Mostrando entradas con la etiqueta "EL Correo de Andalucía". Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta "EL Correo de Andalucía". Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de julio de 2009

Ni sombra de arrepentimiento

Tras haber provocado una crisis económica sin precedentes, parecía que las instituciones económicas privadas –o sea, la banca y la patronal– iban a tener un punto de sensatez y de cordura. En los primeros momentos de esta terrible situación parecían aceptar que habían pasado los tiempos del descontrol financiero, del crecimiento desmesurado, de la especulación sin fronteras. Todos entonaron un mea culpa suave, ligero, y se comprometieron a no volver a las andadas, a aceptar la regulación de los mercados, a contribuir a un cambio de modelo económico, a asumir una cierta transparencia en su funcionamiento.En el caso de España, encajaron las críticas que el conjunto de la sociedad les formulaba: las ganancias desmesuradas del ladrillo, la falta de apuesta por una competencia que no se basara en los bajos salarios y en la destrucción del medio ambiente. Pero como se puede ver, su silencio era pura estrategia. Esperaban que pasara el chaparrón de los primeros tiempos, otearon el horizonte para atisbar señales claras de contestación social, tantearon la debilidad de la clase política ante la crisis… y volvieron a las andadas.Obama se lo ha recordado esta pasada semana. El presidente americano advirtió que no percibía el “menor remordimiento” de los grandes bancos por su responsabilidad en la crisis, al tiempo que volvió a recordar a los empresarios que “el momento de las ganancias, no es ahora”. Aquí, sin embargo, Zapatero los ha invitado a cenar para ablandar su negativa y han salido de la cita declarando que no les gusta “la orientación del documento del Gobierno”, “no aprueban los subsidios a los trabajadores” y que reclaman tres puntos esenciales: descuentos fiscales; facilidad para el despido (con una curiosa interpretación del absentismo, en el que se computa la enfermedad o el embarazo), y compromiso de que se afrontará una “verdadera reforma laboral” en el otoño. Ni una palabra de compromiso, de responsabilidad. Ni una línea de arrepentimiento por el modelo económico especulativo y depredador que nos ha empobrecido a todos, ni la menor sombra de estar dispuestos a trabajar por un modelo económico distinto.Cuando la situación económica era boyante, los empresarios tenían idénticas demandas ante el gobierno: contención salarial, rebajas fiscales y facilidad para el despido. Ni el tiempo ni la crisis pasan por ellos. No han aprendido nada de la primera lección de estos tiempos y es que, en el caso de España, el empecinamiento de la patronal por competir a través de reducir los costes salariales, y no por innovación o tecnología, ha sido un factor de empobrecimiento y de agravamiento de la crisis general.Ya sé que no todos los empresarios son iguales, que hay algunos que han hecho un esfuerzo en tecnología, en producción, en energía, pero la mayor parte de la patronal española ha desdeñado, hasta ahora, los sectores energéticos, tecnológicos, sociales, e incluso la vivienda protegida –para la que pidieron su desaparición, ¿ya no se acuerdan?– y se han volcado en el negocio inmobiliario y especulativo, con el que han obtenido ganancias astronómicas. Su empeño en despedir más barato, pagar menos al Estado y que los trabajadores ganen menos, no es solamente injusto y criticable desde un punto de vista moral, –ya que pagarán los justos por los pecadores–, sino una amenaza para la salida de la crisis porque evita plantearse el verdadero problema que es el cambio de modelo económico

viernes, 13 de marzo de 2009

Deuda de la historia



Hoy publico este artículo en el Correo de Andalucía:


La deuda histórica no es, como se suele afirmar, un dinero que se adeuda a Andalucía por la mala valoración de las transferencias que se hicieron, al comienzo de la autonomía. Esto ocurrió con todas las comunidades y no es distintivo de Andalucía. La deuda histórica hace referencia a que, en el momento en que se transfirieron estos servicios, su calidad y su extensión eran menores en la Comunidad Autónoma Andaluza que en el resto del Estado. Tiene que ver con un desarrollo desigual de España, especialmente durante la dictadura, por el cual, la riqueza y los servicios se habían repartido de forma desequilibrada, de manera que se habían concentrado en el norte las inversiones, la industria y los servicios. Así Andalucía, al comienzo de su autonomía, tenía en torno a un 30 por ciento menos de camas hospitalarias, de personal sanitario, de centros de enseñanza y profesorado mientras tenía los peores niveles de renta, el porcentaje más alto de paro y la más débil industrialización.
Esto determinó que Andalucía tuviera que hacer un esfuerzo extraordinario, no para mantener los servicios existentes, sino para llegar a niveles similares de calidad y de extensión que otras comunidades. Esa diferencia es lo que se llama Deuda Histórica.
No se trata, por tanto, de un capricho, de una reivindicación vacía de contenido. Tiene que ver con nuestra historia, con una comunidad cuyos trabajadores contribuyeron al desarrollo de toda España y buena parte de Europa sin recibir ninguna compensación.
Aquellos que se empeñan en minimizarla, que la presentan como una antigualla carente de sentido, están dando carpetazo a la historia de nuestra tierra y al carácter fuertemente reivindicativo y nivelador de la autonomía andaluza.
El hecho de que sea todavía necesario explicar este derecho de Andalucía ante el resto de las comunidades, a los sucesivos ministros de los diferentes gobiernos, e incluso a buena parte de los políticos andaluces, nos habla del bajo nivel de estima política de Andalucía y de la falta de determinación de sus gobernantes para exigir al poder central lo que nos corresponde. Este derecho de Andalucía nunca ha sido reclamado con sinceridad, sino como ariete político del gobierno o de la oposición. Así, el PSOE la negó cuando sus homólogos gobernaban el Estado y la reclamó en el momento del gobierno de Aznar. El PP, por su parte, hizo lo mismo pero a la inversa en idénticos momentos políticos.
Pues bien, veintisiete años después del primer texto estatutario, y gracias a una –en mi opinión- débil cláusula del nuevo Estatuto, ha llegado el momento de pagar esa deuda y hacer honor a nuestra historia y nuestras necesidades. Todavía hoy, los niveles de servicios públicos de la Comunidad andaluza, aunque han mejorado sensiblemente, son inferiores a la media del Estado, de forma que tenemos menos camas hospitalarias por habitantes, menos médicos, menos escolarización y mayor número de alumnos por aula que la media española. El dinero de la deuda histórica debería acabar con este diferencial. Pero no es solamente una cuestión de carácter económico, sino también simbólico y político. Acordar, tras tan larga espera, una cantidad ridícula, insignificante, en concepto de deuda no solo nos priva de recursos necesarios sino que nos quita la razón histórica y el deseo de igualdad en que se funda nuestra autonomía.

viernes, 16 de enero de 2009

LA CRUDA REALIDAD


Hoy he publicado este artículo de opinión en el Correo de Andalucía


Ana ha vuelto de la oficina de empleo al mediodía, con el tiempo justo de preparar la comida. Ella y su marido tienen la costumbre de comer viendo los informativos de la televisión. Un día más es la crisis económica y la invasión de Gaza la que ocupa los titulares. Las imágenes de niños ensangrentados la golpean. Siente surgir en su interior una ola de indignación y de dolor con la que no sabe qué hacer. Desgraciadamente –se dice– los niños de ese territorio encontrarán en qué emplear ese caudal de indignación y crueldad.

A continuación, informan sobre el avance del paro en nuestro país. Ana ve en la pantalla una escena igual a la que ha presenciado esta mañana: un centenar de personas hacen cola ante las oficinas del INEM, con la mirada perdida. Un hombre de unos 40 años explica: “me quedan seis meses de prestación, después no sé qué haré”.

Ana cambia de canal rápidamente.
–¿Por qué lo has quitado?– le pregunta su marido.

Ella se encoge de hombros. No quiere contarle que no soporta ver su propia realidad en la televisión. Hace unos meses seguía con avidez la información económica, esperando, como un pescador, que el tiempo amainara, que la tormenta financiera se aclarara, que aparecieran en el cielo señales de calma. Ahora no puede creer nada. El mundo ha cambiado sin previo aviso. Los aguerridos capitanes que proclamaban el fin del Estado y la iniciativa privada como solución a todos los males, reclaman ahora su financiación con fondos públicos. Los que deberían prestar el dinero, lo piden; los economistas que debieran alumbrar soluciones ante la crisis, especulan sobre su duración.

A unos cuantos kilómetros de casa de Ana, el Gobierno ha seguido también con interés la información sobre el paro. Unas horas antes de su publicación oficial, el portavoz del Gobierno ha aparecido en la Consejería moviendo la cabeza:
–Muy malos, muy malos –comenta con el consejero.
A diferencia de Ana, ellos no han podido cambiar de canal, aunque piensan que no había necesidad de esas imágenes con las colas de parados y ese tono apocalíptico de la información.
Quince años de crecimiento continuado los han dejado sin recursos contra el infortunio. Solo esperan que amaine el temporal, que los mercados financieros se estabilicen, que aparezca el sol de la recuperación.

Se comportan como cualquier ciudadano abrumado por la crisis –porque también pone en cuestión su propia supervivencia– pero viven atados al pasado sin darse cuenta de que la derecha andaluza cabalga sin caballo ni camino. ¿Quién podría reprocharles una intervención clara y directa sobre la economía andaluza? ¿Quién tendría fuerzas para oponerse, justo ahora, a meter en cintura a la banca andaluza y obligarla a conceder créditos a las pequeñas empresas y a la vivienda?

¿Por qué consentir que las cajas andaluzas anden más preocupadas por sus puestos directivos y por el localismo más ramplón, que por su aportación a la recuperación? ¿Quién alzaría la voz contra una extensión real de los servicios públicos en Andalucía? ¿Quién se opondría a una iniciativa pública para reinventar la economía andaluza desde las energías renovables o los sectores medioambientales? Solo su propio laberinto los mantiene encerrados, con el juguete roto del crecimiento, ante un público que ha cambiado de canal.

Concha Caballero es profesora de Literatura