viernes, 20 de febrero de 2009

REVOLUCIONARY ROAD



¿Cuándo se rompen, en realidad, los sueños de la juventud? ¿En qué justo momento hemos dejado de ser “especiales” para doblegarnos ante las convenciones sociales?
¿Es posible escapar del inevitable vacío de la vida?
Ayer fui a ver Revolucionary Road, una película que trata de todo esto, de la infinita tristeza que producen los bienes materiales cuando por dentro se consume el escaso fuego que alimentaste en tu juventud. Si no te gustaron títulos cinematográficos como “Las horas” o “American Beauty” es mejor que no vayas a verla, sin embargo si te gusta ese discurrir del tiempo, de espacios que se cierran, de diálogos que superan las palabras, esta es sin duda tu película de la temporada.
No es, como se ha dicho, un relato costumbrista de los años 50, de su ferocidad, de la condena doméstica de las mujeres. Es un film que habla de nuestros sueños y de nuestra cobardía a la hora de afrontarlos, de la infinita soledad que nos atraviesa.
Hay, en la película, una escena que me cortó la respiración. Tras una bronca descomunal entre Frank y April, la mañana amanece tranquila. Ella prepara el desayuno y se muestra complaciente y atenta con su marido. Hay algo inquietante en esa perfección doméstica, en el cuidado orden de la casa, en el manejo de los objetos cotidianos. Él apenas se atreve a buscar una explicación para este cambio repentino. Contiene su alegría, el temor, la inseguridad que todo esto le provoca. Teme decir o hacer algo que rompa el hechizo de esa repentina normalidad, anhela que todo sea real, que no se quiebre de pronto en mil pedazos. Se trata, sin embargo, de una de las despedidas más tristes de la reciente historia del cine.
En contra de los finales esperanzados, la película muestra que no siempre tendremos París, que Paris se pierde cuando abandonamos nuestros sueños y nos sumergimos en la tibia rutina de aquello en lo que no creemos.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Maravillosa ella,como lucha por "su" París.
Tienes razón, los diálogos superan a las palabras.
Anoche vimos una gran pelicula, yo también fuía a verla.
Rocío

Ferran Gallego dijo...

Al fondo, la gran novela de Yates (aunque yo prefiera LAS HERMANAS GRIMES). Algunas cosas fundamentales del libro quedan apagadas: el vecino enamorado no es el patán de la película; la propia April tiene un tratamiento menos indulgente en el libro. Esa escena que corta la respiración, sin embargo, está ahí: pero luego, cuando ella queda sola...

"Salió con él y se quedó en los escalones de la cocina, observando, abrazada a sí misma debido al frío, cómo ponía el coche en marcha y arrancaba. El perfil de él, adelantaddo y mirando hacia atrás cuando pasaba de largo, reveló únicamente la sobriedad de un hombre con un perdonable orgullo de saber bajar una cuesta en marcha atrás. April fue hasta un sitio soleado para observar su punto de partida y vio alejarse poco a poco la solueta arrugada del viejo Ford. Al final del camino de entrada, mientras él giraba para enfilar la carretera, un reflejo de sol sobre el parabrisas eclipsó su rostro. April levantó la mano y saludó, por si él estaba mirando, y cuando Frank fue visible otra vez al girar el coche, quedó claro que la había visto. Le estaba sonriendo desde el volante, pulcro y feliz en su traje de gabardina, su resplandeciente camisa blanca y corbata oscura, respondiendo al saludo con un gesto similar, breve y despreocupado. Luego se perdió de vista.

Ella siguió sonriendo hasta que volvió a la cocina para despejar la mesa del desayuno y lavar los platos en el fregadero humeante; sonreía aún, de hecho, cuando vio la servilleta de papel con el diagrama, y ni siquiera entonces menguó su sonrisa; atn sólo se ensanchó, temblorosa, y quedó bloqueada en una mueca rígida mientras los espamos le ganaban la garganta, uno detrás de otro, y las lágrimas afloraban y le corrían mejillas abajo tan rápido como ella era capaz de secárselas.

Puso música en la radio para calmar sus nervios, y cuando terminó de lavar los platos ya se había serenado otra vez. Le dolían las encías de tanto fumar por la noche, las manos parecían empeñadas en seguir temblando, y era más consciente de sus latidos que de costumbre; por lo demás se encontraba bien. Tuvo un sobresalto, pues, cuando el locutor de la radio dijo "Las ocho cuarenta y cinco", a ella le parecían las doce del mediodía, si no más tarde. Se lavó la cara con agua fría y tragó aire a bocanadas, tratando de aminorar el ritmo de su corazón. Luego encendió un cigarrillo y se sentó al teléfono.

-¿Milly? ...Hola ¿Todo va bien? ¿Que mi voz suena cómo? Ah. No, en realidad no me encuentro nada bien; por eso te llamaba...¿de veras que no te importa? Mira, seguramente no hará falta que sea toda la noche; puede que Frank quiera ir a buscarlos, según como le vayan las cosas en la oficina; pero será mejor que no quedemos en nada, por si acaso...No sabes cuánto te lo agradezco, Milly, de veras...Oh, no, no creo que sea nada serio; es que..., bueno, ya sabes cómo son estas cosas...de acuerdo. Dales un beso de mi parte, y diles que uno de nosotros dos irá a recogerlos, si no esta noche, mañana... ¿Qué? Oh, bueno, no , si están jugando fuera no hace falta. No les digas nada -el cigarrillo se le partió en los dedos; lo dejó caer al cenicero y utilizó ambas manos para agarrar el teléfono-. No, mira, les das un beso a cada uno, y les dices que los quiero mucho, bueno, todo eso...de acuerdo, Milly. Gracias.

Y apenas tuvo tiempo de devolver el auricular a su sitio antes de echarse a llorar de nuevo. Encendió otro cigarrillo para dominarse, pero le dio náuseas y tuvo que ir al cuarto de baño y estarse allí un rato, vomitando incluso después de haber sacado lo poco que había ingerido en el desayuno. Después volvió a lavarse la cara y se cepilló los dientes. Tenía que poner manos a la obra.

-¿Lo has pensado bien, April? -solía decirle Calire, blandiendo un dedo artrítico y regordete-. Nunca te propongas hacer nada hasta que lo hayas meditado bien; después hazlo lo mejor que puedas.

Lo primero era poner orden en la casa, y concretamente ordenar el escritorio, donde las muchas horas que había empleado en meditarlo bien la noche anterior habían dejado un cúmulo de vestigios. Allí estaba el cenicero rebosante, el frasco abierto de tinta rodeado de ceniza, la taza de café con el cerco marrón y seco en el fondo. Sólo tuvo que sentarse a la mesa y prender una lámpara para recuperar las crudas y desoladas horas de la madrugada.

En la papelera, apelotonados y arrugados, estaban los intentos fracasados de la carta que había querido escribir. Sacó uno de los papeles y lo alisó, pero al principio fue incapaz de leer: sólo se fijó en que la letra era muy apretada, negra y rabiosa, como hileras de mosquitos cuidadosamente aplastados. Luego, una parte del texto, de media página hacia abajo, se le apreció con claridad:

"...tus cobardes autoengaños sobre 'el amor' cuando sabes tan bien como yo que entre nosotros nunca ha habido nada más que desprecio y desconfianza y una asquerosa dependencia respecto de las debilidades del otro; es por eso. Es por eso por lo que hoy no podía parar de reir cuando dijiste lo de la 'incapacidad de amar', y es por eso que no soporto que me toques, y es por eso que no volveré a creer en nada de lo que tú pienses, en nada de lo que tú digas..."

No quiso leer el resto porque sabía que no valía la pena leerlo. El odio le restaba fuerza, como en las otras cartas abortadas que llenaban la papelera: tendría que quemarlas todas.

hasta las cinco de la mañana -¿realmente hacía sólo cuatro horas?- no había desistido en sus intentos de redactar la carta. Se había levantado a duras penas de la mesa, dolida de cansancio, y había ido a darse un buen baño caliente, quedándose muy quieta bajo el agua también quieta, como un paciente sometido a una terapia. después del baño, sintiéndose distraída y mucho m´s serena, había ido al dormitorio para vestirse; y allí estaba él, durmiendo boca arriba.

Verle a la primera luz azulada del día, espatarrado en sus arrugadas prendas deportivas de los domingos, había sido para ella tan impactante como si hubiera encontrado a un extraño en la cama. Al sentarse para mirarlo de cerca -apestaba a whisky- empezó a comprender el verdadero motivo de su conmoción: era mucho más que la conciencia de que no le amaba. Era que no le odiaba, que no podía odiarle de ninguna manera. ¿Cómo iba a odiarle? El era...bueno, él era Frank.

Luego, Frank había roncado un poco y sus labios habían empezado a moverse al tiempo que le tentaba la mano: "Oh, April. Oh, nena, no te marches"

-Calle. Tranquilo. No pasa nada, Frank. Sigue durmiendo.

Y entonces fue cuando acabó de meditarlo bien.

De modo que no había sido injusto ni deshonesto por su parte decirle que no esta mañana, cuando él le había preguntado si le odiaba, como tampoco había sido ni injusto ni deshonesto servirle un desayuno completo y demostrar un completo interés por su trabajo, y luego darle un beso de despedida. El beso, puestos a pensarlo, había sido perfectamente correcto: un beso casto, un beso amistoso, el beso que se da al chico que acabas de conocer en una fiesta, al chico con el que has bailado y te ha hecho reír y después te ha acompañado a casa, hablando de él todo el tiempo.

El único error real, la única cosa injusta y deshonesta, había sido verle como algo más que eso. Oh, durante un par de meses, sólo por diversión, no habría estado mal jugar con un chico; ¡pero tantos años seguidos! Y todo porque, en una época de soledad sentimental, le había resultado fácil y agradable creerse todo lo que a aquel chico en concreto le parecía bien decir, y devolverle ese placer diciendo ella misma mentiras fáciles y agradables, hasta que cada cual decía lo que el otro más quería escuchar...Hasta que él afirmaba: "Te quiero", y ella afirmaba. "De veras; eres la persona más interesante que he conocido nunca".

¡Qué cosa más sutil y traicionera entusiasmarse de esa forma! Porque tan pronto empezabas era terriblemente difícil parar; y al poco tiempo estabas diciendo: "Perdona, tienes razón, por supuesto" y "Lo que tú prefieras" y "Eres la criatura más estupenda y valiosa del mundo", y a renglón seguido sabías que toda verdad y toda sinceridad quedaban lejos y eran tan desesperadamente inalcanzables como el mundo de los privilegiados. Luego descubrías que tu manera de abordar la vida era la misma con que los Laurel Players abordaban "El bosque petrificado", o como Steve Kovick atacaba sus tambores: intensa, desmañada, llena de jactancia y totalmente errónea; decías sí cuando en realidad querías decir no, y "En eso tenemos que estar unidos" cuando en realidad querías decir todo lo contrario. Luego aspirabas gasolina como quien aspira flores y te abandonabas a un delirio de amor bajo el peso de un hombre colorado y torpe y gruñón que ni siquiera te gustaba -¡Sehp Campbell!- y después te enfrentabas cara a cara, en completa oscuridad, al hecho de que no sabías quién eras."


Cualquier se pone a escribir después de esto...

Anónimo dijo...

Concha, anímate y escribe algo sobre Machado. Mi grupo lo está haciendo, cada cual a su modo. Tú deberías sumarte.
Besos,
Rigoletto

Ferran Gallego dijo...

EL LECTOR y la señora Winslet


Quise copiaros un fragmento de la obra de Yates, que creo que impacta de una forma especial cuando se relaciona con la película. Las palabras de este autor injustamente olvidado y, ahora, gracias a esta película, recordado de nuevo (y no dejaré de recomendar a todo el mundo LAS HERMANAS GRIMES), son de una potencia y contención que muestra un talento deslumbrante, ataviado de una profunda sencillez y precisión del lenguaje.

Hace años leí EL LECTOR de Schlink, un libro cuya versión alemana, Der Vorleser, es de una fácil lectura envidiable para quien se enfrenta a ese endiablado y poderoso idioma. Además, Vorleser tiene un sentido especial que la traducción inglesa o española no acaba de recoger muy bien, porque es "el que lee para alguien." Los registros de interpretación de la Winslet son increíbles: esa estupefacción ante el mundo que la rodea, por la minusvalía que significa no saber leer está reflejada en un rostro asustado, indefenso y, al mismo tiempo, con signos de violencia esporádica y de ternura inmensa por el poder mágico de la palabra. Le leían las más jóvenes, le lee el más joven, como si la debilidad de los lectores permitiera a Hanna una distancia de protección o un dominio carnal (además del pavoroso dominio de Auschwitz). Un relato de Ruth Rendell, "A judgement of stone", fue llevado al cine por Chabrol con el título de "La ceremonia". El asesinado de una familia a manos de una criada que es analfabeta y que contempla el mundo como una constante amenaza. Creo que Chabrol puso la brutalidad donde Rendell había puesto la "alteralidad", la amoralidad del personaje incapaz de clasificar sus emociones. Y creo que, en eso, se conecta con EL LECTOR. Sin embargo, la ambigüedad de la novela corresponde a algo que ocurría en el momento de su publicación, cuando en Alemania se desarrollaba el "Historikerstreit" de los años 80, en el que algunos historiadores conservadores trataron de colocar Auschwitz al nivel de otros episodios de brutalidad en un periodo de excepción. Frente a esa excepcionalidad del tiempo, los historiadores progresistas defendieron la unicidad de Asuchwitz y, en todo caso, la aberrante normalidad administrativa del código de los campos. Hanna lo explica en el proceso: llegaban demasiadas, no había sitio. Es lo que he hallado en la documentación sobre los motivos del exterminio que he ido estudiando: el fracaso de un proceso de deportación que conduce a la superpoblación y a una solución de este nivel. Pero, más que eso, se trata de una población para la que tomar esa decisión es algo que constituye un paso distinto a una fractura moral. Esa fractura se ha producido con lentitud, en las circunstancias normales de la paz, no en las condiciones límites de la guerra.

Quiero reivindicar, cómo no, una película como LA DUDA. Ahí donde no hay espectáculo, donde es tan difícil crear un producto que despierte pasiones espectaculares e incluso ciertos paternalismos indeseables que hemos visto (¿una película rodada con protagonistas indios, con chicos de la calle...¡pues claro! ¿Un actor que encarna a un dirigente homosexual? ¡Suyo es el reino! ¿Para qué dárselo al papelazo del intérprete de Nixon! ¡Para qué al derrotado luchador! ¿Por qué darle un premio a Amy Adams, la monja que sólo podía exteriorizar sus sentimientos con la contención, sólo con la fuerza de su mirada? ¿Por qué dárselo a una madre negra que defiende el progreso de su hijo en los Estados Unidos de los años sesenta, aunque sospeche que está sufriendo vejaciones sexuales? ¿Alguien quiere medir el valor de esos diez minutos escasos de Viola frente a Meryl...?

Y, de nuevo, como siempre, gracias, gran dama de las 15 nominaciones. Siempre has estado ahí. Ese rostro que salía al paso, como salido de un infierno íntimo en "La mujer del teniente francés", la Sophie de Styron desquiciada...y siempre, siempre, siempre, la amante a medias de Ed Harris en LAS HORAS. ¡Si le quitó el oscar Catherine Zeta Jones! A ella y a Julianne Moore, socorro...! ¿Alguien se imagina al 90% de las actrices tratando de repetir la escena de la cocina, en la que la gran dama se desmorona, cae el suelo explicando por fin cuál es su relación con un amor imposible? ¿Alguien quiere poner en ese papel, de desesperación minuciosa, sin aspavientos, de dolor infinito que no se pierde en jadeos ni en escándalo corporal, con determinadas heroinas del momento?

Concha Caballero dijo...

Perdonad, os puse un comentario pero no ha aparecido. Le decía a Rocío algo sobre las afinidades electivas y a Rigo que iba a intentar escribir algo sobre Machado pero que, recientemente escribí un capítulo de mi libro sobre él y tendría que pensarlo de nuevo para no repetirlo.

Concha Caballero dijo...

Para Ferrán, Gracias por obsequiarnos con el fragmento de la novela que no aparece en la película. Voy a buscar la novela de La hermanas Grimes y ya te comentaré.
Veo que, además, estás hecho todo un crítico cinematográfico. Comparto lo que dices de La Horas en cuando a The reader la veré los próximos días y agradezco tener esos puntos de referencia sobre el debate respecto a Auschwitz.
Comentas los premios de los Oscar y yo solo he visto Vicky Cristina Barcelona que me pareció un bodrio solo comparable al peor cine español de los años setenta. En cuanto al papel de Penélope como "pintora dotada de excepcional talento" me causa una risa incontenible.

Ferran Gallego dijo...

Ay, Concha, es que ¿te imaginas a Gran Bretaña pendiente de si le dan el Oscar a su "chica de Alcobendas"? ¿te imaginas a todo el pueblo persiguiendo los recuerdos de esa que ya anunciaba que era un genio? ¡pero si siempre está haciendo de ella misma! Incluso cuando agradeció el premio, en español, me pareció verla en Belle Epoca o cuando le dice a Goebbels: "Tú lo que quieres es metérmela...". ¿Alguien se imagina a la señora Cruz haciendo el papel que puede hacer la Winslet en "Revolutionary Road"? Imaginároslo un momento, por favor. Lo que decía: Catherine Zeta Jones se lo quitó a Julianne Moore y a Meryll Streep por Las Horas. Y me tiene harto que alguien hable de "ese físico que impide que se la valore...". ¿No lo tienen peor las que no tienen ese físico, precisamente? ¿O suena políticamente incorrecto decir que, con un aspecto como el de Kathy Bates (la gran, la inmensa, la incomprable Kathy Bates), o de Jessyca Tandy, o de Sissy Spaceck, hay que currárselo un poquito más?

Perdonad, pero estoy más que quemado con el tema...Como creo que Langella perdió el oscar merecido por una cuestión de corrección política, porque Sean Penn está muy lejos de sus mejores papeles en Milk. Lo prefiero en "El asesinato de Richard Nixon" o en "21 gramos". Meterse en un personaje no es perder personalidad, a no ser que se quiera construir un arquetipo. Langella entra en un personaje: ES Nixon. Adams es la monja y Viola la madre del niño al que está dispuesta a sacrificar en temas escabrosos para que alguna vez vaya a la universidad. April Wheeler no es una Kate Winslet esquemática, sino un personaje rico, confuso, que se enfrenta a la vida sin tener las cosas claras, o solamente teniendo clara su propia confusión. ¿Y a la Viola que le aguanta el pulso a Streep, que la borra en diez minutos de interpretación deslumbrante, se la cargan con una señora que vuelve a ser, en una mala película, la alborotadora, gritona, malcriada que no hace más que interpretarse a sí misma? La cosa está fácil: que pruebe con algo como tener que concentrar toda esa energía en un papel como cualquiera de los que ha hecho Emma Thompson. A ver qué le sale.

ALMAYCIUDAD dijo...

La tengo pendiente, a ver si uno de estos días al fin la veo.
Mi hermano pequeño no deja de recomendarmela.

Un gran blog, me pasaré con más tiempo.

Abrazo.

Rossimilio dijo...

Una opinión políticamente incorrecta sobre Penélope Cruz. Aquí te la dejo.

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Pe

Eduardo Jordá- Diario de Cádiz| Actualizado 25.02.2009 - 01:00

1 comentario 7 votos

NO voy a negarle méritos a Penélope Cruz, que ha demostrado ambición y ganas de trabajar, pero me pregunto si es en verdad la gran actriz que todo el mundo dice que es. Que yo sepa, Penélope Cruz no ha representado nunca -ni en el cine ni en el teatro- un solo personaje de Shakespeare ni de Chéjov ni de Strindberg, ni tampoco de Valle-Inclán o de Lorca, por citar autores más próximos y quizá más fáciles para una actriz española. Y que yo sepa -aunque puedo estar equivocado-, no la hemos visto nunca en un personaje que sea capaz de expresar todos los registros emocionales que caben en un ser humano. La hemos visto en papeles de chica simpática y decidida, siempre zumbona y sensual -o más bien sexual-, tal vez haciendo de ella misma o de alguien que se le parece mucho, toda ella cuerpo y salero y ganas de salir adelante, pero con pocos matices y muy poca intensidad dramática. ¿Sería capaz de hacer un papel que no fuera el de una chica superficial o en todo caso poco reflexiva, siempre impulsiva y ambiciosa, con más cuerpo que cabeza? ¿Habría sido capaz de actuar en La soledad, de Jaime Rosales? Sí, ya sé que ha trabajado con Almodóvar y Amenábar y Trueba, pero me pregunto si esos directores son también tan grandes como se dice que son (y sobre todo como ellos creen que son). El otro día vi Hable con ella y me pareció un tostón superlativo que tenía menos ritmo que un documental sobre perezosos amazónicos de La 2.

Quizá yo no sepa nada de cine, aunque llevo muchos años viendo películas. A mí, por ejemplo, me gusta mucho Ingmar Bergman, pero no sé si el cine de Bergman se considera ahora cine o más bien un producto antediluviano de la época de las linternas mágicas. En las películas de Bergman, los actores -y sobre todo las actrices- son capaces de revelar los abismos que puede llegar a sentir el ser humano sin más gestos que un brillo húmedo en los ojos o un leve temblor en los labios. Y Bergman lo conseguía con actores -y sobre todo actrices- colosales, como Bibi Andersson (la sueca, no la tangerina) y Liv Ullmann, o Ingrid Thulin y Harriet Andersson (otra actriz descomunal, búsquenla en Gritos y susurros). Ninguna de estas actrices, por cierto, ganó nunca un Oscar. Es posible que nunca se les pasara por la cabeza ganarlo y que nunca le dedicaran un segundo de su tiempo, porque sabían que había asuntos mucho más importantes en la vida. El caso es que nunca lo ganaron, y eso tampoco pareció preocuparles mucho. Mejor para ellas.

Penélope Cruz es una actriz esforzada y con grandes dosis de voluntad, pero poco más. Pónganla en un primer plano durante cinco minutos y háganla expresar con un simple temblor en los labios el abismo que se siente ante la muerte, la soledad, la angustia o el amor no correspondido. Y a ver qué sale.

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/359021/pe.html

Concha Caballero dijo...

Ayer vi El lector y algo en la película que me incomoda. No quiero que me fuercen a compartir ningún tipo de intimidad con los que perpetraron uno de los crímenes más horrendos de la historia de la humanidad. Es verdad que Hanna es el último escalón de una cadena de mando; es cierta la injusticia de que apenas fueron juzgados los verdaderos culpables y que ella es una "víctima-verdugo" al azar de una ridícula farsa de justicia que nunca persiguió en serio a los verdaderos responsables.
Me aterró una frase que Hanna pronuncia, algo parecido a "yo no pensé en el pasado hasta que no me procesaron". Habían vivido de espaldas a su responsabilidad, a su culpa, durante veinte años, considerando la muerte y la tortura, como un episodio banal de su propia existencia.
Sabiendo esto, no me conmueve su experiencia con la literatura, la emoción ante la Odisea ni su aprendizaje con Chejov del alfabeto. O es que hay algo terrible en el ser humano, en la imposibilidad del mal absoluto. Ese descubrimiento de emociones comunes con el malvado...
La interpretación de la Winsley es un prodigio, sin ella la película carecería de sentido.

Ferran Gallego dijo...

Algo importante, Concha, acerca de la relación entre cultura y humanismo. Porque, en el fondo de esa película, de ese libro y en el fondo del debate sobre Auschwitz se encuentra la aparente contradicción de que quienes fabricaron los campos y el proyecto de exterminio lo hicieron en nombre de la salvación de la cultura. Eso nos permite y nos exige preguntarnos sobre la cultura. ¿Por qué debería hacernos mejores personas disfrutar con Chéjov? Sólo nos hace más cultos...

Besos

Ferran Gallego dijo...

No estoy de acuerdo, Concha, en la carencia de sentido de la película (de no ser por la interpreación de Winslet). Se trata de examinar una lógica de la barbarie asentada en una determinada concepción de la cultura. Sólo podemos entender el nazismo si consideramos la normalización de una sociedad que incluía por la vía de la exclusión, siendo ambos factores los complementarios de un proceso de afirmación comunitaria, de reconocimiento social, que resulta en una verdadera patología de la modernidad: conseguir convencer a un sector muy importante de la sociedad de que el conflicto deja de ser interno para ser algo ajeno al organismo nacional. Que el adversario es un elemento extraño al cuerpo político nacional, a la comunidad de camaradas de sangre. Y frente a esa conciencia nazi, que seduce de una forma muy distinta a los recursos de propaganda que acostumbramos a reconocer (para hacerlo en una lluvia fina que se inicia antes de 1933 y se acelera a partir de ese momento), permitir que determinados temas dejen de ser "conflictivos", para ser "funcionales". Lo terrible de Hanna no es que se encuentra al final de una cadena de mando: lo terrible es que una persona de escasa formación tiene, en cambio, una perfecta construcción cultural de lo que es ella y de lo que es su país. Esa ausencia de culpabilidad procede de una lenta construcción de una conciencia, de una representación de lo que uno es, del significado de la propia existencia social, que no corresponde a doctrinarios, sino a quienes viven cotidianamente en un sistema que va radicalizando sus mecanismos de exclusión, a medida que pueden ser digeridos con normalidad por un país que dispone de esa conciencia. Aconsejo una lectura como "La conciencia nazi", de Claudia Koonz (Paidós), para poder comprender esa visión del alemán ordinario, incluyendo al que no es guardián de un campo de exterminio, pero que ha otorgado su voto, su movilización o su apoyo tranquilo a la instauración de un régimen que puede llegar hasta ahí.

¿Crees que carece de sentido una película en la que se nos plantea algo tan estremecedor como la protesta de Hanna: "llegaban todos los días, no sabíamos qué hacer con tantas", cuando la documentación que he estudiado me sorprendió por esa perfecta organización ideológica de una deportación que crea un problema de superpoblación resuelto con un exterminio, precisamente, SELECTIVO? La sorpresa del personaje procede de una formación cultural honda, inserta en su analfabetismo sin problema alguno, en el que una ciudadana puede no saber leer, pero ha adquirido una cultura en la que los judíos, los gitanos, los asociales, los eslavos, han dejado de tener derechos, desde la libertad hasta la vida.

Y lo grave, lo desconcertante, la utilidad de la película y el libro, no es la empatía que se cree con el individuo (ahí, Lena Olin, en el papel de antigua prisionera, está genial), sino en el descubrimiento de que esa sensibilidad es una espantosa constatación de que la cultura, como antes decía, no implica necesariamente una afirmación de la equivalencia y la dignidad de los seres humanos. Concha, tú misma lo has dicho: en caso contrario ¿cómo entenderíamos a ´Céline, a Drieu La Rochelle, a Pound, a Pirandello o a Stefan George? Lo pavoroso es que todo eso se hiciera en nombre de una Cultura por parte de los altos perpetradores del genocidio (como todo imperialismo, actuó en defensa de la cultura); y que se llegara a asumir una forma de vivir esa cultura como vida cotidiana de diferenciación, de escisión de los seres humanos, incluso por parte de una analfabeta.

Besos