lunes, 1 de julio de 2013
EL NOMBRE BUENO DE LAS COSAS MALAS
Publicado en el País de Andalucía
“Cuando quieran hacer algo malo, busquen un nombre bueno”, es el consejo de los expertos internacionales en comunicación.Y el ministro de Educación, José Ignacio Wert, lo ha tomado al pie de la letra. Ha cambiado el término exclusión por excelencia y lo ha dirigido como una bomba de relojería contra los estudiantes sin recursos económicos. Ha empleado la palabra “pobre” con profusión, “excelencia” con delectación y ha acusado a Andalucía de tener demasiados estudiantes sin recursos en la Universidad. Para finalizar ha afirmado que está dispuesto a ser duro con los pobres por que “cuando se recibe dinero público, es lógico pedir un esfuerzo extraordinario”.
La ideología de la derecha es muy hábil en hacer creer a la clase media, que hay una horda de holgazanes viviendo a nuestra cuenta. Es una vieja estrategia de tensión y de confrontación que intenta servir de válvula de escape a unas clases medias cada vez más empobrecidas por la crisis. Por eso, es muy importante que la verdadera información y que la pedagogía nos ayuden a separar los argumentos ficticios de los reales.
Antes de que ningún lector se apunte a las tesis de Wert es conveniente conocer la realidad. La Universidad se sufraga fundamentalmente con dinero público. Dependiendo de la Comunidad, las tasas solo suponen entre el 15% y el 25% del coste total del servicio universitario. En Andalucía, al haber mantenido las tasas en su horquilla más baja, la subvención pública cubre el 85% del coste universitario en la primera matrícula. En consecuencia, no solamente están becados los “pobres” sino que la totalidad de los estudiantes universitarios disfrutan de una “beca” porque sus estudios son financiados con los impuestos de toda la ciudadanía. Curiosamente, el 80% de estos impuestos procede de trabajadores y, casi el 40% de cotizantes mileuristas. Por eso, todos los que hemos estudiado en la Universidad, incluido el ministro Wert, hemos sido becarios. Sin embargo, solo hablamos de control del dinero público y del esfuerzo para referirnos a los estudiantes a los que ofrecemos un pequeño plus en forma de beca oficial.
Es más, cuando el ministerio niega ayudas públicas a un estudiante por haber suspendido alguna asignatura, no está defendiendo ningún criterio de excelencia de la educación universitaria. Simplemente lo condena a la exclusión mientras sigue regando con dinero público los estudios de su compañero de aulas que ha suspendido el curso completo.
El término “excelencia” se ha convertido en el caballo de Troya de la exclusión social, en un arma arrojadiza contra los estudiantes sin recursos, mientras la verdadera excelencia universitaria se desangra por la fuga de cerebros jóvenes al extranjero o se guillotina con el recorte brutal a la investigación.
Si alguien piensa que el debate sobre las becas solo atañe a las personas sin recursos algunos, se equivoca gravemente. En esta primera fase del proyecto educativo de la FAES, se trata de reducir a la mitad el número de alumnos sin recursos que pueblan las aulas universitarias, pero tras este ajuste, se pretende “adecuar las tasas universitarias a sus costes reales”, es decir, encarecer de forma exponencial el acceso a la Universidad.
Aunque a las clases medias les guste pensar que su futuro está ligado a los sectores de mayor nivel adquisitivo, la realidad es que el empobrecimiento galopante y el recorte de los servicios públicos acabarán con ellas. De hecho, los precios de los másteres y estudios postgrado son ya un factor de selección económica, que no académica, del currículo de nuestros jóvenes. Por eso, el debate sobre la excelencia, planteado en estos términos, acabará siendo una trampa que devorará el modelo universitario. Esta medida es el primer paso para imponer nuevas restricciones, mayores tasas y privatizaciones de este servicio. Los que aplauden la retirada de becas, que vayan preparando cien o 200.000 euros para que estudien los jóvenes del futuro. Avisados estamos.
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martes, 18 de junio de 2013
EXPULSADOS DE LA UNIVERSIDAD
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No hay cifras totales. Vamos conociendo cifras parciales: 6.000 en Madrid, 4.500 entre Sevilla y Málaga, una cifra similar en Barcelona… Es posible que entre 50.000 y 70.000 estudiantes hayan sido expulsados de la Universidad este año porque su matrícula ha sido anulada. Un tajo brutal, una sangría de talentos, un golpe sin rostro a la igualdad de oportunidades en toda la cara
.
Los servicios administrativos hicieron su trabajo. Un buen día, un estudiante de Medicina, de Derecho o de cualquier otra especialidad intentó entrar con su clave en la web del centro y ya no respondía. Su facultad ya no les pertenece e inician un peregrinaje por los departamentos y la secretaría del centro. Algunos profesores prestan el dinero de la matrícula. Otros prometen guardar exámenes, buscar fórmulas para que sigan en las aulas. Alguno escribe un alegato en el que las palabras sucias tienen justificación plena: “Esto es una puta mierda”.
Las palabras “anulación de matrícula” tienen un nuevo contenido. Antes se debía a un cambio de planes del alumnado pero las nuevas anulaciones son solo cuestión de dinero, money, pasta o parné. La matrícula se anula porque se le ha denegado al estudiante la beca solicitada o porque fraccionó el pago y ahora no tiene efectivo para pagar el siguiente plazo. Hace unos meses una de mis alumnas brillantísimas, que cursaba con excelentes resultados su carrera, ha abandonado los estudios. Tenía una beca del Ministerio de Educación pero no le habían abonado ni un euro de la ayuda concedida y su familia no podía pagar el gasto de transporte, libros y material necesario. La hemos buscado sin éxito. El estigma económico es también muy difícil de llevar. Se sienten humillados y responsables.
Esto no es el efecto de la crisis. No. Ningún país en su sano juicio sube las tasas universitarias, reduce las becas y malpaga sus ayudas en el momento más difícil para la ciudadanía. Esto es un efecto buscado, un cambio en el modelo universitario, un desmontaje a conciencia de cualquier atisbo de igualdad social junto a una equinoccial locura de reducir el número de estudiantes universitarios.
El ministerio ha contestado con desprecio: “hay estudiantes que firman el examen en blanco y cobran la beca”. Una nueva y radical mentira de la factoría de ficción Wert, experta en desprestigiar lo público y justificar el clasismo más rotundo. Emplean la ironía para justificar la subida de notas necesaria para obtener ayudas: “Si sacaran matrículas de honor, no tendrían problemas para obtener becas”, argumentan desde un sentido común lleno de pasado, de involución y de sociedad añeja.
Y es que aquí está el verdadero quid de la cuestión. Desde que existe la Universidad y la escuela, existen las becas. Los grandes señores, desde tiempo inmemorial becaban a aquellos hijos de las clases populares que fueran excepcionalmente inteligentes a cambio de que sus resultados fueran excelentes, sin tropiezo alguno. La diferencia entre una sociedad estamental, clasista y autoritaria y una sociedad democrática es la igualdad de oportunidades. Se supone que una sociedad democrática facilita el acceso a los estudios superiores y la cultura a los que menos tienen, cumpliendo unos requisitos razonables, pero no excepcionales.
A Laura, una chica que está en tercero de grado, le han denegado la beca. Ha aprobado con buena nota 11 créditos de su curso, pero ha suspendido dos de ellos. Este simple tropiezo va a dar al traste con su vida. Por 1.000 euros se va a abrir un abismo entre ella y sus sueños.
Espero, y más que esperar exijo, que en Andalucía, donde se cuestiona esta política educativa, el Gobierno y los rectores universitarios acuerden urgentemente una solución y estos miles de estudiantes expulsados por motivos económicos puedan volver a sus aulas. Porque esto no es excelencia, ni calidad, ni cultura del esfuerzo. Es simplemente un clasismo redivivo, una limpieza elitista de las aulas, un cambio de modelo social insoportable. Una puta mierda, con perdón. O mejor dicho, sin perdón.
@conchacaballer
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INDIGNACIÓN TELEDIRIGIDA
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La indignación está tan promocionada que empieza a resultarme sospechosa. Y no me refiero a la que se expresa con las mareas reivindicativas, a las personas que expresan alternativas concretas bajo el esperanzador lema de “Sí, se puede”. Me refiero a esa indignación de salón, urbi et orbe que lanza dardos a diestro y siniestro, cultiva la desconfianza y destroza cualquier brizna de esperanza.
En un clima de corrupción económica y política realmente calamitoso, las noticias con más audiencia no son los capitales acumulados, ni la supresión de derechos. Son las menudencias escandalosas las que obtienen un éxito espectacular de audiencia. Cuanto más miserable y ruin es el hecho que se denuncia, más atrae nuestra atención: el precio de unos cubalibres, el gasto de un teléfono, el uso de un coche oficial o un correo privado del empalmado consorte.
Tengo la sensación de que quieren dirigir mi indignación como se amaestra un caballo desbocado, colocando anteojeras que cierren su campo de visión y obligando a dar vueltas sobre un imaginario círculo.
Que sí. Que qué quieren que les diga. Que me parecen muy mal los cubatas del Congreso a tres euros. Que las fuerzas políticas han quedado como cagancho subiéndose a escondidas unas dietas por asistencia. Que ya he visto tropecientas mil veces el mismo reportaje sobre el aeropuerto de Castellón… Que es más que evidente que a la política en nuestro país le hace falta un terremoto de transparencia, de honradez y de sobriedad. Pero no van a convencerme de que los sueldos de los políticos y el gasto público hayan sido los responsables de la actual crisis, sencillamente porque no es verdad.
Mi correo se inunda de datos falsos sobre el número de políticos en nuestro país. La campaña antipolítica no tiene fronteras, abarca desde la extrema derecha a la extrema izquierda con similares argumentos. No me cuentan, por ejemplo, que frente a 10.000 políticos que cobran salario público existen 13.000 profesores de religión pagados a nuestra costa. Tampoco me dicen que 30.000 profesores interinos han sido despedidos pero ni uno solo de religión aunque sus aulas están cada vez más despobladas ¿Es esto demagogia? Sin duda, pero es solo un ejemplo para jugar en la misma liga argumental. Tampoco me informan dónde han ido a parar los 40.000 millones que hemos dado a la banca arrancados directamente de nuestros recortes sociales. Claro. Como no se lo han gastado en cubatas a tres euros pues no tienen el mismo interés periodístico. Y es que en el mundo de la propaganda “menos es más”. Para que una noticia “venda” es preciso que sea familiar, reconocible y personalizada. Las grandes cifras, los grandes mangantes, carecen de historia, de rostro, de esa cotidianidad menuda con la que se alimenta nuestra domesticada indignación.
El verdadero poder es anónimo y oculto. Realmente no estamos indignados contra él porque no podemos ver sus rostros. Nos han vendido un relato mucho más maniqueo y entretenido. Viendo el riesgo de incendio de la calle, han decidido echar a los leones a los representantes políticos. Muchos lo merecen, no digo que no, pero deben ir acompañados de sus promotores. Si la democracia se chamusca un poco, no les preocupa. Nunca les ha importado.
Por eso la indignación contra el poder político es hoy un valor seguro. Hay quien se indigna incluso contra las causas justas y despotrican con ardor contra el minúsculo gasto en las escuelas de los programas de igualdad de género, los libros de texto gratuitos o contra la cooperación internacional. Da lo mismo.
No faltan motivos justos para la indignación pero, con excepción de los jóvenes que se han dado de bruces con la crisis, me sorprende la intensidad de este sentimiento. Muchos han pasado del conformismo más sumiso a la indignación más virulenta con la rapidez del rayo. No creo que sin un proceso reflexivo, de propuesta y de alternativa pueda construirse nada a lomos de este caballo. Porque con la misma fuerza que surge, se esfumará ante el primer brote verde del mismo podrido árbol.
La indignación está tan promocionada que empieza a resultarme sospechosa. Y no me refiero a la que se expresa con las mareas reivindicativas, a las personas que expresan alternativas concretas bajo el esperanzador lema de “Sí, se puede”. Me refiero a esa indignación de salón, urbi et orbe que lanza dardos a diestro y siniestro, cultiva la desconfianza y destroza cualquier brizna de esperanza.
En un clima de corrupción económica y política realmente calamitoso, las noticias con más audiencia no son los capitales acumulados, ni la supresión de derechos. Son las menudencias escandalosas las que obtienen un éxito espectacular de audiencia. Cuanto más miserable y ruin es el hecho que se denuncia, más atrae nuestra atención: el precio de unos cubalibres, el gasto de un teléfono, el uso de un coche oficial o un correo privado del empalmado consorte.
Tengo la sensación de que quieren dirigir mi indignación como se amaestra un caballo desbocado, colocando anteojeras que cierren su campo de visión y obligando a dar vueltas sobre un imaginario círculo.
Que sí. Que qué quieren que les diga. Que me parecen muy mal los cubatas del Congreso a tres euros. Que las fuerzas políticas han quedado como cagancho subiéndose a escondidas unas dietas por asistencia. Que ya he visto tropecientas mil veces el mismo reportaje sobre el aeropuerto de Castellón… Que es más que evidente que a la política en nuestro país le hace falta un terremoto de transparencia, de honradez y de sobriedad. Pero no van a convencerme de que los sueldos de los políticos y el gasto público hayan sido los responsables de la actual crisis, sencillamente porque no es verdad.
Mi correo se inunda de datos falsos sobre el número de políticos en nuestro país. La campaña antipolítica no tiene fronteras, abarca desde la extrema derecha a la extrema izquierda con similares argumentos. No me cuentan, por ejemplo, que frente a 10.000 políticos que cobran salario público existen 13.000 profesores de religión pagados a nuestra costa. Tampoco me dicen que 30.000 profesores interinos han sido despedidos pero ni uno solo de religión aunque sus aulas están cada vez más despobladas ¿Es esto demagogia? Sin duda, pero es solo un ejemplo para jugar en la misma liga argumental. Tampoco me informan dónde han ido a parar los 40.000 millones que hemos dado a la banca arrancados directamente de nuestros recortes sociales. Claro. Como no se lo han gastado en cubatas a tres euros pues no tienen el mismo interés periodístico. Y es que en el mundo de la propaganda “menos es más”. Para que una noticia “venda” es preciso que sea familiar, reconocible y personalizada. Las grandes cifras, los grandes mangantes, carecen de historia, de rostro, de esa cotidianidad menuda con la que se alimenta nuestra domesticada indignación.
El verdadero poder es anónimo y oculto. Realmente no estamos indignados contra él porque no podemos ver sus rostros. Nos han vendido un relato mucho más maniqueo y entretenido. Viendo el riesgo de incendio de la calle, han decidido echar a los leones a los representantes políticos. Muchos lo merecen, no digo que no, pero deben ir acompañados de sus promotores. Si la democracia se chamusca un poco, no les preocupa. Nunca les ha importado.
Por eso la indignación contra el poder político es hoy un valor seguro. Hay quien se indigna incluso contra las causas justas y despotrican con ardor contra el minúsculo gasto en las escuelas de los programas de igualdad de género, los libros de texto gratuitos o contra la cooperación internacional. Da lo mismo.
No faltan motivos justos para la indignación pero, con excepción de los jóvenes que se han dado de bruces con la crisis, me sorprende la intensidad de este sentimiento. Muchos han pasado del conformismo más sumiso a la indignación más virulenta con la rapidez del rayo. No creo que sin un proceso reflexivo, de propuesta y de alternativa pueda construirse nada a lomos de este caballo. Porque con la misma fuerza que surge, se esfumará ante el primer brote verde del mismo podrido árbol.
@conchacaballer
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domingo, 2 de junio de 2013
TIJERITAS, MOTOSIERRAS Y PAGA EXTRA
Puedes leerlo completo en EL PAÍS ANDALUCÍA
Pertenezco a una familia de antiguos propietarios de tierras
arruinados, que desconocían el valor del dinero. Mi padre empezó a
trabajar pasados los 40 años, forzado ya por las deudas. Nunca hubiese
consentido vender un solo olivo de su pequeña hacienda familiar, pero el
dinero le provocaba una fastidiosa mezcla de desdén y necesidad. Cuando
cobraba la paga extraordinaria, nos congregaba en el salón y tiraba los
billetes al techo. Los niños recogíamos los billetes y lo guardábamos
junto con las muñecas, el fuerte de los vaqueros o el dinero falso del
Monopoly. Horas después los devolvíamos a cambio de promesas falsas o
porque el juego, simplemente, había terminado.
El nombre de la paga extraordinaria delata nuestro origen de país sin derechos. Para los mayores era la paga del 18 de julio y de la cristianísima Navidad. Un pequeño obsequio con el que el poder mostraba su lado más amable. Solo la democracia dignificó este pago como parte del salario, lo aumentó y reguló. O al menos así lo creímos hasta que la crisis nos devolvió a los años 60.
Lo que creíamos parte de nuestros derechos laborales vuelve a ser una potestad graciosa y arbitraria del poder. Con un simple decreto —el más bajo rango normativo— se esfuma una parte importante del salario de los funcionarios, sin explicaciones ni transparencia alguna.
Los empleados públicos han sido el juguete favorito de esta crisis. Tanto que ha habido competencia desleal para esquilmar sus retribuciones. La Administración andaluza decidió suprimir la mitad de la paga extra pero el Gobierno central se adelantó y la quitó por completo. La Junta de Andalucía se quedó con las tijeras al aire, sin material recortable. No hay sueldo para tanto Freddy Krueger.
Nuevamente las palabras pueden ser muy engañosas. Al hablar de suprimir la “paga extraordinaria” ocultamos que se trata de un brutal descenso de salarios que alcanza más del 14% de las retribuciones anuales, sin contar el efecto de la congelación salarial, la subida del coste de la vida o de los impuestos que han vuelto a caer solo y exclusivamente sobre las rentas del trabajo. Las consecuencias de este sacrificio han sido contraer el consumo hasta límites catastróficos.
Cuando Aznar reclama la bajada de los impuestos no es un estrafalario expresidente, es un dardo que ha dado de lleno en el malestar de las clases medias, empobrecidas, desorientadas, que se sienten indefensas ante la acción de los Gobiernos. Es sumamente hipócrita que el mayor defensor del austericidio venga ahora a proclamarse salvador de sus propias políticas, pero los procesos políticos no son justos ni bellos. Son simplemente un juego de fuerzas, de relatos y de transmisión de ideas.
Por eso choca tanto que el Gobierno andaluz reduzca esta batalla a un grado permisivo de recortes. Tijeritas andaluzas contra la motosierra del Gobierno central. “Ellos te quitan una paga entera y nosotros la mitad”, “ellos despiden el 70% de los interinos, nosotros el 50%”. El hartazgo social avanza de forma exponencial y cualquier nuevo recorte viene a colmar la medida de un vaso rebosante de desdichas. En la sanidad es evidente el descenso de salarios, la acumulación de enfermos, el colapso de las urgencias. En las cárceles, en la dependencia, en la enseñanza el personal está al límite de sus fuerzas. En todos los servicios, las bajas no se cubren, se contratan con cuentagotas interinos y se les paga lo menos posible.
Ningún ciudadano tiene en su cabeza una tabla Excel para anotar cuántos de estos recortes proceden del Gobierno central y cuáles del andaluz. Y aunque sea verdad que en el contador gana por goleada el equipo azul de la motosierra, hay decisiones como esta nueva supresión de la paga extraordinaria que son responsabilidad plena del Gobierno andaluz. Que necesitan este dinero, es evidente. Que vayan a acudir nuevamente a los bolsillos de los trabajadores públicos, realmente incomprensible.
El nombre de la paga extraordinaria delata nuestro origen de país sin derechos. Para los mayores era la paga del 18 de julio y de la cristianísima Navidad. Un pequeño obsequio con el que el poder mostraba su lado más amable. Solo la democracia dignificó este pago como parte del salario, lo aumentó y reguló. O al menos así lo creímos hasta que la crisis nos devolvió a los años 60.
Lo que creíamos parte de nuestros derechos laborales vuelve a ser una potestad graciosa y arbitraria del poder. Con un simple decreto —el más bajo rango normativo— se esfuma una parte importante del salario de los funcionarios, sin explicaciones ni transparencia alguna.
Los empleados públicos han sido el juguete favorito de esta crisis. Tanto que ha habido competencia desleal para esquilmar sus retribuciones. La Administración andaluza decidió suprimir la mitad de la paga extra pero el Gobierno central se adelantó y la quitó por completo. La Junta de Andalucía se quedó con las tijeras al aire, sin material recortable. No hay sueldo para tanto Freddy Krueger.
Nuevamente las palabras pueden ser muy engañosas. Al hablar de suprimir la “paga extraordinaria” ocultamos que se trata de un brutal descenso de salarios que alcanza más del 14% de las retribuciones anuales, sin contar el efecto de la congelación salarial, la subida del coste de la vida o de los impuestos que han vuelto a caer solo y exclusivamente sobre las rentas del trabajo. Las consecuencias de este sacrificio han sido contraer el consumo hasta límites catastróficos.
Cuando Aznar reclama la bajada de los impuestos no es un estrafalario expresidente, es un dardo que ha dado de lleno en el malestar de las clases medias, empobrecidas, desorientadas, que se sienten indefensas ante la acción de los Gobiernos. Es sumamente hipócrita que el mayor defensor del austericidio venga ahora a proclamarse salvador de sus propias políticas, pero los procesos políticos no son justos ni bellos. Son simplemente un juego de fuerzas, de relatos y de transmisión de ideas.
Por eso choca tanto que el Gobierno andaluz reduzca esta batalla a un grado permisivo de recortes. Tijeritas andaluzas contra la motosierra del Gobierno central. “Ellos te quitan una paga entera y nosotros la mitad”, “ellos despiden el 70% de los interinos, nosotros el 50%”. El hartazgo social avanza de forma exponencial y cualquier nuevo recorte viene a colmar la medida de un vaso rebosante de desdichas. En la sanidad es evidente el descenso de salarios, la acumulación de enfermos, el colapso de las urgencias. En las cárceles, en la dependencia, en la enseñanza el personal está al límite de sus fuerzas. En todos los servicios, las bajas no se cubren, se contratan con cuentagotas interinos y se les paga lo menos posible.
Ningún ciudadano tiene en su cabeza una tabla Excel para anotar cuántos de estos recortes proceden del Gobierno central y cuáles del andaluz. Y aunque sea verdad que en el contador gana por goleada el equipo azul de la motosierra, hay decisiones como esta nueva supresión de la paga extraordinaria que son responsabilidad plena del Gobierno andaluz. Que necesitan este dinero, es evidente. Que vayan a acudir nuevamente a los bolsillos de los trabajadores públicos, realmente incomprensible.
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lunes, 27 de mayo de 2013
WERT O DESPRESTIGIA CUANTO PUEDAS
El ministro Wert no consiguió su nombramiento por su papel de contertulio sino por colaboraciones con la FAES de Jose María Aznar donde ya proponía un cambio total en el modelo educativo, se lamentaba de la abundancia de becas universitarias y manifestaba su preocupación por la escasa religiosidad de la sociedad española, especialmente los jóvenes. Con esos magníficos avales le encomendaron la tarea de reformar, cristianizar y españolizar el sistema educativo aprovechando que la crisis es una oportunidad única para cambiar las reglas de juego sociales.
Sin embargo, esta tarea no se hubiera podido culminar si desde hace años, la derecha política española y todos los think tank que las envuelven, no hubiesen conseguido desprestigiar la escuela pública, sus resultados y caricaturizar sus problemas.
Mutilaron y manipularon informes como el PISA o el de la OCDE para presentar la cara más oscura de la enseñanza española. Ocultaron celosamente todos sus éxitos y consiguieron que la palabra educación se impregnara del concepto de fracaso, error y conflicto.
La enseñanza en España necesita cambios en profundidad, sin duda. Especialmente la educación secundaria necesita encontrar nuevos caminos y mejoras, pero no todo lo existente ni los valores del modelo actual están caducos y fracasados, sino más bien faltos de desarrollo y de aplicación.
Para sacudirnos tanto prejuicio y mentira, nada mejor que ver la evolución de la enseñanza española. Según afirman los estudios de la OCDE el punto de partida de la educación en España era el más penoso de Europa. Al inicio de la democracia solo el 17% de los adultos tenía estudios equivalentes a secundaria. En estos momentos es el 64% de la población quien ha conseguido ese nivel.
Por si alguien argumenta que nos hemos ido demasiado lejos, la OCDE en el último informe aplaude el salto que se ha producido en la enseñanza entre los años 2000 y 2010 en los que se ha recortado la diferencia con el resto de los países de 11 a cuatro puntos en el nivel educativo del conjunto de la población. Si en estos años no se hubiese producido el auge del ladrillo, con la nefasta consecuencia de sacar de las aulas a miles de jóvenes, nuestro nivel estaría completamente equiparado a nuestro entorno.
El sistema educativo español, con todos sus defectos, es actualmente uno de los primeros del mundo en equidad y uno de los más potentes en facilitar la movilidad social. La mitad de los estudiantes españoles superan el nivel educativo de sus padres, en muchos casos en varios escalones y este es el mejor indicador de su éxito. En el caso de Andalucía, por aproximación, podemos estimar que más del 65% de los jóvenes superan educativamente a sus padres. Todo un motivo de orgullo y un ejemplo de superación, porque los déficits culturales tardan mucho tiempo en ser superados.
Por si no fuera suficiente, tenemos el mayor índice de escolarización infantil del mundo que dará sus frutos en el futuro, si es que no desaparece antes. Tenemos una población universitaria amplia, bien formada y con titulaciones apreciadas en el mundo entero. Resulta infame el desprestigio al que se quiere someter la comunidad universitaria y el recorte a sus estudios. Finalmente tenemos un núcleo de problemas en los estudios medios y en la recuperación de los estudiantes que abandonaron las aulas que deberíamos haber afrontado con decisión e imaginación.
Incluso en estos años de crisis, de malas noticias imparables, la educación se ha superado a sí misma, ha aumentado el éxito escolar casi diez puntos y ha rescatado miles de jóvenes para la formación y el futuro.
El complejo de inferioridad, la falta de compromiso y de proyecto educativo de la izquierda, en general, han paralizado las iniciativas de cambio y han defraudado a un profesorado convertido en rompeolas de todos los conflictos sociales. Ahora la derecha española ha cubierto este hueco con un proyecto educativo cuyo santo y seña es la religión, la segregación y la privatización. Por cierto que en España, estas tres palabras son una sinonimia casi perfecta.
@conchacaballer
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domingo, 19 de mayo de 2013
EL ABORTO COMO PRETEXTO
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Somos de una ingenuidad conmovedora. Nada más anunciar el ministro
Gallardón su reforma restrictiva de la ley de aborto hemos salido a la
palestra para discutir, con los datos en la mano y el derecho comparado,
las ventajas de la actual ley. Hemos rescatado el viejo argumentario
sobre el aborto que yacía en nuestro escritorio cubierto por el polvo de
30 años de historia, incluso nos hemos esforzado en discutir la
personalidad legal o no del feto.
Nos debemos negar a debatir sobre el aborto en términos de creencias. Si no estás de acuerdo con él la solución es bien simple: no lo hagas. Se trata de uno de los debates más envenenados y retorcidos de los que puedan aflorar a la opinión pública. Hace 30 años resolvimos que debería existir esa solución para las mujeres que decidieran interrumpir su embarazo. Mucho más recientemente aprobamos que esa decisión fuera absolutamente personal e intransferible y que el Estado sólo debiera garantizar unos plazos máximos para su ejercicio. Punto y final.
Todo lo demás no es discutir sobre el aborto —insisto en que para aquellos que se oponen es tan fácil como no practicarlo— sino poner en cuestión otros temas bien diferentes como la capacidad de decisión de las mujeres, el control sobre sus vidas e incluso nuestro papel en la familia y la sociedad.
Cuando ese mirlo blanco del arribismo político propone la modificación del aborto, su preocupación no es disminuir las intervenciones sino cambiar nuestras ideas acerca de la maternidad. Él mismo ha confesado el carácter ideológico de esta reforma que no gira en torno a la viabilidad o no de un feto sino a la culpabilización de las mujeres que ponen obstáculos a la maternidad. No en vano consideró mujeres inacabadas a las que no habían tenido un bebé entre sus brazos.
El diletante ministro de Justicia, propone incluso prohibir el aborto en los casos de graves malformaciones. La desfachatez de esta prohibición en un supuesto de los más dolorosos y complicados no tiene límites. Se permite incluso el ministro comparar este tipo de intervenciones con las prácticas nazis de aniquilación de los discapacitados. La retórica no es vana y el argumento es milenario: las mujeres que deciden vivir su propia vida, escapar del dolor y del sacrificio, son malvadas brujas a cuyos desmanes hay que poner coto.
La democracia había conseguido en nuestro país sacar la maternidad del entramado del poder, convertirla en una decisión íntima, respetable y respetada pero la llegada del PP al Gobierno nos recordó nuestro verdadero papel en la sociedad. “Las mujeres, mujeres, son madres”, nos dijo, y apareció claro nuestro destino único, universal, milenario sin escapatoria alguna.
La nueva ley de aborto que el PP quiere aprobar no es una simple reforma legal, es una revancha, un desquite histórico, una vuelta a poner las cosas en su sitio. Las mujeres no son libres para decidir sobre su embarazo, el poder que la naturaleza confiere a las mujeres en la transmisión de la vida tiene que ser mediado, arrebatado a través de la religión, de la ideología o de la autorización externa. Se restablece así un principio de autoridad que las leyes habían soslayado. Por encima de la mujer estará el médico, el juez o el psicólogo que darán o no el visto bueno a su decisión.
La jerarquía católica española, de carácter ultraconservador, se cree con derecho a escribir sus creencias en el Boletín Oficial del Estado. Rouco Varela aprieta el acelerador y amenaza con situarse en la oposición a Rajoy si éste no aprueba rápidamente este proyecto de ley.
Mientras tanto alguien sufraga miles de vallas publicitarias en las ciudades sobre maternidades felices y culpabilidades abortistas. Gallardón es el santo patrón de su cofradía. Son los mismos que se oponen a los anticonceptivos, al matrimonio entre personas del mismo sexo y a las leyes de igualdad que implican una “peligrosa ideología de género”. A fin de cuentas, el aborto no es el texto, sino el pretexto de una sublevación contra el tiempo y la libertad de las mujeres.
@conchacaballer
Nos debemos negar a debatir sobre el aborto en términos de creencias. Si no estás de acuerdo con él la solución es bien simple: no lo hagas. Se trata de uno de los debates más envenenados y retorcidos de los que puedan aflorar a la opinión pública. Hace 30 años resolvimos que debería existir esa solución para las mujeres que decidieran interrumpir su embarazo. Mucho más recientemente aprobamos que esa decisión fuera absolutamente personal e intransferible y que el Estado sólo debiera garantizar unos plazos máximos para su ejercicio. Punto y final.
Todo lo demás no es discutir sobre el aborto —insisto en que para aquellos que se oponen es tan fácil como no practicarlo— sino poner en cuestión otros temas bien diferentes como la capacidad de decisión de las mujeres, el control sobre sus vidas e incluso nuestro papel en la familia y la sociedad.
Cuando ese mirlo blanco del arribismo político propone la modificación del aborto, su preocupación no es disminuir las intervenciones sino cambiar nuestras ideas acerca de la maternidad. Él mismo ha confesado el carácter ideológico de esta reforma que no gira en torno a la viabilidad o no de un feto sino a la culpabilización de las mujeres que ponen obstáculos a la maternidad. No en vano consideró mujeres inacabadas a las que no habían tenido un bebé entre sus brazos.
El diletante ministro de Justicia, propone incluso prohibir el aborto en los casos de graves malformaciones. La desfachatez de esta prohibición en un supuesto de los más dolorosos y complicados no tiene límites. Se permite incluso el ministro comparar este tipo de intervenciones con las prácticas nazis de aniquilación de los discapacitados. La retórica no es vana y el argumento es milenario: las mujeres que deciden vivir su propia vida, escapar del dolor y del sacrificio, son malvadas brujas a cuyos desmanes hay que poner coto.
La democracia había conseguido en nuestro país sacar la maternidad del entramado del poder, convertirla en una decisión íntima, respetable y respetada pero la llegada del PP al Gobierno nos recordó nuestro verdadero papel en la sociedad. “Las mujeres, mujeres, son madres”, nos dijo, y apareció claro nuestro destino único, universal, milenario sin escapatoria alguna.
La nueva ley de aborto que el PP quiere aprobar no es una simple reforma legal, es una revancha, un desquite histórico, una vuelta a poner las cosas en su sitio. Las mujeres no son libres para decidir sobre su embarazo, el poder que la naturaleza confiere a las mujeres en la transmisión de la vida tiene que ser mediado, arrebatado a través de la religión, de la ideología o de la autorización externa. Se restablece así un principio de autoridad que las leyes habían soslayado. Por encima de la mujer estará el médico, el juez o el psicólogo que darán o no el visto bueno a su decisión.
La jerarquía católica española, de carácter ultraconservador, se cree con derecho a escribir sus creencias en el Boletín Oficial del Estado. Rouco Varela aprieta el acelerador y amenaza con situarse en la oposición a Rajoy si éste no aprueba rápidamente este proyecto de ley.
Mientras tanto alguien sufraga miles de vallas publicitarias en las ciudades sobre maternidades felices y culpabilidades abortistas. Gallardón es el santo patrón de su cofradía. Son los mismos que se oponen a los anticonceptivos, al matrimonio entre personas del mismo sexo y a las leyes de igualdad que implican una “peligrosa ideología de género”. A fin de cuentas, el aborto no es el texto, sino el pretexto de una sublevación contra el tiempo y la libertad de las mujeres.
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CÓMO BAJAR LAS ESCALERAS CON ESTILO
Publicado en El País Andalucía
A fuerza de repetírselo se han creído delicados jarrones chinos que hay que situar en un lugar destacado. La metáfora se aplicaba, en principio, a los expresidentes de Gobierno que, una vez agotado su mandato, debían tener cierta visibilidad inútil en un ángulo oscuro de los becquerianos salones del poder pero pronto, por simple imitación, cientos de expresidentes de comunidades, insignes alcaldes, presidentes del Congreso o comisarios europeos reivindicaron el estatus de jarrón chino y ahí están, afeando nuestras casas y entorpeciendo cada día más nuestros pasos.
Hasta hace poco tiempo se conformaban con un cierto estatus institucional pero, con el paso del tiempo, han adoptado un relativismo moral que afecta por igual a la política, a la ideología y al bolsillo. Estos delicados jarrones chinos son ahora el estandarte de empresas energéticas y de comunicación. De alguna forma se justificaran a sí mismos sus sueldos millonarios, sus dedicaciones estrambóticas, pero son un claro mensaje a la ciudadanía del final de los principios y de la ética política. Todos los partidos poseen su temible colección de jarras y jarrones chinos pero en el caso del PSOE la aglomeración de estos feos objetos es realmente terrible. Inundan los lugares de paso, las zonas de descanso e incluso las salidas de emergencia necesarias ante esta pavorosa crisis.
Los peldaños del ascenso social son fáciles de subir porque el éxito —que no el amor, querido Shakespeare— hace livianas las cuestas y nos da alas para superar los muros, sin embargo, bajar las escaleras con elegancia es un difícil arte que la democracia española no ha aprendido todavía. Por eso, sería bueno tener en cuenta alguna de estas recomendaciones, que el pueblo llano conoce perfectamente, pero que vuestro autoengaño os impide siquiera divisar.
Primero: No te pagan por trabajar en la empresa privada, ni siquiera por trabajar. Lo hacen para comprar una marca, una fidelidad a los intereses privados por encima de cualquier consideración pública. Aceptando sus proposiciones estás diciendo que todo se vende y se compra, que la vida política es sólo un eslabón para el ascenso social más descarado. Léete a Balzac, por favor.
Segundo: que los grandes grupos comunicativos no te hacen entrevistas exclusivas por la importancia de tu figura sino porque tus declaraciones van a ser la munición con la que carguen contra la fuerza política a la que representaste. Resulta completamente obsceno el desfile de antiabortistas, vaticanistas, monarquistas empecinados, adoradores de las políticas austericidas, defensores de Angela Merkel, anticatalanistas, antiautonomistas que exhiben en sus títulos de crédito la marca PSOE.
Tercero: Por muchos años que hayas ejercido el poder, no eres el más listo, el único que comprende la complejidad de la situación. Nadie te ha expedido un título que te permita mirar por encima del hombro al conjunto de la ciudadanía y ni te han acreditado como jurado de las actuaciones de tus compañeros. No hay personas más torpes y molestas que quienes piensan que no pueden aprender nada de los demás.
Cuarto: Sería conveniente que te preguntaras qué has hecho de tu vida, cómo has conseguido ser tan desgraciado, no disponer de una profesión propia, de un lugar al que volver. Es necesario ser un poco tonto para considerarse tan listo. Pregúntate en qué momento buscaste en la prensa solo tus fotos y tus titulares; cómo tu vida se separó tanto de la de la gente normal; cuándo te aterrorizó volver a tu barrio y a un círculo de amigos que no sean un club de aduladores.
Quinto: Si aún así persistes en formar parte de la rebelión de los jarrones chinos, crea junto con los demás un nuevo partido. A fin de cuentas no hay nada más parecido a un jarrón chino que otro. Solo os separan las marcas que os esponsorizan pero en todos late idéntica prepotencia, similar convencimiento de que la realidad es inamovible y la rebeldía un error. El gusto por la comida cara y las marcas de lujo harán el resto.
@conchacaballer
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domingo, 5 de mayo de 2013
PARAÍSOS LABORALES
Lo puedes leer completo en El País Andalucía
“¡A trabajar!”, fue la respuesta del empresario cuando las operarias le advirtieron de que en el edificio se habían abierto unas terribles grietas. La orden no admitía réplica alguna y las mujeres volvieron rápidamente a la máquina temerosas de que, otro día más, cargaran sobre sus nóminas un descuento inexplicable por no alcanzar la producción prevista. El dueño de las instalaciones había trampeado en la construcción del edificio. Por su cuenta y riesgo había añadido tres plantas a las cinco inicialmente previstas. Ninguna autoridad de Bangladesh le puso reparo alguno. La industria textil goza allí de una impunidad absoluta. Al igual que hay paraísos fiscales, hay en el mundo verdaderos paraísos laborales, infiernos para los trabajadores, donde se ofrece a precio de saldo la mano de obra, especialmente si es femenina o menor de edad. A veces las fábricas arden, o los productos envenenan o, como en el caso de Dacca, se derrumban como un castillo de naipes con más de 3.000 criaturas en sus entrañas.
La cifra de personas muertas supera las 400. Se estima que un número similar ha sufrido amputaciones de sus extremidades. También se cree —a falta de datos oficiales— que la mitad eran menores de edad. Cada dos o tres meses sucede un hecho similar, que no es accidente, ni desgracia, sino puro y simple efecto de un criminal beneficio, de una guerra no declarada para aumentar las ganancias. Pero no importa. La función no se interrumpe. Sus víctimas no pasarán de ser un apunte a pie de página en la prensa, unas ráfagas de dolor en los informativos que apenas si sentimos, aunque nuestra piel se cubra con las prendas que sus manos han confeccionado.
Mientras caminaba en la manifestación del 1 de mayo por las calles de Sevilla, recordaba el origen de estas conmemoraciones. Esta fecha se escogió en homenaje a los mártires de Chicago, un grupo de sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados por impulsar huelgas para reducir la jornada laboral. La otra gran fecha reivindicativa, el 8 de marzo, posee una enorme similitud con lo sucedido en Dacca. Corría el año 1908 y las trabajadoras de la fábrica textil Cotton impulsaron huelgas y manifestaciones para conseguir reducir la jornada. El propietario decidió incendiar el edificio para hacerlas salir y 129 mujeres perdieron la vida. En un mundo todavía no globalizado, esa barbarie hizo que de una esquina a otra del planeta, los trabajadores se uniesen y plantearan objetivos comunes. Nuestros actuales derechos tienen sus raíces en esos lugares remotos, en esas víctimas desconocidas.
Pero nuestro planeta, tan globalizado en el consumo, ha deslocalizado la conciencia. Las víctimas de Dacca no nos impulsan a la acción, sino a una breve indignación ante las pantallas de la televisión. Sus manos y sus rostros, con los que compartimos no palabras sino marcas comerciales, tejidos industriales, consumo masivo, nos son totalmente ajenos. No pertenecen a la épica del movimiento obrero tradicional sino que perecen en una subasta infame por reducir cada vez más los derechos laborales. Son nuestra amenaza y nuestro espejo. El valor de la nada en que quieren convertir el trabajo productivo. Son nosotros diez escalones por abajo, desposeídos de Estado, de democracia, de sindicatos y de derechos laborales. Creíamos que eran cosas del pasado, pero el nuevo capital dibuja con este nuevo reparto del trabajo el rostro del futuro. Experimentan con su piel, con su sangre, con su desesperanza, el límite exacto de la tasa de ganancia.
No escuché los discursos del primero de mayo. Solo fui a hacer bulto. A ocupar espacio. A hacer un poco menos ajena la calle. No sé si hablaron de Dacca y de la hermosa Bangladesh; si denunciaron o no la connivencia de nuestras empresas con la terrible explotación de seres humanos. Si explicaron que aquellas víctimas somos nosotros. Si no lo hicieron, mal podremos defender nuestros derechos si no sabemos que se juegan en las calles de cualquier ciudad de Bangladesh.
@conchacaballer
PD.- Al día de hoy el gobierno de Bangladesh ha reconocido que suben a más de 800 las víctimas de este ¿accidente o crimen? Algunas fuentes hablan de más de mil personas.
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LA CUCHIPANDA Y ANDALUCÍA
inabortable por definición.
Cospedal llega a las ruedas de prensa como si entre bambalinas se hubiera hartado de llorar (demasiado colirio, querida). Soraya piensa que es demasiado joven para morir en este naufragio y juega a ser la Monti española, toda tecnocracia. Guindos y Montoro se hacen trampas en el solitario de la economía española con cara de tramposos jugadores de póker. Wert anda enredado en su afán de acabar de una vez por todas con la cultura y desmontar la educación pública. El inefable Gallardón acelera su proyecto de construir el último robot de “mujer, mujer”, toda maternidad y dulzura,
Seis millones doscientos dos mil personas paradas y el Gobierno guarda un vergonzoso silencio. El jefe del Ejecutivo hace tiempo que desapareció. Comenzó, como todos los que ascendieron a los cielos, por pronunciar tautologías. “Sabemos lo que tenemos que hacer y lo haremos”; “al pan, pan y al vino, vino”, fueron sus proclamas iniciales, hasta que confesó que la realidad lo desbordaba y que era “very difficult todo esto”. A partir de ahí, apenas se sabe de él. Su propia existencia, como la de Dios, está puesta en entredicho: ya solo se aparece en un plasma con fondo azul celestial, como el sumo hacedor en las películas de Hollywood.
Abandonados a sus designios, los dirigentes populares se refugian en sus más ancestrales costumbres: denigrar a la izquierda, convertirse en víctimas de las movilizaciones populares y pronunciar frases propias de la calle Serrano o del Club de Campo pero que atruenan en los oídos de la sociedad. Como una cuchipanda de buena familia ironizan con las desgracias sociales, proclaman que los dramas no son tales y compiten por hacer las declaraciones más estúpidas entre risitas de complacencia. Gracias a ellas nos enteramos de que los electores del PP “se quitarían el pan de la boca con tal de pagar la hipoteca de su casa”; que los jóvenes emigrantes son, en realidad, un beneficioso efecto de “la movilidad exterior”; o que la expropiación de viviendas a los bancos aprobada por la Junta “es demagógica y populista”. La última, es realmente, siniestra. “El bipartito convierte Andalucía en Etiopía” escribe un diputado almeriense del PP, famoso él por despotricar contra actores, jueces y manifestantes.
A este lado del reino, el PP no levanta cabeza. Arenas corre tras su destino esquivo y no consigue situarse como portavoz siquiera adjunto del PP, perseguido por la saña de Cospedal y por su amistad con Bárcenas, mientras Zoido huye del suyo. Jamás se había escuchado a un líder andaluz proclamar que en ningún caso, palabrita de honor, querría ser candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía y que hará falta un terremoto político para arrancarlo de su Ayuntamiento.
La desesperanza cunde en el PP andaluz. Su problema es que las viejas consignas de la derecha ya no funcionan. Hace algunos años juntaban las palabras “comunista”, “expropiación” y “uso social de la riqueza” y conseguían poner los pelos de punta a todo aquel que tenía unos cuantos euros o propiedades, pero la crisis ha cobrado tal magnitud que las acusaciones de izquierdismo son casi un halago más que un insulto. El problema del PP es que ya no funciona aquello de que “si gobiernan los comunistas te van a quitar tu casa” porque ahora los que te quitan tus propiedades, tu empleo y tus ahorros no son las hordas de la hoz y el martillo, sino la banca, los clubes selectos de los trajes caros y los bolsos mileuristas.
El papel de Andalucía en la política española puede ser decisivo. Su efecto contagio, refrescante. Otras comunidades ya anuncian medidas similares: la expropiación de viviendas, o los planes contra la pobreza son demostraciones de que los gobiernos pueden actuar frente a los mercados. Ahora es el momento de abrir en Andalucía la agenda del empleo, la protección y los derechos sociales porque la sociedad está deseosa de encontrar un hilo de esperanza entre tanto desastre e irresponsabilidad. Aunque Cospedal llore sin necesidad de colirio.
@conchacaballer
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PANTOJA Y EL PASADO
Publicado en El País Andalucía
Un buen día en Marbella, un grupo de empresarios de riesgo, encabezado por Jesús Gil decidió dar el salto a la política. Cansados de las nimiedades burocráticas, de la legalidad institucional —que no es que fuera severa con sus actividades, pero si molesta como una avispa zumbona— , decidieron tomar directamente el poder. Pasaron de la corrupción del menudeo (hoy compro un concejal, mañana soborno a un funcionario, pasado mañana corrompo a un miembro de la justicia…) a montar una gran empresa con mando unificado y un único objetivo: conseguir el máximo de ganancias en el menor tiempo posible.
Eliminaron a los molestos intermediarios que ejercían la corrupción al detalle, y proclamaron que sus ganancias debían ir directamente a quienes las producían.
El lugar elegido era ideal. Por azares de la historia, y la ayuda inestimable del franquismo en los años 60, Marbella ya era la ciudad escogida por el narcotráfico internacional, la mafia rusa, los untosos reyes del petróleo y los negociantes de armas como su centro de recreo. El dinero es solo papel si no puede circular. Tras alicatar sus palacios de objetos suntuosos, la mafia internacional requería una salida más rápida a sus capitales ocultos y encontraron en Jesús Gil el líder político de esta nueva fase.
Y llegó con facilidad al poder. Los beneficios permitirían comprar la voluntad de la mitad de sus vecinos, hacerlos sus cómplices y guardaespaldas. Cuánto más refulgía la limpieza y la belleza de las calles de la ciudad, más sucia era la sociedad marbellí. Proclamaron el fin de la política y la xenofobia más descarada contra los pobres. Armaron un pequeño ejército de policías locales, confidentes callejeros y chusma que proclamaba que no importaba el color ni la procedencia del dinero.
Consiguieron exiliar de la ciudad a las personas más honestas, perseguir a los que se atrevían a denunciar la corrupción, desprestigiar a todo aquel que ponía en entredicho el poder municipal. En cuatro elecciones consecutivas la mayoría de la población marbellí les aplaudió y vivaqueó por calles y plazas. Los controles de las instancias superiores fueron inicialmente casi inexistentes, los medios de comunicación —empezando por los que hoy más gritan contra los corruptos— los glorificaban y el poder judicial de la zona cerró los ojos durante años.
El gran error de Julián Muñoz fue no ser consciente de que el ciclo se estaba acabando. Como en todos los reinados terminales, faltaba el toque folclórico, el final feliz del cuento. Era ya un personaje en busca de una tonadillera y Marbella necesitaba una musa a la que rendirse. Afortunadamente allí estaba Isabel Pantoja, escarmentada de la vida, decidida a ser absolutamente moderna en una España en la que las tonadilleras ya no se enamoran de toreros sino de empresarios de la construcción. Se acabó el arrastrar las maletas por escenarios cada vez más desangelados y sombríos. Las verdaderas folclóricas viven convencidas de pertenecer a una aristocracia natural con la que el pueblo siempre está en deuda. Y se lo cobró, con horrorosas adquisiciones patrimoniales en el centro de una ciudad moralmente infecta.
En cuanto al pueblo, no hagamos martirologio. La España que tira del pelo a Isabel Pantoja es la misma que aplaudía, hasta hace muy poco tiempo a sus corruptos gobernantes y comentaban con satisfacción “lo limpia que estaba Marbella” sin pobres ni inmigrantes.
@conchacaballer
domingo, 14 de abril de 2013
MISERABLES A SUELDO
De todos los actores de la presente crisis, a los que más detesto son
a los lacayos de los poderosos, los que dan la cara por ellos, los que
justifican sus razones, los que inventan sus argumentos.
No se conoce el censo exacto de personas que trabajan en estos menesteres, pero deben ser unas decenas de miles porque inundan televisiones, radios y periódicos. Allá donde aparezca la más leve esperanza de una política distinta, hacen acto de presencia ellos, armados con su espada flamígera, la amenaza directa, la invocación del apocalipsis.
Y digo “ellos” porque el brutal machismo en la asignación de roles, la negativa a otorgar el título de expertas a las mujeres, nos ha puesto a salvo de esta dedicación deshonrosa, nos ha librado de salir en los informativos con cara de póker, la baraja de cartas trucadas en las manos, combatiendo cualquier política que no de beneficios a los acaudalados.
Son la inversión del mito de Prometeo. Mientras este robaba el fuego a los dioses para entregarlo a la humanidad, estos roban el último euro de nuestros bolsillos para depositarlo sumisamente a los pies de quienes les pagan. En su tiempo estuvieron al servicio de los gobiernos, pero eso ya no se lleva: el poder ya no se encuentra en esa esfera. Ahora pululan por fundaciones, entidades, universidades y convenios de colaboración en los que venden su alma al diablo a las empresas más punteras sin el menor remordimiento.
No hay tema que se les resista. Si se habla de dación en pago, ellos argumentan que conllevaría un caos financiero que nos haría naufragar como país; si se trata de racionalizar la industria farmacéutica, ellos amenazan con cortar la investigación y encarecer el coste de los medicamentos; si de salarios, argumentarán a favor de su descenso; si se habla de despidos, defenderán facilitarlos y si de pensiones, nos amenazarán con un futuro insostenible. La alergia que sufren por los derechos sociales es solo comparable a la que les provoca los temas medioambientales: la ecología podrá salvar el planeta, pero pone en cuestión el hábitat natural en el que estos personajes se reproducen.
Son los reyes del trilerismo semántico y jamás llamarán a las cosas por su nombre. Son expertos del tabú y del eufemismo para favorecer a los acaudalados, en cambio encanallarán las más dignas demandas sociales. Hablan de reformas, en vez de recortes; de flexibilidad en vez de despidos; de productividad en vez de descenso de salarios. Sin embargo, cualquier medida que ponga coto al reinado absoluto de los poderosos, será tildada de irresponsable, amenazadora y potencialmente peligrosa.
Algunos de ellos tienen verdaderos conocimientos, pero no los usan al servicio del interés común. Aunque muchos de ellos sean economistas, les traen al pairo los datos y los resultados de las políticas. A pesar de que presumen de expertos científicos, a los que solo les mueve un afán académico, no dan ni una en el clavo. Sus predicciones se desmoronan mes tras mes sin que nadie les pida ninguna responsabilidad, a fin de cuentas no ejercen puesto oficial alguno, solo son los think tank de la demolición neoliberal, tropas de asalto moral de nuestras conciencias.
Con lo poco que a esta fauna le gustan las autonomías, sobre todo las del sur, el Gobierno de la Junta de Andalucía les va a dar trabajo unas cuantas semanas para atacar el decreto de vivienda y defender —eso sí “asépticamente”—, que no se pueden poner tasas ni sanciones a las viviendas vacías, ni se puede desmontar la bomba de relojería de los desahucios.
No sé si esta horda de mutiladores de sueños confiesan a su madre en lo que trabajan. Tampoco sé qué explicación darán de su oficio a sus hijos: hoy he contribuido “a bajar los salarios”, “a paralizar proyectos medioambientales”, “a hacer más inaccesibles los medicamentos” o “a que sigan los desahucios”. Parafraseando a José Luis Sampedro, hay dos clases de expertos: los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que quieren hacer menos pobres a los pobres. Ustedes eligen.
@conchacaballer
No se conoce el censo exacto de personas que trabajan en estos menesteres, pero deben ser unas decenas de miles porque inundan televisiones, radios y periódicos. Allá donde aparezca la más leve esperanza de una política distinta, hacen acto de presencia ellos, armados con su espada flamígera, la amenaza directa, la invocación del apocalipsis.
Y digo “ellos” porque el brutal machismo en la asignación de roles, la negativa a otorgar el título de expertas a las mujeres, nos ha puesto a salvo de esta dedicación deshonrosa, nos ha librado de salir en los informativos con cara de póker, la baraja de cartas trucadas en las manos, combatiendo cualquier política que no de beneficios a los acaudalados.
Son la inversión del mito de Prometeo. Mientras este robaba el fuego a los dioses para entregarlo a la humanidad, estos roban el último euro de nuestros bolsillos para depositarlo sumisamente a los pies de quienes les pagan. En su tiempo estuvieron al servicio de los gobiernos, pero eso ya no se lleva: el poder ya no se encuentra en esa esfera. Ahora pululan por fundaciones, entidades, universidades y convenios de colaboración en los que venden su alma al diablo a las empresas más punteras sin el menor remordimiento.
No hay tema que se les resista. Si se habla de dación en pago, ellos argumentan que conllevaría un caos financiero que nos haría naufragar como país; si se trata de racionalizar la industria farmacéutica, ellos amenazan con cortar la investigación y encarecer el coste de los medicamentos; si de salarios, argumentarán a favor de su descenso; si se habla de despidos, defenderán facilitarlos y si de pensiones, nos amenazarán con un futuro insostenible. La alergia que sufren por los derechos sociales es solo comparable a la que les provoca los temas medioambientales: la ecología podrá salvar el planeta, pero pone en cuestión el hábitat natural en el que estos personajes se reproducen.
Son los reyes del trilerismo semántico y jamás llamarán a las cosas por su nombre. Son expertos del tabú y del eufemismo para favorecer a los acaudalados, en cambio encanallarán las más dignas demandas sociales. Hablan de reformas, en vez de recortes; de flexibilidad en vez de despidos; de productividad en vez de descenso de salarios. Sin embargo, cualquier medida que ponga coto al reinado absoluto de los poderosos, será tildada de irresponsable, amenazadora y potencialmente peligrosa.
Algunos de ellos tienen verdaderos conocimientos, pero no los usan al servicio del interés común. Aunque muchos de ellos sean economistas, les traen al pairo los datos y los resultados de las políticas. A pesar de que presumen de expertos científicos, a los que solo les mueve un afán académico, no dan ni una en el clavo. Sus predicciones se desmoronan mes tras mes sin que nadie les pida ninguna responsabilidad, a fin de cuentas no ejercen puesto oficial alguno, solo son los think tank de la demolición neoliberal, tropas de asalto moral de nuestras conciencias.
Con lo poco que a esta fauna le gustan las autonomías, sobre todo las del sur, el Gobierno de la Junta de Andalucía les va a dar trabajo unas cuantas semanas para atacar el decreto de vivienda y defender —eso sí “asépticamente”—, que no se pueden poner tasas ni sanciones a las viviendas vacías, ni se puede desmontar la bomba de relojería de los desahucios.
No sé si esta horda de mutiladores de sueños confiesan a su madre en lo que trabajan. Tampoco sé qué explicación darán de su oficio a sus hijos: hoy he contribuido “a bajar los salarios”, “a paralizar proyectos medioambientales”, “a hacer más inaccesibles los medicamentos” o “a que sigan los desahucios”. Parafraseando a José Luis Sampedro, hay dos clases de expertos: los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que quieren hacer menos pobres a los pobres. Ustedes eligen.
@conchacaballer
¿DÓNDE ESTÁ LA IZQUIERDA?¡
Publicado en El País Andalucía
No sé cuándo me he mudado, pero últimamente vivo en un país que no
conozco. Me levanto con la situación de extrañeza que provoca estar en
un lugar desconocido. Enciendo la radio y todos los días me ofrecen
nuevos motivos para el desaliento.
No soy de las que encuentran en esta aventura equinoccial, en este lento naufragio de sueños, en esta aventura de desdichas ninguna confirmación a su pensamiento. Para ser de izquierdas no necesito un capitalismo superexplotador y despendolado, me basta con la injusticia, con la apropiación de las ganancias, con el trato desigual al ser humano. No necesito el espectáculo de los desahucios, la odisea desesperanzada de seis millones de personas, ni los jóvenes atrapados entre la tecnología del siglo XXI y un modelo laboral del XIX.
Para ser republicana, no necesito más que una conciencia democrática avanzada, un ideal educativo, y la más elemental simetría de que todos los poderes públicos deben ser elegidos. No necesito para ser republicana, las fotos obscenas del elefante abatido en sus dominios, de una princesa imputada por una causa de corrupción, de una realeza sentada en el banquillo de los acusados.
Para ser ecologista me basta ser consciente de los límites del planeta, de la insostenibilidad de nuestro sistema. No necesito que estallen las centrales nucleares, ni que para la extracción de las riquezas ocultas del planeta se empleen técnicas cada vez más agresivas, nos hagan “fracking” y fracturen nuestros subsuelo, envenenen nuestras aguas o nos regalen terremotos.
Para ser feminista no necesito que ninguna mujer sea asesinada, degollada, apuñalada, tiroteada, me basta con mirar a mi alrededor y ver los techos, algunos de cristal y otros de cemento armado con que taponan los sueños de las mujeres. Nunca pensé que volvería a discutir sobre la violencia de género, ni que los titulares de sus asesinatos se volvieran melifluos, impersonales, desprovistos de sentido, como si la muerte fuese un accidente atmosférico. No es necesario que me indignen bajo el título engañoso de “Muere una mujer en Castellón”, “Encontrada muerta una mujer en Valencia” o que en el caso del asesinato de una niña de 13 años de El Salobral, cierta prensa nos hable del “extraño amor que la condujo a la muerte”. Realmente no lo necesito.
No necesito para estar contra la corrupción que me roben millones. Me basta con que se apropien de un euro, con que enchufen a un familiar, con que no usen con austeridad el dinero público. No me hace falta llenar el vaso de la indignación con esta sinfonía de mangantes, de cavernícolas y de traficantes.
En algunos momentos me parece estar asistiendo a una función teatral antigua, donde los actores son excesivamente histriónicos. Realmente no era necesaria esta sobreactuación para convencerme de su maldad. Frente a esto, no encuentro la izquierda necesaria, la explicación justa, la propuesta adecuada. La izquierda socialdemócrata duerme empozoñada en el sueño de la culpa, como Raskolnikov todavía está dilucidando el origen de su crimen. El resto de la izquierda flota en el océano de la autocomplacencia. “Ya lo dije”, viene a ser su discurso. Creen que cada noticia está hecha a la medida y que el cambio está cantado.
Según ellos, del descrédito de la monarquía saldrá una generación de republicanos conscientes; del abuso bancario, una ola de igualitarismo y de justicia; de la corrupción política, el definitivo entierro del bipartidismo. Se miran en el espejo de las redes sociales y estas les devuelven su propia imagen. Creen que un trending topic es una mayoría social garantizada. Pero cuando las crisis son tan profundas como la actual la mayoría social se agarra a sus prejuicios, a sus miedos y a las explicaciones simplistas. De los países descorazonados no surgen cambios alentadores, sino quimeras de consolación, estallidos sin sentido, profetas y visionarios que cabalgan sobre la indignación ciudadana, a no ser que la izquierda sea capaz de levantar un relato creíble y un deseo compartido de cambio social.
@conchacaballer
No soy de las que encuentran en esta aventura equinoccial, en este lento naufragio de sueños, en esta aventura de desdichas ninguna confirmación a su pensamiento. Para ser de izquierdas no necesito un capitalismo superexplotador y despendolado, me basta con la injusticia, con la apropiación de las ganancias, con el trato desigual al ser humano. No necesito el espectáculo de los desahucios, la odisea desesperanzada de seis millones de personas, ni los jóvenes atrapados entre la tecnología del siglo XXI y un modelo laboral del XIX.
Para ser republicana, no necesito más que una conciencia democrática avanzada, un ideal educativo, y la más elemental simetría de que todos los poderes públicos deben ser elegidos. No necesito para ser republicana, las fotos obscenas del elefante abatido en sus dominios, de una princesa imputada por una causa de corrupción, de una realeza sentada en el banquillo de los acusados.
Para ser ecologista me basta ser consciente de los límites del planeta, de la insostenibilidad de nuestro sistema. No necesito que estallen las centrales nucleares, ni que para la extracción de las riquezas ocultas del planeta se empleen técnicas cada vez más agresivas, nos hagan “fracking” y fracturen nuestros subsuelo, envenenen nuestras aguas o nos regalen terremotos.
Para ser feminista no necesito que ninguna mujer sea asesinada, degollada, apuñalada, tiroteada, me basta con mirar a mi alrededor y ver los techos, algunos de cristal y otros de cemento armado con que taponan los sueños de las mujeres. Nunca pensé que volvería a discutir sobre la violencia de género, ni que los titulares de sus asesinatos se volvieran melifluos, impersonales, desprovistos de sentido, como si la muerte fuese un accidente atmosférico. No es necesario que me indignen bajo el título engañoso de “Muere una mujer en Castellón”, “Encontrada muerta una mujer en Valencia” o que en el caso del asesinato de una niña de 13 años de El Salobral, cierta prensa nos hable del “extraño amor que la condujo a la muerte”. Realmente no lo necesito.
No necesito para estar contra la corrupción que me roben millones. Me basta con que se apropien de un euro, con que enchufen a un familiar, con que no usen con austeridad el dinero público. No me hace falta llenar el vaso de la indignación con esta sinfonía de mangantes, de cavernícolas y de traficantes.
En algunos momentos me parece estar asistiendo a una función teatral antigua, donde los actores son excesivamente histriónicos. Realmente no era necesaria esta sobreactuación para convencerme de su maldad. Frente a esto, no encuentro la izquierda necesaria, la explicación justa, la propuesta adecuada. La izquierda socialdemócrata duerme empozoñada en el sueño de la culpa, como Raskolnikov todavía está dilucidando el origen de su crimen. El resto de la izquierda flota en el océano de la autocomplacencia. “Ya lo dije”, viene a ser su discurso. Creen que cada noticia está hecha a la medida y que el cambio está cantado.
Según ellos, del descrédito de la monarquía saldrá una generación de republicanos conscientes; del abuso bancario, una ola de igualitarismo y de justicia; de la corrupción política, el definitivo entierro del bipartidismo. Se miran en el espejo de las redes sociales y estas les devuelven su propia imagen. Creen que un trending topic es una mayoría social garantizada. Pero cuando las crisis son tan profundas como la actual la mayoría social se agarra a sus prejuicios, a sus miedos y a las explicaciones simplistas. De los países descorazonados no surgen cambios alentadores, sino quimeras de consolación, estallidos sin sentido, profetas y visionarios que cabalgan sobre la indignación ciudadana, a no ser que la izquierda sea capaz de levantar un relato creíble y un deseo compartido de cambio social.
@conchacaballer
domingo, 31 de marzo de 2013
PREGUNTAS A DIESTRO Y SINIESTRO
Puedes leerlo completo en El País Andalucía
Cuando estudiaba la carrera nos explicaron el realismo como un esfuerzo por dibujar el entramado social bajo un prisma de honradez intelectual. Así, Balzac, tremendamente conservador, hace un relato inmisericorde de las clases ascendentes parisinas o Flaubert, que en su vida real añoraba el pasado nobiliario, nos regaló algunos de los relatos más certeros de los procesos revolucionarios y de la torpe educación sentimental de su tiempo.
Hoy cualquier atisbo de honradez intelectual es un pasaporte seguro a la exclusión, un ejercicio de alto riesgo por el que puedes ser tachado inmediatamente de servir a unos u otros intereses. Pero la falta de honradez intelectual esteriliza el debate político, cultural o social y acaba con nuestro mayor tesoro: el espíritu crítico.
La honradez intelectual no implica no tener ideología y defenderla incluso con pasión. Significa reconocer la verdad, o al menos no retorcerla. Supone tener comportamientos parecidos en situaciones similares y ser capaces de aplicar principios universales que no estén sujetos a la conveniencia particular.
La falta de honradez intelectual es realmente desalentadora, nos hace mover la cabeza, y exclamar “no es eso, no es eso” aunque no tengamos una orilla a la que amarrarnos.
Esta semana algunos medios han utilizado la figura del presidente de la Junta de Andalucía como portada de sus ediciones bajo títulos penalmente acusadores. Si según estos medios el presidente Griñán es responsable de la trama de los ERE, incluso sin estar en la Junta de Andalucía durante gran parte de estas ilegalidades, ¿qué tendríamos que decir de Mariano Rajoy o de José María Aznar, que sí que fueron responsables del PP durante todo el periodo de la trama Gürtel y del caso Bárcenas? ¿Dónde están las portadas similares, exigiendo responsabilidades de estos presidentes? Las posiciones ideológicas de las empresas editoras, legítimas e incluso necesarias, deberían tener ciertos límites morales.
La honradez intelectual nos dice que todos los acusados en los casos de corrupción deben ser tratados de igual forma, independientemente del juez asignado al caso. Si realmente esto es así, en uno o en otro lugar tiene que haber un grave error de instrucción. Si lo adecuado es dictar prisión provisional para los imputados en los delitos de corrupción ¿por qué se pasean a cuerpo gentil personas como Luis Bárcenas, Jaume Matas, Carlos Fabra, Iñaki Urdangarin… acaso no hay indicios suficientes de enriquecimiento personal?¿Es que tienen más caché que los corruptos del sur? ¿Por qué en la trama Gürtel hay tan pocos imputados y ninguna nueva resolución de prisión?
¿Si en el caso de Andalucía, el foco de corrupción estaba asentado en la Consejería de Empleo, por qué la juez imputa a uno de sus titulares y al otro no? ¿Es cierto que esta irregularidad responde al deseo de la juez de no perder el caso porque inmediatamente escaparía a su jurisdicción? ¿Es justa y ecuánime esta situación? Y para no dejar palo por tocar: ¿Por qué el PSOE abortó las conclusiones de la comisión de investigación en el Parlamento andaluz cuando se negó a reconocer responsabilidad política alguna de este mismo consejero?
Si los procedimientos de la juez Alaya son los mejores, aplaudidos
ampliamente por el sector político y mediático de la derecha, y
escasamente comentados por el resto de los medios, ¿por qué no se
utilizan mecanismos parecidos en el resto de los casos de corrupción,
iguales fianzas, entradas en prisión o redadas policiales?
Si la justicia es igual, la imparta el magistrado que la imparta, ¿por qué existe esa pelea judicial? ¿Por qué cada uno de los sectores imputados se inclina por un juez? ¿Qué más da que la instrucción de estos casos la haga la juez Alaya o la juez Ana Curra, el juez Gómez Bermúdez, Pablo Ruz o Baltasar Garzón? ¿O es que no es lo mismo? Solo citar este último nombre ya nos descorazona. Es muy doloroso constatar que el único procesado y condenado por la trama Gürtel se llama Baltasar Garzón.
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domingo, 24 de marzo de 2013
AY YOLANDA, DOBLEMENTE ASESINADA
Léelo completo en El País Andalucía
Quizás ya nunca se escriba su historia. O esta es nuestra particular
forma de escribirla, haciendo que ganen los malos, que cunda el olvido,
que la apatía acune nuestras conciencias. Y si se escribe la verdad, no
se leerá. Y si se lee no se entenderá porque en los últimos treinta años
nos han contado el cuento de que la democracia en nuestro país la trajo
la Casa Real y un grupo de señores muy serios que se pusieron de
acuerdo un buen día para redactar una constitución.
Pero no fueron ellos los que escribieron la historia, sino miles de jóvenes estudiantes y de obreros enamorados de la libertad. Como en el poema de Paul Éluard, escribíamos su nombre en los cuadernos escolares, en la música que entonábamos, sobre las coronas de los reyes. La escribíamos en las paredes, desnuda de sintaxis, un grito mudo a veces tiroteado en la noche, fusilado al amanecer, secuestrado y nunca liquidado, aunque Yolanda muriese, aunque sus verdugos paseen su impunidad por nuestras vidas… J’écris ton nom. (Escribo tu nombre)
El que disparó dos tiros a Yolanda, el que ordenó un tiro de gracia, trabaja ahora para el Estado, en misiones delicadas de seguridad y protección. ¡Ay, Yolanda, doblemente asesinada, bajo el decreto del olvido, bajo el silencio impuesto a nuestra historia!
No es memoria histórica lo que falta, sino conciencia histórica. Yolanda, secuestrada y asesinada, Caparrós tiroteado en la gran manifestación andaluza del 4 de diciembre, Javier Verdejo, asesinado mientras escribía una pintada en los muros de Almería… Los miles de jóvenes y trabajadores que lucharon por la libertad no quieren una placa, un libro, un recuerdo, un monolito olvidado en la esquina de las ciudades. Aspiraban a convertirse en conciencia viva, en ansías de libertad, en viento fresco que borrase los vicios mentales de la dictadura, que aún siguen vivos.
No son nombres para invocar en secreto, en círculos minoritarios, en libros especializados en nuestra transición. Deberían ser parte de nuestra mejor historia, fundadores de la democracia, creadores de nuevos tiempos.
Pero en España, como dijo el poeta, no hay más historia que la que nos derrota. Los nombres de nuestros verdaderos héroes yacen bajo la arena de la playa. De vez en cuando un cineasta, un escritor, un historiador los rescata. Pero la historia con mayúsculas se la apropian los que nunca han escrito en las calles la palabra libertad, los que ponían límites a sus demandas, los que temían en secreto su triunfo.
Lo verdaderamente malo no es que hayamos olvidado sus nombres, es que la vieja cultura de la dictadura se calzó los zapatos de la democracia y perpetuó sus viejos vicios, privó a la democracia de su limpieza fundacional, de su esperanza en el futuro de la humanidad y nos dejó como equipaje un decálogo de maldades con las que convivimos a diario.
Lo peor de lo que ahora nos ocurre no es fruto de la democracia, sino producto de la herencia de la dictadura: el clientelismo en la vida social y laboral; la falta de transparencia de todos los poderes; el desprecio a las finanzas públicas; el menosprecio de la ciencia y de la cultura; el desprestigio de la educación; la reverencia al poder y al dinero; el temor a la innovación; la no existencia del concepto de ciudadanía; la desigualdad de trato ante la justicia y una particular alergia a la participación política. Como colofón de este plato, la guinda que todo pensamiento antidemocrático exige: la desconfianza absoluta hacia la bondad, la necesidad de derribar el prestigio de las personas buenas, honestas y generosas.
Y por eso andamos así, sin saber a qué aferrarnos, con la pesada carga de una historia de vencedores y vencidos; sin estrellas a las que mirar; sin nuestros Lincoln, Luther King, Rosa Parks o Roosevelt.
Sin historias de superación porque la desconfianza en la bondad derriba todas las referencias. Aún así, como decía Éluard: “Sobre la esperanza sin recuerdos y por el poder de una palabra…reinicio mi vida. Libertad”.
Pero no fueron ellos los que escribieron la historia, sino miles de jóvenes estudiantes y de obreros enamorados de la libertad. Como en el poema de Paul Éluard, escribíamos su nombre en los cuadernos escolares, en la música que entonábamos, sobre las coronas de los reyes. La escribíamos en las paredes, desnuda de sintaxis, un grito mudo a veces tiroteado en la noche, fusilado al amanecer, secuestrado y nunca liquidado, aunque Yolanda muriese, aunque sus verdugos paseen su impunidad por nuestras vidas… J’écris ton nom. (Escribo tu nombre)
El que disparó dos tiros a Yolanda, el que ordenó un tiro de gracia, trabaja ahora para el Estado, en misiones delicadas de seguridad y protección. ¡Ay, Yolanda, doblemente asesinada, bajo el decreto del olvido, bajo el silencio impuesto a nuestra historia!
No es memoria histórica lo que falta, sino conciencia histórica. Yolanda, secuestrada y asesinada, Caparrós tiroteado en la gran manifestación andaluza del 4 de diciembre, Javier Verdejo, asesinado mientras escribía una pintada en los muros de Almería… Los miles de jóvenes y trabajadores que lucharon por la libertad no quieren una placa, un libro, un recuerdo, un monolito olvidado en la esquina de las ciudades. Aspiraban a convertirse en conciencia viva, en ansías de libertad, en viento fresco que borrase los vicios mentales de la dictadura, que aún siguen vivos.
No son nombres para invocar en secreto, en círculos minoritarios, en libros especializados en nuestra transición. Deberían ser parte de nuestra mejor historia, fundadores de la democracia, creadores de nuevos tiempos.
Pero en España, como dijo el poeta, no hay más historia que la que nos derrota. Los nombres de nuestros verdaderos héroes yacen bajo la arena de la playa. De vez en cuando un cineasta, un escritor, un historiador los rescata. Pero la historia con mayúsculas se la apropian los que nunca han escrito en las calles la palabra libertad, los que ponían límites a sus demandas, los que temían en secreto su triunfo.
Lo verdaderamente malo no es que hayamos olvidado sus nombres, es que la vieja cultura de la dictadura se calzó los zapatos de la democracia y perpetuó sus viejos vicios, privó a la democracia de su limpieza fundacional, de su esperanza en el futuro de la humanidad y nos dejó como equipaje un decálogo de maldades con las que convivimos a diario.
Lo peor de lo que ahora nos ocurre no es fruto de la democracia, sino producto de la herencia de la dictadura: el clientelismo en la vida social y laboral; la falta de transparencia de todos los poderes; el desprecio a las finanzas públicas; el menosprecio de la ciencia y de la cultura; el desprestigio de la educación; la reverencia al poder y al dinero; el temor a la innovación; la no existencia del concepto de ciudadanía; la desigualdad de trato ante la justicia y una particular alergia a la participación política. Como colofón de este plato, la guinda que todo pensamiento antidemocrático exige: la desconfianza absoluta hacia la bondad, la necesidad de derribar el prestigio de las personas buenas, honestas y generosas.
Y por eso andamos así, sin saber a qué aferrarnos, con la pesada carga de una historia de vencedores y vencidos; sin estrellas a las que mirar; sin nuestros Lincoln, Luther King, Rosa Parks o Roosevelt.
Sin historias de superación porque la desconfianza en la bondad derriba todas las referencias. Aún así, como decía Éluard: “Sobre la esperanza sin recuerdos y por el poder de una palabra…reinicio mi vida. Libertad”.
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domingo, 17 de marzo de 2013
NO LO CUENTES: ESCRÍBELO EN EL BOJA
.Puedes leerlo completo en El País de Andalucía
Si la democracia española tuviera cara estaría roja de vergüenza por lo que ocurre en nuestro país. Ha tenido que llegar una sentencia del Tribunal Superior de Justicia europeo para que se haga público lo que toda la ciudadanía sabíamos: que las leyes que se aplican en los desahucios son un abuso y una injusticia.
Hace apenas seis meses, un grupo de magistrados elaboró un informe para el Consejo General del Poder Judicial sobre los desahucios que exponía a las claras la sinrazón de estos procedimientos. Afirmaban los magistrados que algunas de las leyes que se aplican se redactaron en 1909, que el procedimiento carece de garantías para el consumidor y que convierte a los jueces en cobradores del frac al servicio de las entidades financieras. El CGPJ no desaprovechó la ocasión de demostrar su falta de independencia y ecuanimidad y, en vez de requerir una reforma legal en profundidad, restó importancia a sus conclusiones y enterró el informe en los cajones donde duermen todas las esperanzas de justicia.
Si la democracia española tuviera rostro, se pondría roja de indignación al comprobar que el Gobierno no se inmuta ante la sentencia e incluso afirma que avala su intención de modificar las normativa actual, pero que es necesario ser cuidadoso para no alarmar al sector financiero. Si en Andalucía de verdad existe un Gobierno con sensibilidad y políticas distintas a las practicadas por el Gobierno central, ahora es el momento de los hechos, no de las palabras ni las confrontaciones inútiles. Cuando nuestros gobernantes proclaman que tienen en el Estatuto de Autonomía una hoja de ruta para la acción, es el momento de exigirles que hagan uso de este instrumento y no lo saquen de paseo cada 28 de febrero como si fuera la procesión de la Macarena.
Andalucía, según el artículo 58 del Estatuto, tiene competencias exclusivas en materia de defensa de los derechos de los consumidores. Nada impide a la Junta de Andalucía ejercer una eficaz protección de estos derechos en el caso sangrante de los desahucios de forma directa, evitando los abusos y tomando parte en las causas cuando así se determine.
Hay, además, muchos casos en los que la aplicación de los desahucios atenta contra los derechos de protección de colectivos especialmente vulnerables. El Estatuto de Autonomía establece en su artículo 18 una protección y atención integral a los menores de edad y obliga a los poderes públicos a velar por su bienestar y seguridad. ¿Se puede, con el Estatuto en la mano, desalojar de sus viviendas, sus habitaciones, su entorno a miles de menores de edad en nuestra tierra? En los casos de desahucios que conozco los menores sufren de forma terrible este exilio familiar, se resienten sus estudios y se producen numerosos cuadros de depresión y angustia.
En un caso parecido están los desahucios de personas mayores, las personas con discapacidad y las mujeres afectadas por violencia de género para los que nuestro Estatuto establece la obligación de los poderes públicos de velar especialmente por su bienestar y su autonomía personal. Con el simple desarrollo de estos artículos se conseguirían frenar el 70% de los desahucios en nuestra comunidad.
Finalmente, en aplicación del Estatuto, que convierte en derecho subjetivo el derecho a una vivienda digna, sería posible prorrogar cualquier desahucio hasta tanto las personas afectadas no dispongan de una vivienda alternativa bien a través de la ayuda pública o del alquiler social.
Si el Tribunal de Justicia Europeo ha puesto patas arriba la legislación española basándose solo y exclusivamente en los derechos que nos asisten como consumidores, la actual situación puede ser impugnada por instituciones con competencias en materias afectadas como es, en este caso, la comunidad autónoma de Andalucía.
Por eso, lo que tengan que decirnos los gobernantes andaluces, que no lo hagan en rimbombantes ruedas de prensa y en papel de colorines sino en las monocromáticas páginas del BOJA. El único riesgo: un recurso de competencias con el Gobierno central que será bienvenido si el objetivo es proteger, de verdad, el interés general.
NO SEAMOS HIPÓCRITAS: LO SABÍAMOS
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Perdonen que contemple con escepticismo el arrebato ético en el que
ha entrado la sociedad española. Es verdad que la crisis y los recortes
aumentan nuestra indignación contra los casos de corrupción, pero no
deberíamos convertir la honradez y la ética en principios solo válidos
para los tiempos malos y olvidarnos de ellos cuando el dinero circula.
De repente este país ha descubierto la corrupción que practican
algunos políticos y empresarios; ha comprobado que miembros o aledaños
de la familia real trajinan con sus influencias para conseguir
beneficios; que los paraísos fiscales no son un lugar de cuentos
infantiles sino la cueva de Alí Babá donde los corruptos y traficantes
guardan sus posesiones. ¡Venga ya!
Ahora que el dinero no fluye, que las ganancias se estancan, que
nadie espera que caiga del festín de los poderosos su pedacito de pastel
es muy fácil levantar la voz, alzar el dedo acusador, rasgarse las
vestiduras por lo que ocurre, pero durante demasiado tiempo el aroma de
la corrupción ha sido el perfume de este país ¿o es que acaso no lo
notabais?
Durante años he tenido oportunidad de viajar por toda Andalucía,
reunirme en cientos de ocasiones con grupos de ciudadanos, especialmente
jóvenes y profesionales, que denunciaban en sus localidades atropellos
urbanísticos, mordidas institucionales, proyectos que avanzaban al son
de la compra de voluntades, patrimonios inauditos de próceres y de
determinados empresarios. Grupos de personas honradas que denunciaban la
corrupción en Alhaurín el Grande, en Ronda, en San Roque, en Roquetas,
en Manilva, en Marbella… El resultado de sus esfuerzos no puede ser más
descorazonador. En la mayoría de los casos se vieron aislados,
desacreditados o perseguidos y, cuando algunos de ellos decidieron
presentarse a las elecciones, fueron derrotados a manos de sus propios
convecinos que votaron, mayoritariamente, a gobernantes corruptos.
He visto a alcaldes honestos zarandeados por la ola del ladrillo y no
solo por la fuerte presión de los empresarios sino también por la de
los vecinos que exigían más y más construcciones en su localidad. Hemos
visto a algunos cargos públicos ser “absueltos por el pueblo” con
mayorías absolutas mientras otros alcaldes y alcaldesas perdían las
elecciones por mantener un criterio razonable de conservación
medioambiental y de desarrollo racional de su ciudad.
¿Y qué decir de una parte de nuestro sector privado, de sus
tejemanejes financieros, de sus robos a la hacienda pública, en un país
en el que defraudar a la cosa pública era una señal de mérito y de
inteligencia? La mayoría inclinaba su cabeza ante el poder del dinero
que nos hace tan simpáticos y atractivos. La riqueza es un pasaporte tan
seguro a la impunidad que en este país no hay ni un solo preso por
delito fiscal.
Jaume Matas, preguntado por el caso Nóos declaraba: “Con cualquier otro hubiera habido concurso público pero se trataba
del duque de Palma. Todos hubiesen hecho lo mismo” Y lo malo es que era
verdad. ¿Acaso se levantaron en un día los palacetes, se ocultaron los
eventos de la alta sociedad en Mallorca o en Puerto Banús? Y en el
asunto de la Casa Real, ¿quién ejercía esa censura que ha permitido que
fuesen asuntos tabú sus andanzas, sus negocios, su patrimonio? ¿Quién
nos dice que no nos volveremos a rendir al tintineo del dinero cuando se
acaba de anunciar que el casino Eurovegas de Madrid no tendrá que
cumplir la legislación laboral, fiscal ni sanitaria?
No se trata de diluir responsabilidades ni de restarle un ápice de
responsabilidad a estos delincuentes, pero reconozcan que el clima moral
y el culto a la riqueza les ha facilitado sus desmanes. Perdonen, por
tanto, que sea escéptica ante este arrebato ético si no va acompañado de
una nueva conciencia ciudadana, de una ética colectiva que condene las
ganancias ilícitas. Si no es así, este caudal de indignación será solo
un arrebato que desaparezca en cuanto el dinero empiece a tintinear de
nuevo en nuestros bolsillos.
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lunes, 4 de marzo de 2013
NO ESTÁS SOLO
Puedes leerlo completo en El País de Andalucía
Entre el despiste y la miopía tardé varios minutos en localizarlos en
el interior de la iglesia. El recinto estaba abarrotado y una multitud
se congregaba en la plaza cercana. Estaban apiñados en un lateral, todos
juntos, como una delegación con bandera propia. Los acompañaban varios
profesores en ese estado de alerta que imprime la profesión y que les
permite dominar el campo de visión de un gran angular.
Los jóvenes observaban desde el lateral de la iglesia el desarrollo
de la ceremonia. Enmudecieron con la llegada del féretro y se
concentraron en el rostro lloroso de su compañero de curso que parecía
haberse hecho mayor de un solo golpe. Muchos de ellos lo habían
acompañado en la búsqueda esperanzada de su hermana los últimos días.
Habían recorrido con él las calles colocando carteles de búsqueda.
Habían charlado con cientos de vecinos que se aprestaban a colocar los
pasquines en sus tiendas, en las paredes de su casa o en cualquier lugar
visible. En solo un día los comercios, los talleres, las casas y los
árboles del pueblo se llenaron de pequeños carteles con la joven, aún
sonriente. Personas a las que no conocían les daban palabras de ánimo y
esperanza de una pronta solución.
A ratos, durante la ceremonia, lloraban al son de los sentimientos de
su compañero. Se me pasa por la cabeza que solo los jóvenes lloran de
verdad por los demás. El resto mezclamos nuestros propios miedos,
nuestro papel en la cadena de la vida, el desconsuelo propio con las
lágrimas. Al minuto siguiente son capaces de reír sin el menor pudor,
ante la mirada reprobadora del profesor que clava sus ojos como
alfileres sobre mariposas inquietas.
Resulta casi imposible reconocer en ese joven destrozado por el
dolor, al compañero de curso más alegre de todo el instituto, forofo del
Betis, virtuoso de las redes sociales, creador de envidiables páginas
web, pero ahí está erguido en la primera fila, sacudido a veces por un
llanto irreprimible que todos quisieran consolar.
Cuando acaba la ceremonia religiosa y comienza el desfile
interminable del pésame, los estudiantes se apresuran a formar un grupo
compacto y avanzan decididos hacia su compañero. Lo rodean y, como si
fuesen un cuerpo compacto, una ameba gigantesca, se lo llevan al
exterior. No sé dónde han aprendido el arte del consuelo, pero lo hacen
con maestría. Avanzan por el centro de la calle como una manifestación
espontánea. En el interior del grupo, llevan a su compañero al que
abrazan, toquetean y sonríen.
Les pregunto dónde se dirigen y me contestan que al instituto. A
charlar un rato, a estar juntos, a distraerlo un poco. Desde ese
momento, no lo han abandonado ni un solo instante. El compañerismo, la
lealtad, la sabiduría, se escribe con la letra de adolescentes de 15
años. Para este largo puente han organizado espontáneamente una cadena
de compañía, de actividades, de remedios contra el dolor.
Todo esto sucede en el pueblo sevillano de Coria del Río que es como
era Andalucía hace 20 años, antes de que nos fragmentaran las
urbanizaciones, el apartheid económico y el consumo solitario.
Un lugar donde la vida en común tiene aún sentido, donde los problemas y
las alegrías ajenas forman parte de tu vida. Una sociedad que valora el
espacio común y no convierte el tiempo libre en consumo puro y en
exhibición individual; una Andalucía que coloca los valores de la
sociabilidad en primer lugar; que maneja las redes sociales mucho antes
de la invención de Internet; un lugar donde hasta los niños tienen su
agenda propia, sus calles, sus amistades no prefabricadas, clónicos de
sí mismos, diseñados para la competencia y la soledad.
Ahora que ha fracasado el modelo de la codicia, que no sabemos a qué
clavo agarrarnos, qué salvavidas abordar, quizá nuestra vieja cultura
contenga algunas respuestas. Si nos desembarazamos de nuestras viejas
enfermedades, el conformismo y el fatalismo, nos queda un caudal de
cooperación, de autoorganización social, de trabajo en red y de
creatividad para diseñar tiempos realmente mejores.
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domingo, 24 de febrero de 2013
PROHIBIDO ENFERMAR
Puedes leerlo también en la edición andaluza de El País
En la letra pequeña de la crisis se ha incluido una cláusula nueva contra todos aquellos “privilegiados” que todavía conservan su puesto de trabajo: queda prohibido terminantemente enfermar. El mismo Gobierno que nos pide que no generalicemos en los casos de corrupción, generaliza respecto al absentismo de los trabajadores y pasa a considerarnos masivamente a todos, y especialmente a la función pública, unos seres abusones que mienten sobre su estado de salud y que engañan a la Administración.
Según la nueva normativa, durante los tres primeros días de la baja laboral de cualquier funcionario, se le descontará el 50% de su salario y después hablamos. Incluso, con un sentido del humor un tanto siniestro se nos explica que están exentos de estos descuentos las enfermedades profesionales que se adjuntan en una lista y, que en el caso de los docentes y de otros muchos funcionarios, son…¡ninguna! Alguien debió pensar que era un chiste gracioso.
En la localidad sevillana de Camas han instalado en la sala de profesores una camilla y un centro de recuperación para que los profesores enfermos puedan estar en el centro y no tengan que solicitar la baja médica. Con un gran sentido del humor, el portavoz del profesorado explica que se desplazan a su domicilio para recoger al enfermo y que le prodigan cuidados en el centro para que no pierda el salario de esos días.
Pero la broma tiene un lado macabro y supone otra humillación más a la función pública a la que tanto parece odiar este Gobierno. La excusa para estas medidas es contener el absentismo laboral en el sector público, pero la realidad es simplemente un recorte atroz de la sanidad pública, un impulso depredador de los salarios y un himno a la injusticia que pagarán no los absentistas, sino los buenos funcionarios que no faltan más que cuando no pueden con su alma.
Todos conocemos los nombres y apellidos de los absentistas habituales en nuestros centros de trabajo quienes, por cierto, no reciben la más mínima amonestación por la inspección laboral y son consumados maestros en el arte de justificar sus ausencias. Su tabla de asistencias es un colador visible a gran distancia. Hubiera sido realmente fácil controlar este absentismo descarado pero, ay, se me olvidaba que no se trata de eso, sino de evitar el uso de la sanidad, desprestigiar la función pública y confiscar tres días de paga.
Por eso últimamente podemos ver profesores con gripe impartiendo clase y microbios a partes iguales; bomberos que resisten un esguince a duras penas; médicos que operan con una fuerte cefalea; administrativos que resuelven complicados expedientes en medio de una crisis lumbar. Ya sé que en el sector privado las cosas no transcurren de una forma distinta. El terror a ser despedido es el desincentivador más potente para faltar por enfermedad. Todos saben que cualquier baja laboral, por muy justificada que esté, será una prueba en contra para cualquier renovación de contrato.
La Administración exhibe con orgullo el descenso del absentismo laboral, pero empieza a ocultar con celo el estado sanitario de la población. Una sociedad que prohíbe estar enfermos a sus trabajadores, soportará a medio plazo un costo sanitario y social duplicado, nos advierten los especialistas en salud pública.
Las enfermedades se harán más persistentes, de más difícil y costosa curación; la detección temprana de enfermedades descenderá de forma vertiginosa; la automedicación se disparará y nuestro índice de mortalidad subirá sin que nadie nos explique los motivos.
La Administración presiona a los profesionales para que la estancia hospitalaria sea lo más corta posible y se dan altas precipitadamente con tal de ahorrar unos euros. La información sobre las listas empieza a estar más maquillada que una actriz de opereta, mientras nuestros gerifaltes sustituyen el derecho a la salud y la calidad del servicio sanitario por “la rentabilidad” en cuyo altar alzan este gigantesco ERE contra los enfermos y esta enésima patada en el culo de la función pública.
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martes, 19 de febrero de 2013
HÉROES Y HEROÍNAS DE NUESTRO TIEMPO
Publicado en El País de Andalucía
En la obra de Bertolt Brecht, cuando Galileo se pliega a la Inquisición y renuncia a defender que la tierra es redonda y gira alrededor del sol, uno de sus discípulos le reprocha: “Desgraciado el país que no tiene héroes”. Galileo, baja la cabeza y responde amargamente: “Desgraciado el país que necesita héroes”.
Los tiempos de crisis han sido propensos al surgimiento de superhéroes. Eran seres individuales, salvadores de la humanidad, generosos, masculinos y neutros sexualmente; el sueño de los niños y el consuelo de los mayores. Ahora, seguimos necesitando figuras que combatan la maldad y compensen nuestra cobardía o, si les parece muy fuerte, nuestra desorientación colectiva.
A los héroes y heroínas de nuestro tiempo, al igual que a Spiderman, un día les picó una araña radiactiva pero, en vez de conferirle las cualidades de volar o pegarse a las paredes, les inoculó la pasión por la verdad y por la justicia. Son útiles y generosos. Desconfían del protagonismo; son muy sensibles a la injusticia y alérgicos a la mentira.
En su mayor parte, nacieron al calor del 15-M y son caleidoscópicos, invisibles a veces, pero aparecen allá donde se les necesita, bajo un nombre u otro. Esta semana metieron un gol en la portería del Congreso de los Diputados; el gol que el 80% de la ciudadanía estábamos alentando desde las gradas. Son conscientes de que su batalla no está aún ganada. Saben tanto de política como el portavoz más antiguo del Parlamento y conocen a la perfección los cientos de artimañas que el poder usará para desactivarlos, desacreditarlos y postergar sus demandas. Normalmente no son los directamente afectados por los problemas, sino personas con conciencia que han decidido ponerse al servicio de los demás, una lección ética para los nuevos tiempos.
A muchos de ellos no los vemos en televisión pero forman parte de un ejército invisible que deja el café o los estudios para acudir allá donde haya un desalojo de vivienda, gritar contra el desahucio, acompañar al desposeído y denunciar la injusticia. En Málaga, en Sevilla, en Granada… hay miles de personas que forman parte de este movimiento.
En general son muy jóvenes o muy mayores, los dos extremos más generosos de nuestra sociedad, al menos con su tiempo y esfuerzo. Algunos de ellos acumulan multas de mil o dos mil euros —especialmente en Granada, donde el poder reprime con suma dureza— por resistirse a la autoridad; o son detenidos por no mostrar con celeridad su documentación o por desacato. Se ve que los subdelegados del Gobierno de estas provincias no están al tanto de que el PP “comparte con Ana Colau los objetivos” y optan por la criminalización y la represión.
Han puesto en la agenda el calendario de desahucios, han ridiculizado al poder político, le han dado luz al drama de los suicidios y le han devuelto a la sociedad una pizca de esperanza en el ser humano. Son las mejores manzanas de nuestro cesto, lleno de frutos podridos, y muestran que no todo ha sido un fracaso, que en medio de tanto consumismo, egolatría e insolidaridad, en algunos hogares se ha sabido transmitir amor por la verdad y repudio a la injusticia. Por eso, algunos padres se enorgullecen en privado de la rebeldía de sus hijos frente a los poderosos.
Poco a poco nuestros héroes y heroínas, estrechan los límites de impunidad del poder y del dinero. Un jubilado andaluz pone en jaque a las eléctricas, que consultan su web antes de poner en marcha sus tarifas; un grupo de ciudadanos publica una página donde podemos seguir cada uno de los indultos que el Gobierno concede; un colectivo alemán persigue el plagio de tesis doctorales; un grupo norteamericano elabora una aplicación por la que con la foto de un producto nos dice si su compañía ha pagado a Hacienda, si recibe subvenciones o afecta al medio ambiente. El quinto poder está en marcha pero no es el poder de la tecnología, sino el de las personas generosas y valientes que esta semana consiguieron colar el gol en el Congreso aunque fueron desalojados de la tribuna por la voz cascada y rota de los viejos tiempos.
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