incluso enfermar es un lujo. Es una exquisitez cobrar una pensión digna y revalorizarla por el IPC. Es una exquisitez insoportable la escuela pública y la universidad. Un lujo inaccesible una sanidad para todos y de calidad. Es un lujo exquisito la atención a la dependencia y una exigencia sibarita la protección social. Todo lo que no sea inmediatamente productivo, rentable y barato, supone un gran estorbo para el futuro.

   Si las encuestas se confirman y el PP gana las elecciones —aunque haya perdido muchos votantes en el camino— será un aval en toda regla a las políticas que se han hecho, pero también a las que están en proyecto de ensayo o prueba como la privatización de servicios públicos o la reforma de las pensiones. De momento han mentido en el congelador algunas leyes que les resultan molestas en campaña: la ley de aborto que arrebata el derecho a decidir de las mujeres o una ley de seguridad que es una verdadera mordaza contra la movilización social, pero es evidente que en cuanto pasen las elecciones saldrán de su letargo y el triunfo les dará alas para nuevas medidas que hoy no se atreven a anunciar.

   Por eso el debate no es si estamos saliendo de la crisis, sino cómo salimos de ella y hacia qué modelo económico y social nos dirigimos. Ya no estamos hablando de medidas coyunturales, de recortes improvisados, de sacrificios temporales; hablamos de algo estable, de una reconversión social, de un cambio de valores que nos haga aceptar con naturalidad la desigualdad y la explotación. Lo malo es que este país en vez de debatir, bosteza.

INVENTOS WERT: LA POSTBECA

Publicado en El País Andalucía 

   He encargado a los alumnos que preparen una exposición en clase. Les he dado instrucciones sencillas: disponen de 10 minutos para explicarla, no pueden llevarla escrita solo (¡ay, qué trabajo cuesta escribir “solo” sin tilde!) una pequeña ficha para orientarse. El tema es libre y deben haber consultado varias fuentes para su composición.

   El primer alumno nos habla de la moda del selfie. En su opinión el aumento de este fenómeno responde al culto al cuerpo y a un egocentrismo galopante que nos empuja a olvidarnos de lo que nos rodea. La clase ha aplaudido su intervención.

   El segundo en intervenir ha salido sin un solo papel. Explica que no ha tenido que consultar fuentes, que se basa en su experiencia directa y que no ha sabido cómo titular su exposición: ¿la crisis? ¿el final de las ilusiones? ¿realmente estamos saliendo del túnel?

   “Cuando la crisis empezó, éramos casi igual de pobres —comienza— pero teníamos algunas cosas que creíamos permanentes. Mi padre ya estaba prejubilado por enfermedad y su pensión era escasa. Cada semana íbamos a la farmacia a recoger los ocho medicamentos que necesita tomar diariamente. Ahora no vamos todas las semanas. Algunas veces lo estiramos 10 o 15 días. Depende. Cada vez que vamos a por los medicamentos tenemos que pagar siete o 10 euros. No es gran cosa, pero hay semanas que nos viene muy mal, por eso cada día se salta alguna pastilla para que la cajita le dure más”. La clase se ha quedado en completo silencio. “Soy hijo de jornaleros y nieto de jornaleros. Venir hasta aquí me cuesta una larga caminata cada día. Aún así, mi familia y yo teníamos la ilusión de que hiciera estudios superiores. Mis padres estaban muy orgullosos porque hubiera sido el primero de toda mi familia. Pero ahora creo que es imposible. En el caso de que me dieran una beca me la pagarían a final de curso y nosotros no podemos aguantar ese tiempo”. La clase está absolutamente conmovida, las bocas fruncidas, los ojos completamente abiertos, redondos, para evitar lágrimas inútiles. Pasaron después algunas otras cosas pero voy a poner fin a la escena. Ya es suficiente.

   Este domingo es 4 de mayo. A miles de estudiantes todavía no les han ingresado sus becas. Quienes ya las han recibido certifican que han cobrado mucho menos que en años anteriores. Los que esperan todavía no saben cuál es la cuantía. Han inventado un tramo variable tan difícil de descifrar que han anunciado para el próximo año un simulador de cálculo múltiple. Antes cuando aspirabas a una beca sabías cuál era su cuantía. Ahora no. Los requisitos se han vuelto prolijos y algunos absolutamente surrealistas. Por ejemplo, en bachillerato, si te matriculas en un curso completo puedes tener beca, pero si vuelves a los estudios con 80% de asignaturas por completar, no tienes derecho alguno.

   El Ministerio de Educación ha tomado el principio de igualdad y lo ha retorcido de tal forma que se parece al de la malvada discriminación. Quienes entregan la solicitud de una beca o ayuda se adentran en un universo desconocido de cálculos, plazos, estimaciones que no conocen y que les impiden planificar su vida ¡Que vuelva Kafka, por favor y nos relate la maldad de esta burocracia postmoderna! Ya no hay becas, sino postbecas que se entregan casi al finalizar el curso. Mientras tanto los estudiantes, para sobrevivir en las aulas, necesitan préstamos de familiares o de bancos, o sea, una especie de prebecas que ni Kafka podría imaginar en sus laberintos. Quienes no lo consiguen, se marchan en silencio.

   ¡Qué equivocados estábamos los que anunciábamos que con esta política educativa los pobres saldrían del sistema educativo superior en unos 10 o 15 años! Bastarán dos o tres cursos para que los más desfavorecidos desaparezcan sin dejar más rastro que el de su tristeza. Mientras, el monstruo sonríe.
@conchacaballer

OCHO APELLIDOS ANDALUCES

Publicado en El País Andalucía 

   Imaginen por un momento, que el protagonista de Ocho apellidos vascos no es un pijito andaluz del barrio de Triana, sino su homólogo madrileño de la calle Serrano, con su polo bien planchado y su gomina. Fin de la comedia. Los signos del nacionalismo español se volverían serios, ofensivos, incapaces de provocar la risa del auditorio. Miren si no lo que le ha ocurrido a Esperanza Aguirre, que a fuerza de creerse alguno de los tópicos que se han creado alrededor de Andalucía (banderita, religiosidad y toros), pensó que estaba en tierra conquistada, e hizo un bodrio de pregón de la Feria de Abril que ni siquiera los más incondicionales taurinos vieron con buenos ojos.

   Y es que, en Andalucía, nada es lo que parece. Las banderas no nos ofenden, pero no las usamos como armas ofensivas y, desde luego, nunca la blanca y verde traerá guerra; la religiosidad de gran parte de sus habitantes es popular, poco dogmática, más relacionada con la infancia y la belleza que con la liturgia y, en cuanto a los toros, tenemos el mismo porcentaje de personas que no soportan la tortura de este animal que el resto de España. O sea, mayoría.

   Desde tiempo inmemorial, cuando España necesita presentar una imagen más suave y apetecible, o simplemente más estética, toma la forma andaluza. Desde el flamenco, el traje de gitana (el único traje regional de alta costura, que incorpora moda y diseño), hasta la forma alegre y sociable de entender la vida. Si, como digo, han utilizado el tópico andaluz para tantos fines y si a los andaluces, desde que somos niños, nos enseñan a “reírnos de nuestra sombra”, no nos vamos a molestar por ver a un andaluz pijo haciéndose líder de la kale borroka o disfrazado de abertzale por amor.

   Hay, eso sí, un sólo tópico andaluz que abominamos todos los que aquí nacimos o vivimos, que es el de la vagancia, porque no se trata realmente de un tópico que surja de nuestra forma de ser sino de una etiqueta con la que se ha pretendido justificar el desigual reparto de la riqueza en España. Pero, vamos, que si la reciente historia de cada territorio permite otorgar etiquetas, que se tienten la ropa de los que pretenden reducir lo andaluz a unos cuantos estereotipos y tengan cuidado porque la historia del siglo XX puede deparar terribles etiquetas a los que se ríen de Andalucía. En cuanto al resto de los tópicos, sólo nos molestan cuando sirven para presentarnos como personajes subalternos, chachas y empleados, de la comedia nacional, que vive de afirmar su superioridad porque carece de cualquier otro distintivo. Que somos alegres, sociables, amantes de la vida, enamoradizos ¿qué problema hay en ello?

   Pero, a lo que íbamos, la película Ocho apellidos vascos no sería posible sin que el contrapunto fuese andaluz, la comedia no funcionaría porque cualquier otra identidad chocaría de forma abrupta, sin amabilidad ni comprensión alguna. Al final, el andaluz consigue conquistar a la vasca y, en una pirueta de fina ironía, nos muestra la trampa y el cartón de la historia: ese coche de caballos cortejado por Los del Río que pone fin a la película confirma que, efectivamente, somos capaces de reírnos de nuestra sombra. Y cuando un pueblo es capaz de esto es que carece de complejos; que su identidad es tan líquida, tan porosa, que está segura de impregnar, poco a poco, a todo aquél que se acerque sin necesidad de clavar la bandera de la conquista. Ojalá España se pareciese más a Andalucía y fuese capaz de evitar las espinas, desdramatizar los conflictos y confiar en el poder seductor de las palabras.

QUERIDO GABO


Publicado en El País Andalucía

   En algún momento se acabaría “la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte” que has llevado hasta el extremo. El mes de abril de este año 14, se da por concluido el círculo de un tiempo que parecía no pasar, sino dar vueltas en redondo. Justo cuando todo ese continente al que perteneces cambia también su ciclo y los coroneles se extinguen como dinosaurios incapaces de seguir royendo vidas ajenas.
Más que un escritor eras una voz bíblica que relató su tiempo y nos dejó un impagable mapa de señales. Te imagino al poner punto final a Cien años de soledad como un dios que termina una complicada creación. Satisfecho por tu esfuerzo, pero triste por el final. ¿Comprenderían los humanos que solo se trataba de una advertencia para no repetir el terrible círculo de la estirpe de los Buendía y fundar, en tiempos futuros, un nuevo Macondo libre de la enfermedad de la soledad?

   No hacía falta una línea más, una obra más, en esa escritura redonda, circular. Todo lo demás ya estaba en las páginas de tu relato bíblico. Quizá algo de amor, quizá una mayor explicación de la génesis de este sentimiento, perdido en la juventud, añorado en la madurez, recuperado en esa segunda inocencia que es la vejez.

   Te guardaste la llave del manejo del tiempo. La llave dorada que da cuerda adelante y atrás a las historias y que traza intrincados mapas cronológicos. Como si el tiempo fuese un espacio, un lugar visitable del que se pueden dibujar mapas, relaciones, porque no hay presente ni pasado sino escenarios que se conectan en esa casa grande en la que habitamos y que, en algunos sueños, vislumbramos que posee habitaciones desconocidas.

   Te llevaste el secreto del nuevo fátum, de un destino humano no escrito por los dioses, sino por la terca voluntad de los humanos. Tus personajes deambulan por los textos esperando que algo los detenga, sabiendo que nadie lo hará, celebrando el magnífico día que amanece y del que serán completamente ajenos en un breve lapso de tiempo. Entre la vida y la muerte hay solo el grosor de un cabello y todas tus ciudades desembocan abruptamente en la pared de un cementerio.

   Nos enseñaste las interioridades de los dictadores, sus crímenes privados, más reveladores que sus ignominias públicas. La ruina moral que carcomía (ojalá el tiempo pasado esté definitivamente escrito) todo el continente. Nos mostraste cambios increíbles que se producían en 24 horas, la maldita alianza entre la guerra y la industrialización descarnada de la United Fruit Company. Enviaste tu cólera divina contra estas ciudades y las arrasaste con diluvios interminables, con vientos que empezaban como brisas y acababan como vendavales capaces de arrancar de cuajo las ciudades de los viejos vicios del silencio y la soledad.
Dibujaste este paisaje de desolación para romper la maldición, para advertir a los humanos de que está en nosotros la posibilidad de fundar nuevas ciudades que no desemboquen en cementerios; pueblos que no vuelvan a asistir impasibles a la muerte de sus vecinos; amores que no naufraguen por la resignación. A fin de cuentas, si es posible dibujar mapas del tiempo y sentir el paso del espacio, el destino no pertenecerá más a los guerreros ni a los dioses. La prueba es que su periodista favorito, se ha ido a descansar.

ENSAYO DE RUPTURA

Publicado en El País Andalucía

   En la madrugada de ayer se puso fin a la primera gran crisis del Gobierno andaluz. La presidenta de la Junta derogó el decreto de adjudicación de viviendas y se redujeron a ocho los realojos autorizados de la corrala La Utopía.

   A quien haya elegido este terreno de juego para la confrontación del Gobierno andaluz, la derecha debería hacerle un monumento. Si algo ha quedado claro con la crisis es la radical injusticia de la política de vivienda. Los datos son apabullantes: tres millones y medio de casas vacías y varios millones de personas sin hogar; más de 400.000 desahucios desde el inicio de la crisis, la mayor parte promovidos por la banca, mientras recibían 108.000 millones de euros de dinero público para compensar las pérdidas de su aventura especulativa salvaje. Por otra parte, el realojo de los vecinos de La Utopía correspondía al Ayuntamiento de Sevilla, que ha mantenido una actitud hostil a pesar de disponer de 528 viviendas municipales vacías. Pues nada, Ibercaja (la entidad bancaria que ha instado el desalojo) y el Ayuntamiento de Sevilla han salido de rositas en este conflicto, mientras contemplaban con fruición el radical enfrentamiento entre los miembros del Gobierno andaluz.

   Hemos asistido a un tristísimo debate entre los que tienen poco y los que no tienen nada. El que está pagando con mucho esfuerzo y sacrificio su hipoteca o alquiler, se siente ofendido porque se repartan llaves a los vecinos de La Corrala; el que está en la lista de espera-desespera, se lamenta de que hayan sido postergados y la derecha aprovecha para convertir la lucha por una vivienda digna en una causa indigna, egoísta e ilegal.

   En este terreno de juego los únicos ganadores del debate son quienes están en contra de las políticas públicas de vivienda; los que abominan de los movimientos sociales que defienden el derecho a vivir bajo un techo; los que consideran, en definitiva, que cada uno en la vida tiene lo que merece.
Es imperdonable que en un tema tan importante como este, los dos socios de Gobierno no se hayan comunicado, acordado, establecido unas pautas comunes de actuación pero, sobre todo, es absolutamente inexplicable que el realojo de ocho familias, haya puesto en cuestión un Gobierno de la izquierda cuya finalidad principal era mostrar la posibilidad de otra política frente a la ofensiva neoliberal. También es incomprensible que durante dos años no se haya solucionado la situación de los vecinos de la corrala La Utopía que, mucho antes de ser arrojados a la calle, vivían una situación de emergencia social en unas viviendas sin luz y sin agua.

   Por ahora la crisis de Gobierno se ha resuelto y ambas fuerzas hacen recuento de pérdidas y ganancias. Aunque las declaraciones públicas han sido muy sosegadas, ha habido un tremendo mar de fondo en el que se han vuelto a agitar los fantasmas de épocas pasadas. Ninguno de los dos socios reconoce haber cometido ningún error lo que hace menos verosímil la estabilidad de la paz recién alcanzada.
Si el PSOE cree que ha ganado prestigio y autoridad e IU apoyo social, están muy equivocados. Lo único que se ha fortalecido es la idea de que la izquierda, o llámese como se quiera, no puede entenderse; que el experimento andaluz tiene los días contados y que no será punto de referencia para conformar mayorías amplias en el Estado. Así las cosas, los únicos que pueden frotarse las manos (amén de una derecha que no sabía cómo aplaudir con más estruendo) son los sectores de IU opuestos a cualquier acuerdo con el PSOE desde el inicio y la vieja guardia del PSOE empeñada en defender una gran coalición con el PP. Ahora son Susana Díaz y Antonio Maillo —que apenas si se hablan o entienden—, quienes deben escribir el final de esta historia y decidir si revitalizan el pacto de Gobierno o van a acumular argumentos para certificar el fracaso de la experiencia andaluza.
@conchacaballler

INSOPORTABLE CINISMO


Publicado en el País Andalucía

   La primera conclusión que se puede extraer del último informe PISA sobre la capacidad para resolver problemas es que los jóvenes de 15 años de nuestro país tienen poca autonomía personal, están sobreprotegidos y, para ciertos aspectos de la vida, parecen tener tres años menos de su edad. No hacía falta el informe PISA para esto. Lo que resulta chocante es que todos han señalado a la educación —que no a la familia, a la sociedad, a los medios de comunicación— de la falta de madurez de nuestros jóvenes.

   La segunda conclusión, puede ser preocupante. Si las pruebas del PISA son universales e intentan alejarse de cualquier localismo o factor que altere los resultados, ¿cómo es posible que los ejercicios se refieran a programar un MP3, un robot de limpieza, un climatizador o comprar un billete de metro en la pantalla de un ordenador táctil? ¿Se emplearon las mismas preguntas en todos los países y condiciones? Imaginen a un niño colombiano enfrentándose a aparatos que no ha visto en su vida, comprando un billete para un metro en el que jamás han puesto un pie o interpretando un plano de transportes que desconocen.

   La tercera conclusión es de carácter político. La reacción del Ministerio de Educación ha sido de un cinismo espectacular. La secretaria de Estado ha afirmado que la metodología que se aplica en las aulas es “anticuada, más centrada en la adquisición de conocimientos que en la resolución de problemas complejos, desarrollar un pensamiento crítico y trabajar en equipo”. Estoy absolutamente de acuerdo con estas afirmaciones pero provienen de un ministerio y de un partido político que acaba de aprobar la LOMCE, una ley que cabalga en dirección contraria a estos criterios. Para impulsar el pensamiento crítico ha acabado con la Filosofía, impuesto la religión como materia evaluable y suprimido Educación para la Ciudadanía. Una ley que ha aumentado la carga memorística, reducido el valor de las competencias y ninguneado la formación en las nuevas tecnologías en la enseñanza.

   No sé si el PP recuerda su sublevación, hace solo tres años, contra la introducción de los ordenadores, las pizarras digitales y el wifi en la escuela, hasta el punto de que tres comunidades autónomas (Madrid, Murcia y Valencia) rechazaron los fondos que el Ministerio de Educación les ofrecía e incluso argumentaron que el uso del ordenador “provocaría miopía y problemas ergonómicos en los adolescentes”.

   Pero donde las afirmaciones del ministerio se vuelven apoteósicas es en el tratamiento a los docentes. De sus palabras se deduce que son “anticuados”, no desean “liderar los cambios”, se oponen “a las nuevas metodologías” y son, más o menos, un obstáculo a las reformas. Es el mismo Gobierno que ha suprimido dos horas de trabajo de coordinación y tutoría, el que ha aumentado espectacularmente el número de alumnos por aula y ha despedido a 35.000 docentes en el primer año de su mandato. No hay apenas nada en la LOMCE que hable de nuevas metodologías ni que promueva la formación del profesorado, que se realiza de forma individual con cargo al tiempo y dinero del propio docente. En vez de reconocimiento, exigencia; en vez de apoyo, culpabilidad; en lugar de comprender que la educación es una tarea de toda la sociedad, se hace responsable al docente de los comportamientos, capacidades, conocimientos, autonomía, integración, valores y futuro de nuestros jóvenes… ¡Ni que fuésemos superhéroes que no queremos emplear nuestros superpoderes!

LAS MIL MUERTES DE FRANCO













 Publicado en el  País de Andalucía

    Julia había tenido una vida feliz hasta que cumplió los 15 años y empezaron a caer sobre ella una lluvia de prohibiciones. Muchas tenían que ver con su condición femenina y esa vigilancia especial sobre el sexo que las familias debían ejercer y otras con la libertad de leer, escuchar música o manifestar sus opiniones. Empezó a conocer gente distinta, a alimentar un ansía de vida y de conocimientos que necesitaban urgentemente el oxígeno de la libertad. Franco murió en su casa el día en que apareció vestida con una minúscula minifalda, un abrigo abierto y largo hasta los pies, unas enormes gafas de sol en pleno invierno y un disco de canciones con letras incomprensibles.

   Varios años antes de que muriera el dictador, el franquismo había muerto en cada casa de una forma diferente. Acabaron con él los jóvenes que no aceptaban las prohibiciones, la incultura, la hipocresía de una sociedad irrespirable. Miles de jóvenes como Julia abandonaron sus casas, hicieron de la universidad y de los centros de enseñanza su cuartel general y se enfrentaron cara a cara con los antidisturbios, las multas y las expulsiones. Muchos de ellos perdieron sus becas, sus carreras, su amparo familiar. Ni siquiera voy a citar las detenciones, las palizas, las torturas, con las que cientos de policías como Billy el Niño intentaban borrar las aspiraciones de libertad.

   Eduardo ya no era tan joven, había cumplido los 30. Era trabajador de una fábrica automovilística de Sevilla. En su casa le habían enseñado dos cosas absolutamente contradictorias: el ansia de libertad y el miedo a la represión. A los de su generación les tocó salir a la calle a conquistar las libertades. Ellos siempre las citaron así, en plural, con contenido concreto. Fue detenido, apaleado, encerrado en cinco ocasiones. No le da una gran importancia a todo esto. “Los que lo tuvieron duro fueron los que pelearon unos años antes. Esos sí que eran héroes”, sentencia.

   Es verdad que Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en cada casa, en cada plaza, en cada pueblo y ciudad. Acabaron con él una resistencia histórica a la dictadura y la incorporación de millones de jóvenes a la causa de la libertad. Solo quienes permanecieron aferrados a la dictadura hasta el último momento pueden proclamar que la democracia la trajeron unos cuantos próceres que se pusieron de acuerdo en un texto constitucional y en una forma de gobierno. No, la democracia se implantó como último recurso porque el régimen de Franco era ya insostenible, porque la calle ya no era suya y, a pesar del miedo, cada vez más sectores necesitaban respirar el aire de la libertad.

   Las Julias y Eduardos son los verdaderos héroes de la transición. Los nombres conocidos sólo pactaron las nuevas reglas de juego —que no es poco— y plasmaron las condiciones de sus respectivas derrotas. ¿Se pudo haber avanzado más? ¿Faltaron fuerzas para hacer una verdadera ruptura democrática o se renunció gratuitamente a ella? Desgraciadamente antes importaba quién escribía la historia, ahora solo interesa quién hace la escaleta del próximo telediario. Aún así, son más importantes los sueños del futuro que la historia del pasado. Y me temo que con estos nuevos mitos no pretenden tanto modificar la historia como vacunarnos contra el sueño de un futuro que no controlan.

ME GUSTA/ NO ME GUSTA



Publicado en el País de Andalucía 

   Mis alumnos no leen los periódicos. Ni en formato digital ni en papel. Las noticias llegan a ellos sin que sepan a ciencia cierta cómo y solo cuando tienen carga emocional. Tampoco son tan distintos a gran parte de la sociedad donde triunfa el género de la emo-noticia: violencia, amenazas, sexo, rarezas y escándalos.
No tienen una visión del mundo organizada, ni siquiera de su propia realidad. El mundo es un puzzle que no tienen interés en resolver. Se han alterado los pronombres personales y los tiempos verbales. De las seis personas sólo queda el yo y el nosotros. El selfie es una gran metáfora de la vida actual. Ya no interesa lo que ocurre alrededor sino lo que nos ocurre a nosotros: a mí y a mis amigos, a mí y a mi grupo. Las segundas y terceras personas han desaparecido por ajenas, problemáticas, difíciles. Más allá del yo y del nosotros está el abismo. En cuanto a los tiempos, el único que se conjuga es un presente perpetuo, un hoy renovado, eterno, que carece de historia. El pasado se desvanece sin rastro; en cuanto al futuro, una niebla intensa lo cubre. La historia y el tiempo han muerto.

   Por eso, cada semana, estrenan canción, miedos o fobias. La vida simula una uniformidad engañosa: seis horas sentados en el aula, escuchando lecciones que apenas conectan con sus vidas. Después otras seis horas ante pantallas de distintos tamaños, absorbiendo, mirando, tecleando monosílabos y risas digitales. Creen que tienen el mundo en sus manos, y el mundo los tiene a ellos. Consiguen convencerlos de que la opción me gusta o no me gusta los hace protagonistas y que las emociones instintivas, son la única forma cool de sentirte vivo.
  
   El sistema educativo se vuelve odioso porque pretende sacarlos de la maraña de emociones trucadas, eludir el “me gusta” o “no me gusta” y añadir molestas preguntas como “¿por qué?” O, peor todavía “¿cómo podemos cambiarlo?”. Un esfuerzo inútil porque, como Sísifo, cuando conseguimos subir unos metros la piedra a la montaña, el sensacionalismo informativo nos devuelve al punto de partida.
Una gran parte de mis alumnos piensan que estamos siendo invadidos por una horda de negros violentos que viene a ocupar nuestro país. No se lo discutas porque lo han visto en la televisión, con música amenazadora de fondo. La cosificación del ser humano, la xenofobia más burda entendida como miedo al extranjero, el racismo más evidente, borra como un vendaval los valores que pretendemos enseñar. No hay rastro de historia, de razones, ni de argumentos en la forma de presentar estas noticias. Solo el miedo a los otros, cultivado con primor para engordar un negocio infame. Pero, aunque tengamos lágrimas en los ojos, no nos rendimos. Mañana intentaremos explicarlo en clase, a pesar de vosotros.

lunes, 17 de marzo de 2014

¡DURO CON ELLOS!

 
Publicado en El País de Andalucía 

 Tiene la juez Alaya un club de fans numeroso que jalea todas sus actuaciones. Si leen sus comentarios y sus parabienes lo que les caracteriza es un profundo odio a la política y, de paso, una nefasta idea de la autonomía. Por ejemplo se expresan así sobre el Parlamento de Andalucía: ¡Duro con ellos! ¡Muy bien entrar en la guarida! ¡Todos a la cárcel! ¡Tanta autonomía y tanta tontería! ¡A por el Parlamento!

   Cuando se empezaron a conocer los primeros datos sobre las correrías de Guerrero, sus juergas, borracheras y toneladas de cocaína, convirtieron estas características en una especie de marca para toda la Administración andaluza. Teníamos los chorizos más vulgares de todo el Estado, nada que ver con el seny de los delincuentes públicos catalanes o con el glamour de los protagonistas de la Gürtel. Pero, cuando el público realmente se rindió a los pies de la juez Alaya, y la cubrió de alabanzas entusiásticas, fue cuando elevó el tiro y, según sus propias palabras decidió “dar un paso cualitativo” de la instrucción y apuntar al más alto nivel de la política andaluza.

   El delito, dejó en ese momento de ser individual, contable y objetivable, para convertirse en una simple cuestión de organigrama. El verdadero punto culminante de la juez Alaya no es la imposición de una fianza millonaria a Magdalena Álvarez, sino la imputación de 24 ex altos cargos de la Junta de Andalucía por el simple hecho de haber ejercido como directores generales, secretarios técnicos o puestos de responsabilidad en el Gobierno, sin que se detallen las actuaciones delictivas concretas y personalizas. El foco se desplazó de los Guerrero, Lanzas y Cía, a los más elevados puestos de la política. La tesis principal de la juez Alaya es que existió una conspiración de alto nivel para facilitar el robo de caudales públicos. Se supone que existió en Andalucía toda una banda organizada de altos cargos que se coordinaban para facilitar los delitos. ¿Qué ganaban con ello? ¿A quién encubrían? ¿Qué pruebas existen? No se conoce la respuesta a ninguna de estas preguntas.

   Todavía no se ha diagnosticado como patología, pero la misopolítica es una nueva enfermedad que recorre España. No se ha determinado el agente causante de la misma ni la forma de sanarla, pero presenta síntomas muy comunes: un tremendo malestar en la boca del estómago, una irritación profunda que no atiende a argumentos, un ansia desmesurada de descargar las tensiones en los representantes públicos, sin distinciones.

   Los políticos son culpables per se. Da igual si se han enriquecido o no con la comisión de los delitos; si su falta fue no vigilar de forma suficientemente eficaz o cobrar por el crimen.

   La instrucción de la juez Alaya es una mina para los estudios semánticos de desplazamiento de los contenidos. Así, el procedimiento de las subvenciones, considerado “inadecuado” por la Cámara de Cuentas, se convierte en “irregular” y, a renglón seguido, en “ilegal”.

   Debemos a la juez Alaya el uso del término “preimputado” que no existe pero que es una indeleble letra escarlata. Pero, quizá la elaboración más novedosa sea la de considerar que el Parlamento de Andalucía aprueba leyes “ilegales”. Que se sepa, las leyes —en una democracia, claro— no son ilegales más que si así lo declara un tribunal competente o el Tribunal de Justicia Europeo.

   Presuponer que las leyes aprobadas por el Parlamento de Andalucía son ilegales y que su finalidad era ayudar a una red de delincuentes a robar dinero público, convierte a todos los representantes públicos en cómplices del delito o en descerebrados personajes que no se enteraban del contenido de las leyes.
En esta trama sin fin, la juez ya ha solicitado la transcripción de los debates del Parlamento de Andalucía para determinar en qué medida conocía o participó en esta macroconspiración.

   La juez Alaya, en un acto inaudito, desvela que “con probabilidad cierta” sus imputados serán condenados. El populismo penal triunfa plenamente: todos culpables, todos chorizos, todos ladrones. Pero no es verdad. Hay quien robó dinero público y quien no lo hizo. Hay responsabilidades penales y responsabilidades políticas y no se puede meter todo en la misma coctelera porque afecta a nuestra democracia, a nuestra autonomía y, a la larga, al prestigio de la justicia.

lunes, 10 de marzo de 2014

MALLAS ANTITREPA, POR FAVOR


Publicado en El País Andalucía 

   La ceremonia de los Óscar fue muy injusta con el cine español. Nuestra producción de ficción se merece el reconocimiento internacional por su originalidad, atrevimiento y puesta en escena.

   Sin ir más lejos, la película sobre la ola de inmigrantes en Ceuta y Melilla merece, como mínimo, un Óscar al mejor montaje, mejor guión original y mejor diseño de producción. La parte de los actores, sin embargo, es la más débil. Aunque los inmigrantes están perfectos en sus papeles, hubiera sido preferible un actor principal algo más agraciado y menos hierático, aunque hay que reconocer que su personaje va ganando intensidad dramática hasta llegar a esa escena final en la que, completamente solo, se enfrenta a la inmensidad del mar y graba con su teléfono móvil la línea de vallas fronteriza con Marruecos.

   Sus creadores confiesan que la muerte de 15 inmigrantes en las playas del Tarajal fue su fuente de inspiración: “Teníamos un material de baja calidad, en el que agentes españoles disparaban balas de goma y botes de humo contra un grupo de personas que pretendían alcanzar la costa. De repente alguien dijo: ¿por qué no evitar el drama humanitario y convertirlo en una invasión casi alienígena? Nuestro público no son cuatro puristas preocupados por los derechos humanos, sino una gran masa deseosa de encontrar enemigos exteriores”. “Además —argumentaron los más atrevidos— la moda xenófoba triunfa ya en media Europa y en España es todavía un filón a medio explotar”.

   Dicho y hecho, el guión cambió la historia real. El episodio piloto obtuvo un gran éxito. Los asaltos a las vallas reunían todos los requisitos cinematográficos: acción, violencia, amenaza. Toda una horda de negras figuras se disponía a entrar en un país inerme y desesperado por la crisis. Es cierto que hubo que alterar algunos datos esenciales. El 99% de la inmigración ilegal no entra por las alambradas de Ceuta y Melilla, sino por aeropuertos y carreteras pero, reconózcanlo, no son lugares tan cinematográficos como las vallas. Apenas unos miles de personas entran cada año por este procedimiento, pero el guionista difundió muy pronto el bulo de que 40.000 subsaharianos estaban junto a la frontera preparados para el asalto. Una cifra que, con los últimos retoques del guion, subió a 60.000 y hasta 80.000 en la postproducción final.

   También había que ocultar otros datos reales. La cifra de inmigrantes en nuestro país ha descendido en más de un millón de personas en los últimos dos años. Pero la verdad no debe estropearte una buena historia. Lo importante es crear emoción en el espectador, hacerles vivir la experiencia de una amenaza en las puertas de su país, suscitar los sentimientos más primarios de miedo al extraño y a la negritud.

   Si algo tiene el cine, es la virtud de hacernos olvidar por unas horas nuestros problemas. Y esta película lo consigue plenamente. Los distribuidores fueron conscientes del éxito de su producción cuando escucharon en la barra de un bar que las conversaciones ya no giraban en torno al paro, los recortes sociales o la corrupción sino sobre la amenaza de la inmigración, las enfermedades que traen, los puestos de trabajo que quitan.

   Se trataba, también, de reconstruir la historia de buenos y malos que la muerte de 15 inmigrantes había desdibujado. La frase del protagonista principal pasará a la historia: “Si se la conoce por benemérita es por algo”. No busquéis más. Ahí están todas las respuestas. Los que se apiadan de los inmigrantes y piden investigar la verdad se convierten en cómplices de los asaltos. Se les conmina a resolver uno de los mayores problemas de la humanidad en cinco minutos: ¿Qué queréis? ¿Abrir las puertas de par en par? ¡Contesta! ¡Venga!

   La película tiene un final abierto, pero feliz. El ministro, entre abrazo y abrazo a las autoridades que tanto han sufrido con estos sucesos, proclama que van a instalar “unas mallas antitrepa” que evitarán los asaltos futuros. ¡Qué lastima que no se instalen “mallas antitrepa” en todas las dependencias oficiales para que no perpetren estos asaltos a nuestra conciencia!

NO ME LLAMES FEMINISTA


Publicado en AndalucesDiario 

    “Si algo bueno he sacado de ese fracaso amoroso, es la posibilidad de volver a estudiar”, me dice Laura, una alumna de 24 años, con lágrimas en los ojos: “Me casé muy joven. Estaba muy enamorada. Era un chico algo mayor que yo, buena persona, alegre y sin miedo a la vida… pero no quería que estudiara. No lo expresaba directamente. Me ponía inconvenientes, excusas… decía que más adelante podría hacerlo, que no era el mejor momento, que me necesita a su lado”. “Después rompió conmigo –me relata–. Me pidió perdón cientos de veces. Ya te digo que era una buena persona y lo único bueno que saqué es que por fin pude cumplir mi sueño de estudiar”.

    Doy clases en un instituto nocturno. La mayoría de los estudiantes tienen 22 o 23 años y han vuelto a los estudios después de mucho tiempo. Abandonaron la educación por distintos motivos. En el caso de los chicos porque consiguieron trabajo y lo han perdido con la crisis; en el caso de las chicas, también hay algún fracaso laboral pero, en general, abandonaron los estudios porque su familia las necesitó para cuidar a alguien enfermo, tuvieron un embarazo adolescente o un amor que les hizo borrar las fronteras de la realidad.
No son historias de hace cincuenta años, sino vidas actuales, trastiendas secretas de la historia que se escribe con letras minúsculas. Espacios de la vida donde no ha entrado el sol de la simetría, de la igualdad, y que aparecen como conflictos inevitables, particulares, vividos como un fracaso particular. Mientras esto ocurre, es de “buen gusto” proclamar el fin del feminismo, banalizar las palabras, salir del conflicto por la tangente. Alguna famosa proclama que no es feminista porque “le gusta pintarse las uñas y que le abran la puerta”. Otras, más atrevidas, se niegan a calificarse como feministas porque “no están resentidas contra los hombres”,  “no son extremistas” o “porque adoran a su familia”. Finalmente están las que declaran no ser partidarias “ni del feminismo ni del machismo” como si entre la igualdad y la opresión hubiese un territorio neutral.

    Hannah Arendt ya nos advirtió de los peligros de banalizar el mal, pero nadie nos ha advertido de las consecuencias nefastas de banalizar el bien. El feminismo es un movimiento que tiene como objetivo conseguir la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Es de las escasas corrientes de pensamiento igualitario que ha impregnado todo el planeta y que ha conseguido impulsar uno de los mayores cambios sociales en la historia de la humanidad. El feminismo es el curso primero de democracia y, allí donde escasea (que se lo pregunten a Malala o las feministas de los países árabes), la democracia brilla por su ausencia. Por eso, proclamar que este beneficioso movimiento es algo prescindible, “demodé”, incómodo o radical, no sólo denota una gran incultura sino que niega la mayor parte de los avances sociales.
Banalizar o desprestigiar el movimiento feminista tiene el coste suplementario de dar cuerda al reloj de la historia con rumbo al pasado. Si suprimimos el feminismo, como instrumento para conseguir la igualdad, dejamos sin relato, sin instrumento de cambio a millones de mujeres que siguen soportando opresiones feroces, pero también pequeñas opresiones que rompen sus vidas.

    Es verdad que detrás de esa afirmación de “yo no soy feminista”, se expresa muchas veces la negativa a ser etiquetado, el horror a los “–ismos”, el afán individualizador en el que se mueve la sociedad actual. Pero no hay una forma tan estúpida y borreguil  de defender la individualidad que aceptar acríticamente las anti-etiquetas que el mercado fabrica.

    El desprestigio del feminismo es una actitud torpe, insolidaria e  injusta. Torpe porque denigrando el feminismo estás destruyendo el frágil suelo sobre el que te levantas;  injusto y desagradecido porque no reconoces el mérito de los miles y miles de mujeres que han dado su vida para allanar tu camino en esta sociedad e insolidaria porque sin el relato del feminismo, la historia de millones de mujeres dejaría de tener sentido. Sus vidas interrumpidas, sus sueños rotos, serán una suma de fracasos individuales de los que solamente ellas son responsables. Antes de decir “yo no soy feminista”, piensa que ésta es tu revolución, la que ha cambiado la faz de las ciudades y los pueblos, la más eficaz e incruenta de la historia de la humanidad y que si sigue molestando será porque todavía tiene todo su sentido.

lunes, 3 de marzo de 2014

MEZQUITA, A SU PESAR

Publicado en El País de Andalucía 


   La primera vez que visité la Mezquita de Córdoba no entendí nada. Tendría unos 11 años y, sin saberlo, estaba acostumbrada a buscar un centro, una jerarquía de imágenes, un orden del escenario y del espacio. Contemplaba con curiosidad a los mayores que caminaban entre las columnas como si flotasen, con los ojos muy abiertos y una forma de mirar que pretendía abarcar todo el espacio.

   Muchos años después lo entendí todo. O no lo entendí, pero sentí la misma sensación de flotar en un enigma matemático, en un bosque que modificaba sus perspectivas con mis pasos como ocurre si paseas por un mar de olivos que siempre conserva simetrías y líneas imaginarias. La Mezquita se me apareció entonces como una ensoñación, una ciudad de la mente, un enigma basado en el juego de contrarios, de luces y de sombras, de imposibles simetrías. Parecía igual en su trazado, pero si detenías tu mirada, encontrabas que la uniformidad también era un juego engañoso. Cada capitel, cada columna era distinta; hablaba el lenguaje de lo diverso con el verbo de lo único.

   Se suele olvidar que, de todos los cultos, el más universal es la belleza. No sé qué sentimiento de admiración y de arrobo nos produce la contemplación de una obra de arte, ni por qué nos provoca esa suspensión del tiempo tan parecido al creyente ante su altar. Sólo digo que la Mezquita de Córdoba era ya Patrimonio Mundial mucho antes de que la Unesco lo proclamara. Millones de personas que hemos tenido la suerte de visitarla caímos rendidos ante esta belleza abstracta, conceptual y extraña.

   En pleno siglo XXI, cuando deberían haberse dado por superadas las guerras religiosas, el monumento cordobés está sufriendo una doble acometida: por una parte, el miedo al islamismo redivivo, por otra, la determinación de la Iglesia católica de afirmar sus posesiones y poner su bandera como única vencedora de las viejas contiendas. Gracias al trabajo de una plataforma cordobesa y a los esfuerzos de personas como el profesor Antonio Manuel Rodríguez, hemos conocido que por el módico precio de 30 euros, y en aplicación de una ley inconstitucional que concede a las autoridades religiosas católicas la capacidad de ser fedatarios públicos, se ha “inmatriculado” La Mezquita. De esta forma, si la ciudadanía y las instituciones no lo remedian, a partir de 2016 la Iglesia católica será propietaria única de todo este recinto, mayor que la Basílica de San Pedro.

   Aunque la “inmatriculación” no concede inmediatamente la propiedad, la Iglesia nos ha dado ya muestras suficientes de cómo será su gestión. Para empezar, ha borrado el nombre de mezquita de todos los folletos y páginas informativas y lo ha sustituido por el de Catedral de Córdoba. La maniobra es torpe y completamente impopular. Ya lo dijo Carlos V hace cinco siglos: “Habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes". En todas las ciudades importantes hay bellas catedrales, pero solo Córdoba tiene una Mezquita tan singular.

   Además de este cambio de nombre, la Iglesia ha convertido la visita al recinto en un recorrido religioso y cuentan los que han hecho el circuito nocturno, al módico precio de 18 euros, que más que un recorrido cultural es una profesión de fe.

   Es aceptable que la Iglesia gestione la catedral así como los oficios religiosos que se desarrollen en ella, pero supone una privatización inaceptable que se adueñe de todo el monumento e imponga una visión cultural e histórica de este patrimonio común.

   La Mezquita de Córdoba fue declarada Patrimonio Mundial por su belleza, su valor cultural y por transmitir valores de convivencia. Es también el principal atractivo cultural de Córdoba y en nada le favorece una gestión sectaria y confesional de su proyección. La mejor forma de garantizar su futuro es declararla patrimonio público bajo cualquier forma de gestión que garantice la representación de todas las Administraciones. Y el reloj ya ha iniciado la cuenta atrás, antes de que la apropiación de un bien común se consume.

CATALUÑA: DUDAS DESDE EL SUR Y LA IZQUIERDA

Publicado en el diario Público en la sección Espacio Público y en torno a la ponencia de Vicent Navarro

La primera en la frente: ¿realmente la pregunta importante es la afirmación o no del derecho a decidir? Si es así adelanto la respuesta para facilitar el debate. Rotundamente si. Líbrenme mis principios de negar el derecho que asiste a la ciudadanía de decidir, pero a estas alturas del debate todos sabemos que no estamos discutiendo sólo sobre este principio democrático sino sobre los contenidos que lo acompañan.

Demasiadas veces hemos caído en la trampa de la metáfora del tren: acompáñenos en este tramo del trayecto que después podrá bajarse en la próxima estación. En demasiadas ocasiones hemos comprobado que después nuestra parada no existía y que para desplazarse no era sólo necesario revisar el tren sino haber participado en el diseño de las vías y hasta en los horarios y las paradas.

La segunda duda se refiere al procedimiento, o sea, el planteamiento del referéndum. Mi reserva no es jurídica. Hay fórmulas políticas y legales para hacerlo posible. Contemplo, atónita, la idealización de los referéndums como forma excelsa de consulta popular y como palanca de los cambios sociales. Perdonen que no me levante. Puedo citarles diez o veinte referéndums posibles en los que las posiciones progresistas, e incluso democráticas, serían derrotadas (cadena perpetua, supresión de sueldos a diputados, supresión instituciones autonómicas…) Y es que en democracia, lo sustancial no es el triunfo de la mayoría sino la pluralidad, el respeto a las minorías y su posibilidad de dejar de serlo. En cualquier caso el proceso catalán debe ser consultado a la ciudadanía pero de forma que pueda optar entre todas las alternativas posibles. Un sí o un no no es suficiente, ni tampoco un doble sí o un doble no. En especial la posición federalista queda en una desventaja evidente. Por muchas interpretaciones benignas que se quieran hacer, la alternativa federalista es invotable porque no tiene hueco real (sólo subsidiario e interpretativo) en el enunciado de la pregunta que se ha acordado.

Tercera duda: el verdadero debate no se está produciendo. La situación actual me recuerda aquellas viejas asambleas de la universidad donde consumíamos el tiempo discutiendo y votando si se debería votar. Se crean así bloques ficticios que apenas comparten objetivos entre sí excepto la discusión de la norma o del fuero. Conocemos muy bien las posiciones del PP respecto al modelo de Estado y hemos sido testigos de su desprecio a Cataluña (y también a Andalucía, añado) pero estamos ayunos de las propuestas concretas del resto de las fuerzas políticas y sociales más allá de la insatisfacción y el hastío de la política actual. Si se autorizase la consulta (algo que debería de hacerse sin reparos) quedaría al desnudo la ambigüedad de una gran parte de las fuerzas políticas catalanas.

En cuarto y último lugar (de momento), “Cataluña” (gran simplificación, perdonen) no quiere aliados en este proceso. El relato épico de su confrontación con el Estado se ha vuelto local y aislacionista. Ha borrado de la historia el hecho evidente de que la misma mano que oprimía a Cataluña y que la privaba de sus derechos, oprimía las libertades y cercenaba las posibilidades de desarrollo de otros lugares, singularmente Andalucía y, en general, de las clases populares. Incluso los recortes, la desigualdad y el desmantelamiento de derechos y servicios sociales actuales se anotan como agravios territoriales y no cómo resultado de las políticas neoliberales contra todos. Tampoco las cúpulas políticas catalanas muestran simpatía ni sinergia alguna con las demandas de autogobierno de otros lugares como es el caso de Andalucía. Que se pisoteen leyes andaluzas, se cercene su autonomía o se estrangulen sus iniciativas no obtienen ningún eco en ese territorio. E incluso el debate sobre las balanzas fiscales no se ha dirigido contra la opacidad del Estado o el centralismo redivivo sino contra la periferia que “vive de las rentas”, en una gozosa coincidencia con el discurso de la Comunidad de Madrid.

Desde la periferia territorial y desde la izquierda, somos muchos los que deseamos un Estado Federal, un nuevo pacto en el que las comunidades que lo deseen asuman nuevos espacios de autonomía política y de capacidad de decisión, pero el debate catalán, tal como está planteado, no tiende la mano a abrir un nuevo marco político, ensimismado en su propio laberinto. Cataluña, en su derecho a decidir, podría tener fuertes aliados si el debate se planteara en estos términos y la derecha española quedaría aislada en su viejo sueño imperial. Desgraciadamente no es así y el tren pita anunciando su inminente puesta en marcha.

CONTRA LA DESESPERANZA

Publicado en El País de Andalucía

   Hace algún tiempo cumplió 50 años mi amigo más querido y le pregunté cómo se sentía. Me respondió que tenía la impresión de haber subido un monte empinado pero que había llegado por fin a la cima. Me dijo que le faltaba algo de aliento y que su cuerpo acusaba un cierto cansancio pero, en compensación, podía disfrutar de un amplio paisaje ante sus ojos.

   Cada año que pasa recuerdo esta conversación. La vida es una cuestión de perspectiva. El problema es que el conocimiento que atesoras, el más íntimo y personal, no se puede transmitir. Las palabras con las que pretendes expresarlo se desvanecen antes de ser pronunciadas. Es un secreto intangible que solo a ti te pertenece. Algunas, muy pocas veces, tienes la sensación de descubrirlo en una mirada ajena y entonces se enciende una chispa de complicidad de los que comparten un dulce secreto.

   Quisieras descubrir un territorio libre de nostalgia. Un espacio en el que poder volar sin ataduras ni pesados equipajes, habiendo aprendido del pasado pero sin su peso. Y vuelves los ojos a la música, al arte, a la creación donde la atmósfera es menos pesada y se aceptan con facilidad los balbuceos y las contradicciones.

   Pienso en todo ello a propósito de la distinción de Miguel Ríos como hijo predilecto de Andalucía. Decía Baudelaire que aceptar un premio concedido por el poder es también una forma de reconocer su derecho a castigarte (¡ay, esos poetas malditos que no nos dejan disfrutar las mieles del triunfo!) pero en el caso de Miguel Ríos, es el reconocimiento a un artista que se sacudió el pasado a manotazos y creó un territorio de libertad; a toda una generación de artistas andaluces que hicieron de su música un territorio libre de nostalgia y con hambre de futuro.

   Miguel nos recuerda que los sueños que tuvimos fueron buenos sueños, que nuestro único error fue abandonarlos, convertirlos en un rito, emprender el camino del conformismo y liquidar todo rastro de autenticidad. Quisimos educar a los hijos con palabras, que no con hechos; con celebraciones, que no con compromisos y ahora se han quedado inermes ante el vendaval de la crisis. No saben qué hacer con sus manos, no tienen costumbre de pelear, ni armas mentales, ni técnicas de defensa.

   Por lo demás, son los restos de estos sueños los que todavía nos permiten sobrevivir y no acabar cuerpo a tierra. Sobre todo en el sur, expertos en subvertir las derrotas, conquistadores de verdugos, donde la alegría y la sociabilidad ponen sordina a nuestros males.

   Va a hacernos falta un nuevo sueño andaluz porque no podemos vivir entre la añoranza del pasado y el desaliento del futuro. Tuvimos nuestros poetas, nuestros cantantes, nuestro 28-F. El pasado nos da una base pero hacen falta nuevos materiales para este edificio. Mientras tanto nuestro futuro está en la calle, haciendo cine con crowdfunding, subiendo su música a Internet, huyendo de la quema al extranjero, consumiendo su saber y su talento en las colas del paro. Nunca en la historia hemos tenido un sentimiento tan acusado de estar tirando al mar nuestros mayores tesoros. La impotencia es un manojo de ortigas que nos irrita sin cesar. Pero no puede ser tan difícil utilizar los nuevos talentos, aprovechar las nuevas energías sociales para dar un salto adelante.

   Lo hicimos cuando el 30% de nuestra tierra era analfabeta, cuando apenas teníamos jóvenes con estudios universitarios, cuando un millón de andaluces estaba en el exterior, cuando la mitad femenina de la población empezaba a pelear por su presencia en la esfera pública… ¿Cómo no conseguirlo ahora? Sólo hace falta una chispa de esperanza, un manotazo a la resignación y un empujón de rebeldía. O como dice una canción de Miguel Ríos: “Ponte un escudo de acero contra el desaliento porque no habrá un tiempo mejor que el que inventemos”.

   Precisamente ahora, cuando las libertades que no sean las del dinero están en cuestión y se practica de forma masiva el deporte de la desesperanza, quizá no esté de más revisitar nuestros sueños, recuperar las esencias de la rebeldía: sentir el dolor de estar vivos, el placer de estar vivos, dar cuerda a la máquina interior que nos pone en marcha y como en el viejo rock Born to run exclamar: “Agárrate fuerte porque, pase lo que pase, nunca volveremos atrás”.
 @conchacaballer

SUSANA, PERO EN NEOLIBERAL

Publicado en El País de Andalucía

   Hay coches que aceleran de cero a cien kilómetros en tan solo unos segundos. Hay partidos que recogen 10.000 avales en unas horas. Hay cambios de tiempo que oscurecen el cielo en unos minutos. Hay formaciones políticas que cambian de opinión con la velocidad de un rayo. Hay religiones y sectas integristas que solo obedecen al mandato divino. Hay partidos que solo actúan bajo mandato divino pero tienen el deber de negar su existencia.

   Ser del PP en Andalucía consiste en sentarse a esperar lo que decida Madrid y aplaudir con entusiasmo la resolución. Ser del PP en Andalucía obliga, también, a ocultar las heridas, negar lo evidente y aprender a poner cara de póquer ante cualquier acontecimiento.

   Mariano Rajoy, antes de tomar el avión rumbo a Turquía, autorizó a comunicar que Juan Manuel Moreno era su hombre de confianza en Andalucía. A partir de aquí, en una perfecta cadena de mando, estallaron los aplausos y los perdedores se enjugaron a escondidas las lágrimas de la derrota. En apenas una hora se construyó un relato hagiográfico del candidato. Lo más curioso es que te aseguran, sin el menor sonrojo, que el futuro líder del PP tiene “un perfil muy parecido a Susana Díaz”.

   Un poeta inglés dijo hace siglos que “la imitación es la forma más sincera de adulación” y desde luego esta imitación lo es porque se hace sin pudor alguno, sin caer en la cuenta de que durante meses han vapuleado el perfil político y profesional de la presidenta de la Junta de Andalucía hasta decir basta.

   Ya sé que recordar es un ejercicio molesto en la política pero, en este caso, los hechos son tan recientes que produce admiración tan intencionado olvido. La juventud de la presidenta de la Junta era un rasgo negativo e incluso se lamentaban de que el destino de Andalucía fuese a caer en manos de niñatos sin experiencia alguna. Son los mismos que ensalzan la juventud de su nuevo líder y el empuje que representa.

   La trayectoria profesional de Susana Díaz los indignaba. El hecho de que desde su juventud se hubiese dedicado a tareas políticas, les parecía un insulto a la inteligencia. ¿Dónde ha trabajado? —se preguntaban—, ¿qué currículo profesional la avala?, ¿cómo podemos confiar —dijeron literalmente— en alguien que “no ha trabajado en su vida en la empresa privada ni ha hecho oposiciones en la Administración pública”? Pues bien, Juan Manuel Moreno , graduado en Protocolo y Eventos y varios años mayor que Susana, jamás ha ejercido ninguna actividad fuera del PP. Sin embargo, esto no le acarrea ninguna crítica, sino que simboliza la lealtad y constancia de su vocación política.

   Todo ese ramillete de insultos —y muchos más sobre sus orígenes o carácter—, se vuelven flores ante la figura del presidenciable popular; los calificativos más groseros se tornan alabanzas por la renovación y sencillez; su forma de elección, un simple accidente que carece de importancia. Lo sustancial es que el modelo Susana o, mejor dicho, lo que el PP interpreta como modelo Susana, ha triunfado en la comunicación política y ellos están dispuestos a seguir esta moda.

   Pero, no hay forma sin contenido. En primer lugar, Susana Díaz manda realmente en su fuerza política. Su mentor se retiró generosamente de las esferas de poder de Andalucía. Sin embargo, en el caso de Juan Manuel Moreno, es muy visible la mano de Javier Arenas en el proceso y, con bastante probabilidad, en el equipo de dirección. En segundo lugar, el PP ha resucitado la vieja herida entre Málaga y Sevilla y que es la forma más segura de no tener proyecto andaluz. En tercer lugar, el PP andaluz ha dejado de existir y la prueba más evidente de ello es que ni siquiera ha sido capaz de elegir por sí mismo su candidato, mientras que el PSOE existe en Andalucía más que en ningún otro lugar e incluso es decisorio en todo el Estado.

   Finalmente, lo más importante es la política que el nuevo candidato defiende. Hasta ahora, lo más sobresaliente de su gestión política ha sido un recorte brutal a la ley de Dependencia, a la que no se ha privado de tachar de clientelista en multitud de ocasiones. Recortes y sumisión al Gobierno de Rajoy no son el mejor aval en esta tierra.

MISTERIOSA DESAPARICIÓN DEL PP ANDALUZ

Publicado en el País Andalucía

   La situación que vive el PP en Andalucía es demencial. No es que carezca de un candidato sino de una mínima dirección política, una orientación común o unos portavoces que concierten sus intervenciones. Así han calificado algunos comentaristas afines al PP la situación actual de la organización andaluza: “pollo sin cabeza”, “farsa”, “estúpido espectáculo”, “chapuza” y “caos”.

   Cualquier fuerza política puede atravesar un periodo delicado, pero lo que destaca en el caso del PP de Andalucía es que parece haber sido borrado del mapa de un plumazo y entregado a una sociedad administradora con sede en Madrid. Con el trabajo que le costó al PP aprender a cantar el himno de Andalucía, real y metafóricamente hablando, su forma de abordar esta crisis está dilapidando el escaso bagaje andaluz conseguido a duras penas.

   Ya no hay partido andaluz, hay una clara franquicia que se administra desde el exterior. Los andaluces han sido ninguneados en todo este proceso y la iniciativa, la resolución del problema depende sólo y exclusivamente de su dirección central.

   Tampoco existe el concepto de organización como un colectivo que ejerce su soberanía. El derecho a decidir, en este caso, no sólo está residenciado en Madrid sino que se encuentra personalizado en la figura de Rajoy, que ni siquiera comparece en plasma ante sus militantes andaluces. Dicen que en las últimas semanas se le ha escuchado exclamar: “A mí nadie me marca ni los plazos, ni los tiempos, ni las personas”. No es dedazo, no; es algo más cercano a la voluntad divina.

   También ha quedado muy clara la prioridad que tiene Andalucía en la agenda del omnímodo presidente del PP: absolutamente ninguna. Es un molesto asunto que se puede postergar sin coste alguno, aunque ello suponga someter a la agonía a una organización completa y a un calvario a los posibles candidatos. El más citado, José Luis Sanz, es un novio compuesto y continuamente desairado por la dirección estatal (y única) del PP. “Paciencia, José Luis”, le recomienda un desubicado Zoido que no sabe ya muy bien desde qué cargo habla.

   El provincianismo y provincialismo de la derecha andaluza, que había sido uno de sus mayores problemas para ser una fuerza andaluza, han vuelto a expresarse con enorme virulencia. Los proyectos localistas, el afán de competencia y la suicida confrontación de Málaga con Sevilla, vuelven a ocupar el lugar de honor en la agenda del PP y en las demandas de sus direcciones. Al mismo tiempo, empieza a desvanecerse la fuerza municipalista que le hizo arrasar en las últimas elecciones locales, donde consiguió gobernar la práctica totalidad de los grandes Ayuntamientos andaluces.

   Además Andalucía, sin sustancia propia, sin líderes ni discurso, es hoy el terreno de juego de las baronías del PP y del juego de ajedrez de Cospedal, Soraya, Arenas o el propio Mariano Rajoy, al que le encanta neutralizar cada reino de taifa con dos visires que agoten sus esfuerzos en sus pugnas particulares y lleguen exhaustos a las arenas del poder. Cospedal se la juega si finalmente no consigue que José Luis Sanz sea elegido, pero Arenas se juega el ser o la nada en el equipo de dirección.

   La excentricidad de que Javier Arenas permanezca en el Parlamento de Andalucía sin función alguna se revela ahora como una jugada intencionada. El líder de la derecha andaluza no se resigna a perder su territorio y está viviendo este periodo como una retirada estratégica temporal. Sus seguidores consideran que el PP Andaluz es creación de Javier Arenas y que sin él carece de sentido. Su pretensión no es tanto decidir el cabeza de cartel del PP en Andalucía, sino el equipo que controlará el partido en los próximos tiempos. Sobre todo, porque el escenario que se dibuja no es el del éxito, sino el de una derrota que da por descontada. Con este panorama, lo importante es controlar el día después del fracaso electoral y colocarse nuevamente en el centro del escenario. ¿Soportará José Luis Sanz estas exigencias? Rajoy mira con indiferencia. Nunca han cantado bien el himno de Andalucía, pero ahora desafinan en todas las notas.

YO QUIERO SER INVISIBLE

Publicado en El País Andalucía

   Nunca entendí ese deseo. Cuando, de pequeños, nos preguntaban qué cualidad de superhéroe quisiéramos tener, algunos niños decían que la de ser invisibles.No comprendía qué clase de sueño era ese ni qué ventajas tenía esa condición. ¿Espiar a todos sin ser descubierto? ¿Comerte los pasteles y las chucherías a escondidas? ¿Acaso robar sin miedo a ser sorprendido?

   A mí me parecía mucho más interesante volar por el cielo y llegar en un instante a cualquier ciudad del mundo, leer los pensamientos de la gente o aprender cualquier habilidad simplemente leyendo un libro a velocidad de vértigo. ¡Qué equivocada estaba! El verdadero signo de poder ha resultado ser completamente invisible.

    Es más, los poderosos, los que de verdad dominan el mundo, son en realidad invisibles a nuestros ojos. Alguien me podrá decir que hay millones de personas pobres, desposeídas, que son también invisibles pero no es cierto. Los vemos en las calles y en los informativos. Los conocemos cuando un huracán arrasa una costa, cuando una hambruna ruge en el corazón de África, cuando una guerra estalla en cualquier lugar del mundo. A veces están en la puerta de nuestra casa, con la mirada perdida y un rostro que saben que no recordaremos. No. Los pobres no son invisibles, sino silenciados. Sus rostros existen. Nos miran y no los miramos para eludir cualquier responsabilidad hacia ellos. Nos negamos a concederle una singularidad, una individualidad que les otorgue un estatuto de igualdad como seres humanos. No son invisibles, sino anónimos.

    Desde que Andy Warhol proclamara que “cada ser humano debería tener derecho a 15 minutos de gloria” la mitad del mundo corre tras las cámaras de televisión, o se planta ante su propio móvil para conseguir esa pizca de paraíso artificial que, aunque efímero, dará sentido a su vida.

    Pero los realmente poderosos rehuyen los focos. El verdadero toque de distinción es no salir en los medios de comunicación, no comparecer, no someterse a escrutinio público, no responder de sus acciones. Si acaso ser citados, nombrados, pero nunca convertirse en objetivo público.

    Los ricos del siglo XXI han aprendido una única lección desde la revolución francesa y de todas las revueltas populares: que sus palacios y ostentaciones no pueden estar en el mismo barrio donde viven sus víctimas. Los poderosos, ahora, no se exhiben ante los pobres, sino ante ellos mismos; no enseñan sus bienes a los desheredados, sino a los de su misma especie; se han vuelto invisibles a la sociedad y han mandado una horda de lacayos para que, en caso de necesidad, contengan la ira de los de abajo.

    Han creado la ficción de que no existen. Han conseguido convencernos de que son sus intermediarios o voceros quienes los representan. Se han hecho invisibles a nuestros ojos y han cumplido el viejo sueño de robar a escondidas con la impunidad garantizada que otorga el saber que no vas a ser descubierto.
Hay en España 40.000 millones de euros circulando en billetes de 500 y la mayoría de la población no los ha visto nunca. En Andalucía proliferan como las setas tras la lluvia. Las miles y miles de personas que trabajan sin alta en seguridad social o con contratos ficticios no han visto nunca ese papel aunque sus salarios, pagado en billetes más pequeños, salgan de ese mercado negro. Los billetes son morados como el color del sufrimiento que producen. Pero nadie conecta una realidad y otra. El billete morado con la falta de derechos, el billete morado con la radical injusticia social, el billete morado como fracaso del Estado, de la política y del bien común. El billete morado como el color negro de una economía sin sentido.

   El sueño de la invisibilidad se ha hecho realidad. Los verdaderamente ricos, los realmente poderosos son invisibles. Sólo de vez en cuando una estadística nos recuerda su existencia: “Veinte personas en España tienen tanta riqueza como nueve millones”, “el mercado de lujo ha crecido en 2013 un 15%”, “las rentas del capital subieron el pasado año casi un 4%”... Durante unos segundos la noticia nos enerva pero, como no podemos ponerle rostro, nombre ni dirección, la indignación se consume como un fuego fatuo o se estrella contra objetivos equivocados. ¡Ay, esos canallas invisibles!